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Colombia: la guerra de los otros

«Existe un país al que le importan un carajo el campo y la gente que está padeciendo la guerra. Esa es la sensación que tenemos», dijo el sacerdote Antún Ramos tras conocerse el triunfo del «No» en el plebiscito. Sus declaraciones dejaron ver los sentimientos –de frustración y desconcierto– de los partidarios del acuerdo de paz, pero al mismo tiempo revelaron una realidad: para los sectores urbanos, la guerra ocurre en escenarios alejados de sus vidas. Hoy Colombia vive una nueva encrucijada, mientras muchos sectores sociales luchan para que la guerra llegue a su final.

Colombia: la guerra de los otros

Hace tan solo un mes –al momento de escribir este artículo–, se llevó a cabo un plebiscito que buscaba que los colombianos refrendaran los acuerdos de paz suscritos entre el gobierno nacional y la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo (farc-ep). El triunfo del «No», por la exigua diferencia de 0,5%, resultó sorpresivo y desconcertante, pero también reveló situaciones desconocidas o subestimadas de la realidad del país, que hacen preciso su análisis y, desde luego, llaman a la búsqueda de acciones para construir en el corto y mediano plazos condiciones que favorezcan una salida negociada a la confrontación armada que hoy seguimos padeciendo.

El triunfo del «No» se produce en el contexto de un conflicto armado interno librado durante más de medio siglo. Las acciones bélicas y las modalidades de guerra desplegadas por los actores confrontados han dejado un doloroso recuento de víctimas. Más de 220.000 muertos, cerca de 30.000 secuestrados, más de 60.000 desaparecidos forzados1. Un registro superior a los ocho millones de víctimas, de los cuales más de siete millones han sido desplazados internos y otros miles corresponden a víctimas de torturas, de violencia sexual, de reclutamientos forzados, de minas antipersonas y de otras atrocidades.

Una guerra larga, costosa y degradante

Las cifras, a pesar de lo aterradoras, solo representan una aproximación a la dimensión de lo sucedido, pues muestran lo que ha sido posible documentar en un país donde aún persisten la confrontación y las amenazas, dinámicas que impiden que miles de personas denuncien los hechos y que se puedan desplegar acciones de investigación que permitan esclarecer lo ocurrido. Las verdaderas cifras de la violencia están aún por conocerse; lo que ha sucedido en el país es de una dimensión muchísimo mayor a la vivida en los países latinoamericanos, incluso en las peores épocas de las dictaduras militares.

Detrás de estas cifras están las historias de padecimiento y sufrimiento de miles de mujeres que han perdido a sus esposos, de madres y padres que vieron fallecer a sus hijos e hijas, de niños y niñas que crecieron sin los seres encargados de cuidarlos y protegerlos. Detrás de los datos se encuentran miles de personas que afrontan duelos y traumas y que portan en sus cuerpos mutilados y marcados las huellas de la guerra, comunidades enteras que han sido obligadas a abandonar sus lugares de vida y de trabajo y que se han visto forzadas a habitar los hostiles espacios de pueblos y vecindades ajenos. Están también los más de 450.000 colombianos que debieron abandonar su país. Están, en fin, las víctimas vulneradas no solo en sus derechos, sino en su dignidad. Víctimas que hoy reclaman verdad, justicia y reparación, y que sobre todo claman el fin de la guerra como requisito indispensable para avanzar hacia las garantías de no repetición.

Los costos de la guerra se expresan además en la destrucción material y en el daño ambiental que han causado las incursiones y tomas armadas de pueblos y veredas, los atentados contra la infraestructura petrolera y energética, y el despojo y los cambios de uso de más de ocho millones de hectáreas de tierra. Se expresan también en los daños socioculturales que resultan de la prohibición y regulación de prácticas sociales, de rituales, celebraciones y conmemoraciones. Los controles de los grupos armados han afectado la comunicación, el intercambio, la trasmisión de saberes y la realización de actividades sobre las que se cimientan creencias, costumbres y prácticas que construyen y sostienen la cultura y la identidad.

La guerra, además, ha debilitado e incluso exterminado proyectos colectivos, políticos, económicos y culturales que han apostado a construir otros órdenes sociales, más justos, sostenibles y respetuosos o simplemente distintos de los establecidos como hegemónicos, y ha dado paso a la instauración del autoritarismo, la exclusión, la intolerancia y la apatía.

¿Y seguimos optando por la guerra?

A pesar de este doloroso y costoso inventario, los resultados del plebiscito realizado el 2 de octubre pasado, que pretendía validar la salida negociada al conflicto armado con uno de los principales protagonistas de esta guerra, las farc, pusieron de manifiesto, entre otras cosas, que la guerra no afecta por igual a todas las personas que habitan este país. Estas razones pueden, en parte, explicar la resistencia u oposición de más de seis millones de personas a optar por otros caminos distintos de los militares y de los punitivos para superar el conflicto armado.

Que la guerra no afecta a todos por igual puede explicarse por varias razones. Las acciones de los grupos armados se han realizado en su gran mayoría en las zonas rurales del país. Las masacres, las incursiones armadas, la siembra de minas antipersonas y los controles territoriales se han desplegado, con algunas excepciones, en veredas, corregimientos y pueblos alejados de los grandes centros urbanos y han afectado especialmente a pobladores campesinos, indígenas y afrodescendientes, quienes han puesto más de 70% de las víctimas en un país mayoritariamente urbano.

La guerra no ha tocado de manera directa a millones de habitantes citadinos, por lo que es vista por muchos como un asunto lejano, como un problema de «otros», como un fenómeno con el que se puede vivir sin ser afectados de manera sustancial. Paradójicamente, es en las ciudades donde se toman las decisiones con respecto al curso de la guerra. Por esta razón, líderes sociales como Leyner Palacios, perteneciente una comunidad afrocolombiana víctima de la guerra, expresa en relación con la derrota del «Sí»: «Sentimos que el país urbano no comprendió la realidad y la necesidad de terminar este conflicto. Era una oportunidad grandísima que teníamos y se desaprovechó»2. En el mismo sentido se manifiesta el sacerdote Antún Ramos, miembro de la misma comunidad: «Existe un país al que le importan un carajo el campo y la gente que está padeciendo la guerra. Esa es la sensación que tenemos. Las cuentas dan para que ganen siempre los del centro y que el campo vea cómo subsiste a los embates de la guerra»3.

  • 1.

    Cifras del cnmh, disponibles en www.centrodememoriahistorica.gov.co.

  • 2.

    «No es justo que le tengamos que mendigar a Colombia por la paz: víctima de Bojayá» en w Radio, 3/10/2016, www.wradio.com.co.

  • 3.

    «Creímos en el perdón de las farc y se lo concedimos en las urnas» en Semana, 4/10/2016.