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¿Condenados a la posdemocracia?

La democracia sigue constituyendo un ideal atractivo para los pueblos con regímenes autoritarios, pero tanto las viejas como las nuevas democracias están en crisis. La democracia de los Modernos en el Norte global es solo parcialmente universalizable y las democracias reales fueron siempre híbridas y «mestizas». Los cambios sociales y los nuevos desafíos del siglo XXIson demasiado fuertes para repetir viejos modelos. ¿Estamos, entonces, condenados a la posdemocracia o al autoritarismo? ¿Es aún posible una nueva revolución democrática? Y si lo es, ¿qué formas tomaría?

Enero - Febrero 2017
¿Condenados a la posdemocracia?

Poco después de la caída del Muro de Berlín, en uno de los ensayos políticos más exitoso a escala mundial de fines del siglo xx, Francis Fukuyama escribió:

[En el artículo «El fin de la historia»] argüía que la democracia liberal podía constituir «el punto final de la evolución ideológica de la humanidad», la forma final del gobierno humano, y como tal marcaría el «fin de la historia». Es decir que, mientras las anteriores formas de gobierno se caracterizaban por graves defectos e irracionalidades que condujeron a su posible colapso, las democracias liberales estaban libres de esas contradicciones internas fundamentales. (...) Si bien algunos países actuales pueden no alcanzar una democracia liberal estable y otros pueden caer en formas más primitivas de gobierno, como la teocracia o la dictadura militar, no es posible mejorar el ideal de la democracia liberal.1

Menos de tres décadas más tarde, estas presunciones parecen risibles. Hacia mediados de la década de 2010 puede encontrarse una paradoja. Por un lado, muchos pueblos sometidos a regímenes políticos autoritarios continúan levantándose con la bandera de la instauración de la democracia. Esto parece legitimar los rankings establecidos por el think tank Freedom House o por The Economist, que toman el modelo de la democracia liberal occidental como una vara universal con que medir a todos los países del mundo. Por otro lado, la crisis de los regímenes representativos, tanto en las viejas democracias como en las más jóvenes, se ha profundizado y universalizado. En la actualidad afecta a todos los continentes. En este plano, como en otros, estamos inmersos en un cambio de época.

Grandeza y decadencia de la democracia de los Modernos

Tenemos que dar un paso atrás e intentar observar los sistemas políticos modernos con ojos «persas», a la manera de Montesquieu en el siglo xviii2. Intentar hacer respecto del presente lo que hacemos de forma espontánea respecto de la democracia ateniense, en tanto somos sensibles al llamado que provoca esta experiencia histórica sabiendo que no es universalizable de por sí y que no puede proponerse como la solución mágica a los problemas del siglo xxi.

El gran relato republicano o liberal que presenta la historia de los dos últimos siglos como la afirmación progresiva de la democracia y los derechos humanos ya no es sostenible a la luz de lo que nos enseñan los trabajos de los historiadores. A fines del siglo xviii, la Revolución Norteamericana y la Revolución Francesa fueron acontecimientos que tuvieron repercusión mundial. La movilización popular, y más específicamente la de las capas subalternas, constituyó en sí misma un verdadero cimbronazo, incluso en sus mismas contradicciones. Esto desembocó en la instauración de gobiernos representativos, de Estados de derecho y de un conjunto de derechos humanos en el marco de los cuales las dimensiones civil y cívica se confundieron estrechamente. Este modelo, con muchas variantes, se difundió lentamente en el Norte global y luego, de forma más tardía y heterogénea, en el resto del mundo. Algunas de sus dimensiones representan aún hoy logros valiosos, y no solo en las viejas democracias: la defensa del Estado de derecho y de los derechos humanos constituye un pilar imprescindible de toda estrategia emancipatoria.

Falta todavía captar la medida completa de lo que se inventó en esa época. Lo que se desarrolló en Europa occidental y América del Norte en ese entonces fueron aristocracias electivas, en las que los resortes del poder eran monopolizados por unos pocos. Los «mejores» ciertamente eran elegidos, en lugar de ser designados por su pertenencia a la nobleza. Se turnaban en la cumbre del Estado en lugar de ocuparla de por vida y debían tener en cuenta un espacio público relativamente libre e institucionalizado. Pero pertenecían, a su vez, a un estrecho círculo de personas provenientes de sectores sociales privilegiados y llevaban adelante políticas que favorecían a esos grupos. La introducción progresiva del sufragio universal masculino no invirtió repentinamente la situación y fue necesaria la invención de los partidos de masas en el siglo xix para que esta situación cambiara. La exclusión de las mujeres de la vida política, primero legalmente y luego de facto, persistió durante un tiempo muy largo. En Estados Unidos, la reivindicación del autogobierno republicano de los colonos protestantes estaba dirigida tanto contra los outsiders (católicos francófonos, poblaciones indígenas, esclavos negros) como contra la Corona británica3. Nunca fue organizada una elección a escala de los imperios coloniales: los indígenas y los súbditos fueron considerados como menores de edad. Las sociedades que se regían por estos gobiernos representativos eran también las que se embarcarían en una dinámica de desarrollo que hoy sabemos en qué medida reposaba sobre una asimetría con el resto del mundo, hasta qué punto no era universalizable y en qué medida conducía la biósfera hacia un desastre ecológico.

En los países del Norte global (Europa occidental, América del Norte, Australia, Nueva Zelanda, Japón), se necesitaron décadas para que estas aristocracias electivas evolucionaran hacia democracias representativas. Este desarrollo no fue el resultado de una maduración lenta, sino el producto de crisis, guerras y revoluciones de una magnitud inusitada, que marcaron el final del «largo siglo xix» (1789-1914) y el «corto siglo xx» (1914-1989), para retomar la periodización de Eric Hobsbawm4. Las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial vieron cómo se estabilizaban regímenes representativos capaces de incorporar, aunque en una posición subordinada, a las clases subalternas nacionales a través de los partidos de masas, el sufragio universal que incluía a hombres y mujeres y el Estado de Bienestar. Esto representó un cambio significativo, pero el Estado «nacional-social»5 permanecía en manos de un círculo más amplio de insiders. Las democracias del Norte global siguieron apoyándose en un desarrollo productivista que se aceleraba y llevaba al planeta a la era del Antropoceno6. Este desarrollo dependía, además, de una división internacional del trabajo que implicaba el dominio del resto del mundo. Los partidos políticos también se estructuraban de manera fuertemente jerárquica, lo que reflejaba el modo en que funcionaban la escuela, la familia, las ciencias y la producción industrial.

En otra parte del mundo, las guerras y las revoluciones condujeron al establecimiento de regímenes que se reivindicaban comunistas. Estos también instauraron formas de Estado de Bienestar y de comunicación entre las clases populares y las elites políticas en el marco de una estructura totalitaria o autoritaria. Estos regímenes constituyeron una alternativa a la democracia liberal y su existencia fue, sin duda, uno de los motivos que llevaron a las clases dominantes de los países occidentales, temerosas del «contagio» y de las luchas de los sectores populares, a aceptar los Estados de Bienestar. La Revolución Mexicana también dio lugar a un modelo que difería profundamente de las democracias liberales. En América Latina, los populismos fueron las puntas de lanza de la instauración de Estados de Bienestar que, en ciertos planos, podrían compararse con los europeos o norteamericanos. El peronismo representó especialmente uno de los ejemplos más exitosos de los partidos de masas. En muchos países del Sur global, las crisis políticas y las dictaduras (a menudo fomentadas por eeuu) no permitieron atacar de raíz la pobreza y la desigualdad, mientras que el modelo de integración al Estado del movimiento obrero y sindical limitó el desarrollo de alternativas políticas.

Los «treinta gloriosos»7 y la década después del final del corto siglo xx constituyeron el apogeo de la democracia liberal. La caída del Muro de Berlín y de los sistemas comunistas en Europa del Este, así como la de los regímenes del Sur global inspirados en ellos, reforzó una tendencia presente desde la segunda mitad de la década de 1970. Las dictaduras que el «mundo libre» había sostenido o puesto en práctica en el sur de Europa, en América Latina y en menor medida en África y en Asia se derrumbaron. La victoria de la democracia liberal fue a la par de la democratización de estructuras autoritarias como la escuela o la familia, con la revolución feminista, con la multiplicación de los medios audiovisuales, antes en manos del Estado, con el boom de las computadoras portátiles y los comienzos de internet. Este periodo también vio cómo se afirmaba el reinado del neoliberalismo y del capitalismo financiero. Experimentado en Chile y Argentina con las dictaduras, este nuevo modo de acumulación de capital se expandió al Reino Unido y eeuu bajo Margaret Thatcher y Ronald Reagan, y luego al resto del mundo, incluyendo China. El cuestionamiento del Estado de Bienestar parecía ser el precio a pagar por una expansión económica y política que esta vez prometía tener alcance mundial. Los conservadores estadounidenses se apropiaron del tema de los derechos humanos. Parecía que la democracia de los Modernos no era sino la democracia liberal y que esta, al triunfar definitivamente sobre sus oponentes, se encontraba en el proceso de instaurar el reino de la libertad en el planeta.

La democracia en el siglo xxi

Esta época ya parece estar lejos. La representación política basada en los partidos se encuentra en crisis en los países donde existe el multipartidismo, pero también, de otra manera, en una China gobernada por un partido único8. A menudo se dice que la democracia es un sistema en crisis perpetua, ya que implica una crítica permanente de sus propios fundamentos. Sin embargo, habría que estar ciego para no ver que la puesta en cuestión de la democracia se exacerba en ciertos momentos históricos: la Tercera República francesa en tiempos de la Belle Époque no es la República de Weimar en Alemania, y el Uruguay de la década de 2010 es difícilmente comparable al Chile de comienzos de 1970. Ahora bien, muchos indicios señalan que hemos entrado en una era de ruptura.Por un lado, las transformaciones proceden de factores internos del sistema político. Además de las variantes autoritarias del estilo del Partido Socialista Unido de Venezuela (psuv), del Partido de la Justicia y el Desarrollo (akp, por sus siglas en turco) o del Partido Comunista chino (pcch), y dejando a un lado la excepción peronista, los partidos de masas que habían estructurado las sociedades occidentales durante un siglo y que se extendieron bajo diferentes formas en regiones tan diversas como América del Sur, China, la India y el sudeste de Asia apenas existen. Es en ellos donde se fundaba la comunicación entre los ciudadanos y los representantes, pero además estos partidos enmarcaban la sociedad a través de sus células y sus organizaciones satélites y permitían la integración de las masas al sistema político. En casi todas partes, perdieron esta triple vocación. El Partido de los Trabajadores (pt) brasileño ha recorrido en menos de cuatro décadas un ciclo que duró más de un siglo en Europa: de una organización combativa constituida por los movimientos de protesta se convirtió en un partido de gobierno comprometido con una transformación reformista pero real de la sociedad y luego en un partido atrapado en las peores tramas de un Estado corrompido y con una dirección muy distanciada de sus bases. Los partidos siguen siendo los principales espacios de reclutamiento de un personal político profesionalizado, pero han perdido a gran parte de sus militantes, el vínculo con los sectores populares (incluso en China, donde el pcch hoy representa a las elites más que a las masas), lo esencial de su credibilidad y la capacidad de canalizar con efectividad y legitimidad los conflictos sociales dentro del sistema político institucional. La profesionalización de la política, que se había afirmado con los partidos de masas a partir de la segunda mitad del siglo xix, es hoy vista por los ciudadanos como un factor negativo (los políticos se ocupan en primer lugar de su carrera, no de la gente común) más que positivo (estos profesionales serían expertos más juiciosos que los ciudadanos). La tendencia es más pronunciada en Europa y en América del Norte, pero también crece en América Latina.

En el Norte global, en el marco de transformaciones sociales de una magnitud sin precedentes (pensemos en internet y en las redes sociales, que revolucionan la socialización y la economía y que son símbolos del nuevo mundo en gestación), el sistema político se ha estancado. El Estado de Bienestar está en todas partes en retirada. Este se apoyaba en un fuerte movimiento obrero, hoy ampliamente desorganizado, pero también en el hecho de que el dominio de lo que incorrectamente se llamó Occidente sobre el resto del mundo permitía políticas distributivas significativas. La globalización, realizada bajo la hegemonía del capital financiero, socava los Estados de Bienestar occidentales y favoreció a las capas más ricas de las sociedades. El crecimiento económico de los países emergentes les ha permitido salir de la pobreza a millones de personas, pero compite con las economías desarrolladas menos especializadas en los productos de alto valor agregado.

La situación del Sur global es más heterogénea. En los países emergentes, el capitalismo salvaje y el establecimiento de los Estados de Bienestar bastante modestos coexisten en tensión. El contraste más significativo se establece entre los países en los que las clases dominantes tienen un proyecto real de desarrollo y aquellos donde los Estados (formalmente autoritarios o democráticos) están en manos solo de los sectores depredadores. Que los regímenes sean formalmente democráticos o autoritarios no constituye, en este plano, una diferencia decisiva. La pobreza estructural y las tensiones de cualquier orden dan lugar a mayores crisis, guerras, incluso al colapso de los Estados. Las migraciones a gran escala solo son una de sus consecuencias.

El nuevo orden mundial «provincializa9» el Norte global y su modelo político. Provoca allí crisis de identidad que se expresan de forma más o menos pronunciada dependiendo del país. El Brexit, la elección a la Presidencia de Donald Trump y el ascenso de la extrema derecha xenófoba en Europa forman parte de los efectos difractados. Ahora bien, en Europa y más aún en eeuu, las respuestas para hacer frente a la crisis y renovar la democracia han sido en general cosméticas. Se han limitado a medidas oportunistas o a reformas marginales. Ello ha contribuido al cortocircuito acentuado de los partidos respecto de los movimientos ciudadanos y la mayoría de la población.

Al mismo tiempo, la cuestión ecológica plantea un desafío radicalmente nuevo para la democracia. Ha modificado nuestra escala temporal y geográfica. Se trata de encontrar mecanismos y dinámicas para representar a las generaciones futuras, algo que las elecciones y su enfoque en el corto plazo no son capaces de hacer. Y si el viejo lema «pensar globalmente, actuar localmente» todavía tiene pertinencia, una parte importante de las acciones a llevar a cabo y de las regulaciones a poner en práctica atañe a la gobernanza global.La democracia se ha instalado en el Estado-nación. A este le tomó siglos imponerse en Europa y se extendió con las independencias en América desde finales del siglo xviii y en el resto del mundo en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, la gobernanza global implica un cambio de escala comparable al que se dio entre las ciudades Estado de la Antigüedad, la Edad Media y el Renacimiento, y los Estados-nación de gran tamaño de la Edad Moderna. Se sitúa mucho más allá de la democracia representativa y la soberanía popular y opera en redes de actores de estatus muy diversos: los Estados, y en particular los de los países más poderosos, siguen desempeñando un papel importante, pero junto con coaliciones de firmas transnacionales, alianzas de gobiernos locales, organizaciones internacionales tecnocráticas como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional (fmi) y, en menor medida, organizaciones no gubernamentales (ong) como Greenpeace, grupos antiglobalización, sindicatos obreros, Vía Campesina, iglesias, etc.

La extendida tesis que sostenía que el desarrollo económico permitiría la creación de clases medias numerosas y que estas, a su vez, favorecerían el desarrollo de las democracias liberales es ideológica y poco creíble. Como demuestra la historia, las clases medias no son naturalmente «democráticas» y pueden adoptar orientaciones políticas muy diversas. Es significativa la evolución de las nuevas democracias surgidas desde la década de 1980 en América Latina, África, Corea del Sur o Taiwán. Por un lado, estas entraron rápidamente en crisis, se encuentran casi siempre muy alejadas de un poder real del pueblo y plantean muchas desilusiones. En la mayoría de los países de la ex-Unión Soviética o en Egipto evolucionaron hacia sistemas autoritarios. Por otra parte, estas nuevas democracias adoptan formas que se separan del modelo liberal clásico. En la India, la introducción de cuotas para la representación de las castas bajas (las llamadas Other Backward Classes, obc) había dado lugar a una democratización social de la política en las décadas de 1980 y 199010, pero una ola nacionalista y autoritaria desde entonces ha tomado la posta. En América del Sur, en medio de la movilización política de los sectores populares, la ola de democratización que había puesto fin a las dictaduras desembocó en muchos países en la constitucionalización de nuevos derechos sociales y ecológicos, en la introducción de importantes dimensiones de democracia directa y participativa y en el reconocimiento de una ciudadanía multiétnica. En pocas palabras, estos procesos desmintieron a los defensores de un modelo liberal considerado perfecto y delinearon los rasgos de un neoconstitucionalismo prometedor11. Sin embargo, este movimiento quedó gradualmente estancado en la gestión de Estados ampliamente corruptos o en el autoritarismo de dirigentes más o menos carismáticos. En total, hay muy pocas nuevas democracias donde el sistema político liberal sea estable y donde se pueda contar con elevados índices de satisfacción en la población.

En este contexto, la gran mayoría de las fuerzas de izquierda a escala mundial oscilan entre dos polos. El primero se adapta al neoliberalismo y al productivismo o simplemente se contenta con compensar sus efectos. Se coloca como defensora del gobierno representativo, acompañado en el mejor de los casos de una democracia participativa que solo incide en cuestiones secundarias y que no permite desarrollar contrapoderes, y en el peor cae en un elitismo reivindicado que critica la irracionalidad de la democracia directa y de las corrientes catalogadas con la etiqueta peyorativa de «populistas». El segundo polo sueña con un imposible regreso a los Estados-nación soberanos, a los partidos de masas, al productivismo keynesiano y al extractivismo. A menudo, esta orientación toma tintes autoritarios, nacionalistas y xenófobos y pasa por la búsqueda de un líder carismático capaz de encarnar a las masas. Puede ser de derecha o de izquierda. Las fuerzas que logran volverse hacia un futuro democrático que esté en sintonía con los desafíos del siglo xxi son globalmente minoritarias.

Posdemocracia, autoritarismo o revolución democrática

En el Norte global, las tendencias más significativas son la posdemocracia y el autoritarismo. Estas tendencias también se manifiestan en el resto del mundo, pero a menudo coexisten con escenarios de colapso. La posdemocracia12 es un sistema en el que, en apariencia, nada cambia con respecto a la democracia occidental clásica: se siguen organizando elecciones libres, el Poder Judicial es independiente, los derechos individuales son respetados. La fachada es la misma, pero el poder real está en otra parte. Las decisiones son tomadas por las direcciones de las grandes corporaciones transnacionales, los mercados, las agencias de calificación, las organizaciones internacionales y los organismos tecnocráticos. Esta es la tendencia dominante en la actualidad. La destitución de Dilma Rousseff lleva a Brasil por esta vía. Aunque Francia o eeuu están ampliamente instalados en la posdemocracia (la decisión de la Corte Suprema estadounidense de aceptar que el dinero pueda fluir sin límites en las campañas políticas constituye, de alguna manera, su constitucionalización13), también se manifiestan fuertemente en ellos tendencias autoritarias.

El autoritarismo implica una profunda remodelación de la fachada: existen elecciones, pero la competencia electoral está sesgada; las libertades (de expresión, de asociación, de tránsito, de prensa, etc.) se ven disminuidas por leyes restrictivas; la justicia es menos independiente. El autoritarismo se nutre del miedo al enemigo interior y exterior y de una xenofobia que pesa sobre los inmigrantes y los extranjeros. Es la dirección que han tomado los gobiernos ruso, húngaro, polaco y turco y que se puede percibir en otras partes, como en Ecuador o Venezuela por ejemplo –aunque sin xenofobia particular–, inclusive en la India de Narendra Modi. En el Sudeste asiático, varios regímenes no democráticos ya tienen modelos de este tipo o se dirigen a ellos mediante una liberalización muy controlada.

Globalmente, la coyuntura de mediados de la década de 2010 es bastante preocupante. En comparación con la década anterior, las experiencias gubernamentales portadoras de innovaciones democráticas son significativamente escasas. Muchos países están atrapados en espirales regresivas y los Estados fallidos se multiplican. Los movimientos sociales aún no han conseguido inclinar las relaciones de poder en un sentido más democrático y corrientes abiertamente reaccionarias han ganado las calles y las plazas.

Hay que decirlo con fuerza: en el Norte global, así como en el Sur global, los tiempos de las pequeñas reformas han pasado. Solo con mayores pasos hacia adelante se podrán evitar los escenarios de posdemocracia y autoritarismo, o incluso el colapso. La mutación debe ser de una importancia similar a aquella que, en Europa, permitió la afirmación en pocas décadas del movimiento obrero, del sufragio universal, de los partidos de masas y del Estado de Bienestar. Debe ser incluso más radical, pues para ser exitosa no puede limitarse al marco nacional. Es necesario democratizar radicalmente la democracia en todas las escalas para contrarrestar el capitalismo financiero globalizado, para responder a los desafíos ecológicos, para plantear, por último, la cuestión de la justicia social a escala transnacional.

Hay que reconocer que la magnitud de la tarea es colosal. No obstante, esta perspectiva no constituye un deseo ilusorio. Es una «utopía realista»14, un horizonte inalcanzable en tanto tal pero hacia el que es posible dirigirse desde hoy. Puede apoyarse en numerosas innovaciones a escala local o más raramente nacional, que hasta ahora no han conseguido aglutinarse en una corriente coherente; en los movimientos de masas, especialmente del tipo de Occupy Wall Street, 15-m en España, el Movimiento de los Girasoles en Taiwán o el del Pase Libre en Brasil; en los partidos y tendencias políticas involucrados en una auténtica renovación de sus prácticas y sus programas; en los movimientos que defienden la justicia social y otros que militan por la justicia de género o la igualdad racial. Es necesaria una verdadera revolución democrática. Una revolución de un nuevo tipo. Esta no se encarnará en una gran jornada electoral o en la toma por la fuerza del poder del Estado, en un líder único o en un partido que logre hacer la síntesis de todas las luchas. Pasa por múltiples vías, constitucionales y sociales; por reformas institucionales y por la desobediencia civil; por la experimentación de otras formas de vida, aquí y ahora; por la postulación de nuevos bienes comunes. Se necesita la creación de coaliciones dúctiles y amplias, que permitan la convergencia de actores diversamente estructurados y la defensa de objetivos en parte heterogéneos. Solo así se puede cambiar la lógica de la gobernanza en las sociedades contemporáneas. Este es probablemente el desafío más difícil, pero no es imposible. Las batallas ecológicas que se llevan a cabo en el ámbito internacional implican, por ejemplo, coaliciones móviles y a múltiples escalas entre ong, algunos Estados (tales como los de las pequeñas islas gravemente afectadas por el aumento del nivel del mar), redes de ciudades, empresas especialmente avanzadas en la reconversión de energía, centros de investigación académica, sindicatos que han tomado partido por afrontar resueltamente los límites del productivismo y del extractivismo. Estas coaliciones ganan puntos cuando son lo suficientemente sólidas y potentes como para promover alternativas creíbles y movilizar a la opinión pública internacional a su favor.

Las tendencias que impulsan esta revolución democrática de un nuevo tipo son ciertamente minoritarias. Sin embargo, son reales y, como cantaba Chico Buarque, «mañana necesariamente será otro día». Lo que es seguro es que los discursos que a menudo se escuchan en América Latina según los cuales tal o cual país debe ser reformado para lograr la normalidad democrática son completamente insostenibles. Su presupuesto es que la normalidad democrática corresponde a la democracia liberal que se desarrolló en los países del Norte durante varias décadas. Pero esta normalidad nunca existió. En su conjunto, este modelo no era universalizable, tenía muchos aspectos sombríos y siempre ha coexistido con algunos que también contenían en grados diversos tendencias emancipadoras y otros que reafirmaban la dominación social y política. Las dinámicas democráticas han sido siempre híbridas, mestizas, plurales. Actualmente, la democracia liberal se queda sin aire en los mismos países donde fue inventada. ¿Por qué habría que imitarla? El siglo xxi no se anuncia como el final de la historia, sino como una época agitada. Se experimentarán numerosas transformaciones. Tal vez para peor. Pero nada permite afirmar que lo mejor quede automáticamente excluido.

  • 1.

    F. Fukuyama: El fin de la historia y el último hombre, Planeta, Barcelona, 1992, p. 11.

  • 2.

    En referencia a las Cartas persas (1721), novela en la que el escritor francés cuestiona varios aspectos de la cultura occidental a través de la mirada de sus protagonistas de origen persa [n. del t.].

  • 3.

    Aziz Rana: The Two Faces of American Freedom, Harvard University Press, Cambridge-Londres, 2014.

  • 4.

    E. Hobsbawm: Historia del siglo xx (1914-1991), Crítica, Barcelona, 1995.

  • 5.

    Étienne Balibar: Nosotros, ¿ciudadanos de Europa?, Tecnos, Madrid, 2003.

  • 6.

    Término acuñado por el Premio Nobel de Química Paul Crutzen en 2001. El Antropoceno habría sucedido al Holoceno. El neologismo se emplea para subrayar los efectos irreversibles de las actividades humanas en los ecosistemas y el clima del planeta [n. del e.].

  • 7.

    Periodo de posguerra comprendido entre 1945 y 1975 [n. del t.].

  • 8.

    Wang Hui: «The Crisis of Representativeness and Post-Party Politics» en Modern China vol. 40 No 2, 2014.

  • 9.

    Dipesh Chakrabarty: Provincializing Europe: Postcolonial Thought and Historical Difference, Princeton University Press, Princeton, 2000.

  • 10.

    Christophe Jaffrelot y Sanjay Kumar (eds.): Rise of the Plebeians? The Changing Face of Indian Legislative Assemblies, Routledge, Nueva Delhi, 2009.

  • 11.

    Guillermo Lousteau, Xavier Reyes, Pedro Salazar e Ignacio Covarrubias: El nuevo constitucionalismo latinoamericano, The Democracy Papers No 5, Inter American Institute for Democracy, agosto de 2012.

  • 12.

    Colin Crouch: Posdemocracia, Taurus, Madrid, 2004.

  • 13.

    Citizens United v. Federal Election Commission, 558 us 310, 2010.

  • 14.

    Erik Olin Wright: Construyendo utopías reales, Akal, Madrid, 2014.