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Buenos periodistas, malos medios

El siglo XXI llegó con transformaciones radicales del ecosistema de medios de comunicación y de los modos de hacer periodismo. En nombre de la crisis económica y de la revolución de internet, los medios aprovecharon y se divorciaron de los periodistas de calidad. Y todo se volvió un caos: los medios huyeron hacia el negocio y la política y los periodistas se están reinventando su lugar en el mundo. El asunto prioritario para la democracia es imaginar otro periodismo, y para ello es necesario volver a creer en los periodistas. El periodista militante y el periodista DJ se presentan como dos opciones de los tiempos actuales.

Buenos periodistas, malos medios

Nuestra vida está atravesando mutaciones políticas, sociales, culturales, tecnológicas y subjetivas que no sabemos de qué están hechas, ni cómo se mueven, ni en qué lugar nos dejan: nos sentimos más libres, pero no sabemos para qué. Todo es horror y confusión o felicidad y consumo. Y es que nuestro ecosistema sociocultural ha recibido en este siglo seis meteoritos que han transformado su forma de vida.

Uno, el que más afecta la vida comunicativa cotidiana, es la llegada de internet, los celulares y las redes sociales. El segundo es la sensación de que todo es posible en democracia: somos ciudadanos y tenemos derechos. El tercero es la emergencia de la denominada «diversidad»: ya no somos solo hombres-blancos-occidentales sino que somos de muchas formas, sensibilidades, narrativas y saberes: femeninos, afros, orientales, indígenas, LGTBI... El cuarto bólido que acabó con nuestra vida fue el triunfo de lo financiero. Solo importa lo financiero: las acciones; los humanos salimos sobrando. El quinto, la pérdida de poder de los medios de comunicación: ya no son «los dueños» de la libertad de información y comenzaron a ser cuestionados por los gobiernos y los ciudadanos, y por eso ellos son la cancha de la lucha por la democracia. Y el sexto meteorito es la «indignación» de jóvenes (y no tan jóvenes): ya no aguantamos más, la bronca es colectiva y es contra todo.

Estos meteoritos llevaron a mutaciones en el ecosistema comunicativo. Así hemos llegado a una sociedad donde más que la cultura letrada/escritural, habitamos la experiencia de lo oral/visual; una sociedad que pasó de los contenidos y morales hacia los entretenimientos, de las culturas mediáticas de masas a las culturas de conexión y convergencias. Y en el periodismo estamos dejando los medios para pasar a un mundo en el que el periodista es el medio y el mensaje: seguimos periodistas más que a medios.

La crisis llegó y los medios se divorciaron de los periodistas

En este nuevo ecosistema, los medios de comunicación, para salvar su negocio que no era hacer buen periodismo sino hacer dinero e incidir en la toma de decisiones, introdujeron varios cambios: así se divorciaron de los periodistas de calidad, esos que saben y joden al poder; se convirtieron en actores políticos; salvaron el negocio vía el deporte, la farándula y el sensacionalismo; creyeron que el periodista todero o multimedia era la salvación: joven, cobra poco y hace mucho. ¿La calidad? Eso solo interesa a los periodistas de verdad. ¿La democracia? Eso solo sirve para hacer que la libertad de información esté al servicio de la libertad de empresa.

No hay sorpresa: los medios siempre han sido negocio económico y político. Pero ahora perdieron el decoro y se les vio la costura evidente de cómo la información que producen es una mercancía política y económica. Así llegamos a medios complacientes con el poder de los anunciantes o de los gobiernos (Colombia, México) o medios militantes por la causa empresarial propia (Argentina, Ecuador, Venezuela, Bolivia) o medios determinantes del poder (Chile, Brasil, Perú).

El resultado final de todas estas prácticas es que se produce un divorcio traumático entre medios y periodistas. Y los buenos periodistas deben buscar otras vidas en internet o escribiendo libros o dictando clases en las universidades o creando redes u ONG para sobrevivir con calidad y dignidad.

El otro divorcio que se dio es que la información que llega a la ciudadanía ya no viene de la prensa sino que se ve por televisión. Y en televisión no interesa hacer periodismo en diversidad de géneros y con investigación, sino noticias para el olvido: cada minuto una nueva que hace olvidar la otra, y solo deja para el recuerdo a la celebrity que la presenta. Ya desde los años 60 se decía que eso que se hace en la televisión no se puede llamar periodismo, sino espectáculo.

Y para terminar de complicar el asunto, en internet y en las redes sociales abundan los obsesivos con la crítica de la realidad «mediatizada». Abundan los controladores de la información: son una secta que está siempre lista para destrozar a punta de opinión. La realidad, eso de lo que va el periodismo, ya no existe: solo opinadores al infinito. Murió el dato, la historia, el relato: triunfó el intimismo.

El paisaje es traumático: la prensa, esa que crea la ficción de la opinión pública ilustrada, solo interesa a los académicos, a los políticos, a los empresarios y al gobierno; es una cancha donde solo juegan las elites, mientras tanto, los sujetos populares habitan la prensa de crónica roja y el periodismo carroña, la tele de infolvido y de farándula y deportes, la radio de músicas y chistes; y los demás, los jóvenes que se creen los más perspicaces del sentido público, se están divirtiendo en internet y las redes sociales. Mientras tanto, la gente de a pie pasa derecho frente a la información, le importa poco estar informada y huye feliz en el entretenimiento y las ficciones. La información ya no importa, y es que «estar bien informado» ya no es un bien democrático sino burocrático y de lucha política… donde la gente sale sobrando.

Podemos decir que la tonta es la gente, que es estúpida y banal y que por eso tiene lo que se merece; y que la calidad no le importa porque solo busca y goza la basura cultural. Pero esto es una salida fácil. Y es muy facilista decir que la culpa es de los débiles y las masas. Tal vez es que la gente se cansó de que le hablen todo el tiempo de broncas, polarizaciones, guerras mediáticas, circo político. Y se conformó con el periodismo carroña (sangre y semen), el periodismo complaciente (farándula y amiguismo político), el periodismo militante (a favor de causas políticas y medioambientales), el periodismo del escándalo (corrupción, injusticias y de insulto político). La gente decidió irse de la información, pero no de los medios. Y ahí es donde pierden la democracia y el periodismo de calidad.En este contexto, es lógica la conclusión de The Daily Beast cuando diagnosticó que la profesión más inútil del mundo es el periodismo1: hay muchos profesionales egresados en las facultades de Comunicación y no hay medios para tanta gente; se nos paga mal, es el salario más bajo del mercado, y todo porque un alto porcentaje de nuestro salario está en el ego que nos da el firmar las notas; con las nuevas tendencias digitales y ciudadanas, todos, hasta los presidentes, hemos sido graduados de periodistas; y la gente de a pie ya no siente la necesidad de estar informada para vivir la sociedad.