Tema central

China como competidor y socio estratégico

Desde su ingreso en la Organización Mundial del Comercio en 2001, China se consolidó como el principal receptor de inversión extranjera directa (IED) del mundo en desarrollo: en la última década recibió un promedio de 50.000 millones de dólares al año. Sobre la base de un exitoso modelo de apertura controlada, logró ubicarse en el centro de las estrategias de los inversores, mientras que los países latinoamericanos enfrentan dificultades para insertarse eficazmente en la economía mundial. De todos modos, si diseña una estrategia adecuada, América Latina puede atraer más IED y aprovechar el crecimiento de China, que ya ha invertido en recursos naturales y obras de infraestructura en diferentes países de la región.

China como competidor y socio estratégico

En este trabajo se analiza la forma en que China ha desplazado a América Latina en la economía internacional, tanto en el mercado de bienes y servicios como en el de inversión extranjera directa (IED) a partir de su regreso a la Organización Mundial de Comercio (GATT-OMC). Esto no necesariamente se ha dado como consecuencia de la competencia entre la región y China: son la propia lógica y el grado de consolidación del modelo de desarrollo económico del país asiático los que lo han llevado a desplazar del mercado internacional a países, regiones o subregiones.

Desde esta perspectiva debe comprenderse la competencia entre ambos actores. Aquí se pretende demostrar que, mientras China ha entendido la lógica de la globalización económica, muchos países latinoamericanos aún no tienen conciencia de que el siglo XX concluyó y las reglas del juego económico han cambiado. Inmersa en indefiniciones político-económicas, la región como un todo –y en particular algunos de sus países, como México, Argentina, Bolivia, Perú, Venezuela y Honduras– han desaprovechado las posibilidades de lograr una mejor inserción en los mercados, particularmente en los de IED. China, en cambio, sí ha entendido dicha lógica, lo que le ha permitido captar la IED que América Latina no ha logrado absorber.

Más aún, planteamos que China no solo ha entendido la lógica de la globalización, sino que está imprimiendo su propia perspectiva al fenómeno, haciendo converger las fuerzas económicas principales hacia su territorio. Con ello logra sacar una mejor tajada en la disputa por mercados, mientras que muchos países, incluidos la mayoría de los latinoamericanos, no terminan de idear una estrategia, de manera individual o como bloque, que les permita hacer frente a la competencia internacional.

En este trabajo se discuten, en primer lugar, los aspectos más recientes de la relación entre China y América Latina en los planos financiero y comercial; luego se analiza la evolución de la IED en el mundo y las políticas de atracción por parte del gigante asiático; más tarde se describen los intercambios –en comercio e inversiones– entre China y nuestra región, para plantear finalmente distintas perspectivas posibles para los países latinomericanos.

La relación China-América Latina

En algunos países latinoamericanos, los antiguos intentos de integración han sido recuperados por el discurso de ciertos mandatarios, que creen que aún es posible un proyecto bolivariano. Si bien es positivo no cejar en el intento, es necesario analizar los motivos del recurrente fracaso de las iniciativas, y sin duda se concluirá que han sido los propios países los que han obstaculizado la integración. En efecto, los intentos pasados estaban guiados por la cooperación, la ayuda y la colaboración, sin esquemas de liberalización y, mucho menos, profundización de los procesos reales de integración. Hoy, muchos países han comprobado la necesidad de insertarse en la economía internacional, donde los acuerdos bilaterales y multilaterales determinan el grado de integración. En ese sentido, las naciones latinoamericanas han percibido la necesidad de vincularse a los principales países desarrollados y sus bloques económicos, o de formar entre ellas áreas de libre comercio. Las experiencias de México, Chile, Brasil, Argentina, Colombia, Perú y Venezuela resultan buenos ejemplos. En particular, Brasil, México, Chile, Colombia y Perú han intentado insertarse en las corrientes mundiales de bienes, servicios y capitales asociándose con Estados Unidos, la Unión Europea y la región asiática del Pacífico.

El área de Asia-Pacífico tiene particular interés. Entre los 60 y los 90, guiada por Japón, fue una opción de diversificación real –así fuera marginal– para los países latinoamericanos (González García 1998a). Hoy, dicha región ya no está liderada por Japón, que sufrió una fuerte recesión económica entre 1989-2002: China se ha erigido como otro actor protagónico (González García y Segura Ramos 1998b). La diferencia es que Japón es una economía desarrollada y China no: en muchos casos se presenta como socio, pero en la mayoría, como un competidor importante. América Latina ha padecido los efectos de su presencia como competidor en los mercados internacionales de bienes y servicios. Sin embargo, donde es más palpable esta competencia es en la captación de IED.

Al considerar el periodo 1996-2005, se confirma que es a partir de la adhesión de China a la OMC, luego de un difícil proceso que le llevó 15 años de rígidas y largas negociaciones (Clifford y Panitchpakdi), cuando desplaza a América Latina en cuanto a la captación de IED. Su regreso al organismo rector del comercio mundial le permitió consolidar las bases de un proyecto de internacionalización iniciado en 1978, que consolidó un modelo de desarrollo económico con orientación externa que la convirtió en una potencia económica mundial (OECD 2002). La lógica china es básica: la instauración de una política de reinserción en la economía internacional a través de un proceso gradual, que involucra a las corporaciones transnacionales (CTN) y hace coincidir los flujos comerciales y de servicios con los de IED. Esta estrategia enfrentó grandes obstáculos entre 1986 y 1999 (este último año, al entrar en la fase decisiva las negociaciones para la adhesión a la OMC) y se vio facilitada luego de las postulaciones de China ante el organismo por parte de EEUU y la Unión Europea, en 1999 y 2000.

Después de 2001, China ha reafirmado su lugar de nuevo motor de la economía mundial a partir de las elevadas tasas de crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB), comercio internacional, captación de IED y desarrollo infraestructural (OECD 2005). En 2005 se convirtió en la quinta economía del mundo, y en la tercera potencia exportadora. Para los principales países de América Latina y el Caribe, esta situación coincidió con su desplazamiento de los mercados internacionales más importantes, como el caso de México en EEUU.

China cuenta con una sólida estrategia que fortalece su modelo de desarrollo. Aunque obviamente no todo es éxito, los grandes logros sociales y de reducción de la desigualdad acompañan los avances económicos (Kuijs y Wang). Este círculo virtuoso de crecimiento, comercio externo e inversión (Lin y Li) no generaría estos resultados si no existiera una estrategia global, que le ha permitido a China incursionar en los mercados internacionales no solo de maquiladoras y materias primas, sino, más recientemente, de sectores industriales de alta tecnología y, aún más, de nuevas tecnologías.