Crónica

Cómo comer en las calles de ciudad de México sin morir en el intento

​Los puestos informales alimentan cada día a cientos de miles de los veinte millones de habitantes de la Ciudad de México. En los suburbios del DF cada delegación cobra a discreción una cuota para permitir esos negocios de comida barata en las calles, muchos de ellos acomodados entre el smog, la basura y la suciedad, y es sabido que las delegaciones que más puestos autorizan son también las más conflictivas y corruptas. Nuestra cronista recorrió la ciudad más poblada de América Latina en busca de su almuerzo y sobrevivió para contarlo.

Cómo comer en las calles de ciudad de México sin morir en el intento

En el aroma de las calles de la Ciudad de México no solo se siente el smog de los autos; también se percibe la grasa y el humo provenientes de los puestos improvisados donde abunda la oferta de comida barata por doquier: tacos, tortas, gorditas, tamales y otras fritangas propias de la dieta mexicana, en la que predominan el maíz y la carne, conforman a diario el desayuno, el almuerzo y la cena.

En esta gran urbe resulta complicado encontrar una banqueta donde no haya un puesto que alimente por igual a jóvenes estudiantes, personas maduras, oficinistas y familias enteras. Cualquiera acude, ya sea por economía, necesidad o simple antojo, con el propósito de ahorrarse unos pesos “para echar el taco a gusto” o “echar un taco de ojo”. De pie o sentados en el puesto de lámina del taquero Don Juan o a la espera de los tacos hechos a mano desde la casa de Doña Lupe, los transeúntes sacian el hambre como sea.

En 2010 se emitió en México una ley antiobesidad para contrarrestar los efectos nocivos de la gula callejera, polémica en su momento y con diversas reformas posteriores, pero poco eficaz en los hechos. Algunos de sus propósitos eran retirar de las tienditas de escuelas primarias las marcas comerciales e incentivar a los padres de familia a cuidar más la salud de los pequeños. Por otra parte, en la capital se lanzó una Ley para la Prevención y el Tratamiento de la Obesidad y los Trastornos Alimenticios también cuestionable.

En la capital de este país centralizado, las distancias largas y las extenuantes jornadas laborales dictan los hábitos alimenticios de sus poco más de veinte millones de habitantes. Es común encontrar a empleados y estudiantes cuyo peregrinaje de Norte a Sur y de Oriente a Poniente los conduce a su sitio de trabajo o estudio, o incluso desde el estado a la Ciudad de México, donde las fuentes de empleo resultan limitadas y peor remuneradas. El sur de la urbe en particular suele inundarse de miles de estudiantes que acuden al campus de Ciudad Universitaria de la Universidad Autónoma de México (UNAM).

Por lo general, estas pequeñas plazas de comida ambulante suelen aprovisionarse en los paraderos de metro o autobuses. Los suburbios o delegaciones se rigen por sus propias políticas y reglamentos según el partido de turno que las gobierne, y son las encargadas de otorgar o negar permisos, de imponer multas y de hacer la inspección de establecimientos y vendedores legales e ilegales.

A decir de algunos empresarios, las delegaciones con más negocios en su haber son también las más conflictivas y corruptas, como la céntrica Delegación “Cuauhtémoc”-gobernada por el Partido de la Revolución Democrática (PRD), colindante al poniente con “Miguel Hidalgo”; aquí predominan algunas de las colonias más acaudaladas como las Lomas de Chapultepec y Santa Fe. Una de las más accesibles es la Delegación Benito Juárez, gobernada por el Partido Acción Nacional (PAN), donde se percibe menos comercio ambulante y menos hostigamiento por parte de los inspectores.

El metro de la línea 3 parte desde la punta sur en la estación “Universidad”. A medida que avanza hacia el norte, la precariedad se vuelve más evidente en los barrios. La travesía se detiene en la terminal norteña “Indios Verdes” de la delegación “Gustavo A. Madero”, en la zona limítrofe con el estado de México. Diariamente, la marabunta humana inunda cada resquicio de la terminal durante las horas pico matutinas y vespertinas. Los autobuses se saturan de pasajeros que se trasladan en vagonetas cuya tarifa varía de 8 pesos (50 centavos de dólar) a 20 pesos (menos de un dólar y medio) por cabeza. Es ahí cuando el estómago exige ser saciado con el menú de la terminal a precios ínfimos y porciones abundantes: la comida se vende a un valor que oscila entre un dólar y un dólar y medio. Los ejemplos abundan pero se repiten: tres tacos de longaniza por 10 pesos, que en otros puestos se abaratan hasta llegar a 5 tacos por 15 o 20 pesos, si se acompaña con un refresco. Jóvenes comensales, individuos solitarios y familias enteras comen allí a pesar de las discutibles condiciones higiénicas en las que abundan el smog, la basura y la suciedad.

Durante mi paseo encuentro a un vendedor un poco apartado de la terminal que se atreve a encarecer su producto.

-¿Cuántos tacos le damos, güera? – me pregunta el chef improvisado al descubrirme merodeando. Algunos de ellos suelen llamar así, “güera”, de forma confianzuda, a cualquier persona de tez blanca, no necesariamente rubia.
-¿A cuánto los da?
-A 13 pesos.
-¿13 por cuantos tacos?
-No, cada uno güera.
-Bueno… ¡Gracias! – Y parto con las manos vacías.

Los clientes de un local contiguo saborean sus tacos al pastor, bistec o suadero sin cuestionar la procedencia de la carne que se sirve en cantidades generosas dentro de la tortilla. Algunos niños comen junto con sus padres como si se tratase de una auténtica comida familiar sin mesa ni cubiertos de por medio. Tampoco hay a la vista ningún sitio para lavarse las manos. Solo algunos de estos puestos cuentan apenas con una pequeña botella de gel antibacterial o el jugo de un limón frotado entre las manos, muy al estilo mexicano, que es todo lo que existe como medida de precaución. El platillo se acompaña con un refresco de cola o de sabor para saciar la sed que lleva el precio a 20 pesos. Si la marcha al estado de México es larga, el corazón debe quedar contento, y la barriga más.

Pero eso no es todo lo que ofrece la carta del puesto “Indios Verdes”. En otros rincones se aprecian vasos de papas fritas con salsa picante por 10 pesos (70 centavos de dólar), caldos de gallina a 20 pesos, gorditas a 13 pesos y a 25 pesos (1,70 dólar) si se añade una soda; y tacos con otras variedades de carne como buche, maciza, cuero, trompa y lengua por 8 monedas cada uno. También para el postre se ofrecen aguas de fruta, golosinas, café, helados y paletas entre los autobuses humeantes mientras los empleados anuncian a los gritos el siguiente viaje: “¿A dónde va, güera? ¡Súbale, súbale que ya sale!”.