Tema central

Cuba versus Estados Unidos y la cuestión de la democracia

Aunque el fin de la Guerría Fría acabó con muchos de sus argumentos, la política unilateral de Estados Unidos hacia Cuba no ha variado. Se ha avanzado, es cierto, en la cooperación para el rescate de los balseros, la mejora en el trato a los migrantes e incluso el control del narcotráfico, pero el eje sigue siendo el bloqueo y la hostilidad. El artículo argumenta que esta política no es consistente con su supuesta base democrática y produce el paradójico efecto de debilitar, dentro de Cuba, a aquellos que reclaman un sistema menos estadocéntrico y políticamente más abierto. Sin embargo, en los últimos años se ha operado un cambio silencioso en la relación bilateral: un reacercamiento entre ambas sociedades que, al margen de los gobiernos, ha sido posible por el nuevo lobby de empresarios estadounidenses deseosos de comerciar con Cuba, junto con organizaciones de la sociedad civil, legisladores y artistas, y que ya ha producido las primeras grietas en el muro del bloqueo.

Cuba versus Estados Unidos y la cuestión de la democracia

Tenemos pocos clientes mejores que Cuba, que compró el último año más productos que cualquier otro país de este hemisferio, excepto Canadá.

Lynn W. Meekins (1918)Si se levantaran las estrictas sanciones comerciales (...) el mercado para el arroz estadounidense podría alcanzar las 800.000 toneladas, y la participación de Louisiana llegaría a 480.000 toneladas. Eso representa 14 veces más arroz de lo que Louisiana vende en la actualidad; imagínense el impacto que esto podría tener para nuestro estado.

Diputado estadounidense Rodney Alexander (2007)

Hace unos 15 años, un compañero de entonces me pidió que escribiera una ponencia para un taller que él organizaba sobre la forma en que las relaciones con Estados Unidos afectaban la democracia en Cuba. Releyendo hoy aquel texto –titulado «1999. La lógica democrática y el futuro de las relaciones entre los Estados Unidos y Cuba»– descubro que el conflicto bilateral y sus efectos sobre la política interna cubana están casi en el mismo lugar. Más allá de su aparente causa de origen –la Guerra Fría–, las raíces de ese conflicto perduran. De ahí que una parte de mis razonamientos y argumentos no serán –para mi propia sorpresa retrospectiva– sino reiteraciones de los de 1994. Otros, en cambio, aluden a fenómenos emergentes en las relaciones entre los dos países, así como a las dinámicas de cada uno. Finalmente, discutiré la cuestión de la estructura del conflicto, la normalización y sus límites, y las oportunidades para un diálogo.

La política de EEUU hacia Cuba

Los contenidos de la política de EEUU hacia Cuba y su falta de consistencia con la lógica democrática son prácticamente los mismos que hace 15 años, cuando no resultan, en algunos aspectos, todavía más flagrantes.

En primer lugar, esta política no está avalada por el consenso popular. Según las últimas encuestas, la opinión pública de EEUU –independientemente de sus posiciones sobre el régimen cubano– se manifiesta mayoritariamente a favor de una relación más normal con la isla. Esto incluye a los cubano-americanos. La política estadounidense es también excluyente ante sus propios ciudadanos. Los norteamericanos tienen prohibido visitar Cuba, no importa si viven en territorio de EEUU o en otro país. Desde 2004, incluso los emigrados cubanos son sometidos, por el solo hecho de residir en EEUU, a limitaciones estrictas en sus visitas a la isla (que pueden realizar solo una vez cada tres años). El envío de remesas está supeditado al grado de parentesco (no pueden, por ejemplo, enviar dinero a tíos y primos) y el máximo permitido es de 100 dólares mensuales.

En este marco, el asunto de Cuba sigue en manos de una elite insertada en los aparatos de seguridad nacional de la Guerra Fría, que mantiene su control sobre el tema a pesar de que la «amenaza cubana» ha perdido credibilidad desde 1991. Por otra parte, en el sistema político estadounidense, el tema de Cuba ha sido rehén de grupos de interés especial, compromisos políticos, transacciones y presiones, todos ellos ajenos al interés de la mayoría de los norteamericanos y de los cubanos. Por ejemplo, la Ley Helms-Burton, que en 1996 codificó todas las regulaciones del embargo en una única legislación, respondió a un cabildeo impulsado por la corporación Bacardi en alianza con los diputados cubano-americanos y la derecha de los dos partidos. A lo largo de los años, las posiciones del gobierno estadounidense se han legitimado en el sector más conservador de los emigrados a EEUU, el más excluyente y elitista, representante de la clase alta y de las corrientes anexionistas, cuyo buque insignia es la Cuban-American National Foundation. Esta no responde al interés de la gran mayoría de los emigrados, quienes carecen de lobbies u organizaciones democráticas que los representen.

El bloqueo, la hostilidad, las amenazas y la extrema ideologización no se compadecen con el carácter ni el propósito de la democracia, ni con temas como los derechos humanos. Lejos de seguir las pautas democráticas de diálogo, cooperación y negociación, se apoyan en acciones unilaterales. El argumento para justificar esta posición –la idea de que Cuba es un Estado «retrógrado» comparable a Irán, Libia o Corea del Norte– es poco consistente con la percepción prevaleciente sobre la isla en el sistema internacional y con sus relaciones diplomáticas y comerciales con 181 países. De hecho, EEUU tiene un vínculo más normal con la Libia de Khadafi y un diálogo más productivo con la Corea de Kim Jong Il que con el gobierno cubano. Este doble rasero se reitera en las relaciones de EEUU con otros Estados con sistemas políticos similares al de Cuba, como China o Vietnam, o con países usualmente criticados por sus prácticas judiciales y discriminatorias hacia ciertos grupos sociales, como Kuwait y Arabia Saudita.

Por otra parte, esta política ignora los cambios en Cuba, aunque impliquen una ampliación de las libertades o un paso en el camino de las reformas, como lo fueron la reforma constitucional de 1992, las medidas económicas que se implementaron entre 1993 y 1996 y las iniciadas en febrero de 2008, en la medida en que estos cambios no encajan con los mandamientos establecidos a priori en los documentos que preconizan «la transición cubana».

Finalmente, la política de EEUU impide el libre flujo de información y de contactos y dificulta el intercambio de ideas. Por ejemplo, en el campo cultural, la política de negación de visas a intelectuales y artistas cubanos dio lugar a que, entre 2002 y 2003, se redujeran a la tercera parte los proyectos de intercambio existentes y se bloqueara la asistencia de músicos cubanos a la entrega de los Premios Grammy Latinos. En resumen, la lógica de la política norteamericana hacia Cuba, la forma en que se implementa, la naturaleza del proceso político que la determina, sus principales actores, su apelación constante a la coacción y la unilateralidad, su doble rasero internacional y su rigidez, constituyen un paradigma ajeno al espíritu y los elementos propios de la democracia. Este aserto no debe verse simplemente en sus implicaciones éticas ni apenas en función de un discurso principista. En términos prácticos, esta política tiene dos consecuencias fundamentales: la primera es que, como ejercicio dirigido a educar en la democracia, la libertad y los derechos humanos al gobierno de Cuba y a los cubanos, contiene fallas de origen que la tornan ilegítima a los ojos de estos y le impiden ejercer una crítica que pueda ser asimilada favorablemente. La segunda, corolario de la primera, es que cualquier actor nacional o internacional al que se perciba alineado con esa política, que la reproduzca, se apoye en ella o se deje apoyar por ella, sufre una seria limitación para legitimarse dentro de la isla.