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Brasil: de coloso regional a potencia global

El golpe de Estado en Honduras y la crisis política posterior pusieron en evidencia los déficits de los mecanismos interamericanos como la Organización de Estados Americanos (OEA) y revelaron las debilidades de las dos grandes potencias del hemisferio occidental: Estados Unidos y Brasil. La presencia de Manuel Zelaya en la embajada brasileña y las dificultades para lograr su restitución dejaron a Brasil en una situación incómoda. Partiendo de este caso, el artículo analiza el tránsito de Brasil de gigante regional a potencia global, y los desafíos y consecuencias que ese tránsito genera.

Brasil: de coloso regional a potencia global

El nuevo desafío regional

Cuando alguna vez, en el futuro, se escriba la historia de América Latina en el siglo XXI, un capítulo importante será la reacción producida, dentro y fuera de la región, por la crisis que en 2009 sacudió a un país en teoría tan poco importante como Honduras. Parece existir en América Latina una cierta tendencia a alarmarse más por los «pequeños» acontecimientos que suceden en la región, frente a los cuales los países pueden darse el lujo de diferir, que a ocuparse seriamente de los sucesos de mayor gravedad. Esto no significa restarle importancia al peligro que implica un golpe de Estado como el sucedido en Honduras en una región frecuentemente sacudida por este tipo de acontecimientos, que en algunos casos tuvieron implicancias gravísimas durante varias décadas que explican las enérgicas y contrapuestas reacciones de algunos actores regionales. Sin embargo, lo decisivo de esta crisis no ha sido tanto el conflicto intraelite en un país económica y políticamente subdesarrollado como Honduras, sino las reacciones de los diferentes actores sobre el manejo de la crisis, que han puesto de manifiesto las divisiones ideológicas y la falta de concepciones claras y unificadas para la prevención y resolución de conflictos.

Por eso, esta crisis es una muestra de que los instrumentos de la Organización de Estados Americanos (OEA), creados en plena Guerra Fría en condiciones regionales muy distintas, no se han adaptado a las circunstancias de una región democratizada y globalizada. En consecuencia, no resultan sorprendentes los esfuerzos por parte de diversos países para crear nuevas instituciones regionales, como la Alianza Bolivariana para las Américas (ALBA), la Unión de Naciones Sudamericanas (Unasur) o la flamante Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, sin la participación de Estados Unidos, que en el futuro probablemente van a disminuir el papel del actual sistema regional de la OEA o incluso a reemplazarlo.

Pero lo central es que el manejo de la crisis en Honduras ha puesto en evidencia las limitaciones de los dos poderes centrales del hemisferio occidental, EEUU y Brasil, que no han sido capaces de imponer sus visiones para resolver el problema. La razón de este fracaso se puede encontrar principalmente en la repentina dimensión interméstica que alcanzó la crisis en ambos países. En un principio, ambos gobiernos intentaron aplicar sus respectivas políticas, pero se encontraron con una oposición interna que aprovechaba el tema para atacar la política exterior del país. Además, estas implicaciones intermésticas obstaculizaron los esfuerzos de las dos potencias regionales para cooperar en la búsqueda de una solución rápida y consensuada, lo que ha provocado una cierta desilusión en los dos países sobre su posible y futura capacidad de cooperación.

EEUU había asumido que Brasil mantendría su posición tradicional y, por lo tanto, continuaría respetando su habitual hegemonía en México, América Central y el Caribe. A su vez, Brasil contaba con que EEUU respetaría su zona de influencia en América del Sur. Sin embargo, como consecuencia de la reestructuración del sistema internacional y su consiguiente tendencia a la multipolaridad, las potencias hoy se ven forzadas a marcar sus zonas de influencia no solo por razones de geopolítica, sino también para hacer valer sus propias convicciones frente a los principios que guían a las otras potencias. Por eso, Brasil, en tanto potencia en ascenso, no podía admitir una solución en Honduras que minara sus esfuerzos para evitar la repetición de sucesos antidemocráticos en su propia región, donde este tipo de hechos han sido históricamente más que tolerados por EEUU. La memoria histórica de Brasil, su propia experiencia tras el golpe de 1964, lo hace especialmente sensible a la necesidad de mantener la estabilidad democrática en la región. Esa meta es prioritaria, especialmente para el gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva, hasta el punto de dejar de lado la tradicional «vaca sagrada» de la política exterior de los países latinoamericanos: el principio de no intervención en los asuntos internos de otros países.

Las percepciones tradicionales de Itamaraty

Pocos ponen en duda que Itamaraty es uno de los ministerios de Relaciones Exteriores más profesionales y exitosos de la diplomacia internacional desde hace ya más de un siglo. Constituye uno de los pilares del ascenso –sostenido a lo largo de diferentes gobiernos, incluidos los militares, que le concedieron bastante autonomía– que ha conducido a Brasil al estatus de nueva potencia internacional. Durante décadas, las elites brasileñas mantuvieron su convicción acerca del importante papel que su país debería ocupar en el orden internacional, ya que su tamaño, población y recursos lo sitúan entre los cinco países más grandes del mundo, junto a China, EEUU, la India y Rusia. Sin embargo, debido a factores tanto internos como externos, ese objetivo no logró alcanzarse, lo que creó cierta frustración: Brasil era «el país del futuro», pero sin influencia internacional en el «presente».

La situación ha cambiado radicalmente. Desde que en 2003 Goldman Sachs lanzó el concepto de «Grupo BRIC» (Brasil, Rusia, la India y China) en referencia a las economías emergentes, el ascenso político internacional de Brasil es aceptado en todo el mundo. En los últimos 15 años, el camino hacia el reconocimiento internacional se ha visto facilitado por reformas internas y acontecimientos externos, algunos políticamente planeados, o por lo menos influenciados, y otros que son un simple resultado de los cambios en el sistema internacional. Entre los primeros se encuentran las reformas económicas y sociales emprendidas por los dos últimos presidentes, Fernando Henrique Cardoso (1995-2002) y Luiz Inácio Lula da Silva (2003-2010), y el éxito de un modelo de desarrollo democráticamente anclado, junto con una intensificación de las relaciones Sur-Sur tanto en el plano político como en el económico. Entre los cambios no planificados, se puede mencionar, además del incremento de las reservas energéticas, la emergencia de un contexto geopolítico regional muy distinto al del pasado, con una disminución del interés de EEUU en la región debido a su orientación hacia otros escenarios internacionales como parte de la «lucha global contra el terrorismo».En este marco, tanto Cardoso como Lula han mantenido una continuidad en los cuatro objetivos centrales de la política exterior brasileña: