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¿Condenados a la posdemocracia?

La democracia sigue constituyendo un ideal atractivo para los pueblos con regímenes autoritarios, pero tanto las viejas como las nuevas democracias están en crisis. La democracia de los Modernos en el Norte global es solo parcialmente universalizable y las democracias reales fueron siempre híbridas y «mestizas». Los cambios sociales y los nuevos desafíos del siglo XXIson demasiado fuertes para repetir viejos modelos. ¿Estamos, entonces, condenados a la posdemocracia o al autoritarismo? ¿Es aún posible una nueva revolución democrática? Y si lo es, ¿qué formas tomaría?

¿Condenados a la posdemocracia?

Poco después de la caída del Muro de Berlín, en uno de los ensayos políticos más exitoso a escala mundial de fines del siglo xx, Francis Fukuyama escribió:

[En el artículo «El fin de la historia»] argüía que la democracia liberal podía constituir «el punto final de la evolución ideológica de la humanidad», la forma final del gobierno humano, y como tal marcaría el «fin de la historia». Es decir que, mientras las anteriores formas de gobierno se caracterizaban por graves defectos e irracionalidades que condujeron a su posible colapso, las democracias liberales estaban libres de esas contradicciones internas fundamentales. (...) Si bien algunos países actuales pueden no alcanzar una democracia liberal estable y otros pueden caer en formas más primitivas de gobierno, como la teocracia o la dictadura militar, no es posible mejorar el ideal de la democracia liberal.1

Menos de tres décadas más tarde, estas presunciones parecen risibles. Hacia mediados de la década de 2010 puede encontrarse una paradoja. Por un lado, muchos pueblos sometidos a regímenes políticos autoritarios continúan levantándose con la bandera de la instauración de la democracia. Esto parece legitimar los rankings establecidos por el think tank Freedom House o por The Economist, que toman el modelo de la democracia liberal occidental como una vara universal con que medir a todos los países del mundo. Por otro lado, la crisis de los regímenes representativos, tanto en las viejas democracias como en las más jóvenes, se ha profundizado y universalizado. En la actualidad afecta a todos los continentes. En este plano, como en otros, estamos inmersos en un cambio de época.

Grandeza y decadencia de la democracia de los Modernos

Tenemos que dar un paso atrás e intentar observar los sistemas políticos modernos con ojos «persas», a la manera de Montesquieu en el siglo xviii2. Intentar hacer respecto del presente lo que hacemos de forma espontánea respecto de la democracia ateniense, en tanto somos sensibles al llamado que provoca esta experiencia histórica sabiendo que no es universalizable de por sí y que no puede proponerse como la solución mágica a los problemas del siglo xxi.

El gran relato republicano o liberal que presenta la historia de los dos últimos siglos como la afirmación progresiva de la democracia y los derechos humanos ya no es sostenible a la luz de lo que nos enseñan los trabajos de los historiadores. A fines del siglo xviii, la Revolución Norteamericana y la Revolución Francesa fueron acontecimientos que tuvieron repercusión mundial. La movilización popular, y más específicamente la de las capas subalternas, constituyó en sí misma un verdadero cimbronazo, incluso en sus mismas contradicciones. Esto desembocó en la instauración de gobiernos representativos, de Estados de derecho y de un conjunto de derechos humanos en el marco de los cuales las dimensiones civil y cívica se confundieron estrechamente. Este modelo, con muchas variantes, se difundió lentamente en el Norte global y luego, de forma más tardía y heterogénea, en el resto del mundo. Algunas de sus dimensiones representan aún hoy logros valiosos, y no solo en las viejas democracias: la defensa del Estado de derecho y de los derechos humanos constituye un pilar imprescindible de toda estrategia emancipatoria.

Falta todavía captar la medida completa de lo que se inventó en esa época. Lo que se desarrolló en Europa occidental y América del Norte en ese entonces fueron aristocracias electivas, en las que los resortes del poder eran monopolizados por unos pocos. Los «mejores» ciertamente eran elegidos, en lugar de ser designados por su pertenencia a la nobleza. Se turnaban en la cumbre del Estado en lugar de ocuparla de por vida y debían tener en cuenta un espacio público relativamente libre e institucionalizado. Pero pertenecían, a su vez, a un estrecho círculo de personas provenientes de sectores sociales privilegiados y llevaban adelante políticas que favorecían a esos grupos. La introducción progresiva del sufragio universal masculino no invirtió repentinamente la situación y fue necesaria la invención de los partidos de masas en el siglo xix para que esta situación cambiara. La exclusión de las mujeres de la vida política, primero legalmente y luego de facto, persistió durante un tiempo muy largo. En Estados Unidos, la reivindicación del autogobierno republicano de los colonos protestantes estaba dirigida tanto contra los outsiders (católicos francófonos, poblaciones indígenas, esclavos negros) como contra la Corona británica3. Nunca fue organizada una elección a escala de los imperios coloniales: los indígenas y los súbditos fueron considerados como menores de edad. Las sociedades que se regían por estos gobiernos representativos eran también las que se embarcarían en una dinámica de desarrollo que hoy sabemos en qué medida reposaba sobre una asimetría con el resto del mundo, hasta qué punto no era universalizable y en qué medida conducía la biósfera hacia un desastre ecológico.

En los países del Norte global (Europa occidental, América del Norte, Australia, Nueva Zelanda, Japón), se necesitaron décadas para que estas aristocracias electivas evolucionaran hacia democracias representativas. Este desarrollo no fue el resultado de una maduración lenta, sino el producto de crisis, guerras y revoluciones de una magnitud inusitada, que marcaron el final del «largo siglo xix» (1789-1914) y el «corto siglo xx» (1914-1989), para retomar la periodización de Eric Hobsbawm4. Las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial vieron cómo se estabilizaban regímenes representativos capaces de incorporar, aunque en una posición subordinada, a las clases subalternas nacionales a través de los partidos de masas, el sufragio universal que incluía a hombres y mujeres y el Estado de Bienestar. Esto representó un cambio significativo, pero el Estado «nacional-social»5 permanecía en manos de un círculo más amplio de insiders. Las democracias del Norte global siguieron apoyándose en un desarrollo productivista que se aceleraba y llevaba al planeta a la era del Antropoceno6. Este desarrollo dependía, además, de una división internacional del trabajo que implicaba el dominio del resto del mundo. Los partidos políticos también se estructuraban de manera fuertemente jerárquica, lo que reflejaba el modo en que funcionaban la escuela, la familia, las ciencias y la producción industrial.

  • 1.

    F. Fukuyama: El fin de la historia y el último hombre, Planeta, Barcelona, 1992, p. 11.

  • 2.

    En referencia a las Cartas persas (1721), novela en la que el escritor francés cuestiona varios aspectos de la cultura occidental a través de la mirada de sus protagonistas de origen persa [n. del t.].

  • 3.

    Aziz Rana: The Two Faces of American Freedom, Harvard University Press, Cambridge-Londres, 2014.

  • 4.

    E. Hobsbawm: Historia del siglo xx (1914-1991), Crítica, Barcelona, 1995.

  • 5.

    Étienne Balibar: Nosotros, ¿ciudadanos de Europa?, Tecnos, Madrid, 2003.

  • 6.

    Término acuñado por el Premio Nobel de Química Paul Crutzen en 2001. El Antropoceno habría sucedido al Holoceno. El neologismo se emplea para subrayar los efectos irreversibles de las actividades humanas en los ecosistemas y el clima del planeta [n. del e.].