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«Clase media»: reflexiones sobre los (malos) usos académicos de una categoría

Para gobiernos, organismos internacionales y muchos académicos, una suerte de «clasemediarización» global sería la variable explicativa de muchos fenómenos actuales, y los propios actores suelen sentirse cómodos con esta categoría que remite a un políticamente correcto «justo medio», además de estar asociada a la modernidad y colocada en el mapa de la «civilización». Pero ¿qué es la clase media? ¿Se trata de un concepto científico o de un eslogan político? ¿Cómo usar esta categoría en la investigación política y social? Estas son algunas de las preguntas que este artículo se propone responder partiendo de una problematización del concepto que permite correrlo del sentido común dominante.

«Clase media»: reflexiones sobre los (malos) usos académicos de una categoría

Hace ya 20 años, Klaus-Peter Sick invitó a considerar una cuestión espinosa: el concepto de «clase media» ¿es una noción científica o apenas un eslogan político que los académicos terminaron adoptando acríticamente?1 La pregunta era por cierto desafiante e invitaba a una profunda reflexión. Dos décadas más tarde, sin embargo, hay que lamentar que esa categoría continúe circulando entre muchos investigadores sin ningún rigor. La mayoría de los trabajos que se ocupan de la clase media comienzan reconociendo la dificultad de definirla a partir de parámetros objetivos. Sin embargo, suelen pasar luego, rápidamente, a ofrecer una definición operativa ad hoc para presentar entonces los descubrimientos empíricos que explican cómo es esa clase o cómo lo fue en el pasado. La existencia misma de una clase media aparece como un dato obvio que no requiere demostraciones.

«Clase media» como categoría residual

Si se mira de cerca, «clase media» funciona con frecuencia como una mera categoría residual. Su contenido preciso queda delimitado menos por la propia unidad y consistencia del conjunto de personas que agrupa, que por los bordes de otras clases sociales de las que sí existen criterios objetivos de definición más o menos acordados. En las sociedades modernas queda claro que el proceso de acumulación económica coloca en una posición diferencial a, al menos, dos conjuntos sociales. Uno de ellos, en posición dominante –la clase alta, burguesía o como quiera que se la designe–, controla los principales resortes de la producción económica y tiene importantes niveles de incidencia en los otros campos que configuran el orden social. El otro, conformado por quienes no tienen mucho más que su fuerza de trabajo (clase baja, trabajadora, proletaria, la denominación es lo de menos), ocupa el lugar más bajo en la jerarquía social. Cada uno de estos dos polos es heterogéneo y con frecuencia está atravesado por profundas líneas de fragmentación. A pesar de ello, sin embargo, los consideramos «clases» justamente para destacar las dinámicas centrípetas que las mantienen unidas y como hipótesis sobre los modos en que los determinantes materiales de su existencia incidirán en sus comportamientos y actitudes en determinados contextos. Los trabajadores, por un lado, y los empresarios, por el otro, pueden tener las ideas más variadas acerca de muchos aspectos de la vida social. Pero en la relación que establecen unos con otros forman dos clases porque mantienen un vínculo concreto que se traduce en que, al menos en algunos momentos, tendrán intereses divergentes que, a su vez, los orientarán a actuar de maneras distintas. Dicho esto de otro modo: empresarios y trabajadores conforman «clases» diferentes no por una mera decisión taxonómica de un investigador, sino porque se manifiestan como tales de maneras empíricamente observables al menos en algunos momentos. Por poner un ejemplo: en la discusión paritaria de salarios, los primeros y los segundos tienen fuertes presiones para agrupar las fuerzas de los suyos y discutir desde una posición de mayor poder. Los rastros empíricos de su existencia como clases pueden leerse allí con toda claridad: construyen entidades representativas, ponen en funcionamiento toda una serie de recursos de presión, formulan una voz propia en los debates públicos, presentan sus propias ideas poniendo en juego vocabularios y símbolos específicos, etc.

Por lo mismo, esas clases tienen una existencia que no es abstracta sino histórica: aunque ya en la China antigua existían fabricantes de tela a gran escala y en la Roma imperial había trabajadores asalariados, no decimos que en China existiera una burguesía como clase dominante, ni que en Roma hubiera una «clase obrera». Ciertamente en ambos sitios un fabricante o un peón tenían estilos de vida característicos. Pero no se agrupaban primordialmente ni en tanto empresarios ni como trabajadores, sino como parte de grupos más amplios, propios de esas sociedades. La clase empresarial y la trabajadora, por el contrario, representan fenómenos más recientes: fechar el inicio de la primera es más controversial, pero de la segunda hay acuerdo en marcar la Revolución Industrial como momento de alumbramiento, cuando no solo hubo trabajadores en mayores aglomeraciones, sino que también estos exploraron formas de resistencia en común, organizaron sindicatos, desarrollaron ideas políticas propias y, finalmente, una identidad, expresada en símbolos, vocabularios, mitos, rituales, etc., por la que se reconocían iguales entre sí y diferentes a las personas de clases más altas. Es decir, reconocemos a los trabajadores o empresarios como «clases» desde el momento en que podemos encontrar, de ellas, indicios de una existencia empírica que no se deriva meramente de la presencia de personas con determinado tipo de ocupaciones.

¿Cuál sería, por comparación, la consistencia material e histórica de la clase media? En los trabajos académicos, la «clase media» con frecuencia queda conformada por todas aquellas categorías ocupacionales que no entraron en las otras dos y/o por los niveles de ingreso que no se corresponden ni con los que obtienen los simples trabajadores, ni con los de la clase superior. Sería el territorio intermedio que queda entre la región propia de la clase alta y la que le corresponde a la clase baja. «Clase media» funciona así, con frecuencia, como una categoría puramente residual. Y en ese sentido, cabe la pregunta: ¿qué elementos permiten afirmar que toda esa numerosa zona de la sociedad conforma una clase? ¿No podría ser el caso que sus miembros se agruparan como dos o tres clases diferentes, o que no se agruparan como clase en absoluto?

Pocos investigadores se han detenido a analizar esa cuestión. Entre ellos, resulta interesante remitirse al trabajo de Gino Germani, el primer sociólogo que presentó una definición de «clase media» como categoría científica para el caso argentino, que resultaría de gran influencia, además, en toda América Latina. En el primer trabajo que dedicó a la cuestión, de 1942, justificó con una amplia y aguda discusión teórica la necesidad de fundar la observación de las clases sociales en firmes criterios empíricos2. Para él, afirmar la existencia de una clase dependía de la demostración no solo de que un conjunto de personas tenía algo en común, sino también de que poseía una «unidad interna» visible en «contenidos de conciencia» que, a su vez, darían lugar a «conductas» observables. Así, la clase, para Germani, es más y otra cosa que la categoría ocupacional: es un «tipo de existencia» que incluye elementos objetivos y subjetivos. Como él mismo sostuvo en ese texto inicial, la tarea de distribuir categorías ocupacionales en «clases» debía ser el resultado de la observación empírica de los «tipos de existencia», y no el punto de partida. La «existencia misma de una clase media» debía ser «objeto de la investigación». Sin embargo, a Germani se le presentó la paradoja de que, para realizar tal observación, era necesario tener «una orientación previa»: si su intención era ir a estudiar empíricamente la clase media, primero necesitaba saber qué sectores iba a observar. Germani resolvió esa paradoja dando por válida –como «hipótesis» de trabajo, según aclaró– «la composición que generalmente se atribuye a la clase media». Citando como fuente de autoridad algunas obras de sociólogos europeos y norteamericanos, estableció así que la frontera entre clase obrera y clase media pasaba por la naturaleza manual o no manual del trabajo. El límite superior de la clase no merecía demasiada atención, ya que la clase alta estaba conformada por una porción de la población tan ínfima, que no valía la pena el esfuerzo estadístico. En otras palabras, antes de saber si el empleado de una ferretería encargado de la venta al público y el que subía y bajaba las cajas del depósito en el mismo local diferían en su «tipo de existencia», Germani definió que pertenecían a dos «clases» diferentes. Y cabe añadir que lo que a título de hipótesis de trabajo el sociólogo se permitió hacer nunca iba a ser objeto de una contrastación específica: aunque en el futuro no estudiaría en detalle los «contenidos de conciencia» de las categorías ocupacionales por separado, Germani continuó utilizando el esquema de división de tres grandes clases tal como lo diseñó en 1942 (y en buena medida, la sociología argentina lo utiliza todavía hoy). Agreguemos a esto el hecho de que los sociólogos europeos que Germani citó como fuente de autoridad tampoco habían realizado una comprobación empírica como la que este demandaba. Por el contrario, como muestra Sick, la delimitación de la clase en cuestión que propusieron se apoyaba en el modo en que se hablaba sobre la «clase media» en los debates políticos de fines del siglo XIX y comienzos del XX. Como Dios, la clase media tiene una existencia que parecería no requerir demostración3.

  • 1. Ezequiel Adamovsky: doctor en Historia por el University College London (ucl); se desempeña como profesor de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y como investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet). Es autor, entre otros libros, de Historia de la clase media argentina. Apogeo y decadencia de una ilusión, 1919-2003 (Planeta, Buenos Aires, 2009). Fue investigador invitado en el Centre National de la Recherche Scientifique (cnrs) en París y en 2009 fue distinguido con el James Alexander Robertson Memorial Prize.Palabras claves: clase, clase media, metodología de la investigación, ciencias sociales, modernización, justo medio.. K.-P. Sick: «Le concept de classes moyennes. Notion sociologique ou slogan politique?» en Vingtième Siècle No 37, 1993, pp. 13-33.
  • 2. G. Germani: «La clase media en la ciudad de Buenos Aires: estudio preliminar» en Boletín del Instituto de Sociología No 1, 1942, pp. 105-126.
  • 3. K.-P. Sick: ob. cit.