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Del destino a la construcción de un futuro

América del Sur vive una etapa de cambio. Luego de las reformas neoliberales y sus desastrosos resultados, han llegado al poder actores, como los movimientos indígenas, que hasta hace poco tiempo estaban marginados. Pero para entender hacia dónde va la región es necesario diferenciar, sin caer en simplificaciones, dos procesos: el de los países del Cono Sur, que dejaron atrás la etapa neoliberal y hoy han logrado altas tasas de crecimiento y una mejora de los indicadores sociales; y el de los países andinos, con economías más primarizadas y una historia de fuerte exclusión social, que hoy atraviesan un verdadero cambio de época. El artículo sostiene que no se trata de visiones realistas contra otras idealistas, ni de una izquierda buena contra una mala, sino de diferentes circunstancias históricas y diferentes intereses.

Del destino a la construcción de un futuro

Marcada desde hace décadas por desequilibrios económicos, desigualdades sociales y autoritarismo político, América del Sur experimenta, desde fines de los 90, transformaciones políticas, económicas y sociales profundas y aceleradas. La reciente elección de Fernando Lugo como presidente de Paraguay, poniendo fin a más de 60 años de hegemonía del Partido Colorado, parece confirmar ese movimiento.

El crecimiento de la economía sudamericana revierte la prolongada tendencia recesiva del pasado reciente. Y ha llegado acompañado de un equilibrio macro-económico sin precedentes: baja inflación, buena situación fiscal, superávit de las cuentas externas y considerables reservas monetarias. A pesar de la persistencia de graves problemas sociales –pesada herencia del pasado–, el crecimiento ha permitido la expansión del empleo y de la riqueza y, en mayor o menor medida, la reducción de la pobreza y de la desigualdad. A esta mejora de la situación social contribuye también una serie de políticas públicas aplicadas por casi todos los gobiernos en el área de la educación, la salud, la vivienda y el saneamiento, además de los programas de transferencia de renta.

Pero no se trata solo de un buen contexto económico. La situación es también inédita desde el punto de vista político: todos los gobiernos sudamericanos son resultado de elecciones libres y democráticas, con una amplia participación popular, que han permitido el ascenso de nuevos actores hasta hace poco relegados a los entretelones de la escena política, como los pueblos originarios.

En este marco, es posible que la fuerza que ganaron las propuestas de integración regional de América del Sur derive de la percepción –que tienen tanto los gobiernos como la sociedad civil– acerca de las transformaciones en curso en el mundo actual. De ser cierta la tendencia a la configuración de un mundo multipolar que reemplazaría a un unilateralismo hoy en crisis, se abren grandes perspectivas para la región. Considerada como un todo, América del Sur tiene más posibilidades de lograr una inserción competitiva en el mundo que cualquiera de sus países aisladamente, por más importante que este sea.

América del Sur dispone de la mayor base energética del planeta si se consideran sus reservas de petróleo y gas, su potencial de energía hídrica, sus centrales nucleares y la incipiente industria de los agrocombustibles. Además, cuenta con más de un tercio del agua del mundo, lo que le permite ser una gran productora de alimentos. Su territorio, extenso y variado, cuenta con considerables reservas de biodiversidad, en gran parte no explotadas y ni siquiera conocidas. Algunos de sus países poseen un significativo parque industrial, así como universidades y centros de investigación científica y tecnológica de excelencia. El tamaño de su población y de su PIB también es un elemento importante para las pretensiones de convertirse en un actor global. A todo esto se agrega el hecho de que América del Sur es una zona de paz en la que, con excepción del conflicto colombiano, que por otra parte se ha reducido sensiblemente en los últimos meses, no se verifican situaciones de beligerancia, como sí ocurre en otras regiones del mundo. A diferencia de lo que sucede en buena parte del planeta, la región no se encuentra golpeada por conflictos étnicos o religiosos.

Finalmente, se trata de un continente que, en su diversidad, presenta referencias culturales comunes. La cercanía entre el español y el portugués crea un espacio de entendimiento y comprensión entre sus habitantes que no se encuentra en otras regiones del planeta.

Para lograr una integración que permita asegurar una presencia global, América del Sur necesita garantizar el crecimiento sustentable para enfrentar su mayor desafío: la persistencia de la pobreza y, sobre todo, de la desigualdad social. En la agenda –además de la cuestión social, pero ligada a ella– figura también la construcción de una infraestructura física y energética capaz de dar viabilidad y consistencia a la integración. No por casualidad esas cuestiones, junto con la creación de nuevos mecanismos financieros como el Banco del Sur, están en el centro de las discusiones de la Unión de Naciones Sudamericanas (Unasur), cuyo Tratado Constitutivo fue aprobado en mayo en la histórica reunión en Brasilia.

El contraste entre la conciencia de la necesidad de la integración y el ritmo lento en que esta avanza –sin hablar de los conflictos y retrocesos eventuales– puede explicarse en buena medida por la diversidad de los procesos económicos, sociales y políticos que se desarrollan en cada uno de los países. A eso dedicamos las siguientes líneas.

En el Cono Sur

No se pretende construir aquí una tipología de países, procedimiento peligroso que tiende a aniquilar especificidades y producir falsas coincidencias o antagonismos. Sin embargo, es posible descubrir afinidades y diferencias históricas que ayudan a la comprensión del complejo mosaico que es América del Sur.En ese sentido, se pueden establecer similitudes entre las situaciones de Chile, Argentina, Uruguay y Brasil, por un lado, e identificar los parecidos en la evolución de países como Venezuela, Perú, Ecuador y Bolivia, por otro.

Los cuatro países del Cono Sur sufrieron, en los 60 y 70, profundas crisis económicas y sociales que ocasionaron graves perjuicios políticos. Aunque con economías diferenciadas, enfrentaron en ese periodo la crisis de sus proyectos nacional-desarrollistas que, por medio de una industrialización sustitutiva de importaciones más o menos radical, habían producido una considerable transformación en la economía y en la sociedad, especialmente a partir de los años 30 y 40.

En la caída del vacilante reformismo del presidente João Goulart en Brasil, en las sucesivas impasses del peronismo argentino –desde el desplazamiento del general Juan Perón en 1955 hasta la metamorfosis de los 70–, en el final trágico de la experiencia del socialismo chileno o en el colapso del modelo de bienestar uruguayo se revelaron, aunque en forma diferenciada y alternada, los límites del proyecto nacional-desarrollista. En algunos casos, se verificó la incapacidad de generar crecimiento y estabilidad macroeconómica y lograr un proceso de distribución de la riqueza sostenible que atendiese las crecientes demandas de aquellos que ingresaban en la sociedad de masas en construcción. En otros casos, predominó la incapacidad de combinar desarrollo con democracia.