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Carlos Slim y los empresarios latinoamericanos se inquietan por la pobreza

En mayo de 2003, los principales empresarios de América Latina se reunieron para buscar soluciones al drama de la pobreza y la desigualdad y el encuentro fue punto de partida para una serie de discusiones a puertas cerradas. El impulsor de la iniciativa fue el mexicano Carlos Slim. Dueño de la cuarta fortuna del mundo y principal magnate de la región, Slim quiere evitar la experiencia del venezolano Gustavo Cisneros, quien a partir del ascenso de Hugo Chávez perdió buena parte de su poder y su influencia. Por eso, ha decidido convocar a las cumbres e intenta acercarse a Manuel López Obrador, candidato presidencial de centroizquierda para las elecciones de México.

Carlos Slim y los empresarios latinoamericanos se inquietan por la pobreza

El magnate mexicano de las comunicaciones, Carlos Slim, quien desde hace casi diez años está a la cabeza de los más ricos del mundo –cuarto en el ránking de la revista Forbes en 2005–, maneja un refinado discurso crítico respecto de Estados Unidos, es receloso del Tratado de Libre Comercio (TLC), apoyó en el pasado al hoy candidato a la presidencia de México, el líder popular de centroizquierda Andrés López Obrador, y su más cercano asesor internacional es el ex-presidente socialista español Felipe González. Esas características no hacen de Slim un empresario de izquierda, pero han sido determinantes para crear el ambiente propicio para una iniciativa de los magnates de la región que, si bien no se acerca a un planteamiento que tiende hacia la izquierda, busca, al menos en el papel y la inspiración, los mismos efectos de amortiguamiento de la pobreza y la inequidad que señalan como metas los empresarios identificados con el socialismo.

A los 65 años y con un capital de 23.800 millones de dólares, Slim es el más ferviente promotor de unas reuniones anuales a las que asisten los magnates de América Latina para hablar, a puertas cerradas, del problema de la pobreza. La anterior no es una observación irónica de mi parte. Ellos han admitido que la pobreza es el tema central de esas cumbres, sin cámaras ni grabadoras, a las que acuden también los herederos de sus emporios. México, República Dominicana y Brasil han sido sede de estas reuniones.

En palabras de Slim, «la pobreza no es mercado». Una interpretación ligera de esta apreciación, utilizada por el empresario como invitación a la primera cumbre, podría sugerir que se trata de un simple llamado gremial para mejorar el poder adquisitivo de los países de la región. No obstante, creo que la frase, y los aquelarres de los magnates cada año, encierran más bien un mensaje angustioso para buscar salidas de emergencia ante las amenazas que la pobreza desarmada está planteando a su poder económico y, por consiguiente, a su poder político.

En este punto, es importante aclarar que el objetivo de este movimiento tardío de contrición empresarial no deriva de una inspiración ideológica de izquierda. Se supone que un empresario de izquierda es aquel que facilita una mayor participación de los empleados en las ganancias de la empresa y procura elevar las inversiones en pro de su bienestar social. En cambio, la estrategia de los magnates latinoamericanos tiene que ver, básicamente, con un problema de supervivencia.

Unidos por la necesidad

Por la insistencia de la realidad, los empresarios han comprendido que la miseria es la materia prima del éxito de los líderes populistas radicales que están cambiando el panorama político de América Latina con un discurso basado en la venganza. La venganza contra los ricos, los corruptos y los blancos.

De hecho, entre los cinco primeros magnates latinoamericanos ya hay uno que ha vivido en carne propia el proceso de desplazamiento forzoso del poder en su país de origen. Se trata del empresario venezolano Gustavo Cisneros, accionista principal de la cadena hispana más grande de EEUU –Univisión– y del canal Venevisión, en Venezuela. Cisneros es el segundo magnate más acaudalado de América Latina según la clasificación de Forbes.

Durante más de 40 años, la familia Cisneros, con el padre de Gustavo Cisneros a la cabeza, tuvo acceso directo al Palacio de Miraflores y a los grandes beneficios económicos que reportan las conocidas alianzas entre las grandes familias tradicionales y los gobernantes de turno. Pero esa situación ha cambiado. Cisneros, quien mantiene un acuerdo de no agresión con el presidente Hugo Chávez, ya no tiene entrada al palacio presidencial y, mucho menos, influencia en el gobierno. Antes de acordar la tregua, Chávez acusó a Cisneros de ser (en complicidad con el gobierno de EEUU) uno de los promotores del golpe de Estado de abril de 2001 y lo amenazó con la intervención de su canal. Cisneros ha negado categóricamente esas acusaciones.

Con este ejemplo tan cercano, los empresarios latinoamericanos parecen haber reconocido que la respuesta al desafío es impostergable. Después de todo, Chávez surgió como líder del escepticismo fermentado entre los pobres de un país intrínsecamente rico. La elección del presidente de Bolivia, Evo Morales, y la posibilidad de una victoria en Perú del ex-teniente indigenista Ollanta Humala (quien ha revivido el discurso del blanco opresor de la minoría cobriza), sumadas a las probabilidades de victoria de López Obrador en México, completan un cuadro aún más preocupante para el acceso al poder de los grandes empresarios, así como para la integridad de sus fortunas. Las estadísticas de esta pobreza sediciosa, en cuanto a los riesgos que implica para la riqueza, ya ni siquiera son noticia, pero hay que repetirlas: son 220 millones de pobres que viven en América Latina, el equivalente a 44% de la población.

Hasta ahora, los esfuerzos de los magnates han apuntado a una estrategia que, si se cumpliera, debería tener efectos inmediatos: el fortalecimiento de las obras filantrópicas y los programas sociales de sus conglomerados económicos para aliviar los altos niveles de pobreza absoluta y desempleo. Son inquietudes que se enmarcan en la noción, muy en boga entre los economistas, de «responsabilidad social corporativa». Algunos de los magnates lo llaman «el trabajo fundacional», en referencia a las diversas fundaciones sin fines de lucro que generalmente manejan sus esposas.

De acuerdo con quienes han asistido a los foros de los magnates, los jóvenes herederos de sus fortunas, educados en EEUU, son los más interesados en procurar que la filosofía empresarial de la filantropía estadounidense tenga una mayor incidencia en los presupuestos de sus emporios. Ellos han entendido el mensaje inicial de Felipe González en vísperas de la primera cumbre, realizada a fines de mayo de 2003 en el exclusivo Puerto Ixtapa, en las costas del Pacífico de México. «Ningún país emergente –advirtió González– se convirtió en país central, y España no es excepción, sin realizar la liberalización comercial con equidad social y distribución de la renta». Slim lo había entendido a su manera, la más pragmática y simple, un año antes, al declarar en Monterrey que «hay que acabar con la pobreza para fortalecer los mercados. Esto no es caridad».