Tema central

De las ciudadelas fortaleza a la limpieza del espacio público

¿Cómo afecta la privatización del espacio urbano a la constitución de sentidos de ciudadanía entre los jóvenes guayaquileños? La respuesta parcial es una ecuación polarizadora promovida por la renovación urbana: por un lado,los jóvenes de ciudadelas fortaleza, y, por otro, aquellos que ocupan los escalones más bajos del mercado laboral creado por la propia transformación espacial. Esta situación anuncia el futuro de la ciudad más poblada de Ecuador: paisajes genéricos, fronteras espaciales de clase y raza, y márgenes saturados por quienes no calzan en la fotografía de postal que maquilla el conjunto de la renovación urbana.

De las ciudadelas fortaleza a la limpieza del espacio público

Recurro a un internet café para actualizarme profesionalmente sobre temas de antropología y arte contemporáneo. El escenario es un barrio de clase media-alta en Guayaquil, Ecuador, la ciudad más grande del país, con una población que sobrepasa los dos millones de habitantes. El futuro de la ciudad está marcado por un agresivo proceso de renovación urbana que empezó hace poco más de un lustro y cuyas consecuencias visibles son tan notables como aquellas que no se dejan ver. La recurrencia mediática a ciertos aspectos de la vida juvenil –particularmente, la violencia entre sectores populares– funciona ocultando, simultáneamente, su devenir como masa poblacional en una ciudad signada, ahora, por la privatización radical del espacio público. La pregunta que articula este ensayo es: ¿cómo afecta tal privatización a la constitución de sentidos de ciudadanía entre los jóvenes guayaquileños? Intento contestarla analizando dos polos de una ecuación excluyente promovida por la renovación urbana: por un lado, los jóvenes de ciudadelas fortalezay, por otro, aquellos que ocupan los escalones más bajos del mercado laboral creado por la propia transformación espacial. El silenciamiento político opera en ambos frentes y el miedo es el puente que articula sus intercambios.

Artificialidad

Observo detenidamente a mis efímeros pero consuetudinarios colegas internautas, pienso en las ciudadelas fortaleza en las que han crecido entre la gente de su mismo estrato social y composición étnica, y escucho el intercambio que mantienen mientras profesan, a gritos, disposiciones para ser exitosos en un juego virtual que escenifica la eventual aniquilación del terrorismo internacional. Reunidos por los propios diseñadores de la batalla, todos mis informantes combaten a los miembros de una red terrorista cuyos rostros, no por coincidencia, son de gente de piel oscura. Todos los internautas ocupan la posición del soldado estadounidense en ataques «liberadores» que tienen lugar en un paisaje de montañas áridas. La circulación de comandos entre ellos es sucinta: «ataca», «aniquílalos», «mátalos». «¡Cuidado!» es el grito de moda mientras se divierten, oscilando entre el ataque verbal para disminuir la masculinidad pública de cada uno de ellos y la risa abierta o la decepción por los objetivos logrados o fallidos. Un tono de precaución que es activado también cuando se retiran de la sala de juego, en el territorio de las ciudadelas de habitantes homogéneos en términos de clase y raza, separadas por muros supervigilados las 24 horas por gendarmes apostados en garitas y apoyados por cámaras de video.

El caso extremo de este estilo de vida autocontenido es el de Samborondón, una ciudad satélite ubicada al frente de Guayaquil, al cruzar el amplio río Guayas, a cuya orilla se extienden ambos asentamientos. Un puente une físicamente los dos polos, pero también separa sociológicamente a los jóvenes que viven en cada una de las orillas. La prensa ha dado por referirse a los que habitan allí como «chicos burbuja» para dar cuenta del carácter artificial de su experiencia en tanto «urbanitas», la misma que crea fantasmas y enemigos, como los de la play station, cuando se enfrentan eventualmente con las realidades situadas más allá de las murallas.

La primera sensación que tiene quien visita Samborondón es la de encontrarse en el Primer Mundo. Una amplia avenida atraviesa este conglomerado urbano; esos kilómetros de asfalto son la mejor infraestructura de su clase en el país. Una serie de palmeras ornamentan parterres y aceras, en un intento supremo por mimetizarse con los paisajes de familiaridad global que los planificadores de estos lares añoran. De hecho, las palmeras han sido elevadas –especialmente a partir de su implantación masiva como parte del lenguaje estético de la renovación urbana en Guayaquil– al nivel de iconos de progreso, puesto que sirven para trazar lazos simbólicos entre estas localidades y Miami, ciudad que se ha convertido desde mediados del siglo pasado en el principal referente arquitectónico tanto para los constructores privados como para los diseñadores de la renovación espacial en su conjunto. Aunque a estas alturas del debate sobre el carácter homogeneizante de la globalización, vinculaciones de esta índole pueden sonar mecánicas o simplistas, para el caso guayaquileño describen literalmente la transposición de dispositivos o proyectos arquitectónicos en el paisaje genérico que se ha ido creando, muchos de los cuales han sido diseñados por compañías norteamericanas creadoras de franjas insignes tales como la de Coconut Grove.

A cada lado de la avenida se han extendido, en el último decenio, decenas de ciudadelas amuralladas. A lo largo de este eje espacial centros comerciales, tiendas y restaurantes alternan con establecimientos educativos y proveen a las familias de un entorno tendiente a la autosuficiencia. De hecho –se advierte– muchos de los adolescentes y jóvenes socializan enteramente dentro de estas fronteras, las de los condominios donde habitan primero, y las de los espacios comerciales supervigilados de Samborondón, luego. Ello ha producido una sensación de extrañamiento frente a Guayaquil, ciudad que es visitada generalmente solo en los perímetros de las zonas renovadas, aquellas que constituyen el nuevo atractivo turístico del puerto. Su experiencia citadina es, pues, esencialmente turística, la que puede tener un visitante en lugares que, habiendo sido remodelados, cuentan con guardianía privada permanente para controlar la presencia de vendedores informales y sujetos sospechosos, como los pandilleros.

En estos espacios, las disposiciones disciplinarias varían: algunas están destinadas a ordenar directamente el manejo corporal de los ciudadanos mediante la prohibición de besarse o sentarse en una banca; otras ordenan la conducta mediante prácticas de avergonzamiento público frente a irrupciones tales como sentarse al filo de una pileta o tocar una planta en las zonas de jardines ornamentales. Las más sutiles formas de disciplina, sin embargo, se hallan en la subordinación del espacio a la lógica comercial de las zonas renovadas, promoviendo un tránsito espectacular –esto es, de escaparate– por parte de los paseantes, en el que toda forma de apropiación espontánea del espacio público va siendo gradualmente abolida. En este contexto, la mirada turística de los jóvenes es aquella que ha sido construida oficialmente como la única vía posible, como lo es para el conjunto de una ciudadanía silenciosa y autocensurada respecto de los efectos perversos de la renovación urbana sobre su propio carácter de ciudadanos.

La artificialidad de la presentación turística de las zonas renovadas es preservada, como en las propias ciudadelas fortaleza, mediante la supervigilancia armada de las áreas afectadas. Modelado el plan de seguridad pública de la ciudad a partir de las estrategias diseñadas por William Bratton (asesor del ex-alcalde Rudolph Giuliani, cuya estancia en el gobierno local de Nueva York ha sido considerada exitosa por la disminución del crimen entre los 80 y 90, a costa de violaciones sistemáticas de los derechos humanos, especialmente de los sectores étnicos más pobres), Guayaquil ha servido como un laboratorio para radicalizarlas. De hecho, a mediados de 2005 el gobierno central aprobó una iniciativa de la municipalidad para la concesión del control del espacio público a compañías privadas de seguridad, que expandió la privatización de las zonas renovadas hacia espacios callejeros considerados como conflictivos por sus supuestos altos índices delincuenciales. Las evaluaciones periódicas no reflejan, sin embargo, cambios cualitativos, a pesar del alto costo de la operación de los guardianes privados y la asesoría externa de una compañía internacional involucrada presuntamente en adiestramiento antiguerrillero y formación de mercenarios.

El mercadeo político del miedo tuvo como secuela principal una marcha masiva para legitimar este proyecto privatizante de las calles, organizada por el gobierno local liderado por el alcalde neoconservador Jaime Nebot (2000-2004, reelegido hasta 2008).

La consecuencia sociológica de los procesos descritos que interesa principalmente en este ensayo es, sin embargo, la incorporación de nociones hegemónicas de ciudadanía que reposan en la abolición no solo del espacio público sino también de la esfera pública. Las versiones mediáticas del proceso renovador se hacen eco de la noción oficial de «autoestima», para referirse a sentidos de orgullo basados en la pertenencia a una ciudad disciplinada, comercial y emprendedora. El Guayaquil regenerado, desde esta perspectiva, se ve como un futuro puente entre los mercados asiáticos y Sudamérica, un puente basado en su posición de cercanía estratégica entre esta última y el resto del continente. Contrario a este espíritu globalizado, un solo tipo de ciudadanía interna es activado oficialmente: aquella que afirma la equivalencia entre derechos civiles y lugar de nacimiento. Esta concepción ha sido cobijada históricamente bajo la retórica de la «guayaquileñidad». Las voces que aparecen en los medios desde los sectores juveniles tienden, por lo tanto, a rendir pleitesía a iconos, monumentos y discursos masculinistas y patricios que conjugan aspectos selectivos de la memoria tendientes a afianzar racionalidades muchas veces xenófobas, construidas como imágenes identitarias opuestas a las de la capital serrana, Quito, en una reedición de la rivalidad histórica entre el centro exportador y la capital administrativa.

Un ethos del amurallamiento

El ethos de un proyecto político que avanza intereses corporativos vinculados a los sectores exportador y turístico reposa en una concepción supervigilada de la ciudad. En este entorno, los «chicos burbuja» ejemplifican nuevas formas ciudadanas que habitan un espacio fragmentado, amurallado y polarizado socialmente como si se tratara de una ecología naturalmente urbana. El carácter artificial de esta experiencia ciudadana está basado en el miedo, especialmente hacia congéneres jóvenes de las clases populares que cotidianamente son retratados por los medios como delincuentes.

Dentro del discurso sobre la delincuencia, son los pandilleros juveniles quienes han cobrado renovada exposición mediática a inicios de este siglo. A pesar de que no existen cifras confiables sobre la evolución del fenómeno, en Guayaquil datan como problema social de los años 80. Voces provenientes de ONG dedicadas a la promoción social hablan de que operarían actualmente 40.000 iniciados. La gran diferencia con sus predecesores de la década pasada no recae necesariamente en la comisión de actos más violentos. Si antes los asaltos y asesinatos ocurrían para arrebatar sneakers, ahora ocurren también por teléfonos celulares. Pero tampoco se puede entender el problema desde su supuesta actuación como ejércitos callejeros al servicio del narcotráfico y de mafias organizadas. La gran diferencia radicaría en el mayor grado de organización interpandillera, ahora que al menos una parte de ellas se articula bajo el sistema de «naciones».

Pero todavía queda por determinar hasta qué punto este nuevo tipo de formación social opera efectivamente como una forma delincuencial más sofisticada, o si es en gran parte una imagen mediática que ha sido importada como parte de la retórica de la globalización. Lamentablemente, en el caso ecuatoriano, los escritos sobre pandillerismo tienden a reproducir los clisés mediáticos sobre violencia y drogas y a convertir el tema de las «naciones» en otro lugar común.

Limpieza sociológica

En diciembre de 2004, dos jóvenes artistas fueron condenados a limpiar de los muros de Samborondón y otros lugares de la urbe una serie de grafitis que delineaban la silueta de un cerdo. Proyecto fallido de márketing para una cadena de sándwiches, en septiembre del año pasado fue enarbolado en época de elecciones seccionales como comentario político bajo el nombre de «Chanchocracia». De esa forma, pasó a convertirse en el motivo de una ola de histeria social sin precedentes respecto del pandillerismo. El lugar de la histeria: Samborondón. El móvil: una presunta venganza transnacional que tendría lugar entre las ciudadelas fortaleza. Sus agentes: jóvenes escolares y, sobre todo, sus padres y autoridades de instituciones educativas. Los objetos del miedo: pandilleros asociados al sistema de «naciones». La evidencia: un correo electrónico anónimo que asociaba las siluetas de los cerditos con un código de amenazas dirigidas a reivindicar un supuesto asesinato de «Latin Kings» acaecido en Madrid por parte de jóvenes de la elite guayaquileña. El gatillo de la histeria: la superposición, en un noticiero de televisión nacional, del e-mail anónimo con imágenes de pandilleros de «Latin Kings» junto con «Los Netas», una de las dos naciones reconocidas en el medio.

La nota más irónica de este episodio, que se prolongó durante una semana de máxima exposición mediática, es que el autor principal de las imágenes de los cerditos era un joven residente de la propia área de Samborondón, quien además gozaba de conexiones familiares con altas funcionarias de la municipalidad. El municipio, por supuesto, se pronunció tratando el caso como un acto vandálico que, sin embargo, fue manejado con explicables deferencias reservadas solamente a los ligados mediante lazos de parentesco. En un contexto en el cual el espacio público está siendo gradualmente privatizado, el control del ornato también es estricto. De ahí que figuras tan inocuas como las de los cerdos –combinadas con sentidos de seguridad pública que reposan solamente en estrategias represivas y que son traicionados por las fantasmagorías resultantes de la estigmatización de los jóvenes de los estratos populares– terminen suscitando una ola de histeria.

La resolución de este evento tuvo otro resultado irónico: el acto obligatorio de limpieza de los muros por parte de los artistas acusados de vandalismo fue cubierto mediáticamente, visibilizando, al hacerlo, una tarea cotidiana que normalmente se halla discriminada por la propia apropiación acrítica de los medios sobre los mecanismos de la renovación urbana y sus consecuencias sociológicas. Se trata de la limpieza igualmente compulsiva que está a cargo de los obreros tercerizados para dar mantenimiento a las calles, plazas y parques renovados.

La renovación urbana ha sido ejecutada mediante un aparato de fundaciones que actúan como extensiones paramunicipales para el diseño, la ejecución, el mantenimiento y la operación de los espacios intervenidos o que están bajo su influencia. Centenares de obreros han sido contratados para los trabajos de limpieza y mantenimiento. Baldosa por baldosa de las aceras renovadas, adoquín por adoquín de las plazas, bloque por bloque de los parques, son limpiados manualmente y bajo la presión de mangueras de agua. Todos los obreros uniformados trabajan en turnos y por sectores. Aunque las fundaciones subcontratan para las tareas descritas a otras compañías, generalmente estas últimas, con la venia de las primeras, contratan a obreros sin otorgarles beneficios tales como el del seguro de salud, ni proveerlos de implementos mínimos de seguridad industrial. Aunque la municipalidad se jacta de haber generado «miles y miles de puestos de trabajo» a cuenta de las obras de la renovación urbana, la mayor parte se basa en la explotación sistemática, con lo cual el gobierno local y sus fundaciones quedan fuera de cualquier responsabilidad moral, legal y social para con los trabajadores empleados a través de mecanismos de tercerización.

Si la cara visible de la renovación es la del éxito turístico, la naturaleza y las condiciones de trabajo de centenares de obreros son, en cambio, invisibilizados, como también lo es el carácter excluyente y de creación de fronteras del conjunto del proceso renovador. Como en otros lugares de Latinoamérica, el principal objeto de intervención en las reformas espaciales es el mercado informal. Los vendedores ambulantes son ora relocalizados (en el mejor de los casos, en centros comerciales y mercados de escasa fluidez de compradores), ora directamente marginalizados y condenados a la extrema pobreza. Al irrumpir la renovación en un sistema tradicional de aprovisionamiento basado en la economía callejera, los pequeños comerciantes han sido desplazados hacia los márgenes. En el caso de Guayaquil, los discapacitados que tenían a cargo la distribución de lotería y el alquiler de teléfonos fueron también excluidos, no sin enfrentamientos con la municipalidad. Aunque algunos de ellos han vuelto a las calles, la gran mayoría lucha por su supervivencia en las fronteras espaciales de la renovación. Muchos de estos vendedores informales son jóvenes y niños que aprenden a vivir y a resistir los embates de una ciudad amurallada o supervigilada. Si bien su mundo es espacialmente distinto del de quienes habitan las ciudadelas fortaleza, participan al igual que estos últimos de la creación de nuevos sentidos de ciudadanía movilizados desde el poder local. La experiencia guayaquileña fue premiada por la Organización de las Naciones Unidas en 2004 en tanto «paradigma de desarrollo humano», como parte del Proyecto de Gobernabilidad Local del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo.

Éste es, pues, el modelo de relaciones sociales entre los jóvenes a futuro: el de la segregación espacial, el miedo, la violencia y los estigmas entre diferentes clases sociales. Así, el discurso de la «gobernabilidad local», tan en boga en estos días, oculta una pregunta fundamental: ¿qué sentidos de ciudadanía se van creando?

La dinámica espacial de la renovación urbana no ha generado directamente por sí misma ni ciudadelas fortaleza ni «chicos burbuja», pero sí un ambiente ideológico que utiliza el tema de la seguridad pública para trazar fronteras espaciales entre los ciudadanos. La primera es una empresa pública, mientras que las segundas son enteramente privadas. Sin embargo, tanto las áreas renovadas como las ciudadelas amuralladas son producto de una concepción del orden social que intenta excluir a sectores marginalizados mediante políticas abiertamente represivas. En ambos casos, son compañías privadas las que guardan el orden impuesto, que incluye códigos de etiqueta de vestir y la discriminación sistemática para el ingreso de jóvenes de estratos populares, especialmente de aquellos que son vistos, mediante arbitrarios escrutinios visuales, como sospechosos de ser pandilleros. Aunque los espacios renovados son publicitados como puntos de encuentro para los ciudadanos en general, las prácticas cotidianas de supervigilancia imponen límites a tales encuentros. Éstos, cuando son posibles, se hallan articulados por una disciplina de recorrido espacial que simula la de los centros comerciales, solo que ahora el usuario se desplaza controlado frente a patios de comidas al igual que a jardines ornamentales y pasarelas. Éste es, pues, un sentido de ciudadanía que se basa en la no apropiación de los espacios públicos.

«Cultura»

Un obstáculo para el estudio de formaciones sociales juveniles es el que se deriva de la noción de «culturas juveniles». «Cultura» es un concepto que tiende, en sí mismo, a cosificar, homogeneizar y esencializar a los agentes de un todo social. Para el caso que nos atañe, ni los «chicos burbuja», ni los pandilleros, ni los jóvenes de la clase trabajadora forman mundos inconexos. Ninguno de ellos se sitúa más allá de las condiciones estructurales de una sociedad que, como la ecuatoriana, sigue un devenir de creciente dependencia económica y anulación de la soberanía en el campo de las relaciones internacionales, de aplicación de fórmulas autoritarias para el control ciudadano como parte de las reformas urbanas y de polarización social. De hecho, Ecuador es, a inicios del siglo XXI uno de los países latinoamericanos de mayores brechas entre su población: la relación de ingresos entre los más ricos y los más pobres es de 64 veces. Es también el de las murallas, aquellas que día a día expanden las cercas entre espacios urbanos siguiendo las líneas de separación entre clases sociales, murallas que sirven para promocionar urbanizaciones cerradas para la clase media que reeditan versiones acartonadas de Nueva York y París y para estimular la creación de paisajes arquitectónicos globales y anodinos, donde la figura de Ronald McDonald se convierte en una parada turística obligatoria. Esas mismas murallas y puentes son una marca espacial que hace referencia al aislamiento de jóvenes supervigilados por guardias y videocámaras y cuya principal contraseña de identidad es ser internautas de guerras compradas. La otra cara de los muros físicos es el fomento de la estigmatización de quienes son aislados, convertidos sistemáticamente en fantasmas y miedos que terminan articulando el conjunto de las relaciones sociales, solamente para el placer de los gobernantes y de los aduladores de la retórica de la «gobernabilidad local». Son ejercicios de gobernabilidad del estilo descrito para el caso guayaquileño los que dan cuenta de la exacerbación de la discriminación entre jóvenes de distintos estratos. El futuro: paisajes genéricos, fronteras espaciales y márgenes saturados de quienes no calzan en la fotografía de postal que maquilla el conjunto de la renovación urbana.