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Corrupción en el Senado brasileño: síntoma de una crisis de larga duración

La crisis del Senado brasileño, iniciada con las acusaciones de corrupción contra su presidente, se propagó al Poder Legislativo e incluso al Ejecutivo. El artículo sostiene que se trata del reflejo de una crisis general de los partidos políticos y de los parlamentos modernos, resultado de las presiones combinadas del decisionismo gubernamental y la espontaneidad social, que limitan la capacidad de acción del Legislativo. En el fondo, esto es una consecuencia de una situación de malestar institucional más amplia, una crisis de subjetividad política, en la que los sistemas políticos se vuelven incapaces de interactuar con la cultura y la sociedad producidas por los nuevos términos de la vida globalizada.

Corrupción en el Senado brasileño: síntoma de una crisis de larga duración

Aun cuando todo haya terminado en un armisticio, un análisis frío de la crisis que tocó la médula del Senado brasileño y se diseminó por el Planalto sugiere que esta se encuentra solo momentáneamente suspendida; que, lejos de resolverse, está adormecida. Sus términos y sus protagonistas, así como los diversos factores institucionales que le dieron impulso, continúan iguales, y no hay indicios que indiquen que en un futuro próximo pueda sobrevenir una fase virtuosa, cualitativamente distinta de la que dio origen a la crisis.

La situación es paradójica.

Al menos en el corto plazo, parece difícil que surja una solución con potencia suficiente para expulsar completamente las toxinas que contaminan el sistema político brasileño, algunas de las cuales se consolidaron a lo largo del tiempo y, por lo tanto, se encuentran enraizadas en lo más profundo de la experiencia social y de las prácticas políticas. Ni siquiera parece haber espacio para que un eventual «grupo parlamentario del bien» –cuya existencia, además, todavía se debe explicar– imponga un resurgimiento ético, político e institucional en el corto plazo.

Pero, por otra parte, el desgaste del Senado –y por extensión del Legislativo, el Ejecutivo, los parlamentarios y los partidos– mostró ser tan profundo y llegó tan cerca del hueso que terminó saturando y creando un punto de inflexión. Aunque no se disponga de todas las evidencias, es posible que surja una nueva agenda de entre los escombros acumulados.

Como se sabe, muchas veces las sociedades necesitan llegar al borde del precipicio para juntar fuerzas, curar sus heridas y reconstruir el futuro. La historia brasileña reciente es bastante elocuente al respecto. Por ejemplo, fue necesario que la dictadura de 1964 llegara a los extremos salvajes y arbitrarios de 1975 para que se comenzara a hablar de apertura y para que la redemocratización fuera contagiando poco a poco a la sociedad. Fue preciso alcanzar el 230% de inflación anual en 1985 para que se iniciara, con el Plan Cruzado, un esfuerzo técnico y político orientado a estabilizar la moneda, que finalmente alcanzaría el éxito algunos años más tarde. Y fue preciso que el barro de la corrupción, los negociados y las camarillas se escurriera por las grietas del Planalto para que se allanara el camino del impeachment al presidente de la República en 1992, punto de partida para la inauguración de un nuevo ciclo político en el país.

Reconocer estos antecedentes no implica postular la existencia de una ley férrea, objetiva y que se manifestaría de manera inflexible. Se trata solamente de admitir una tendencia inscripta en la lógica de los hechos, una probabilidad. Como ya sabemos, hubo algunos momentos muy graves de la historia reciente que no dieron paso a una instancia de superación. Por ejemplo, la crisis del «mensalão»1 de 2005, aunque hizo temblar las estructuras del sistema político, no impidió que Luiz Inácio Lula da Silva fuera reelegido en 2006 ni posibilitó la eliminación de los malos hábitos que impregnan las relaciones entre el Ejecutivo y el Legislativo. Pero tampoco se salió con las manos limpias: cierta magia se deshizo y el PT tuvo que dirigirse por un camino más arduo y desgastante para intentar reencontrarse con su propia historia.

En el futuro seguramente veremos el 2009 como un año pródigo en la reiteración de tendencias anteriores. Lula ofreció una continuidad ampliada del estilo que le garantizó altos índices de aprobación popular, que a inicios de año alcanzaron un impresionante 84%. Su estrategia de dirigirse de manera directa a las masas, su preocupación por crear puentes entre el gobierno federal y los gobiernos subnacionales (tanto para posibilitar políticas públicas consideradas estratégicas como para allanar el terreno para la sucesión presidencial), junto con el lenguaje seductor y paternal y la sagacidad política, se volvieron una marca registrada de sus dos mandatos. Aunque el estilo no estuvo desprovisto de un cierto sabor populista, no dejó de generar vida institucional y rutinas gubernamentales, elementos vitales en un país tan carente de articulaciones y de instrumentos de coordinación como Brasil. En buena medida, la forma de hacer política de Lula tiene la cara de Brasil: retrata y reproduce un patrón de conducta política bastante arraigado en la experiencia histórico-social del país. Como suele mencionar el cientista político Luiz Werneck Vianna, se trata de una especie de actualización del elemento de «cordialidad» que tanta importancia tuvo y tiene en la construcción del Estado nacional en Brasil2.

En el transcurso de 2009, la oposición (básicamente, el Partido de la Social Democracia Brasileña [PSDB] y el Partido Político de los Demócratas [DEM]) intentó cercar y denunciar todo aquello que consideró un anticipo de la campaña electoral de 2010. Eligió estos temas como eje de su actuación, pero fue inexperta e ineficiente, reiterando así su desgracia: en efecto, exigir que un gobernante deje de hacer política y de intentar sacar ventaja electoral de sus actos tiene poco sentido. La denuncia fue solo una demostración adicional del miedo y la preocupación por los movimientos de Lula y, quién sabe, un reflejo de la necesidad de los opositores de ganar tiempo para poner su propia casa en orden. Tanto el estilo Lula como la fragilidad de la oposición revelan la dificultad que enfrenta la sociedad brasileña para ingresar en un ciclo virtuoso de vida democrática, reformismo y reorganización social. La mala imagen pública del Congreso y sus funciones es el reflejo de un proceso impulsado por el esfuerzo compulsivo de políticos y partidos de maximizar sus intereses de corto plazo. La popularización de la Presidencia gana fuerza en la figura carismática de Lula. Y el hecho de que no surjan nuevos liderazgos revela la ausencia de una oposición democrática suficientemente lúcida, unida y con coraje para ceder ganancias inmediatas y presentarse como una opción ante la sociedad.

No sería una exageración afirmar que Brasil vive actualmente una situación compleja, cruzada por dilemas, paradojas e interrogantes, en la que no existe ningún príncipe (un estadista) al estilo de Maquiavelo y en la que se han debilitado los príncipes modernos de los cuales hablaba Antonio Gramsci, los partidos políticos, dedicados a organizar ideas e intereses en torno de un proyecto de sociedad. La crisis del Senado es tan solo una expresión de esta situación: un detalle, ciertamente importante y emblemático, pero un detalle.

  • 1. El mensalão consistió en el pago de sobornos mensuales a legisladores a cambio de su apoyo a las leyes impulsadas por el Ejecutivo. Destapado en 2005, el escándalo involucró a importantes funcionarios del gobierno y dirigentes del pt y forzó a Lula a cambiar todo su gabinete.
  • 2. «Corações partidos», entrevista publicada en O Estado de S. Paulo, sección Aliás, 23/8/2009.