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Caja negra electoral

Una vez más, Panamá es una caja negra1 electoral. Los resultados de las elecciones generales del 3 de mayo de 2009, en las que se impuso el candidato opositor Ricardo Martinelli, reafirman la tendencia de los últimos 20 años al voto reactivo y la alternancia, en el marco de un sistema político electoral plutocratizado y todavía muy hermético. La diferencia estriba en que el buque insignia de la oposición no pertenecía a uno de los grandes partidos tradicionales sino a una formación nueva, mientras que el prd, el partido más grande, sufrió un serio revés electoral. El nuevo gobierno es una expresión del acceso directo de los empresarios a la conducción del poder político, sin intermediación, en un momento en el que se ciernen sobre el país los nubarrones de la crisis.

Caja negra electoral

Todavía la bandera tricolor del Partido Revolucionario Democrático (PRD) tiene estampado en su centro el número 11. El símbolo conmemora los acontecimientos de 40 años atrás, cuando, un 11 de octubre, el joven militar Omar Torrijos y otros oficiales de la Guardia Nacional derrocaron al presidente y caudillo Arnulfo Arias Madrid, a solo 11 días de asumir el gobierno. En los siguientes 13 años, bajo el mando del general Torrijos, se instauró un contradictorio proceso que, en su primera década, desmanteló el sistema de partidos, reemplazó el órgano legislativo por una asamblea de líderes locales y reprimió o neutralizó a la oposición, pero que también emprendió reformas sociales, especialmente en el campo laboral y de la salud pública. A la par, mientras el país se convertía en una plataforma de servicios transnacionales, Torrijos convocó a la unidad nacional que permitió la negociación y firma de los Tratados con Estados Unidos de 1977, que pusieron fecha definitiva a la recuperación del canal interoceánico y a la salida de las bases militares estadounidense: el 31 de diciembre de 1999 a las 12 del día.

Pero el esquema de unidad nacional se extinguió con la firma de los Tratados, lo que abrió el paso a una serie de conflictos sociales relegados por mucho tiempo. Se inició así un proceso regresivo en lo social y en lo económico, que algunos llamaron «destorrijización», acentuado con la desaparición física de Torrijos, en 1981, que marcó el inicio del incipiente proceso de transición a la democracia con el sello de la inestabilidad.

Esto se expresó, en la década del 80, en los sucesivos cambios de presidentes (hubo siete mandatarios entre 1981 y 1989) dirigidos desde los cuarteles, así como en la rápida sucesión de comandantes castrenses. El tercero en asumir el mando, el 12 de agosto de 1983, fue el general Manuel Antonio Noriega, quien durante sus cinco años de mandato acentuó el autoritarismo militar, hasta que fue derrocado y detenido por la invasión norteamericana del 20 de diciembre de 1989.

La invasión dejó el país devastado económicamente y con una estela de miles de muertos y heridos. No solo cayó Noriega; con él se derrumbó la Guardia Nacional, que luego desapareció legalmente en virtud de una reforma constitucional. EEUU reconoció como presidente a Guillermo Endara, perteneciente al Partido Panameñista (PP) e integrante de la Cruzada Civilista antimilitarista, como triunfador de las elecciones de 1989, desconocidas por los militares.

En los 20 años que siguieron a la invasión norteamericana, las dos fuerzas políticas principales se enfrentaron una y otra vez: el PP y sus aliados, que ganaron las elecciones de 1989 y 1999, y el PRD, que obtuvo el triunfo en 1994 y 2004. Ambos partidos invocan a sus mentores históricos ya desaparecidos: Arnulfo Arias Madrid y Omar Torrijos, respectivamente.

El voto reactivo pendular

En estos 20 años se realizaron elecciones y referendos libres y transparentes y se confirmó una y otra vez la alternancia pacífica en el poder. Los electores utilizaron reiteradamente el voto para cambiar pendularmente de gobernantes, siempre con una asistencia superior a 70%.

Con la transición democrática, la población revalorizó el poder del voto, lo que explica la alta participación electoral y la posibilidad de darle al resultado de las urnas un valor de cambio. Este voto reactivo no es inagotable, pues depende de la credibilidad en la democracia existente, y puede desgastarse en la medida que los sucesivos recambios no den respuestas a las demandas de la sociedad.

Por otra parte, el énfasis en el voto reactivo y de castigo demuestra que los gobiernos de turno no logran convencer y asegurar una propuesta de continuidad, lo que es producto de la debilidad de las instituciones y de la falta de visión de Estado. Esto se produce en el marco de una polarización entre los dos grandes partidos tradicionales, resultado de un sistema cuasi hermético que promueve la concentración de poder en un menú limitado de opciones y que excluye nuevas alternativas o espacios independientes. En este contexto, no hay terceras opciones con capacidad de acumular fuerzas y ganar más presencia en el escenario político.

El escenario electoral

En las elecciones generales del 3 de mayo de 2009 se produjo el recambio político acostumbrado, pero con una diferencia fundamental. El buque insignia de la flota opositora no fue el tradicional PP (o Partido Arnulfista, como se llamó por un tiempo) sino el partido Cambio Democrático (CD), fundado y sustentado por el multimillonario Ricardo Martinelli, que logró liderar la Alianza para el Cambio (AC), un frente que agrupa a diferentes partidos, incluido el PP. Martinelli obtuvo un triunfo sin precedentes, ya que casi duplicó los votos del oficialista PRD. Pero la cosa no pintaba así ocho meses atrás. En ese entonces, la candidata del PRD, Balbina Herrera, superaba a sus contrincantes, y el PP tenía un candidato presidencial propio en la persona de Juan Carlos Varela. ¿Qué sucedió?

Al presidente Martín Torrijos le tocó un periodo en el cual la economía panameña fue una de las de mayor crecimiento del continente; logró disminuir el desempleo, impulsar grandes obras de infraestructura (como el inicio de la ampliación del Canal) y con ello consiguió un nivel aceptable de aprobación pública. Sin embargo, para una parte sustantiva de la población pesaron más los faltantes y las carencias que los logros del gobierno. Se destacaron, sobre todo, el agravamiento del deficiente funcionamiento del transporte colectivo urbano, la crisis educativa, el creciente costo de vida, la degradación ambiental, la inseguridad pública y la corrupción.

El gran error oficial consistió en pensar que el crecimiento económico era satisfactorio para la mayoría de la población, sin advertir, por un lado, que no se había redistribuido eficazmente la riqueza generada, y, por otro, que incluso aquellos que gozaban de un empleo o un subsidio percibían que la calidad de vida se deterioraba en otros aspectos básicos, como los ya mencionados. En suma, la población sintió que, incluso con el alto crecimiento, con el PRD no le iba mejor.