Tema central

¿Cómo gobernar la URBS sin civitas?

El fenómeno urbano está marcado por la disociación entre urbes (la forma espacial y arquitectónica de la ciudad) y civitas (las relaciones humanas y políticas que se generan en ellas). Pero en las metrópolis brasileñas, cuya población total se ha incrementado como consecuencia de la desruralización y la industrialización, la primera condición parece disociada de la segunda. La expansión del trabajo informal, la concentración de habitantes en favelas y barrios periféricos cercanos o de fácil acceso a las zonas más ricas y el incremento de la violencia han generado un marcado proceso de segregación territorial que hace que las grandes ciudades brasileñas sean cada vez más ingobernables.

¿Cómo gobernar la URBS sin civitas?

Introducción

El destino de las grandes ciudades está en el centro de los dilemas contemporáneos. Las transformaciones socioeconómicas, en especial las producidas por la globalización y la reestructuración socioproductiva, profundizan la disociación entre progreso material y urbanización, economía y territorio, Nación y Estado. Se estima que en 2015 habrá en el mundo 33 conglomerados urbanos con porte de megalópolis, de los cuales 27 estarán localizados en países en desarrollo: Tokio será la única gran ciudad del Primer Mundo. Mientras que las metrópolis del Hemisferio Sur continuarán creciendo a tasas explosivas, las ciudades ubicadas en el Norte, que concentran la dirección y la coordinación de los flujos económicos mundiales, disminuirán su tamaño relativo. Tendremos entonces dos condiciones urbanas. Una, generada por la vertiginosa concentración de la población en las áreas urbanas de aquellos países que están en pleno proceso de desruralización; y otra, la condición urbana generada por la concentración del capital, del poder y de los recursos de bienestar social en las naciones desarrolladas.

Pero la línea demarcatoria no es solo norte/sur. La disociación se reproduce a escala intraurbana. Incluso en las ciudades del mundo desarrollado están surgiendo territorios excluidos de los beneficios del crecimiento, guetos y periferias, cuyas marcas son la precariedad del hábitat, el aislamiento del centro de la sociedad, la violencia y la desertificación cívica. Espacios en los que se concentra la «miseria del mundo» (Bourdieu).

La urbanización generalizada ha borroneado las fronteras de las ciudades. Mike Davis (2006) propone la imagen del «planeta de las ciudades miseria»: la explosión demográfica provocada por la desruralización ha generado ciudades precarias en las proximidades de las megalópolis. Este espacio socioterritorial unifica lo rural y lo urbano, lo regional y lo urbano, y es resultado de la expansión del capitalismo internacional y del paso del modelo de «red de ciudades» al de «ciudad en red». Adrián Aguilar y Peter Ward (2003) acuñaron la expresión «urbanización basada en regiones» para dar cuenta de un proceso de urbanización sin delimitación clara de las ciudades. Para estos autores, este modelo se vincula a la necesidad de reproducción del trabajo excedente concentrado en las megalópolis, que solamente tendría lugar en los espacios periurbanos, caracterizados por el hábitat precario, donde se ejercen actividades rurales y urbanas integradas a los circuitos económicos mundializados.

La principal consecuencia de todo esto es política. El fenómeno urbano está atravesado por la disociación entre urbs (la forma espacial y arquitectónica de la ciudad) y civitas (las relaciones humanas y políticas que se generan en ellas). Fueron estas dos dimensiones de la condición urbana las que emanciparon a los individuos, tanto por la ruptura de los lazos de dependencia que los ligaban a los señores (de la tierra, de la guerra o del Estado), como por el surgimiento de nuevos patrones de interacción social basados en la tolerancia y el reconocimiento de la diferencia. La relación entre urbs y civitas generada por las transformaciones de las metrópolis de la gran industria fue también la base del Estado de Bienestar. En efecto, como demostraron algunos sociólogos (Topalov), las reformas urbanas de fines del siglo XIX y comienzos del XX jugaron un papel importante en la construcción de la moderna sociedad del salario (salariat). La transformación de la fuerza de trabajo en mercancía necesitó de la desmercantilización parcial de la ciudad a través de la regulación del uso del suelo, las primeras políticas de vivienda social y un sistema público de transportes.

Hoy hay dudas acerca de las posibilidades de la experiencia urbana para contener estos impulsos civilizatorios. Las narraciones contemporáneas sobre las grandes ciudades están crecientemente marcadas por imágenes antiurbanas y describen por lo general un mundo social anómico, regresivo e inseguro, de individuos atomizados ligados solo por relaciones instrumentales.

Vivimos una aparente paradoja. Pese a la asimetría de las dinámicas urbanas generadas por la urbanización y las políticas neoliberales, las grandes ciudades son cada vez más importantes para el desarrollo, como demostraron Jane Jacobs (1969) y Pierre Veltz (1996). Esto significa que el crecimiento depende hoy más que nunca de proyectos urbanos que articulen las fuerzas económicas y sociales mediante acciones cooperativas. Las políticas macroeconómicas manejadas por los Estados centrales perdieron buena parte de su capacidad para lograr el crecimiento. Para ser eficaces, las estrategias nacionales de desarrollo deben articularse en diversas escalas e inducir la cooperación con y de las fuerzas regionales y locales: ese es el único camino para reterritorializar la economía e impedir la profundización de la disyunción entre Estado y Nación.

Pero, al mismo tiempo, la tendencia a la urbanización difusa parece bloquear los proyectos políticos en ese sentido, ya que la unidad política de la ciudad ha explotado, lo que complica las posibilidades de gobernar su territorio y a su población. Las políticas urbanas orientadas exclusivamente a incrementar la competitividad de las ciudades y a atraer flujos de capitales no son suficientes. Para que las metrópolis sean más que una mera plataforma de atracción de capitales y constituyan territorios de anclaje duradero de los circuitos económicos es necesario que contengan los elementos requeridos por la nueva economía de aglomeración de la fase posfordista: innovación, confianza y cooperación. La reducción de los costos por distancia y de las externalidades, producto de la revolución de los medios de transporte y de comunicación, cuenta hoy menos que los efectos positivos derivados de la densificación de las relaciones sociales, intelectuales y culturales (Veltz 1996 y 2002). Para que una metrópoli sea competitiva en el sistema urbano global, debe promover la cohesión social.