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China-Brasil: perspectivas de cooperación Sur-Sur

Durante años, China y Brasil implementaron una cooperación político-estratégica tendiente, sobre todo, a lograr un cambio en las reglas de juego del comercio internacional. Desde el final de la Guerra Fría, el vínculo comercial ha adquirido nueva importancia, y China desplazó a Japón como principal socio asiático de Brasil. En este artículo se argumenta que, a pesar del incremento de los lazos económicos, el eje de la relación sigue siendo político: ambos países han desarrollado programas espaciales conjuntos, coinciden en los organismos internacionales y defienden una perspectiva similar de inserción mundial que, sin oponerse de manera frontal a las naciones desarrolladas, se basa en la idea de cooperación Sur-Sur.

China-Brasil: perspectivas de cooperación Sur-Sur

Consideraciones iniciales

En las dos últimas décadas del siglo XX, Brasil atravesó un doble proceso de transformación. Mientras que, en el plano político, los 80 marcaron la transición de un régimen militar a uno democrático, en lo económico se reconoció el agotamiento del modelo autárquico de desarrollo. La inserción en la economía mundial bajo el control del Estado, en un contexto de turbulencias financieras, se tornó cada vez más difícil.Con el objetivo de conservar cierto margen de maniobra en el frente externo, se ha procurado mantener la diversificación de la estructura de comercio, percibida como una ventaja importante. En 2005, 19,2% de las exportaciones brasileñas fueron a Estados Unidos, 22,4% a la Unión Europea, 21,5% a los países que integran la Asociación Latinoamericana de Integración, 15,7% a Asia y 19,5% al resto del mundo. Como se ve, las principales áreas del planeta constituyen mercados importantes para Brasil.

Sin embargo, el desafío de ampliar la participación en el mercado mundial y continuar con el proceso de desarrollo económico requiere acciones en diversas regiones. Este objetivo –definido como la universalización y la diversificación de las asociaciones externas– aparece como una constante en la definición de la política exterior. En la visión de Maria Regina Soares Lima, «representa un rasgo del estilo diplomático brasileño que favorece la flexibilidad en el proceso decisorio y en el aumento de las opciones internacionales, de manera tal que las elecciones futuras puedan mantenerse abiertas».

En ese sentido, tanto el gobierno de Fernando Henrique Cardoso como el de Luiz Inácio Lula da Silva mantuvieron esta perspectiva de diversificación. En su actual proyecto de inserción internacional, Brasil considera a Asia como un espacio especialmente importante, teniendo en cuenta la demanda de inversiones y tecnología de punta y el hecho de que constituye un mercado con alta capacidad de consumo. A su vez, Brasil genera interés en Asia en tanto fuente de materias primas, principalmente productos alimenticios e insumos básicos.

Con el final del régimen militar en los años 80, no se introdujeron mayores alteraciones en la política exterior brasileña. A diferencia de lo sucedido en otros países de América Latina, el proceso de redemocratización tuvo en este aspecto solo un efecto residual: la política exterior, más allá de los cambios políticos y la liberalización económica, constituye todavía uno de los instrumentos centrales de la estrategia nacional de desarrollo.

Para el análisis de la aproximación con Asia, y en especial con China, es preciso establecer algunas precisiones. Es necesario señalar que, aunque el discurso acerca de la cooperación Sur-Sur podría haber generado un acercamiento mayor, hasta la mitad de los años 80 las relaciones exteriores de Brasil estuvieron orientadas sobre todo hacia África y Medio Oriente. Respecto a Asia, la relación estaba centrada básicamente en los intercambios comerciales con Japón. Más tarde, en la Posguerra Fría, la decisión brasileña de sostener el énfasis desarrollista, sumada al dinamismo económico asiático, aumentó las perspectivas de una cooperación más estrecha. La apertura comercial brasileña y la búsqueda de nuevos mercados incrementaron las potencialidades para la construcción de relaciones económicas más intensas. Además, los países asiáticos comenzaron a percibir a Brasil –y a América del Sur en general– como un socio interesante, especialmente a partir de la crisis asiática, la profundización del regionalismo en Europa y el avance del Área de Libre Comercio de las Américas.

Pero a pesar de esta tendencia a la intensificación de las relaciones, la posición gubernamental brasileña ingresa en una zona de conflictividad debido a la tradición histórica tendiente a establecer vínculos más intensos con el contexto regional –o aun occidental–, lo que provoca dudas acerca de la profundización de las relaciones con Asia.

Las relaciones comerciales y políticas durante la Guerra Fría

Hasta el final de la Guerra Fría, no puede hablarse con propiedad de una relación entre Brasil y los países de Asia. Aunque el tema estaba presente en los discursos, sobre todo a partir de la «política exterior independiente» del gobierno de Jânio Quadros, en realidad la interacción se limitó a la construcción de una agenda política común para los países en desarrollo. La intensificación de las relaciones con Asia y África fue consecuencia de una necesidad de mayor autodeterminación, no solo de parte de Brasil, sino también del mundo afroasiático.

En esta perspectiva de cooperación Sur-Sur, la política exterior brasileña se comprometió principalmente con África, y China fue el único país asiático con el cual Brasil consiguió establecer lazos significativos. Luego del restablecimiento de las relaciones diplomáticas con Beijing, el 15 de agosto de 1974, se generó una acción conjunta en temas de interés común: pese a las diferencias en cuanto a los sistemas políticos, ambos países encontraron similitudes en algunos principios de política exterior, sobre todo en la búsqueda de autonomía internacional y en el énfasis en la soberanía nacional y la integridad territorial, por los que se oponían a cualquier interferencia de otra nación. Se encontraron, también, posiciones similares en relación con otras cuestiones internacionales, como la oposición a la diplomacia de derechos humanos de EEUU y al proteccionismo comercial de los países desarrollados.

Vale la pena recordar que, desde fines de los 60, se habían retomado en Brasil las perspectivas de la «política exterior independiente». De este modo, el gobierno de Costa e Silva se negó a firmar el Tratado de No Proliferación Nuclear, volvió a enfatizar la importancia de la participación en los foros multilaterales y, entre otras acciones, recuperó una activa participación en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo. Brasil apostaba enfáticamente a una agenda común para el Tercer Mundo y miró hacia China, con su sillón en el Consejo de Seguridad y sus mismos intereses, en busca de un socio.