Coyuntura

De Bergoglio a Francisco. Legitimidad y carisma en la crisis de la Iglesia

La reconocida crisis de legitimidad que atraviesa la Iglesia católica pareció dar un vuelco con la elección de Francisco y su inesperada proyección popular, un fenómeno que merece más explicaciones desde la teoría política. La renuncia de su predecesor señaló un clímax en aquella crisis, que puede ser abordada desde perspectivas muy distintas, teológicas o sociológicas. Francisco inaugura un giro geopolítico de la Iglesia hacia América Latina y, asimismo, una transformación en las formas de la monarquía vaticana, pero los cambios que introdujo el nuevo papa, calificados de «populistas», enfrentan resistencias por parte de sectores conservadores.

De Bergoglio a Francisco. Legitimidad y carisma en la crisis de la Iglesia

Entre el apocalipsis y los tiempos del fin

Al promediar la última década del siglo pasado, Umberto Eco se preguntó si los pronósticos apocalípticos no se habían convertido en una parte de la tradición laica más que de la religiosa. El inminente fin de siglo era una ocasión propicia para volver sobre los peores presentimientos seculares: las consecuencias del cambio climático, el temido colapso informático, la violencia social en las periferias, el agotamiento de las fuentes de energía y todo lo que la imaginación sombría pudiera añadir a esta rápida lista, sin excluir el simple y llano fin del mundo que ya había aterrorizado la imaginación del primer milenio de la era cristiana.

Eco hizo estas reflexiones en una carta al cardenal Carlo María Martini (1927-2012), jesuita y experto en el Nuevo Testamento. Por entonces Martini estaba al frente de la arquidiócesis de Milán, la más poblada de católicos de toda Europa, que gobernó durante 22 años. Ambos habían aceptado intercambiar misivas sobre temas de interés ético y político. Según se especula, en el cónclave de 2005, la candidatura de Martini pudo haber contado con posibilidades ciertas de ganar el papado, aunque él mismo se encargó de cancelarla al entrar con un bastón a la asamblea, señal de que su salud no le permitía aceptar el posible nombramiento. Los partidarios de Martini se habrían orientado entonces hacia otro jesuita, el argentino Jorge Bergoglio, quien al parecer acabó secundando al vencedor en el escrutinio final. Joseph Ratzinger adoptó el nombre de Benedicto XVI, simbólico indicio de que sus esfuerzos, como los de su homónimo predecesor de la época de la Gran Guerra, se concentrarían en Europa y en la crisis de su catolicismo.

El ascenso al trono del prelado alemán no podía estar rodeado de peores condiciones. La Iglesia se encontraba asediada por todo tipo de escándalos –sexuales y financieros, en primer lugar– y dividida por tensiones internas. La prolongada y penosa agonía de su antecesor, Juan Pablo II, de quien representaba la continuidad conservadora, contribuyó a la desmoralización y al desgobierno. Admirado como intelectual de nivel internacional –se recuerda su polémica con Jürgen Habermas en Múnich, cuando era todavía cardenal, y sus tres bellas encíclicas–, a Benedicto se le reprochaba, sin embargo, su inclinación a permanecer aislado en su estudio y a desatender los crecientes problemas que afectaban la imagen y la vida de la Iglesia.

Fue la sorpresiva renuncia de este papa alemán de 85 años, en febrero de 2013, lo que sugirió a otro pensador italiano, Giorgio Agamben, una reactualización del tema del fin de los tiempos, que se diferencia conceptualmente del apocalipsis del que había hablado Eco en forma metafórica. Ahora el fin de los tiempos se vislumbraba dentro del propio contexto eclesiástico, retomando sus orígenes teológicos. Benedicto –explicó Agamben– había dado señales de su intención de abdicar. Ya en 2009, por caso, había ofrecido su palio ante la tumba de Celestino V, quien no resistió a las presiones y renunció en 1294 (por considerarlo un acto de cobardía, Dante lo destinó al infierno de su Comedia). La resolución final de Benedicto había sido, pues, largamente reflexionada, pero, además, libre, como se ocupó de aclarar cuando la anunció al mundo en un texto en latín. De este modo se ajustaba a lo que estipula el código canónico. Otros monarcas europeos más jóvenes abdicaron en favor de sus hijos para la misma época: Beatriz de Holanda (de 75 años) lo precedió en enero; Alberto de Bélgica (de 79) lo siguió en julio. A diferencia de sus colegas constitucionales, Benedicto no tenía la facultad de imponer a un sucesor. Compartía con ellos, sin embargo, la intención de revitalizar las monarquías que habían encabezado, todas ellas sometidas a críticas de variado tenor provenientes de una cultura democrática.

Los efectos de su resignación no podían ser del todo previstos en un nivel práctico, aunque Benedicto tenía clara conciencia de sus fundamentos doctrinarios. Según recuerda Agamben, medio siglo atrás, siendo un joven teólogo, Ratzinger había escrito un artículo académico sobre Ticonio, pensador que influyó en Agustín, quien aseguraba que la Iglesia incluía dentro de ella tanto el bien como el mal. En esta sencilla premisa latían importantes derivaciones: por ejemplo, que el Anticristo no era un enemigo externo, sino parte de la realidad de la Iglesia. Este artículo prefigura el contexto que Ratzinger tuvo que enfrentar –sin éxito– durante su papado: una vasta corrosión institucional que se sumaba a la deserción de fieles y a la escasez de vocaciones sacerdotales, conspiraciones curiales cada vez más abiertas y denuncias de viejos y nuevos delitos sexuales en ámbitos religiosos. La gota que colmó la medida de Benedicto fue la filtración a la prensa de sus papeles reservados. Con su abdicación, sostiene Agamben, el papa habría puesto de relieve que la gran crisis de legitimidad que recorre todas las instituciones de Occidente abarcaba también, y de lleno, la que él encabezaba, supuesta gran fuente de legitimidad general emanada de unos eternos ideales de autoridad y justicia. Estos valores hallaban respaldo en una invariable ley natural. Se contraponían así a los vaivenes temporales del mero poder, a las formalidades del derecho y a sus cambiantes normativas.

Las enseñanzas del apóstol Pablo en sus epístolas brindan a Agamben una base para analizar la crisis política de la Iglesia a través de un prisma teológico que se combina con el de Ticonio. Esta perspectiva permite advertir en toda su dimensión, asegura el autor, la revolucionaria actitud de Benedicto, porque su «valiente» resignación permitió descubrir un misterio demasiado soslayado por una Iglesia sumergida en preocupaciones mundanas: el misterio de la escatología del que habló Pablo.

La escatología alude a la lucha entre el bien y el mal en los tiempos del fin (no en el fin del tiempo o Juicio Final, momento en que aquella lucha ya ha sido decidida). Su «misterio» no implica algo oculto, un secreto, sino un drama histórico cuyo vasto teatro es el mundo. El periodo que se abría, según Agamben, se hallaba determinado por un «tiempo mesiánico», expresión difícil de aferrar que, entre sus evasivas cualidades, incluye la anomia o falta de ley característica de nuestra época, según un diagnóstico muy difundido.