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Chiitas y sunitas: grietas y guerras en el siglo XXI

Desde 1979, el conflicto de Oriente Medio evolucionó hacia una guerra intraislámica entre chiitas y sunnitas, cuyo epicentro se encuentra en Iraq y Siria y cuyo alcance llega hasta la Península Arábiga, el norte de África y el continente indio. Esta guerra constituye una fuerza profunda de carácter religioso que define la dinámica conflictiva de una región donde las intervenciones y alianzas estatales enfrentan dilemas persistentes, que impiden la estabilización de la situación en un balance de poder a lo largo de líneas de demarcación geopolítica.

Chiitas y sunitas: grietas y guerras en el siglo XXI

Más allá de la (ir)relevancia del (pre)acuerdo nuclear

El 2 de abril de 2015, en Lausana, la República Islámica de Irán y el grupo de países conocido como P5+1 (los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas [ONU] más Alemania), firmaron un acuerdo preliminar en torno del programa nuclear iraní. Según los términos del entendimiento general al que llegaron las partes luego de casi nueve años de negociaciones –desde que en junio de 2006 se formara el P5+1 y se estableciera el esquema actual–, la reducción de la capacidad de enriquecimiento de uranio y las inspecciones internacionales al programa impedirían a Irán dotarse de armamento nuclear por los próximos 10 o 15 años. A cambio, y en forma gradual, se levantarían las sanciones internacionales, lo que permitiría a la nación persa acceder a mercados financieros e insertarse en la economía global1.

Pese a que se trataba tan solo de un acuerdo preliminar, con fecha límite del 30 de junio de 2015 para su concreción, la noticia ha sido saludada por las organizaciones que bregan por el control de armas como un avance fundamental en la no proliferación nuclear. La organización no gubernamental Arms Control Today, anticipando la firma, caracterizó el momento como «una oportunidad histórica para la no proliferación»2; y una nota en el Bulletin of the Atomic Scientists, la publicación líder de la comunidad de control armamentista, evaluó el acuerdo como bueno para ambas partes3. Al contrario, los opositores a las negociaciones con Irán no tardaron en denunciar el peligro inminente del acuerdo preliminar y en abogar por un bombardeo inmediato4.

Evidentemente, a nadie se le escapó el hecho de que un eventual éxito del gobierno de Barack Obama en firmar el acuerdo con Irán y en dar prueba de su cumplimiento en el año y medio que le queda para terminar su mandato abriría una nueva era en las relaciones entre Washington y Teherán, y de que el previsible acercamiento diplomático se transformaría en un game changer en la dinámica del balance de poder en Oriente Medio. Más aún, para muchos, desde los diplomáticos convencidos de la necesidad de este acercamiento hasta los formadores de opinión que apoyan esta orientación, el acuerdo nuclear es funcional al objetivo de poner fin a la ruptura que se produjo entre ambos países en 1979, después del triunfo de la Revolución Islámica. Es el caso, por ejemplo, de Thomas Pickering, un diplomático veterano que por años abogó en favor de un cambio de política hacia Irán y que sostiene que la reanudación de las relaciones diplomáticas entre ambos países podría ser «un nuevo parámetro en Oriente Medio»5. Más prudente, William Burns desconfió de un descongelamiento inmediato de las relaciones, aunque sostuvo que la finalización del acuerdo debe llevar a una clara estrategia hacia Oriente Medio6. Trita Parsi, autor de dos libros sobre las relaciones entre Irán y EEUU7, expresó su confianza en que del lado iraní existe un interés y una predisposición que los «halcones» de EEUU nunca quisieron ver por ceguera ideológica8. La perspectiva del acercamiento irano-estadounidense está presente también en la visión de los opositores al acuerdo, aunque como fuente de alarma: el ex-vicedirector de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) entre 2010 y 2013, Michael Morell, por ejemplo, consideró que el acuerdo preliminar y el levantamiento de sanciones permitirían a Irán perseguir su objetivo estratégico de transformarse en una potencia hegemónica en la región9.

Ahora bien, así como el programa nuclear iraní no ha sido el factor determinante de una situación conflictiva en Oriente Medio –que ha ido empeorando desde el fracaso del proceso de paz de Oslo en 2000 y la declaración de la guerra contra el terrorismo después de los ataques del 11 de septiembre de 2001–, tampoco el eventual acuerdo y el éxito de la no proliferación tendrán un impacto inmediato en la estabilización de la región. La razón de esta relativa irrelevancia del fenómeno es la poca relación entre las armas nucleares y las fuerzas profundas de la conflictividad en Oriente Medio.

Una «fuerza profunda» de carácter religioso

El concepto de «fuerzas profundas», como explica Robert Frank, proviene de la disciplina francesa de la historia de las relaciones internacionales, una escisión de la escuela de los Annales en la década de 1950 promovida por Pierre Renouvin y su discípulo Jean-Baptiste Duroselle, quienes consideraron insuficiente el estudio de la dinámica interestatal o de la historia diplomática y sostuvieron la necesidad de enfocarse en las relaciones entre los pueblos10. En esta perspectiva, y retomando la elaboración inicial de Renouvin en la década de 1930, en Introduction a l’histoire des relations internacionales (1964) sostienen que las «fuerzas profundas» se definen en términos materiales –factores geográficos, condiciones demográficas y fuerzas económicas–, pero también en términos espirituales o «mentalidades colectivas», en particular el sentimiento nacionalista y el sentimiento pacifista11. Se trata, por lo tanto, de ver cómo estas fuerzas profundas influyen en el proceso de toma de decisión de los estadistas.

Siguiendo a Renouvin y Duroselle, el argumento central de este artículo define la fractura intraislámica sunnita-chiita como la fuerza profunda histórica más importante que define no solo la coyuntura actual de la dinámica conflictiva de Oriente Medio, sino probablemente la nueva geopolítica de la región. Se entiende que como «fuerza espiritual» o «mentalidad colectiva», la fractura sunnita-chiita no responde a la relevancia del sentimiento nacionalista que priorizaron Renouvin y Duroselle. Al contrario, es consecuencia de la islamización de la política en Oriente Medio luego del fracaso del nacionalismo árabe, en pleno auge desde la Segunda Guerra Mundial y, de acuerdo con la caracterización de Éric Rouleau, el «fin de una época» sellada por la debacle de la Guerra de los Seis Días (1967), la muerte del referente del panarabismo, el líder egipcio Gamal Abdel Nasser (1970), y la expulsión de los guerrilleros palestinos de Jordania en 1970-197112.