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Del obrero al trabajador-inversor

Antes, el obrero llegaba a la fábrica y encontraba allí sus herramientas. Hoy, según las nuevas doctrinas de la literatura de negocios, el trabajador de la era de la información lleva su capital (su conocimiento y sus destrezas, su capital humano) y lo invierte en la empresa en que trabaja. Este cambio de concepción, que borra la tradicional línea divisoria entre el capital y el trabajo, tiene profundas implicancias: la propagación del concepto de «capital humano» puede ser vista como un signo de «humanización» de las empresas (que pasarían a considerar a cada trabajador como un inversor), pero supone, también, una exigencia constante sobre los individuos y constituye un símbolo de la difusión social de los valores corporativos.

Del obrero al trabajador-inversor

El «trabajador-inversor»

Una noción viene siendo enfatizada en la literatura de negocios desde hace algunos años. Según ella, las viejas distinciones de la economía política entre capital y trabajo deberían ser eliminadas. Básicamente, se argumenta que la empresa moderna que opera en la era de la información tiene una diferencia fundamental con la de la era industrial, vinculada a la propiedad de las herramientas de trabajo. Thomas A. Stewart, columnista de la revista Fortune y autor de Capital intelectual –un best seller traducido a, por lo menos, 17 idiomas– sostiene que antes los obreros llegaban a las fábricas a las seis de la mañana con apenas una marmita y un par de manos y trabajaban con un conjunto de herramientas provistas por la empresa. Hoy la situación cambió: «en las empresas intensivas en conocimiento –dice Stewart– buena parte del valor es producido por el talento». En este sentido, el autor cita al CEO de una empresa gestora de redes de electricidad, Philip Harris, de la PJM Interconnection. Según él, «con los cambios en las empresas, el individuo pasa a traer sus herramientas de trabajo. (...) Lo que hace que los individuos coloquen en riesgo sus herramientas, su propio capital» (2002, pp. 354, 371, nuestro énfasis).

Al igual que otros autores, Stewart concluirá que en la economía del conocimiento las personas no son ni empleados ni «activos» de la empresa, sino inversores. Son, en otras palabras, inversores-capitalistas de un tipo particular de capital constituido por sus habilidades, capacidades y destrezas de gestión capitalista (López-Ruiz 2001, p. 13; 2002, p. 55). Habilidades, capacidades y destrezas que, al ser el producto de una inversión hecha en ellos mismos, constituyen un capital –su «capital humano»–, lo que los convierte en «capitalistas» de una nueva forma: no del capital-dinero, sino del capital-destreza, que ellos ahora «deciden» dónde invertir –en qué empresa y por cuánto tiempo–, y que de hecho «invierten» en el momento en que deciden trabajar para una empresa (y no para otra).

En uno de los muchos libros que actualmente se publican sobre la transformación de la relación entre los empleados y las empresas en la era de la información, Thomas O. Davenport comenta:

Las empresas consideraban a los trabajadores como costos y trataban a las personas de la misma manera en que trataban otros costos, o sea, intentando reducirlos. Con el pasar del tiempo, sin embargo, las organizaciones se dieron cuenta de que el capital humano –la capacidad, el comportamiento y la energía de los trabajadores– no podía dejar de ser considerado cuando los gerentes buscaban todas las formas posibles de conseguir ventajas competitivas. En un determinado momento, a mitad de la década [de 1990], ocurrió una «epifanía». Por lo menos en el lenguaje gerencial, los empleados evolucionaron a una forma superior. Dejaron de ser costos y se convirtieron en activos de la empresa. Los ejecutivos, los peritos en gerenciamiento y la prensa especializada se unieron en un coro, exaltando como activos a los empleados. (...) Ciertamente, considerar a las personas como activos, en lugar de como costos, significa el reconocimiento de su valor para el éxito organizacional. ¿Pero reflejará esto la forma en que las personas se comportan o la manera en que los gerentes deberían tratarlas? (2001, pp. 9-10.)

La respuesta que Davenport da a este interrogante es negativa. Su tesis es que «las personas no son costos ni activos de las empresas, y sí inversores que invierten el propio capital humano y que, evidentemente, esperan obtener un retorno por la inversión realizada». Según Davenport, hemos entrado en «la era del inversor de capital humano independiente», motivo por el cual propone que los empleados sean considerados como «trabajadores-inversores» (p. 235). Ellos, argumenta, invierten en la organización sus conocimientos, sus destrezas y habilidades, además de su energía y su tiempo; por lo tanto, es lógico que esperen un retorno. En sintonía con esta tesis, Stewart (1998a, pp. 92-93; 2002, pp. 354-355) sostiene:

En la economía del conocimiento, las personas no son empleados ni «activos». El tamaño efectivo del personal no es la mejor medida del capital humano. No debemos confundir seres humanos con capital humano. Sin duda, las personas no son activos de la misma categoría en que se incluyen muebles, camiones y fábricas. (...) Es más exacto –y más útil– encarar a los empleados bajo un nuevo abordaje: no como activos, sino como inversores. Los accionistas invierten dinero en nuestras empresas; los empleados invierten tiempo, energía e inteligencia.

Stewart asegura que, de la misma manera que los accionistas que invierten su dinero en una empresa pagan un costo de oportunidad y buscan beneficios, los empleados, cuando deciden trabajar en una empresa y no en otra, lo hacen esperando obtener los mayores beneficios posibles (1998a, p. 93; 2002, p. 357). Ya algunos años antes, en «The Leading Edge», su columna en la revista Fortune, había propuesto una nueva forma de pensar a los empleados: «no son simplemente capital humano o un activo de la empresa. Ellos se están invirtiendo a sí mismos en una empresa (...) Si los accionistas ponen los dólares, yo pongo el cerebro. (...) Contar cabezas no es una forma de computar el capital humano».

Para ejemplificar este punto, Stewart menciona el caso paradigmático de IBM, una empresa que, como tantas otras, a comienzos de la década del 90 atravesó un proceso de downsizing y despidió a un gran número de empleados. En un primer momento, esto fue interpretado como una gran pérdida de riqueza en la forma de capital humano. Pero en realidad, según Stewart, no fue así: IBM tuvo una recuperación sorprendente. Esto prueba, según el autor, que la riqueza de una empresa no se crea contabilizando el número total de trabajadores, sino sumando las inversiones de un empleado a las inversiones de otros, y éstas a los activos intangibles de la empresa y al capital financiero de los accionistas. El capital, argumenta Stewart, no es un activo con valor fijo, sino algo que gana valor cuando se lo invierte, y esta regla se aplica también al capital humano.