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Amamos a Pablo, odiamos a los políticos. Las repercusiones de Escobar, el patrón del mal

Narcocorridos, narcocultura, narcotelenovelas… ¿narcofilosofía? La telenovela Escobar, el patrón del mal fue un rotundo éxito en Colombia pero también un redituable producto de exportación, cuyo rating se replicó en todos los países de la región donde fue emitida. Se dice que la serie se hizo para que los colombianos que no lo conocían detestaran para siempre a Escobar. Pero ocurrió lo contrario. Se quería rating y una historia internacional, y se lograron. Lo de dignificar a las víctimas y crear a Pablo como el maligno era solo intención de mercadeo.

Amamos a Pablo, odiamos a los políticos. Las repercusiones de Escobar, el patrón del mal

Escobar, el patrón del mal fue un éxito en todo el mundo. Lo cual demuestra que el crimen sí paga. Y es que, en nuestra sociedad, nos interesa más saber de qué están hechos los malos que los buenos. La serie fue promovida como una versión desde «los buenos»: Luis Carlos Galán y Rodrigo Lara (los políticos asesinados por Pablo Escobar), Guillermo Cano (el periodista heroico de El Espectador que luchó contra Escobar) y César Gaviria (el presidente que lo persiguió). Los productores (Canal Caracol y dos víctimas de Escobar: Juana Uribe y Camilo Cano) afirmaron que esta serie era la verdad de las víctimas y el testimonio de la valentía del Estado colombiano que luchó contra el Mal encarnado por el narcotraficante más famoso del mundo. Pero el resultado fue, paradójicamente, el contrario: Escobar salió reivindicado como el héroe de Colombia, y los periodistas, políticos y gobernantes se vieron como unos aburridos desangelados que se dedicaban a perseguir al «pobre Pablo». ¿Apología del crimen? No. ¿Entonces? Simplemente, reflejo de los modos de pensar de Colombia, donde se encuentra más dignidad y verdad en los narcos que en los políticos.

El fenómeno: las narcotelenovelas

Las narcotelenovelas encantan porque generan identificación y reconocimiento en los sujetos populares (y no tanto). Por eso, se ven con goce y placer en todos los países. Que el narco sea la referencia moral y social de Colombia se debe a que es una nación marcada por este fenómeno desde los años 70. El primer gobierno acusado de tener «negocios» con los narcos fue el de Alfonso López Michelsen (1974-1978); en ese tiempo los narcos ofrecieron pagar la deuda externa del país para que los dejaran en paz con sus actividades. Esto significa que, como nación, llevamos casi medio siglo conviviendo con y celebrando al narco. El narco es nuestro gran tema nacional.

El fenómeno televisivo de las narcotelenovelas es, sin embargo, de este siglo XXI. Y se produjo porque Colombia, de algún modo más simbólico que real, siente que el problema narco ya no es nuestro presente, que es cosa del pasado y que ahora ese fenómeno es más de los mexicanos y del resto de América Latina. Este sentimiento aparece en los ocho años del gobierno de Álvaro Uribe (2002-2010), quien poco hablaba del narco mientras, vía la desmovilización de los paramilitares, se blanqueaban muchas narcofortunas y el foco de la tragedia de la nación se concentraba en el terrorismo llamado «guerrilla» de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Entonces, como ya era un problema (simbólicamente) superado, resultaba posible contarlo en televisión.

El diferencial de la narcotelenovela frente a las telenovelas y series clásicas está en que: a) tienen verdad documental y tono casi neorrealista sobre este fascinante pero cotidiano mundo prohibido del narco, y así se olvida el amor como eje; b) la vitalidad del lenguaje y de la estética lleva a que no haya moral salvadora o dignificante, como existe en las telenovelas convencionales; por el contrario, aparece esa moral posmoderna del todo vale para tener billete y ser exitoso; c) el tono no es de melodrama sino de tragedia anunciada, pero con modulación de comedia; d) los personajes responden a la estética del grotesco del nuevo rico, del sujeto aspiracional de la sociedad de mercado, ese que desde sus modos de vestir y actuar ya produce escalofrío o risa; e) su ritmo es frenético, su exceso es alucinante y sus lenguajes, realistas, con lo que se derrota la lentitud y solemnidad de la telenovela.

El éxito: Escobar, el patrón del mal

Pablo Escobar (1949-1993) es el narcotraficante más grande de la historia, era colombiano y puso en jaque al mundo. Para unos (los sectores populares de Medellín y gran parte de Colombia) es un héroe, una mezcla de Robin Hood que repartía riquezas y El Zorro, un justiciero vengativo que luchaba por los pobres; para otros (Estados Unidos y el Estado colombiano) es un criminal: el más grande de la historia. Su personaje es tan atractivo que ya es una marca (administrada por su hijo desde Buenos Aires); tiene música («narcocorridos» se llaman); se cuenta en muchos libros (La parábola de Pablo de Alonso Salazar es el más importante1); y tiene películas y una telenovela de éxito (Escobar, el patrón del mal).

La marca Escobar. El hijo de Pablo, Juan Pablo Escobar Henao, primero se dignificó con nuevos apellidos ilustres (Marroquín Santos), luego se convirtió en argentino, más tarde produjo un documental para lavar la imagen (Los pecados de mi padre, 2009) y, finalmente, creó la marca «Pablo Escobar» para vender ropa y documentos personales del capo como cédula de ciudadanía, pasado judicial, carné universitario2. Incluso acaba de publicar su autobiografía: Pablo Escobar: mi padre3. Pero todo esto no es lo que parece: una apología… ya que según dice en su página web, al «compartir el legado violento de nuestra historia familiar (…) nuestras prendas se [convierten en] banderas de paz que flamean por todo el planeta, hasta hacernos conscientes de la importancia vital de la convivencia pacífica»4. El hijo lucra con la marca «Escobar Henao» y, además, quiere hacernos creer que Pablo es sinónimo de valores y paz: sus eslogan es «In peace we trust». Su interés es lavar la imagen y hacer billete.

Las músicas de Pablo. Los cantores populares le cantan a su heroísmo por poner en jaque a EEUU y por haber sido un grande para delinquir. Y en tono de narcocorrido, lo dicen así:

Quién iba a pensar que de aquel río negro / naciera el patrón, el dueño del mundo entero, / un hombre importante, de palabra inquebrantable / para unos fue un demonio y para otros era un ángel. / Potencia mundial, un personaje incomparable / rebelde ante el gobierno, de oficio era traficante. Vivió entre pobrezas por bastante tiempo / y miraba a su madre sufriendo por eso / era su destino el ser alguien en la vida / y le prometió a su madre que algún día la ayudaría. / Cuál sería la fortuna que a la edad de treinta años / aquel niño en Colombia sería el hombre más buscado. (…)Era respetado, un hombre de gran prestigio, / también puso las reglas de un juego muy a su estilo. / Apoyo extranjero a Pablo no le faltaba / contaba con apoyo de un águila mexicana. «Pablo Escobar», Jorge Santa Cruz