Coyuntura

Cuba: las morbosidades políticas y los cisnes negros

A cuatro años de su asunción, la gestión de Raúl Castro no ha producido grandes avances. Las tímidas medidas de apertura prometidas no se han profundizado. La crisis de la economía se prolonga y si no se agudiza es gracias a los subsidios venezolanos. Desde el punto de vista político, la disidencia interna se ha renovado, con la aparición de nuevas figuras y grupos, y ha tenido un hito trágico en la muerte por huelga de hambre de Orlando Zapata, aunque sin que ello se refleje en cambios en el sistema político. En suma, Cuba se encuentra hoy en una situación que Gramsci hubiera definido como «morbosidad política», en la que lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer.

Cuba: las morbosidades políticas y los cisnes negros

Cuando escrutamos el tiempo y nos percatamos de que el general Raúl Castro lleva cuatro años en el poder –todo un término presidencial–, no tenemos más remedio que pensar que no ha sido precisamente un presidente efectivo y audaz. Y que disolvió en la mediocridad política los buenos auspicios inaugurales de su gestión, que hubieran facilitado una sucesión cómoda y exitosa. A pesar de su retórica inicial, nunca apostó seriamente al cambio, ni siquiera a aquellos cambios que hubieran ampliado el proyecto de poder burocrático/militar de la elite que encabeza. Y ha conducido al país a una situación en la que cada vez más el cambio huele a rupturas y desarraigos que cuatro años atrás hubieran podido evitarse.Pudiéramos extenderle al general/presidente el beneficio de la duda respecto a su primer año, cuando su hermano aún hablaba de regresar al puesto de mando y no existía la certeza de que su enfermedad era definitiva. Luego, en julio de 2007, convocó a un debate nacional que inflamó las expectativas de cambio pero que fue languideciendo y terminó con algunas disposiciones menores, desde el permiso otorgado a los cubanos para comprar computadoras hasta la más reciente privatización de las barberías siempre que tengan menos de tres sillones.

Finalmente, en febrero de 2008 Raúl Castro fue elegido presidente del Consejo de Estado. Esto se proclamó como el fin del mandato interino, pero al mismo tiempo anudó la peor combinación política imaginable al cooptar como vicepresidente a José Ramón Machado Ventura, un oscuro y ultraconservador burócrata del partido, y justificar una posición anticonstitucional de omniasesoría para su hermano. Así selló la (mala) suerte de los integrantes más jóvenes de la elite, defenestrados un año más tarde en un proceso estalinista de fusilamientos morales y autocríticas poco creíbles. Y finalmente detuvo los cambios prometidos en el umbral de un anunciado temor al error, de un no derecho a la equivocación, como si no existiera mayor equivocación en una gestión estatal que la incapacidad para garantizar tres comidas a sus ciudadanos en nombre de la pureza doctrinaria.

De todas maneras, el final de 2008 fue particularmente severo: tres ciclones tropicales atravesaron la isla ocasionando daños mayores a una economía estancada y sostenida por los subsidios venezolanos. Desde entonces, la vida cotidiana ha estado marcada por la carestía de productos básicos, por los ataques verbales desde el gobierno contra el «paternalismo» y el «dispendio» y por un cinturón más apretado sobre un consumo popular que hace tiempo perdió su cintura.

La decepción y el empobrecimiento han confluido en los primeros meses de 2010 para configurar una situación que Antonio Gramsci hubiera definido como «morbosidad política», cuando lo viejo no muere y lo nuevo no nace, cuando la «clase dominante» pierde su capacidad de dirección, cuando, finalmente, de tanto pensar de la misma manera se acaba por no pensar. No es casual que a fines de 2009 se hayan celebrado en el país unas maniobras militares regulares denominadas «Bastión». Lo singular es que las maniobras no estuvieron dirigidas a repeler una invasión externa, sino un levantamiento interno, un «aumento de la actividad subversiva del enemigo encaminada a producir desorden social e ingobernabilidad», tal como explicó el general a cargo del operativo y reportó el corresponsal del diario El País en La Habana. Es decir, un inédito ejercicio de contrainsurgencia en un sistema político que se autoproclama como «de todo el pueblo».

El problema de la economía y algo más

Tras la espectacular caída de principios de los 90, la economía cubana inició un proceso de recuperación de la mano del turismo y de la extracción de níquel, y lubricado por reformas que facilitaron un mayor uso de los mecanismos de mercado, un cierto despliegue de la iniciativa privada en la agricultura y los servicios y una inyección sustancial de inversión extranjera. Estas reformas, sin embargo, se detuvieron a partir de 1996 y fueron definitivamente sepultadas cuando apareció en escena lo que Nassin Taleb llamaría un «cisne negro» descomunal: un imprevisto gobierno en Venezuela dispuesto a financiar la revolución continental y con recursos abundantes para al menos intentar hacerlo.

Los subsidios venezolanos han mostrado ser suficientes para sostener una economía ineficiente que ha hecho de la crisis un modus vivendi y de la pobreza una virtud, pero obviamente no para generar prosperidad. El crecimiento económico y la mejora en los indicadores sociales reportados desde 2000 han sido de manera significativa el producto de manipulaciones y adecuaciones estadísticas, que han sido analizadas críticamente por Carmelo Mesa-Lago y han atormentado a más de un técnico cepalino. Pero desde 2008 ni siquiera los artificios econométricos pueden ocultar el descenso: en 2008 se reportó un crecimiento de 4,3%; en 2009, del 6% planificado se obtuvo 1,4%; y en 2010 se estima un 1,9%. En ninguno de estos años la productividad del trabajo se incrementó, ni mejoró la situación de la siempre deficitaria balanza de pagos, y es probable que en todos ellos la economía haya decrecido en términos absolutos.

En consecuencia, la economía insular ha llegado a un punto de estrangulamiento –y por supuesto, también el consumo familiar– cuyo rebasamiento exige un programa coherente, sobre lo cual la clase política cubana –que cuenta a su favor con excelentes recursos técnicos– debe poseer toda la información necesaria para calibrar tanto la urgencia de la situación como sus consecuencias. Y de hecho desde fines de 2008 la necesidad de ajuste ha sido mencionada reiteradamente por Raúl Castro y otros dirigentes en sus comparecencias públicas, aunque de una manera intrigantemente parcial.

El discurso oficial ha enfatizado el desbalance entre gastos e ingresos, pero ha tendido a presentar como principal problema el tamaño del gasto y no, como resulta empíricamente inobjetable, la exigüidad crónica del ingreso. Y en consecuencia las medidas anunciadas han estado dirigidas a restringir el consumo (ahorro energético, eliminación de subsidios) en detrimento de aquellas otras que hubieran creado un entorno más auspicioso para la economía mediante un uso más extendido del mercado y de formas de propiedad privadas y cooperativas, que liberen las fuerzas productivas y los ingentes recursos humanos nacionales y produzcan una nueva estrategia económica con redefiniciones acerca de las relaciones entre mercado y planificación, y entre lo privado y lo público. En ese sentido, las medidas adoptadas han sido reducidas a precios más ventajosos para los productores agrícolas, la eliminación de trabas burocráticas en la producción agrícola, un lento reparto de tierras ociosas entre personas dispuestas a trabajarlas y la ya mencionada privatización de las barberías pequeñas, entre otras minucias similares.

La timidez del equipo de Raúl Castro resulta aún más intrigante si tenemos en cuenta que existen evidencias suficientes del efecto positivo que pueden tener aquellas medidas que relajan los controles burocráticos sobre la economía. Por ejemplo, cuando en 1993/94 se abrieron espacios de mercado privado para la provisión de servicios y la comercialización de productos agrícolas, que absorbieron a los centenares de miles de trabajadores desempleados durante la crisis, mejoraron los niveles de consumo de la población, lo cual apaciguó un escenario político crispado que en 1994 había producido un éxodo migratorio masivo y una violenta protesta popular en el centro de La Habana.

Sin pretender explicaciones conclusivas sobre un proceso aún en marcha, argumentaría que la proverbial timidez del general/presidente está determinada por dos razones políticas.

La primera de ellas se refiere al temor a que cualquier movimiento de la economía pueda expandir peligrosamente la mancha de pobreza en el país, y al mismo tiempo alterar los cimientos del pacto posrevolucionario entre la elite y la población, que ha implicado el intercambio de lealtad política sin fisuras por la protección estatal y la evitación de la pobreza. Justo el mismo temor que detuvo la reforma económica en el umbral del V Congreso del Partido en 1997 –el congreso de la contrarreforma– y el que produjo el retraimiento del proyecto de los militares para reorganizar las empresas estatales sobre la base de la descentralización y la autonomía gerencial. Los escenarios han cambiado. Hace tres lustros, la brutal caída de la economía había producido una situación de emergencia nacional que podía acompañarse de un discurso patriótico y una revalidación del Estado protector frente a la orgía neoliberal, todo ello con el recurso político inestimable de Fidel Castro. Hoy este último recurso no está biológicamente disponible, la imagen imperialista se difumina ante la imagen sonriente de Barack Obama y es imposible mantener la promesa del cuidado estatal. Y si algo saben los dirigentes cubanos –educados en una escuela jesuita-leninista del poder– es que el levantamiento de los excesos «paternalistas» estatales va a acarrear inevitablemente la erosión de los apegos clientelistas de la población. Por consiguiente, la reforma económica implicaría necesariamente variaciones en el diseño político, sobre lo cual hay poco consenso y escasas ideas.

Por otra parte, y esto es quizás mucho más importante, la reiterada afirmación de Raúl Castro de que no hay derecho a cometer errores, y la parálisis consiguiente, solo puede explicarse por la existencia de desacuerdos relevantes dentro de la elite política. Aunque el ajuste realizado por Raúl Castro entre 2008 y 2009, que culminó con la expulsión de los dirigentes más jóvenes y aupados directamente por Fidel Castro en años anteriores, unificó a la elite, lo hizo de manera temporal (dada la avanzada edad de sus principales figuras) y dejó sobre la mesa importantes discrepancias entre el grupo más conservador afincado en la burocracia partidaria (y posiblemente cobijado por Fidel Castro desde su activo lecho de convaleciente) y el sector tecnocrático-empresarial representado por los militares. Esas discrepancias no se refieren al tema puramente político, donde ambos grupos apuestan por la continuidad del régimen autoritario, sino al económico, donde los militares estarían interesados en una mayor apertura de mercado, área en la cual han ocupado espacios muy importantes de la economía nacional agrupados en el holding Gaesa, cuyo director ejecutivo es un yerno de Raúl Castro.

En resumen, para una elite acostumbrada a gobernar sin competencias sobre una sociedad atomizada y controlada verticalmente, la idea de una expansión del mercado y de sus actores autónomos es siempre una preocupación. Pero manejable en tanto que la dinámica del mercado produzca un excedente suficiente para integrar a los ganadores e ilusionar a los perdedores. En cambio, cuando esa demanda de autonomía viene de la sociedad civil, la situación se torna intolerable.

El signo de Zapata

La oposición política cubana –pequeños partidos, organizaciones de derechos humanos, periodistas independientes, blogueros, etc.– parecía haber llegado en noviembre a un estado de inanición política. Comprimidos por la represión oficial, sin posibilidades de acceder a la opinión pública y probar su discurso político, los grupos disidentes tradicionales solo podían mostrar al mundo sus capacidades para sobrevivir a las adversidades. Pero el mundo siempre exige más a cambio de su admiración y su apoyo.

A mediados de octubre, un grupo de disidentes inició una reclusión de protesta en casa de un conocido activista –hijo de un viejo dirigente comunista ya fallecido–, lo que suscitó la movilización de decenas de partidarios gubernamentales que cercaron la casa y profirieron todo tipo de insultos contra sus ocupantes. Permanecieron enclaustrados por 40 días, sostuvieron un largo ayuno e incluso anunciaron el próximo deceso de una líder opositora –que llegó a recibir la extremaunción– sin lograr la atención de la prensa internacional ni la solidaridad de otros grupos y figuras opositoras con más visibilidad. El fin del enclaustramiento, con una declaración para continuar la lucha, no mereció mejor suerte.

Por entonces, la figura estrella de la oposición era Yoani Sánchez, una joven bloguera que había cautivado a los medios internacionales y recibido numerosas condecoraciones, entre ellas el premio Ortega y Gasset de 2008. Hábil intérprete de las frustraciones de una generación aburrida, Yoani supo hacer la mejor propaganda política desde su blog: la propaganda que puede presentarse como no política. Pero su trabajo también tenía un límite, marcado por el escaso acceso de los cubanos a Internet. Por eso, cuando los disidentes estaban realizando su aislada demostración, Yoani comenzó a ampliar su performance política con incursiones en lugares públicos, que fueron filmadas y transmitidas internacionalmente.

El 6 de noviembre, cuando se disponía a participar en una marcha contra la violencia convocada por un grupo de jóvenes críticos ubicados en el espectro de la izquierda, fue secuestrada durante algunos minutos por agentes policiales con la intención de impedir su participación. Como respuesta a ello, su esposo, un conocido periodista independiente, retó al policía que había dirigido el secuestro a un encuentro en una concurrida esquina de la ciudad para debatir el hecho, pero cuando llegó al lugar fue agredido por una turba organizada por el gobierno.

La consigna que primó entre los agresores del esposo de Yoani Sánchez indicaba claramente el sentido de la represión y el límite establecido a la acción de los disidentes: la calle, gritaban, es de Fidel. Con ello, la clase política cubana tendía un cerco sanitario a la débil oposición, buscando por todos los medios separar de ella lo realmente peligroso: la insatisfacción generalizada por una crisis económica que hasta hoy parece interminable. La puesta en contacto de ambas variables habría producido esa crisis de gobernabilidad que anunciaban hipotéticamente los diseñadores de la maniobra militar Bastión 2009.

En el momento en que se realizaba la maniobra militar, la situación daba la apariencia de estar bajo estricto control. Y nada parecía haber cambiado cuando, el 3 de diciembre, un albañil negro de 42 años detenido por actividades políticas ilegales, que había adoptado en la cárcel una posición de no cooperación, se declaró en huelga de hambre. Su nombre, Orlando Zapata Tamayo, estaba llamado a ocupar trágicamente un lugar en las primeras planas periodísticas cuando, 86 días después de iniciar su huelga, falleció. Era el 23 de febrero de 2010.

La primera reacción del gobierno fue la perplejidad ante el hecho terrible de una persona que había decidido castigar con su propia vida la intransigencia e intolerancia de la política oficial. Era evidente que un desenlace de esta naturaleza no estaba contemplado: antes habían existido huelgas de hambre con finales negociados, y de todas maneras, desde la arrogante visión gubernamental, no resultaba creíble que un miembro de esa degradada tropa de mercenarios sin principios que supuestamente constituía la oposición fuera capaz de entregar su vida. Pero la segunda reacción fue aún más deprimente: todos los medios de propaganda del gobierno enfilaron sus recursos difamatorios sobre Zapata. Un intelectual progubernamental –Enrique Ubieta– cuya reconocida fidelidad nunca había podido compensar su crónica falta de talento, fue paseado por el mundo en una campaña infame de denigración: Zapata, desde su óptica, no era otra cosa que «un preso común de largo historial delictivo» convertido en «trofeo colectivo» por sus propios correligionarios, para quienes resultaba «un hombre prescindible».

La muerte de Zapata ha resultado particularmente costosa. En el plano mundial, el gobierno ha cosechado un rosario interminable de repulsas, y algunos de sus avances en relaciones internacionales han retrocedido sustancialmente. En particular, sus relaciones con la Unión Europea –mejoradas en 2008 con el apoyo del Partido Socialista Obrero Español (PSOE)– han regresado a un impasse de incertidumbre que vuelve a colocar el tema de la «posición común» en la agenda bilateral. Y por esta misma razón el sacrificio de Zapata ha movido el escenario político en una dirección más auspiciosa para el relanzamiento de la actividad de los disidentes.

Una primera manifestación de ello fue el inicio de varias huelgas de hambre, la más relevante de las cuales ha sido llevada a cabo por un psicólogo, Guillermo Fariñas, que había escalado posiciones significativas en el aparato estatal cubano hasta su rompimiento a mediados de los 90, y que acumulaba un récord de 23 huelgas de hambre. La demanda de Fariñas –la liberación de 26 presos políticos con problemas de salud– aún no ha sido satisfecha; al momento de escribir estas líneas la huelga de hambre continuaba en un hospital de La Habana donde el huelguista, en estado crítico, era alimentado por la vía intravenosa.

Un resultado interesante de este enconamiento político ha sido el posicionamiento público de la Iglesia católica, en general muy cauta en temas políticos, a través del cardenal Jaime Ortega, quien exhortó al gobierno a «que se hagan en Cuba los cambios necesarios con prontitud para remediar esta situación», que definió como «una encrucijada fatal». No olvidemos que la Iglesia católica cubana es la organización no gubernamental más fuerte y concurrida, y que fue particularmente cuidadosa en sus relaciones con el Estado, sobre todo desde la visita del papa a fines del pasado siglo.

Pero probablemente el hecho más significativo, que nuevamente puso al gobierno contra las cuerdas en su celo por conservar el absoluto control de los espacios públicos, fue la reanimación de las Damas de Blanco. Este grupo está constituido por mujeres, familiares de los presos políticos, que no enarbolan otra consigna que la liberación de sus familiares y limitan su acción a desfilar por las calles de La Habana con gladiolos. El gobierno ha incrementado la represión contra las Damas de Blanco mediante difamaciones públicas, turbas agresivas, prohibiciones y eventualmente agresiones directas de la policía, pero la misma naturaleza de este grupo y sus acciones lo convierten en algo cualitativamente nuevo, pues sus propias fragilidades físicas –mujeres, una buena parte de ellas de edad avanzada– incrementan el costo de la represión, al mismo tiempo que sus métodos de comunicación política no requieren de más recursos que sus presencias silenciosas. En otras palabras, las Damas de Blanco han convertido su presunta debilidad en una fortaleza con la que el gobierno cubano no sabe tratar.

De cualquier manera, en el campo de la oposición política organizada el gobierno cubano ha preferido –y lo seguirá haciendo– pagar el precio del descrédito internacional a evitar pagar un precio interno mucho mayor. Y lo hace con pleno conocimiento de que finalmente los intereses mercuriales van a resultar más convincentes que los escrúpulos éticos y políticos.

Las travesuras de los hijos

El sistema político cubano experimenta, con mayor frecuencia de lo que la elite política quisiera, disensos intelectuales que tratan de presentar a la sociedad programas de renovación socialista y democrática, y cuyos contenidos rebasan los límites tolerados por el propio sistema. Por lo general, estos grupos aprovechan coyunturas críticas en las que la propia elite convoca a debates públicos con efectos catárticos, que tienen además la misión de recabar información para la producción de políticas.

El caso más conocido de este tipo de experiencia fue el Centro de Estudios sobre América (CEA), cuyos integrantes fueron acusados públicamente por Raúl Castro en marzo de 1996 de ser «agentes imperialistas» y fueron sometidos a un duro proceso de discusiones políticas durante un año.

Aunque el CEA existía desde 1980 como un centro de investigaciones académicas del Partido Comunista sobre temas hemisféricos, su proyección al tema cubano comenzó a fines de los 80, cuando primero el llamado Proceso de Rectificación y luego la convocatoria al debate nacional en torno del IV Congreso atrajeron la atención de sus investigadores. Por cerca de una década, el CEA funcionó como un centro intelectual de alta producción teórica crítica sobre la sociedad cubana, con propuestas socialistas y una adscripción en lo fundamental a las reglas del sistema político cubano, nada de lo cual lo eximió de la burda represión de 1996.

La convocatoria de Raúl Castro a un debate nacional en 2007 tuvo el mismo efecto seminal en la imaginación política de un grupo de académicos y activistas que han conformado una red llamada «Observatorio Crítico». A diferencia del CEA, se trata de una red de personas de diferentes campos y generaciones (aunque con un claro predominio de jóvenes) que combinan el quehacer académico con el activismo social. Entre sus actividades, se destacan la celebración de encuentros para debatir temas seleccionados, hacer balances y adoptar nuevas metas; el apoyo a grupos comunitarios, una manifestación pública contra la violencia por las calles más céntricas de la capital y la emisión de una protesta en contra de la represión de actividades culturales organizadas por ellos o por otras agrupaciones.

Curiosamente, en el documento emitido entonces se menciona de manera implícita la represión que sufrió Yoani Sánchez cuando se proponía participar en la marcha contra la violencia a principios de noviembre. Esta protesta fue impresa y distribuida en diferentes lugares de la isla, colocada en el blog de la red y firmada por 82 personas y seis organizaciones, casi todas absolutamente informales. Es decir que se trata de un grupo organizado como red que ha incorporado a su quehacer las nuevas tecnologías y que aprovecha todos los espacios disponibles para comunicarse con la sociedad de manera horizontal. Una novedad muy significativa para un movimiento de esta naturaleza, que no pretende una ruptura sistémica sino su renovación.

La frecuencia con que importantes figuras de la intelectualidad cubana se unen a los reclamos críticos de cambio –el caso más señalado es el del cantante Silvio Rodríguez, caracterizado por una fidelidad a toda prueba– quizás indique que experiencias como el Observatorio Crítico son solo la punta del iceberg de un sector «sistémico» de descontento mucho mayor, cuya relevancia cualitativa estriba en su capacidad para interrelacionarse con la sociedad y con la propia elite.

Las opciones del futuro

Cuba, con su situación morbosa y sus cisnes negros, solo permite al espectador mirar el futuro con un signo de interrogación.Siempre en el terreno hipotético, diría que en el corto plazo (un año) no son esperables cambios sustanciales en ningún sentido, de lo que es un indicador la permanente posposición del VI Congreso del Partido Comunista (el cónclave por excelencia para alcanzar acuerdos intraelite y definir políticas de mediano plazo). Esta inercia seguirá tensando el sistema, pero sin llegar a una situación de ingobernabilidad. Y será así siempre que los dirigentes cubanos sean capaces de mantener a la minoría opositora bajo control, vapuleada por los servicios secretos y las agresiones de la otra minoría partidaria militante del gobierno. Y será posible, sobre todo, si la mayoría expectante permanece en su limbo de temores ante el cambio, de supervivencia a expensas de las remesas y la corrupción cotidiana y, para los más audaces, el sueño de emigrar a Estados Unidos.

En el mediano plazo la situación es más compleja, pero nada indica que se producirá un colapso, tal como sugieren, confundiendo deseos con realidad, los fragmentos ultraderechistas del exilio y sus prolongaciones de la disidencia interna. Tampoco parece que el país pueda afrontar en el futuro un proceso de renovación socialista encabezado por una elite autoritaria, como imaginan los miembros del Observatorio Crítico, sencillamente porque esta elite nunca ha sido socialista, no está interesada en este rumbo y, aun cuando lo estuviera, sabe perfectamente que el sistema es duro, pero frágil, y que cualquier reforma política interna pone en peligro la continuidad del régimen político y de sus propios intereses sectoriales. Un colapso en función de un régimen liberal o una renovación socialista democrática son solamente probabilidades matemáticas de muy difícil materialización.

Desde mi punto de vista, el derrotero más probable es una apertura paulatina y moderada de mercado que permita a la elite política posrevolucionaria su conversión en burguesía para, de esa manera, relanzar el proyecto de acumulación capitalista, que hasta el momento se ha venido realizando trabajosamente desde los espacios del sector público. Los casos de corrupción recientemente aireados –el producido en el Instituto de Aeronáutica Civil y el que ha involucrado a la compañía mixta Río Zaza, copropiedad de un hombre con acceso total a los mandos militares y al clan familiar Castro– son solo la parte visible (y afectada por consideraciones políticas) de un entramado de acumulación originaria más amplio.

A su favor, los dirigentes cubanos cuentan con la posibilidad de que una isla económicamente más dinámica consiga obviar los celos democráticos de sus homólogos europeos y norteamericanos, y que finalmente el consenso latinoamericano –sellado en 2008 con el ingreso de Cuba al Grupo de Río– continúe. Todo lo cual se materializaría más rápidamente si finalmente apareciera petróleo suficiente y de calidad en la parcela cubana del Golfo de México. Y en relación con EEUU, la apuesta es que este país adopte una política más pragmática en función de acuerdos que garanticen la seguridad de su frontera caribeña, más aún si el Plan Mérida resulta exitoso y se produce una intensificación del uso de la zona como vía para el narcotráfico, tal y como lo ha sugerido Jorge Rodríguez Beruff.

Por supuesto, cuando todo esto ocurra las demandas serán otras, provendrán de actores autónomos en el mercado y en un contexto político menos polarizado. Pero para entonces las movidas que podrá hacer la clase política también serán otras, imagino que siempre bajo la supervisión rigurosa de los militares y del clan Castro, un apellido que probablemente sobrevivirá a la polémica magia de sus fundadores.