Coyuntura

Brasil: crónica de un impeachment anunciado Los colores de un país escindido

El 12 de mayo de 2016, la Cámara Alta del Congreso brasileño abrió el proceso de impeachment contra la presidenta brasileña. Esta crisis política tiene antecedentes inmediatos: desde la reelección de Dilma Rousseff por un pequeño margen de votos, en 2014, hasta las más grandes movilizaciones callejeras en su contra, los medios y la justicia han jugado un rol determinante en el movimiento por la destitución de la presidenta. Curiosamente, el Congreso no busca procesar a Rousseff por corrupción sino por «maquillar el déficit»; de hecho, una gran parte de quienes buscan destituirla están involucrados en el llamado «Lava Jato» y en otras serias irregularidades.

Brasil: crónica de un impeachment anunciado / Los colores de un país escindido

En los meses que antecedieron a la crisis política más aguda de Brasil en los últimos 20 años, no hacía falta sintonizar el televisor en la omnipresente Rede Globo para enterarse de que la presidenta de la República, Dilma Rousseff, estaba apareciendo en el Jornal Nacional. Las mediciones de audiencia demuestran que cada vez menos brasileños miran el influyente telediario nocturno, pero su alcance sigue siendo lo bastante grande como para que los vecinos a los que no les gustan la presidenta, su gobierno y su partido agarren cacerolas y vayan a las ventanas para participar en un ruidoso concierto de reproche político. Al escuchar las ollas metálicas resonando una monocorde indignación, cualquiera sabe que el rostro de Dilma está siendo transmitido a todo el país.Sin embargo, las muestras de descontento no dependen solo de la programación televisiva. También hay protestas silenciosas y permanentes: los ciudadanos que golpean utensilios domésticos son los mismos que colocaron la bandera brasileña en sus balcones, mostrando al mundo día y noche que quieren el impeachment de la presidenta. Mucho más que los símbolos de los tradicionales partidos de la oposición, prácticamente invisibles, son los colores nacionales los que representan a quienes quieren destituir al gobierno: se han vuelto el alter ego cromático del rojo, color con que se identifica al Partido de los Trabajadores (pt). Con 36 años de vida, esta fuerza lleva 13 a la cabeza del gobierno: ocho con Luiz Inácio «Lula» Da Silva, el presidente que tuvo la tasa de aprobación más alta de la historia, y cinco con Dilma, la que tiene la más baja.

Desde que sus niveles de popularidad empezaron a hundirse, en 2015, el verde y el amarillo inmortalizados por la selección de Pelé perdieron su inocencia deportiva de otros tiempos, cuando se solía vestirlos solo en ocasión de los mundiales. Hoy expresan una manifestación política masiva, poderosa y llena de contradicciones, como el mismo gobierno y el propio país.

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Hay pocas dudas de que las raíces cronológicas más concretas del impeachment están en la propia reelección de Dilma Rousseff. El 26 de octubre de 2014, la presidenta le ganó por una pequeña diferencia de votos a Aécio Neves, representante del Partido de la Social Democracia Brasileña (psdb). Antes de ello, empero, ya se hablaba de su destitución. En vísperas de la segunda vuelta de los comicios, la revista Veja –la más leída del país– publicó una portada con los rostros de Lula y Dilma acompañados por el titular: «Ellos lo sabían todo». El periódico se refería a nuevas denuncias de corrupción en la petrolera estatal Petrobras, en las que uno de los implicados había involucrado al ex-presidente y a su sucesora en los desvíos de dinero ocurridos en la compañía.

La portada ha sido polémica por sí misma: primero, porque la denuncia –gravísima– no se comprobaba materialmente ni se comprobaría en los meses siguientes; después, porque la Editora Abril, el gran conglomerado de comunicación que publica Veja, anticipó la aparición de la revista en un claro intento de influir en los resultados electorales. Entonces, uno de los periodistas más conocidos del país, Reinaldo Azevedo –crítico radical de Lula, de Dilma y del pt–, publicó un video en internet en el que afirmaba: «Si es verdad lo que dice el delator, hay un gran riesgo de que Dilma sea elegida y no concluya su mandato. Eso es materia para impeachment». Ello demuestra que, antes de los comicios, ya había sectores de la sociedad que manifestaban abiertamente su deseo y disposición de sacar a la presidenta si era reelegida. Y, en efecto, cuando Rousseff finalmente venció a Neves por una ventaja de 3,4 millones de votos, la oposición empezó su campaña por deslegitimar la victoria. No obstante, la estrategia opositora fue errática. Neves empezó por reconocer inmediata y públicamente su derrota. Sin embargo, algunos días más tarde, él y su partido cuestionaron el conteo de votos en los medios de comunicación y en la justicia. Pidieron al Tribunal Superior Electoral que hiciera una auditoría en las urnas electrónicas, lo que finalmente se hizo, sin que se encontrara ninguna irregularidad. La apuesta por el impeachment vino enseguida.

En abril de 2015, el psdb anunció que estaba encargando a Miguel Reale Júnior –catedrático de la prestigiosa Universidad de San Pablo y ex-ministro de Justicia– estudios jurídicos sobre la viabilidad legal de un pedido de destitución en contra de Rousseff. Tras analizar la cuestión, el experto concluyó que no había posibilidad de hacerlo. Así, líderes del partido, como el ex-presidente Fernando Henrique Cardoso, se expresaron en contra de la iniciativa. Y el psdb, cuyo interés en derrocar al pt seguía siendo alto, optó por instaurar en la justicia electoral un juicio en contra de Rousseff y Michel Temer, el vicepresidente, por uso de dinero supuestamente ilegal durante la campaña.Las calles cambiarían sus estrategias. Y ello fue así porque, después de lo ocurrido en junio de 2013, las manifestaciones populares –algunas más que otras– ganaron mucha importancia en la agenda política tradicional: las fuerzas conservadoras supieron usarlas a su favor.

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El 6 de junio de 2013, el Movimiento Passe Livre (mpl) inauguraba su nueva movilización en contra del aumento de la tarifa del transporte público en San Pablo con la ayuda de sindicatos, gremios estudiantiles, grupos autonomistas, partidos de izquierda y movimientos sociales. Antes, en mayo, el movimiento ya había tenido éxito en impedir el alza de los precios de los autobuses en dos capitales estaduales: Porto Alegre y Goiânia. No era la primera vez que el mpl –que reivindica un transporte público y gratuito, lo que considera un derecho fundamental– emprendía jornadas de lucha en la ciudad más grande del país. Sin embargo, jamás había tenido éxito. Sus protestas en San Pablo seguían siempre el mismo guion: salían a las calles alrededor de 2.000 o 3.000 personas, que enseguida eran violentamente reprimidas por la Policía Militar; regresaban a las calles los días siguientes, a veces en mayor número, y enfrentaban una nueva oleada represiva, y así sucesivamente, hasta que la movilización menguaba sin que el precio del transporte se modificara.Pero 2013 fue distinto, y a ello contribuyó la fecha elegida por el alcalde paulista, Fernando Haddad (pt), y por el gobernador del estado de San Pablo, Geraldo Alckmin (psdb), para aplicar la nueva tarifa: junio, y no enero, como suele pasar. Con bases vinculadas a los movimientos estudiantiles, el mpl siempre tuvo –y sigue teniendo– dificultades para llevar manifestantes a las calles en el primer mes del año, cuando hay vacaciones escolares. En junio, sin embargo, hay clases. Y quizás por ello la primera protesta de lo que vino a conocerse como las «Jornadas de Junio» reunió más gente que las mayores movilizaciones realizadas por el mpl en los años anteriores. Como siempre, hubo represión. Y, como siempre, los medios de comunicación masivos se posicionaron en contra de las reivindicaciones por un transporte más barato y las consideraron un asunto de aniñados y «rebeldes sin causa». También, como siempre, criticaron las protestas por cortar grandes avenidas y empeorar el ya caótico tráfico en la ciudad.