Tema central

China - América Latina: una relación económica diferenciada

Los intercambios comerciales entre China y América Latina crecieron espectacularmente en los últimos años, pero esto no afectó de la misma forma a todos los países. El primer caso es el de Venezuela, que exporta a China petróleo, clave para sostener el despegue industrial. Por otro lado, los productores de materias primas y alimentos –Chile, Brasil, Argentina y Perú– se han beneficiado gracias a los saldos comerciales positivos y el aumento de la inversión directa. Finalmente, México y Centroamérica se han visto perjudicados por las importaciones de productos manufacturados y están siendo desplazados del mercado de Estados Unidos. Para entender el crecimiento de la relación sino-latinoamericana desde el punto de vista comercial, es necesario evitar las generalizaciones y analizar cada caso en detalle.

China - América Latina: una relación económica diferenciada

Introducción

Para nadie es un secreto que las relaciones entre la República Popular China y América Latina se han intensificado en los últimos años. A las frecuentes visitas recíprocas de altos funcionarios se suma un auge del comercio y la inversión extranjera directa (IED) de China en nuestra región. Si bien en los intercambios se hace presente el factor político, es el terreno de la economía el que está marcando, con mucho, el paso de las relaciones. El comercio, por ejemplo, ha experimentado una vertiginosa evolución. En 1976 solo alcanzaba 200 millones de dólares, mientras que en 1988 ascendía a 2.800 millones. A lo largo de los 90, los flujos comerciales sino-latinoamericanos crecieron a tasas de tres dígitos, hasta superar los 40.000 millones de dólares en 2005. China se ha comprometido a invertir en América Latina unos 50.000 millones de dólares durante los próximos años. En esta nueva realidad, las consideraciones ideológicas han pasado a jugar un papel francamente marginal.

¿Qué tanto se beneficia o se perjudica América Latina con el imparable crecimiento económico de China? Postulo que la respuesta a esta pregunta varía de acuerdo con las características de los distintos países y subregiones de nuestro continente. Para ilustrar este punto, en este artículo se analiza la relación económica de China con algunos de ellos: Venezuela, Argentina, Brasil, Chile, Perú, México, Centroamérica y Cuba. La selección no obedece a un enfoque excluyente, sino a la voluntad de identificar diferentes trayectorias e intereses en la relación. Del mismo modo, el texto se concentra en las variables económicas –sobre todo, comercio e inversión–, obviando por el momento el punto de vista político.

El texto se divide en cuatro secciones. La primera revisa con cierto detalle la evolución de las relaciones económicas entre China y Venezuela; se ha decidido dedicar una sección completa a este tema en vista de la creciente relevancia del factor energético en la agenda de la política exterior china. La segunda parte revisa el favorable desempeño que han tenido frente a China países como Argentina, Brasil, Chile y Perú, que han logrado obtener superávits comerciales e inversiones sobre la base de sus ventajas comparativas en la producción de materias primas y alimentos. En la tercera sección se analizan las características de las relaciones con México y Centroamérica, que están siendo afectados por un fuerte desequilibrio comercial, así como por el desplazamiento de sus exportaciones en el mercado de Estados Unidos. El cuarto y último apartado estudia el caso de Cuba, en donde, además de materias primas, China busca mantener viva una línea «tercermundista» de su política exterior. Los casos analizados intentan brindar al lector una panorámica desapasionada de las trayectorias de cooperación y competencia entre China y los distintos países latinoamericanos.

Venezuela: el abastecimiento de petróleo, vena yugular de la economía china

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Una de las claves para entender la política de China hacia el mundo en general, y con respecto a América Latina en particular, es su gran demanda de materias primas y petróleo. Este perfil parecería estar más vinculado con la naturaleza de la primera y la segunda Revolución Industrial, ambas en vías de superarse dentro del denominado Primer Mundo. En el caso de China, sin embargo, la experiencia de desarrollo acelerado es altamente dependiente de estos elementos, presentes en procesos previos de desarrollo industrial: nos referimos a la necesidad de imitar los patrones tecnológicos de los líderes, el uso intensivo de mano de obra y la avidez por materias primas y recursos energéticos, factores clave durante las etapas iniciales del despegue económico.

Este patrón explica, en gran medida, una serie de estrategias que caracterizan la política exterior china, determinada por esa creciente demanda de petróleo, materias primas y alimentos. Veamos qué sucede con estas variables y sus precios en América Latina. En primer lugar, hay que mencionar los recursos energéticos. A la fecha, el mundo ha consumido un poco más de la mitad de sus reservas totales de combustibles fósiles. Aunque cada año se descubren 7.000 millones de barriles, el consumo promedio de los últimos años ha sido de 23.000 millones de barriles. Es decir, el mundo consume tres veces más petróleo que el que se descubre anualmente. La situación es más angustiante porque el umbral de agotamiento del petróleo en el contexto mundial se alcanzó en el año 2000, con importantes diferencias regionales. El punto de no retorno se alcanzó en 1974 en América del Norte; en 1996 en Eurasia; y en 1999 en América Latina. Para 2015, más de la mitad de las reservas petroleras de Oriente Medio se habrán consumido. Después de eso, la era del petróleo llegará a su fin: las reservas mundiales de combustibles fósiles se habrán agotado, a más tardar, en 2050.

Los principales usuarios de petróleo han sido los países del Norte industrializado, que importan la mayor parte de los hidrocarburos que consumen. Un caso relevante es el de EEUU, cuyo porcentaje de importación de petróleo crudo en relación con su consumo total pasó de 48% en 1996 a más de 50% en la actualidad. El otro caso de aumento rampante es, precisamente, China. Hasta 1993, el país asiático era autosuficiente, e incluso llegaba a exportar cantidades marginales. Actualmente, China se ha convertido, después de EEUU, en el segundo importador y consumidor mundial de hidrocarburos, con un consumo diario de 6,3 millones de barriles de petróleo, lo que representa aproximadamente 8% del total mundial. La demanda china ha sido un factor central en el aumento de los precios del petróleo, que virtualmente se duplicaron entre diciembre de 2003 y enero de 2006. El asunto solo empieza, pero no termina con estas cifras: de persistir las actuales tendencias, la demanda de crudo por parte de China se incrementará a tasas de 12% anual hasta 2020.

La tendencia al alza no solo tiene que ver con las enormes necesidades de la industria, sino también con el cambio de hábitos de los consumidores de ese país. Si «modernización» equivale a «occidentalización», en las calles de Beijing, Shanghai, Guangdong y otras grandes ciudades ha aparecido un factor relativamente nuevo: su majestad el automóvil. En 1999, los consumidores chinos, aún aficionados a la bicicleta, adquirieron solo 220.000 autos. En 2003, el parque vehicular creció en dos millones de unidades, hasta alcanzar un total acumulado de 24 millones. A ese ritmo, para 2010 circularán 210 millones de autos en China, y para 2020 funcionarán 230 millones. En ese futuro cercano, la cantidad de automotores en China habrá superado la de EEUU. A lo anterior se sumarán los requerimientos energéticos necesarios para un mayor número de vuelos aéreos, así como para el funcionamiento de sistemas de aire acondicionado, refrigeradores, televisores y otros aparatos eléctricos, todos ellos consustanciales a la visión dominante de lo que significa el progreso.

Un desarrollo de esta naturaleza supone, desde luego, la necesidad de diversificar las fuentes energéticas (hidroeléctricas, solares, nucleares), pero también, y sobre todo, de asegurar un suministro confiable de combustibles fósiles. El problema, que ahora China comparte con EEUU, Europa y Japón, es que las principales reservas petroleras del mundo se ubican en áreas geográficas relativamente alejadas de los grandes consumidores. Las reservas de petróleo más importantes se concentran en los países árabes de Oriente Medio y América Latina: principalmente, y en ese orden, en Arabia Saudita, Irak, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Irán y Venezuela. En conjunto, estos países acumulan 748.000 millones de barriles, el equivalente a más de las tres cuartas partes de las reservas mundiales. A pesar de que 60% de la factura petrolera de China proviene de Oriente Medio y Rusia, existen fuertes factores de incertidumbre en ese suministro. Por un lado, la guerra de Irak, así como las fuertes tensiones entre Occidente e Irán a causa de la política nuclear de este último país, enrarecen el clima político en Oriente Medio. Hasta ahora, China se ha apoyado en Rusia para satisfacer su consumo energético, pero existen indicios de que Moscú no desea convertirse en un mero proveedor de materias primas para su vecino y aliado.

Frente a esta circunstancia, una de las prioridades chinas en su relación con otros países consiste en asegurar fuentes confiables de suministro energético, ya sea en Asia Central, África Occidental o el Sudeste asiático. Hasta hace poco tiempo desconocidas en el resto del mundo, las firmas petroleras chinas han ganado notoriedad en los últimos años debido a su intensa actividad. Fuertemente apoyadas por el Estado mediante financiamientos blandos, incentivos fiscales y subsidios, estas empresas se han abocado a la tarea de extender sus operaciones en terceros países. La expansión petrolera china ha generado cierto temor en el mundo. Por ejemplo, en junio de 2005 la firma estatal China National Offshore Oil Corporation (Cnooc) superó la oferta realizada por Chevron para adquirir la compañía petrolera estadounidense Unocal. Las autoridades norteamericanas lograron evitar la compra de Unocal por parte de Cnooc, para lo cual invocaron razones de seguridad nacional similares a las que en 2004 Canadá había esgrimido para evitar que China Minmetals adquiriese Noranda, una empresa productora de minerales.

Esta argumentación busca subrayar el hecho de que la política de China hacia el mundo, y desde luego hacia América Latina, tiene un referente fundamental en todos aquellos países que disponen de excedentes –actuales o potenciales– de crudo y gas para exportar. Así, ante la necesidad de diversificar sus fuentes de abastecimiento energético, China ha desarrollado vínculos muy cercanos con Venezuela, el quinto exportador mundial de petróleo y el país con las principales reservas energéticas en el hemisferio occidental. Para Venezuela, el interés chino es muy oportuno desde el punto de vista de la política exterior ya que, a pesar de las conocidas tensiones entre Caracas y Washington, el gobierno de Hugo Chávez continúa enviando 60% de sus exportaciones de petróleo al mercado estadounidense, y es el cuarto proveedor de ese país. La carta china le ofrece la posibilidad de diversificar sus exportaciones, al tiempo que le permite invocar un discurso solidario y antiimperialista en materia de política internacional.

China, por su parte, ha realizado significativos esfuerzos por asegurarse el suministro petrolero venezolano. Durante la visita del presidente Chávez a Beijing en diciembre de 2004 y luego del viaje del vicepresidente Zeng Qinghong a Caracas en enero de 2005, China se comprometió a invertir 350 millones de dólares en 15 campos petroleros de Venezuela, además de asignar 60 millones a un proyecto gasífero y a la mejora de la infraestructura destinada a refinar y transportar el crudo. A cambio, se asegurará la provisión de 100.000 barriles diarios, así como de tres millones anuales de toneladas de combustible de petróleo y de 1,8 millones de toneladas de Orimulsión, un derivado de los abundantes hidrocarburos no convencionales de la cuenca del Orinoco desarrollado por Petróleos de Venezuela. En vista de la dinámica relación petrolera con el gigante asiático, Venezuela busca reconstruir un oleoducto en Panamá para conducir el petróleo al Pacífico y, desde allí, exportarlo a China. Otra opción sería acordar el establecimiento de un nuevo oleoducto vía Colombia. En términos absolutos, las cifras del comercio sino-venezolano no son tan espectaculares. Lo que llama la atención, sin embargo, es cómo ha evolucionado esta relación. En 1995, los flujos comerciales bilaterales eran nulos. Para el año 2000, sumaban 219 millones de dólares, en 2003 fueron de 316 millones y para 2004 ascendieron a 654 millones. Se espera que, muy pronto, superen los mil millones y que, gracias a la abundancia de las exportaciones petroleras y al alto precio de los hidrocarburos en el mercado internacional, se invierta el signo deficitario que ha registrado Venezuela. Aunque es el caso más claro del interés chino por el petróleo latinoamericano, Venezuela no es el único ejemplo. La variable energética está presente, en mayor o menor medida, en la relación de China con la mayor parte de los países de la región. En noviembre de 2004, el presidente chino, Hu Jintao, anunció en Brasil inversiones por 10.000 millones de dólares para modernizar la industria petrolera y el transporte, lo que incluye un acuerdo entre las firmas Sinopec y Petrobras para construir un gasoducto de 2.000 kilómetros de longitud. Igualmente, China contempla inversiones por 5.000 millones en la industria petrolera argentina y ya ha establecido acuerdos para la exploración de nuevos campos petroleros en Colombia, Cuba, Ecuador y Perú, además de Venezuela. Igualmente, se prevén acuerdos con el presidente de Bolivia, Evo Morales, para la exploración y la explotación conjunta de petróleo y gas, abundantes en la zona oriental de ese país.

Brasil, Chile, Argentina y Perú: materias primas y alimentos

Además del petróleo, existen por lo menos otros dos «cuellos de botella» que podrían limitar el crecimiento chino y que explican su relación con otros países latinoamericanos. Me refiero, por un lado, a la escasez de materias primas y, por otro, a las insuficiencias en la producción de los alimentos requeridos para satisfacer las necesidades de la población china. Ambas limitaciones han abierto, al menos desde principios de la presente década, importantes oportunidades de negocios para países de América del Sur, entre ellos Argentina, Brasil, Chile y Perú. Sobre la base de una creciente demanda, la relación comercial entre Beijing y estos países ha estado marcada por tres procesos simultáneos y dinámicos: el incremento del comercio bilateral, que coloca a China como uno de los principales socios comerciales de esos países; el registro de abundantes superávits en la balanza de cuenta favorables a las naciones sudamericanas, y una oleada de IED de China en áreas relacionadas con la extracción de materias primas y la construcción de infraestructura.

En el caso de las materias primas, es bien sabido que son muy necesarias en los momentos de industrialización rápida. En la medida en que las últimas décadas no habían sido muy abundantes en casos de desarrollo acelerado, la demanda internacional de estos productos había tendido a estancarse, e incluso a experimentar una franca declinación. Pero en los últimos años esta realidad ha cambiado, en gran parte gracias a la creciente demanda china. Algunas mercancías, cuyo momento de auge parecía haber pasado, se han vuelto nuevamente cotizadas gracias al «factor chino». Erigida como una de las locomotoras más importantes de la economía internacional, en la actualidad China consume 40% del cemento, 31% del carbón, 30% del mineral de hierro, 27% del acero, 25% del aluminio y 20% del cobre del mundo.

En la medida en que su producto interno bruto continúe su marcha ascendente, China seguirá requiriendo materias primas, que forman la base del comercio con varios países, entre los que se destacan Chile y Brasil. En el primer caso, la gran mayoría de sus exportaciones hacia China se concentra en el cobre. Como ya se mencionó, este último país es el mayor importador mundial de este metal, mientras que Chile es el principal exportador. No es extraño, entonces, que la minería represente 74% de las exportaciones chilenas al país asiático. Por sí solas, las compañías estatales chilenas Corporación Nacional del Cobre (Codelco) y Empresa Nacional de Minería (Enami) son responsables de más de un tercio de las exportaciones a China que, a su vez, exporta a Chile textiles, prendas de vestir, calzado, juguetes y productos electrónicos.

El comercio bilateral ha registrado un vertiginoso ascenso: si en 1990 solo alcanzaba los 91 millones de dólares, en 2004 ascendió a 5.059 millones. El signo de la balanza comercial se ha tornado positivo para Chile a partir de los primeros años de la presente década, y en 2004 alcanzó un saldo positivo de 1.365 millones. Gracias a ese dinamismo, China pasó de ser el decimoquinto socio comercial de Chile en 1995 al segundo en 2004. Además, mediante un acuerdo firmado en junio de 2005, Codelco garantizará un abastecimiento continuo de cobre vía China Minmetals, a cambio de recursos frescos para financiar la expansión productiva de la cuprífera chilena. El total de la inversión conjunta sería de unos 550 millones de dólares en la primera etapa, y podría superar los 2.000 millones una vez concluido el joint venture. En vista de los estrechos contactos en materia de comercio e inversión, en 2004 ambos países decidieron iniciar las negociaciones para suscribir un Tratado de Libre Comercio (TLC), que finalmente se firmó en noviembre de 2005. Es, significativamente, el primer acuerdo de este tipo que China suscribe con un país latinoamericano.

Al igual que en el caso chileno, una considerable proporción de las exportaciones de Brasil a China está compuesta por materias primas y alimentos. Se destacan tres: el mineral de hierro, el acero y el complejo soya, cuya dinámica se analiza más abajo. Los tres productos representan más de 70% de las ventas de Brasil a Beijing. Como en el caso chileno, este perfil no resulta extraño: China se ha convertido en el segundo importador mundial de mineral de hierro y en el mayor comprador de productos metalúrgicos. La brecha de 36 millones de toneladas entre su producción y su consumo de acero debe ser cubierta por las importaciones provenientes de países como Corea del Sur, Japón y Brasil. Para asegurar el suministro de acero, Baosteel, la firma líder en producción de esa aleación en China, emprendió en 2004 una serie de proyectos conjuntos con la siderúrgica brasileña Vale do Rio Doce.

La complementariedad de las economías de Brasil y China también resulta evidente en el caso del carbón mineral y el mineral de hierro. Mientras el país asiático exporta carbón e importa mineral de hierro, Brasil importa el primer producto, pero es el mayor exportador mundial del segundo. Gracias a este fenómeno de mercado, los costos de logística se facilitan, pues los barcos que transportan el mineral de hierro a China regresan a Brasil cargados de carbón. A ello se suma el hecho de que la participación brasileña en mercados de terceros países no resulta afectada sustancialmente por la competencia china, como sí ocurre en el caso de México y Centroamérica, que se analiza en la siguiente sección.

La trayectoria de ascenso del comercio bilateral y el signo positivo de la balanza en cuenta corriente que se ha observado en Chile se encuentra igualmente presente en Brasil. Apenas en el año 2000, este país registraba un déficit comercial de 266 millones de dólares anuales respecto de China. Pero, a lo largo de los siguientes años, las exportaciones brasileñas al país asiático han registrado un crecimiento anual superior a 60%, y Brasil ha comenzado a obtener números negros en esta relación. En efecto, los envíos de mercancías brasileñas llegaron a 5.438 millones de dólares en 2004. Aunque sus importaciones también han aumentado sustancialmente, en el último año Brasil mantuvo un superávit de 1.389 millones de dólares en la balanza comercial con China. Como resultado de este dinamismo económico, China se ha convertido en su segundo socio comercial, después de EEUU y por encima de Argentina.

En lo que respecta a los alimentos, China constituye uno de los principales demandantes en el mercado mundial. No obstante el relativo éxito de las reformas agrícolas y el hecho de que se trata de uno de los países con mayor extensión territorial, solo 11% de su superficie es cultivable, y la propiedad promedio es de poco más de una hectárea. Además, los suelos chinos sufren un acelerado proceso de desertificación. Debido al calentamiento global, al aumento poblacional y a la deforestación, el desierto de Gobi, situado en el Nordeste chino y Mongolia Interior, ha experimentado una veloz expansión en la última década: de ocupar 18% de la masa continental del país, se ha extendido hasta abarcar la tercera parte del territorio. Aun cuando se han dedicado casi 7.000 millones de dólares para tratar de detener la desertificación mediante la siembra de árboles, el proceso continúa.

Es previsible por ello que la frontera agrícola de China retroceda aún más en los próximos años. Debido a la escasez de tierras y su bajo rendimiento, y a la creciente demanda de alimentos, el país continuará importando, en los próximos años, enormes cantidades de soya, maíz, algodón, carne y lácteos. Es probable, además, que los consumidores chinos demanden cada vez más productos agrícolas con un mayor grado de complejidad que, por sus condiciones geográficas y climáticas, el país no puede producir. Si este pronóstico es válido, las economías sudamericanas mantendrán sus beneficios en la medida en que sigan exportando productos agrícolas y materias primas.

El caso del llamado «complejo soya» (semillas y aceite) ilustra a la perfección la centralidad del factor alimenticio en el comercio sino-sudamericano. El auge de la exportación de soya a China no deriva tanto de estrategias deliberadas de conquista de mercados por parte de países como Argentina y Brasil, sino que se explica por la insaciable demanda proveniente del «país de en medio»: mientras en 1995 era responsable de 6,6% de las importaciones mundiales de soya, en 2002 la proporción se había disparado a 14,5%. Además de Brasil, este auge en la importación de soya por parte de China ha beneficiado sustancialmente a Argentina.

En 2000, el comercio bilateral entre China y Argentina era de 1.856 millones de dólares, con números rojos para el país sudamericano. Sin embargo, los intercambios mostraron un rápido aumento en el primer lustro de la presente década, hasta alcanzar 4.031 millones en 2004. Como consecuencia de esta veloz expansión comercial, China se ha convertido en el tercer socio comercial de Argentina, que ha obtenido importantes saldos a su favor. ¿Y qué hay detrás de este desempeño? Básicamente, soya. En efecto, casi 80% del valor de las exportaciones argentinas al país asiático se relaciona con esta mercancía, que contribuye a satisfacer una tercera parte de las importaciones chinas. En este caso, igual que el de Brasil, existe una condición exógena que ha contribuido al auge de la soya: a partir de 2001, China impuso fuertes restricciones al ingreso de soya transgénica. La medida afectó a los productores estadounidenses, en cuyos campos 81% de las semillas son transgénicas, y benefició a los países sudamericanos, cuya producción utiliza métodos más tradicionales. Por su parte, y siguiendo el patrón que se observa en otros países, la IED de China en Argentina está fluyendo hacia el desarrollo de transporte ferroviario y la producción de energéticos.

Perú también ha desarrollado una estrecha relación con China a partir de la venta de alimentos y materias primas. La harina de pescado, utilizada en China para la alimentación animal, representa casi las dos terceras partes del valor de las exportaciones peruanas a ese país. Aquí también aparece la complementariedad: mientras Perú es el principal productor de harina de pescado del mundo, China es el principal centro de consumo, y adquiere más de 50% de la producción peruana. Las otras exportaciones dominantes son el mineral de hierro y el cobre, áreas en que se reproduce el patrón de IED en industrias extractivas, entre las que se destaca la mina Marcota, donde la empresa china Shougang ha invertido 250 millones de dólares. Al igual que en los demás países sudamericanos analizados, desde los años 90 el comercio total sino-peruano ha mostrado un gran dinamismo, pues pasó de 74 millones de dólares en 1990 a 732 millones en 2000 y a 2004 millones en 2004. Cabe mencionar que en este intercambio Perú registra un superávit crónico: en 2004, el signo positivo fue de 468 millones.

Es pertinente señalar que estos países han otorgado a China el estatus de economía de mercado. Como se sabe, dicho reconocimiento reduce las posibilidades de que el país otorgante demande con éxito al otro a raíz de prácticas comerciales desleales. Como parte de su ingreso en la Organización Mundial del Comercio, China aceptó no ser clasificada como una economía de mercado. Al poco tiempo, sin embargo, Beijing inició una ofensiva entre sus socios comerciales para que le reconocieran ese estatus. Esta estrategia, cuyo objetivo último es que EEUU y la Unión Europea terminen por otorgarle esa categoría, ha sido bastante exitosa. En pocos años, la diplomacia china ha logrado convencer a 24 países, entre los cuales se destacan Nueva Zelanda, Singapur, Malasia y Tailandia, así como Argentina, Brasil, Chile y Perú. Quizás en reciprocidad, estos países latinoamericanos han sido incorporados a la lista de «destinos turísticos oficiales» del gobierno chino. La inclusión en esa lista permite que los grupos de turistas chinos, caracterizados por su creciente nivel adquisitivo, puedan viajar sin restricciones a los destinos autorizados.

En los países sudamericanos que han logrado beneficiarse del crecimiento chino existen altas expectativas sobre el futuro de la relación. Con excepción de asociaciones empresariales como la Unión Industrial Argentina o la Federación de Industrias del Estado de San Pablo, importantes sectores de la sociedad civil y el Estado perciben a China como un elemento clave para el desarrollo nacional y la diversificación de sus vínculos con el exterior. Tanto los titulares de los periódicos como los pronunciamientos on y off the record de diplomáticos y funcionarios públicos tienden a mostrar un gran optimismo sobre el futuro de los vínculos bilaterales. Una muestra de ello son las visitas que han realizado diversos mandatarios sudamericanos a Beijing, usualmente acompañados por enormes comitivas. Por ejemplo, a la gira de Luiz Inácio da Silva por China en mayo de 2004 asistieron nueve ministros, seis gobernadores y 500 hombres de negocios. Además, Itamaratí presentó este viaje como una de las iniciativas más importantes durante la gestión. No busco estropear la fiesta con estas líneas, pero hay que aclarar que la relación comercial entre los países sudamericanos y China no está exenta de ciertas ironías, teóricas e históricas. Después de todo, las viejas tesis leninistas postulaban que una de las características centrales del imperialismo en su fase monopólica consistía en el saqueo de las materias primas por parte de las grandes potencias. Igualmente, las teorías de la Cepal, extendidas a partir de los años 50 del siglo pasado, sostenían que la única forma de que América Latina pudiera transitar de la periferia al centro del sistema internacional era proceder a la industrialización, rompiendo así la lógica de las economías primario-exportadoras. El perfil de las exportaciones sudamericanas hacia China y la estrategia de este país hacia la región ofrecerían un interesante caso de estudio para discutir la pertinencia de las tesis de Lenin y Raúl Prebisch.

México y América Central: desconfianzas y asimetrías

El dinamismo de las relaciones económicas entre China y América Latina incluye a América Central y México. De hecho, este último país se ha convertido en el segundo socio comercial latinoamericano de China, que rápidamente se ha transformado en el primer socio comercial mexicano en Asia, por encima de Japón, que había ocupado esa posición hasta 2002. A pesar de esa intensidad, la relación entre México y China se caracteriza por un notable desequilibrio comercial, con un continuo y abultado déficit para el país sudamericano. En 2004, por ejemplo, México exportó a China 474 millones de dólares, pero importó de ese país bienes por 14.373 millones, equivalente a una proporción de 1 a 30. Es cierto que buena parte de las exportaciones de México a China pasa primero por Panamá o EEUU y que, por lo tanto, estadísticamente aparecen como transacciones con esos países. Pero esto no invalida el hecho de que la trayectoria es de déficit creciente, lo que contrasta con los números negros de otros países latinoamericanos. No parecería exagerado afirmar que esta enorme asimetría en materia comercial se ha convertido en el eje de la problemática en la relación entre Beijing y México.

Al problema del desequilibrio comercial se suman las quejas del empresariado mexicano a causa del contrabando de productos chinos, que se distribuyen a través de las enormes redes de comercio informal de México y que estarían afectando a distintos sectores del aparato productivo. A decir del sector empresarial, más de la mitad de la vestimenta y el calzado –sobre todo pijamas, pantalones y zapatos deportivos– que se consumen en México se originan en China. Particular preocupación provoca el hecho de que la competencia con el país asiático tiene lugar precisamente en sectores manufactureros, intensivos en mano de obra, lo que ha contribuido a que, entre 2000 y 2004, México haya perdido 672.000 puestos de trabajo. La asimétrica relación comercial ha provocado asimismo tensiones comerciales: de los 24 procedimientos antidumping que China había enfrentado hasta septiembre de 2005, 40% habían sido interpuestos por México. Al mismo tiempo, China tenía vigentes en México 26 cuotas compensatorias.

Hay, también, tensiones por la competencia en el mercado de terceros países. Las exportaciones mexicanas a EEUU comenzaron a retroceder de manera muy clara en 2002, mientras que las chinas crecían velozmente y arrebataron a las mexicanas el segundo lugar en el siguiente año. En julio de 2005, las exportaciones de China a EEUU también desbancaron, por primera vez en la historia, a las del hasta entonces líder Canadá. En el caso de México, de los 20 principales sectores de exportación a EEUU, 12 están en abierta competencia con los productos chinos. Destacan, entre ellos, los textiles, los productos de algodón, la maquinaria industrial, los televisores y las videograbadoras.

Para las empresas mexicanas se hace cada vez más difícil competir con China. En el primer semestre de 2005, las cinco principales ramas y productos mexicanos de exportación a EEUU sufrieron pérdidas de participación; en los mismos productos, China aumentó 155% sus exportaciones, y en todos ellos ganó participación en el mercado estadounidense. En el caso del vestido y el calzado, las ventas chinas a EEUU crecieron casi 33%, mientras que las mexicanas disminuyeron 4%. En el sector de automóviles, uno de los de mayor competitividad, México vio caer sus exportaciones 6,3%, mientras que China las aumentaba 155,9%. En suma, las desavenencias económicas entre China y México son naturales, en la medida en que se trata de economías que, más que complementarse, concurren a los mercados mundiales con una oferta similar.

Una situación muy parecida sucede en América Central. Prácticamente inexistentes hasta hace una década, las vinculaciones comerciales con China han experimentando un veloz aumento, con tendencias deficitarias similares a las de México. Aunque la magnitud del comercio es considerablemente menor, el abultado déficit para los países centroamericanos es una característica distintiva. Con la excepción de Costa Rica, en el resto de las naciones centroamericanas las asimetrías comerciales frente a China son impresionantes. Por cada dólar que exporta a China, Guatemala recibe 38,5 dólares en importaciones; en Nicaragua la ratio es de 1 a 38; en El Salvador, de 1 a 28,5; en Honduras, de 1 a 12; y en Panamá, de 1 a 4.

Aún más preocupante que estos desequilibrios es el vertiginoso desplazamiento, por parte de China, de las manufacturas centroamericanas de exportación al mercado estadounidense. Como se sabe, el 1 de enero de 2005 expiró el Acuerdo Multifibras que, firmado en 1974 en el seno del Acuerdo General de Aranceles y Comercio, establecía un sistema mundial de cuotas para textiles y prendas de vestir. Sin este freno, es claro que China dominará la industria mundial de textiles, ya que espera que su participación en el mercado internacional pase de 17% en 2004 a 50% hacia finales de la década. Si ello sucede, el mundo perderá unos 30 millones de empleos en la rama textil, y los países de América Central se verán seriamente afectados. Si bien el Tratado de Libre Comercio de América Central (Tlcac) aseguraría un acceso preferencial a EEUU, la competencia china es difícil de enfrentar: mientras un trabajador chino recibe entre 15 y 30 centavos de dólar por hora, un trabajador de Guatemala obtiene 1,49 dólares, y uno de Costa Rica 2,70. La productividad en la industria textil centroamericana es la mitad de la china. Por ello, un pronóstico escalofriante estima que en el futuro inmediato la participación de América Central y México en el mercado textil y de ropa de EEUU habrá de contraerse 70%. Es previsible que la encarnizada competencia entre América Central y México, por un lado, y China, por el otro, se mantenga viva en los próximos años. Si, hasta hace poco tiempo, el grueso de las exportaciones chinas se concentraba en productos agropecuarios y manufacturas de escasa complejidad tecnológica, a medida que pasa el tiempo sus exportaciones se caracterizan por un mayor valor agregado. En 1990, 51,9% de las exportaciones chinas al mundo provenía de sectores de baja densidad tecnológica, y solo 6,9% de los sectores de tecnología avanzada. Para 2000, estas últimas habían ascendido a 25% del total, mientras que las primeras descendieron a 44,9%. A causa de este desarrollo, entre 1990 y 2000 China pasó de 0,7% a 4,1% de las exportaciones mundiales de alta tecnología. En suma, los próximos años serán el escenario de una creciente competitividad china no solo en ropa y textiles, sino también en computadoras, maquinaria de precisión, electrónica, automóviles y petroquímica. Si esta tendencia continúa, es previsible que China no solo afecte las exportaciones mexicanas y centroamericanas, sino también las de otros países que, como Corea del Sur, hasta el momento se han visto muy beneficiados por el auge económico del gigante asiático.

Cuba: un escaparate para el tercermundismo

Si bien la política de China hacia América Latina se fundamenta sobre todo en los intereses materiales que se han descrito en las secciones anteriores, la variable ideológica también tiene un papel, que adquiere mayor relevancia en el caso cubano. En ese sentido, vale la pena recordar que, tradicionalmente, el multilateralismo y el tercermundismo han sido elementos centrales en el discurso de la diplomacia china. En los años 70, la doctrina china de política exterior se anclaba en la teoría de los tres mundos. De acuerdo con Mao Zedong, las dos superpotencias, EEUU y la Unión Soviética, integraban el Primer Mundo. Los países capitalistas desarrollados, como Japón, las naciones europeas y Canadá, pertenecían al Segundo Mundo. El Tercer Mundo era una categoría residual, pero muy amplia, en la cual se inscribían los países de Asia (con excepción de Japón), los de África y los de América Latina. En esta visión, China pertenecía naturalmente al Tercer Mundo, y su política exterior debía reflejar la solidaridad con ese grupo de naciones.

En la actualidad, la posición internacional de China experimenta una cierta ambivalencia en lo que se refiere a su identidad de país y su ubicación en las coordenadas Norte-Sur. A pesar de ser una de las economías más grandes del mundo, hasta hace poco tiempo rechazaba incluirse en el Grupo de los Siete (G-7). Ni siquiera aceptaba participar con un estatus de observadora, pues consideraba que la pertenencia a ese grupo se contradecía con la vertiente tercermundista de su discurso y con su protagonismo en el Grupo de los 77 y el Movimiento de Países No Alineados. Últimamente, sin embargo, China parece haber cambiado esta postura, apostando pragmáticamente por una estrategia de pertenencias múltiples. Así, en octubre de 2004 asistió a la reunión de los ministros de Finanzas del G-7 celebrada en Washington, y se prevé que pueda integrarse formalmente a ese grupo antes de 2010.

De todas formas, China se muestra renuente a renunciar por completo a su discurso tercermundista. La dirigencia china suele subrayar que, aunque no sea de manera lineal, el mundo se encamina hacia un orden internacional en el que se construyen distintos polos de influencia. Así, China considera que la globalización y el avance tecnológico están contribuyendo a dispersar el poder y vislumbra que, a la vuelta de un par de décadas, una Europa unificada habrá madurado como una potencia capaz de balancear el poderío de EEUU. Asimismo, países como Rusia, Japón, la India y la propia China habrán alcanzado el estatus de poderes mundiales.

En el diagnóstico chino, el multilateralismo aparece como una herramienta central de la diplomacia. Los organismos multilaterales permitirían a Beijing avanzar en la búsqueda de un ambiente de paz propicio para el desarrollo, la apertura económica y su propia inserción en el mundo en términos de igualdad. También serían la arena ideal para el ejercicio de la diplomacia global y para refrendar un elemento clave en términos de la historia diplomática del país: la adopción de la agenda de los países subdesarrollados. Como en los versos de la «Guantanamera», de José Martí, China manifiesta un deseo de «echar su suerte con los pobres de la tierra». Adicionalmente, la doctrina internacional china todavía contiene algunas invocaciones al socialismo y al internacionalismo proletario. Ante la necesidad de mantener vigentes estos elementos discursivos, Cuba aparece como un país de gran relevancia en el contexto latinoamericano.

Pocos años transcurrieron entre el triunfo de la Revolución China (1949) y la Cubana (1959). Con un bloque socialista todavía monolítico, China apoyó de inmediato al régimen castrista, mientras que en 1960 Cuba se convertía en el primer país de América Latina en establecer relaciones diplomáticas con Beijing. A pesar de que ambos países suscribieron una cantidad importante de acuerdos de cooperación, la fisura sino-soviética terminó por afectar la buena marcha de la relación bilateral, máxime cuando Cuba tendía a acercarse más a la Unión Soviética. En los años 90, la desaparición de este país repercutió fuertemente en Cuba, que debió enfrentar una seria y prolongada crisis económica, conocida como «periodo especial». En ese momento, China reapareció como un importante socio de La Habana: el líder chino Jiang Zemin visitó Cuba en 1993, gesto que Fidel Castro correspondió con un viaje a Beijing en 1995. En este periodo, China envió cientos de miles de bicicletas a Cuba para paliar la crisis energética, y también proveyó créditos blandos a ese país.

La relación recibió un nuevo impulso a raíz de la visita del presidente Hu Jintao a La Habana en noviembre de 2004. En esa ocasión, ambos países firmaron 16 acuerdos. Además de señalar que China y Cuba son «hermanos que han pasado la prueba de las cambiantes y adversas circunstancias internacionales», Hu prometió realizar fuertes inversiones en turismo, biotecnología y minería. Se exploró también la posibilidad de establecer vuelos directos entre Beijing y La Habana, para que Cuba –y no Los Ángeles– se convierta en la puerta de entrada de los turistas chinos que deseen visitar América Latina. La propia isla se beneficiaría con este acuerdo, al haber sido reconocida desde 2004 como un destino turístico autorizado. En el terreno de la asistencia, China aceptó refinanciar cuatro créditos que había otorgado durante el periodo especial. Además, donó 12 millones de dólares para equipar hospitales y confeccionar uniformes escolares, y aceptó financiar la adquisición de un millón de aparatos de televisión. A principios de 2006, La Habana anunció la compra de 12 locomotoras y 1.000 autobuses a China, con la expectativa de reducir los problemas de transporte de la isla.

En este marco de cooperación también se incluyen los acuerdos por el níquel. Cuba posee abundantes reservas de este material, de suma relevancia para el desarrollo chino. Por ello, China se ha comprometido a invertir 500 millones de dólares para explorar nuevos yacimientos en la oriental provincia de Holguín, y a reactivar la construcción de una planta productora de ferro-níquel, abandonada desde el desplome soviético. A cambio de estos apoyos, La Habana asegurará a China un suministro continuo de 4.400 toneladas anuales de níquel. Gracias a las iniciativas mencionadas, entre octubre de 2004 y octubre de 2005, el comercio bilateral pasó de 551 a 775,3 millones de dólares, y se espera que a fines de 2006 haya superado la barrera de los 1.000 millones. Así, China se ha convertido en el segundo socio comercial de Cuba, después de Venezuela y antes que España. La balanza comercial sigue siendo desfavorable para Cuba, aunque no en las magnitudes de México o América Central, y se espera que las crecientes exportaciones de níquel y otras materias primas contribuyan a equilibrar los intercambios en el futuro.

Consideraciones finales

Es claro que el crecimiento de China afecta de manera diferenciada a los distintos países de la región. En este terreno, por lo tanto, es inapropiado referirse a América Latina como una entidad geográfica sujeta a un examen homogéneo. La heterogeneidad de trayectorias en relación con China se expresa en diferentes situaciones. Dado el peso potencial del petróleo, Venezuela está llamada a ser un socio privilegiado de ese país, y los vínculos económicos entre ambos parecen destinados al crecimiento. A su vez, Argentina, Brasil, Chile y Perú han logrado crear una situación de ganancias absolutas sobre la base de la exportación de alimentos y materias primas estratégicas; se estima que esta situación se mantendrá en la medida en que China continúe demandando ese tipo de productos.

Una trayectoria distinta es la de México que, al igual que las naciones centroamericanas, se ve perjudicado por la competencia china en dos formas diferentes: por un lado, un fuerte desequilibrio comercial; por otro, la pérdida de competitividad en los mercados de terceros países, especialmente de EEUU. La industria textil, muy importante en las exportaciones centroamericanas al mercado estadounidense, está siendo especialmente perjudicada por la competitividad china. Para estos países, China se ha transformado en un competidor, y se ha estructurado de este modo una situación de ganancias relativas. El caso de Cuba es diferente pues, aunque el comercio y la inversión chinas también tienden a crecer, el elemento de solidaridad con el Tercer Mundo se hace presente en la relación, aunque sin definirla completamente.

Una consideración adicional es que, en el espacio de medio lustro, China ha emergido como un actor central en las relaciones internacionales de América Latina, ocupando hasta cierto punto el vacío dejado por EEUU. Washington está más preocupado por otros asuntos, como la guerra contra el terrorismo, sus intervenciones en Afganistán e Irak, la nuclearización de Corea del Norte e Irán y la necesidad de reconstruir la Alianza Atlántica. Si bien la presencia de China en América Latina no parece derivar de una estrategia política que busque suplantar a EEUU como poder regional, es indudable que, más temprano que tarde, los pasos de Mao en el traspatio de Monroe habrán de inquietar a los estrategas estadounidenses. Es previsible que, mientras las fuentes energéticas continúen escaseando y las reservas mundiales de petróleo disminuyan, la rivalidad entre el primer y el segundo consumidor de crudo irá en aumento. El campo de esa batalla no solo será América Latina, sino también Oriente Medio, Rusia, África, el Caspio y cualquier otro lugar donde el petróleo esté presente. En suma, las implicaciones estratégicas del triángulo EEUU-China-América Latina son tan sugerentes que ameritarían por sí mismas un análisis mucho más detallado.