Coyuntura

Avances y retos de la democracia

Las elecciones presidenciales del 15 de marzo, en las que se impuso el candidato del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, Mauricio Funes, produjeron por primera vez desde los Acuerdos de Paz la alternancia en el Ejecutivo. Se trata de una novedad importante que, sin embargo, no debería ocultar los problemas profundos que enfrenta la democracia salvadoreña: la creciente distancia entre las elites políticas y la sociedad, la desconfianza hacia las instituciones, la escasa democracia interna de los partidos. El artículo parte de una perspectiva que considera la democracia más allá de sus aspectos estrictamente procedimentales para analizar los avances y los desafíos que enfrenta.

Avances y retos de la democracia

Introducción

El comportamiento de los distintos actores políticos la noche del 15 de marzo de 2009, al menos en cuanto a discursos, sorprendió a propios y extraños. Tanto el partido que controlaba el Ejecutivo, la Alianza Republicana Nacionalista (Arena), como el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), que ganó las elecciones presidenciales, mostraron actitudes ejemplares. Los primeros hicieron lo que se espera de toda democracia consolidada: conceder con gracia y elegancia su derrota. Los segundos, con mucha altura, sin mostrar ánimos de revancha, agradecieron la confianza de la población y llamaron a la unidad nacional.

Tanta civilidad hizo soñar a algunos con un porvenir esplendoroso para la joven democracia salvadoreña. Sin embargo, la súbita desaparición de las animosidades difícilmente pueda hacer olvidar el contexto general de la competencia política en El Salvador. Desde 1992, año en que se realizaron las primeras elecciones libres, competitivas e inclusivas, el país se ha caracterizado por una alta polarización. La última campaña electoral fue un fiel testimonio de la inmadurez de los actores políticos. La batalla electoral fue muy ruda. Excesivamente violenta. Algunos ciudadanos perdieron la vida en el proceso. Hubo muchos heridos. Se mancharon reputaciones, y algunas instituciones importantes (Fuerza Armada, Fiscalía General de la República, entre otras) perdieron su norte. Pocos actores de la sociedad civil salieron sin rasguños del alineamiento con unos y otros contendientes.

De modo que los primeros discursos de los actores tras conocerse los resultados difirieron no solo del clima del proceso previo a las elecciones sino también de la experiencia del país durante los últimos 15 años. El Salvador ha venido consolidando un proceso político polarizado con una llamativa distancia ideológica entre los dos partidos más importantes. Algunos esperan que, tras la llegada al poder, el FMLN tenga más incentivos para moderarse y que, de esta manera, lleve al centro a su principal opositor. En este contexto, vale la pena identificar los desafíos que enfrenta la democracia a la luz del nuevo periodo político que acaba de inaugurarse. El objetivo de este trabajo es hacer un recuento de la vida política salvadoreña a partir de la relación de la política con los ciudadanos. De este modo, al final del recorrido podremos identificar las áreas a las que las nuevas autoridades tendrían que prestar atención para poder mejorar la calidad de la democracia en el país. El análisis se efectúa a partir de algunos postulados acerca de los sistemas políticos democráticos generalmente aceptados por la ciencia política. Se intentará, al mismo tiempo, presentar algunas luces para el futuro. En pocas palabras, la idea es analizar qué se puede esperar del proceso de consolidación de la democracia salvadoreña luego del primer traspaso de poder entre la ex-guerrilla y el partido que simbolizó en el pasado la extrema derecha comprometida en la lucha anticomunista.

La construcción de la democracia en la posguerra

El año 1992 marca el fin de la lucha fratricida e inaugura la transición a la democracia. Desde entonces se han celebrado cinco elecciones legislativas y municipales y tres elecciones presidenciales. Los niveles de participación han variado según el tipo de elección y el tipo de documentos usados. Pero no cabe duda de que los comicios han contribuido a fortalecer la vida política y la sensación de cierta normalidad que se respira entre las elites.

Ello no ha impedido que se señale reiteradamente el clima de polarización, la incapacidad de las instituciones para satisfacer las demandas ciudadanas, el divorcio entre las elites y la población y el control de las elites económicas sobre las decisiones políticas. En este marco, buena parte de las críticas han apuntado a Arena, que controló el gobierno ininterrumpidamente desde el inicio de la transición, acusado de escasa sensibilidad social y maridaje con intereses alejados del promedio de los salvadoreños. La oposición tampoco se ha librado de toda responsabilidad. Diferentes sectores de la sociedad civil responsabilizan al principal partido de izquierda, el FMLN, por su intransigencia, y a los partidos de centroizquierda por su incapacidad para elaborar una estrategia de despolarización.

Como resultado de lo anterior, un sentimiento generalizado de impotencia se ha apoderado de muchos sectores sociales, que ven en los partidos, los líderes y las instituciones un obstáculo para la profundización de la democracia. Por eso se escuchan los gritos de líderes provenientes de la sociedad civil que exigen la despartidización de la política y la promoción de la «meritocracia», y hasta movimientos que cuestionan el monopolio de los partidos sobre la vida política.

Desde luego, estas críticas contra los partidos y sus líderes deben leerse en un contexto más amplio, latinoamericano, que incluye un cuestionamiento a sus relaciones con intereses privados y la manera en que muchas veces promueven los intereses corporativos de sus dirigentes. Estas consideraciones se alinean con una literatura que aborda de manera axiológica la democracia.

Durante los autoritarismos del pasado, no solo eran moneda corriente las graves violaciones a los derechos humanos, sino también el abismo infranqueable entre los ciudadanos y la política. Frente a este pasado, se esperaba que el nuevo periodo democrático aportara soluciones a problemas sempiternos, como la falta de oportunidades económicas, la violencia endémica, la desigualdad rampante en la distribución de los recursos sociales, etc. En este sentido, hablar de democracia implica una carga moral muy importante para quienes, desde las organizaciones de la sociedad, observan el comportamiento de los políticos.

Por eso, frente a una literatura politológica que pone especial énfasis en los aspectos políticos –elecciones libres, participación, procedimientos transparentes, etc.– para medir la calidad de la democracia, en los debates públicos en El Salvador se suele pedir más que eso. Las exigencias ciudadanas apuntan a que la democracia vaya más allá de los procedimientos y se encargue de asuntos sustanciales.