Opinión

América Latina y la crisis europea: ¿una relación más equilibrada?

América Latina y la Unión Europea se encuentran hoy en una situación que, en muchos aspectos, parece la imagen inversa de la que ha dominado las relaciones mutuas en las últimas décadas. Desde que se inició la crisis económica, la situación de la UE se ha ido deteriorando hasta poner en juego su propia construcción institucional y que pueda hablarse de una crisis existencial, sin duda la más grave desde su creación. El contraste no puede ser mayor con lo que ocurre al otro lado del Atlántico. A pesar de la crisis global, América Latina ha mantenido un fuerte crecimiento económico, animado por la bonanza exportadora hacia Asia y el crecimiento de la demanda interna, en sociedades donde se expanden las clases medias y se reduce la pobreza y la desigualdad. Con buenos resultados en las cuentas externas y balanzas fiscales saneadas, los problemas económicos más inmediatos son los propios de ciclos expansivos, como el recalentamiento de las economías, o la avalancha de capital externo. Esa mayor confianza en sí misma es también visible en la política exterior, con una actuación más autónoma y asertiva que se evidencia en la creación y consolidación de organizaciones regionales como UNASUR o la CELAC.

América Latina y la crisis europea: ¿una relación más equilibrada?

América Latina y la Unión Europea se encuentran hoy en una situación que, en muchos aspectos, parece la imagen inversa de la que ha dominado las relaciones mutuas en las últimas décadas. Desde que se inició la crisis económica, la situación de la UE se ha ido deteriorando hasta poner en juego su propia construcción institucional y que pueda hablarse de una crisis existencial, sin duda la más grave desde su creación. El contraste no puede ser mayor con lo que ocurre al otro lado del Atlántico. A pesar de la crisis global, América Latina ha mantenido un fuerte crecimiento económico, animado por la bonanza exportadora hacia Asia y el crecimiento de la demanda interna, en sociedades donde se expanden las clases medias y se reduce la pobreza y la desigualdad. Con buenos resultados en las cuentas externas y balanzas fiscales saneadas, los problemas económicos más inmediatos son los propios de ciclos expansivos, como el recalentamiento de las economías, o la avalancha de capital externo. Esa mayor confianza en sí misma es también visible en la política exterior, con una actuación más autónoma y asertiva que se evidencia en la creación y consolidación de organizaciones regionales como UNASUR o la CELAC. Esta novedad revela el vuelco sin precedentes que ha experimentado la relación entre la UE y América Latina: en vez de ser fuente de soluciones, esta vez la UE es vista como origen y causa de problemas para la región, y, según afirman sus propios dirigentes, América Latina debería “blindarse” frente al posible contagio de la recesión y de las turbulencias financieras procedentes de Europa. Este cambio parece haber alterado profundamente los equilibrios y la tradicional asimetría que durante décadas caracterizó la relación birregional. También parece diluirse el papel de la UE como “actor normativo” y referente político para la región, y con ello, su poder e influencia se desvanecen. Ello se explica, en parte, por los cambios que se han producido en América Latina. La región atraviesa un ciclo político con fuerzas sociales y gobiernos progresistas para los que la UE ya no es un referente político, salvo para distanciarse de él, ya que se le percibe como “neoliberal”. No menos importante es el ascenso de Asia y en particular de China, que en poco tiempo se ha convertido en el primer socio comercial de algunos países sudamericanos, y según proyecciones de CEPAL, en pocos años más puede desbancar a la UE del segundo puesto que, tras Estados Unidos, viene ocupando en las exportaciones de la región. Pero lo más significativo es que esta crisis pone en cuestión el modelo de integración de la UE en sus cuatro dimensiones más importantes: como modelo económico de eficiencia y competitividad; como modelo político de gobernanza democrática cosmopolita; como mecanismo de solidaridad, a través de la cohesión económica, social y territorial; y como actor global en un sistema internacional que ha dejado de ser unipolar. En primer lugar, en el plano económico la crisis de la UE no se limita a los problemas de deuda pública y a la viabilidad de la Eurozona. El ciclo de crecimiento y mejora de la competitividad iniciado con el mercado interior de 1992 se ha agotado y la Unión parece haber perdido el paso frente a las presiones competitivas de los mercados emergentes de Asia. La estrategia de Lisboa de 2000, revisada en 2005, que pretendió hacer de la UE “la economía basada en el conocimiento más dinámica y competitiva del mundo” ha fracasado como estrategia de innovación y competitividad, si alguna vez lo fue, y se ha abandonado ante las urgencias de la crisis y la supervivencia del euro. Se trata de una crisis en gran medida autoinducida, a partir de un diseño institucional inadecuado, y de políticas basadas en gran medida en la superstición neoliberal y discursos políticos del momento. El diseño del banco Central Europeo, en particular, se ha mostrado inadecuado al no poder asumir el papel de prestamista de última instancia. Ello sitúa a los Estados miembros en un difícil dilema: sus propios bancos centrales no pueden jugar ese papel, y no hay nada a nivel europeo que lo sustituya, por lo que terminan estando inermes frente a los mercados de bonos. En ese marco, la solidaridad intraeuropea se disuelve cuando los líderes se enfrentan a narrativas políticas domésticas —cuando no las alientan ellos mismos por razones electorales— marcadas por el nacionalismo y los estereotipos. En segundo lugar, la crisis pone en entredicho el experimento europeo de gobernanza democrática transnacional y de redefinición de la ciudadanía en clave cosmopolita. A principios de 2000 se adoptó el más limitado Tratado de Lisboa, que dejaba claro tanto los límites de la UE como unión política: por un lado, como “unión de naciones”, se dejaba a un lado la visión federal. Por otro, se rompió el consenso implícito entre elites y ciudadanía en el que se basaba hasta entonces la construcción europea, por el que se aceptaba un proceso de reubicación de competencias soberanas en Europa, dirigido en gran medida por tecnócratas no electos. Cuando se percibe que “Bruselas” es origen o justificación de recortes de derechos y una merma del bienestar, las sociedades no han tardado en expresar su rechazo. Ese “déficit democrático” sigue siendo un problema central. Y es que la crisis de la UE es en gran medida una profunda crisis de legitimidad democrática. De ella se nutren, además, los populismos de derecha que amenazan con “renacionalizar” la política y la ciudadanía europea. En tercer lugar, el modelo europeo de cohesión —otro concepto que, en ocasiones, se trató de “exportar” a América Latina— también parece estar en crisis. Ahora los recursos son menores y parece que se ha aceptado una UE caracterizada por una marcada desigualdad, donde la convergencia de rentas será más lenta, o se deja básicamente al albur del mercado. Además, el concepto de cohesión ha cambiado. Aunque trató de incorporar la lucha contra la exclusión, no parece responder al desafío más importante que hoy afrontan las sociedades europeas en términos de cohesión e inclusión social: las migraciones. Finalmente, la legitimidad y racionalidad del proyecto europeo también radicaría en su vertiente externa y su pretensión de ser una “potencia civil” y un “actor normativo” basado en valores, que además de constituir su identidad internacional también serían fuente de su “poder blando” y su influencia como global player. En este ámbito la UE también atraviesa una situación paradójica: si bien el Tratado de Lisboa refuerza ese compromiso con valores, su credibilidad se ha visto fuertemente erosionada por su incapacidad de actuar con una sola voz, y por acontecimientos como las “primaveras árabes”. En ellas ha naufragado la política mediterránea de la UE, que a pesar de su retórica democrática y de defensa de los derechos humanos, en realidad estaba subordinada a imperativos de estabilidad, control migratorio, y contención del islamismo radical. Esos “dobles raseros” también se observan en la relación con América Latina, en cuanto a los objetivos de cohesión social y desarrollo socioeconómico, los tratados de libre comercio o la permanencia del proteccionismo comunitario. Todo lo anterior revela que la crisis de la construcción europea no se limita a los problemas del euro. La crisis europea ha significado, a corto plazo, una reequilibrio de las partes y una mayor simetría en las relaciones, ahora más horizontales. Pero esta encrucijada tiene otras implicaciones para América Latina. A corto plazo, la ruptura del euro y una recesión en la UE tendría graves consecuencias para la prosperidad de la región, y como reconocen implícitamente sus líderes, la región está más globalizada y es más interdependiente de lo que políticamente está dispuesta a aceptar. Por ello, a pesar de los agravios históricos, América Latina no debiera caer en sentimientos de Schadenfreude y recrearse en el mal ajeno. Como afirmó el ex presidente de Brasil Lula da Silva, “el mundo no tiene derecho a permitir que la UE acabe porque ya es patrimonio democrático de la humanidad”. La quiebra del proyecto europeo, más allá de sus consecuencias económicas inmediatas, lo es también de muchas de las aspiraciones históricas de América Latina, y dejaría a la región más solitaria y aislada frente a los retos de la globalización.

* Investigador del Instituto Complutense de Estudios Internacionales (ICEI), Universidad Complutense de Madrid, España

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