Coyuntura

Alemania y la crisis: victorias pírricas

Entre 2000 y 2005, Alemania tuvo su primera «crisis», que enfrentó mediante un conjunto de reformas implementadas en 2003 en el marco de la Agenda 2010. Al parecer, el país resistió relativamente bien los efectos de la Gran Recesión. Muchos observadores creen que la causa de este éxito radica en las reformas de la Agenda y en la capacidad de producción industrial. No obstante, si se analiza con mayor atención, surge un panorama diferente y más ambiguo. Alemania debió pagar un alto precio por las victorias: el de una mayor desigualdad en el plano interno y el de las crisis de deuda en el extranjero.

Alemania y la crisis: victorias pírricas

Crecimiento y crisis

Durante los años 90, la economía alemana debió lidiar con dos grandes desafíos estructurales: la unificación con Alemania oriental y la unión monetaria (introducción del euro). La economía de Alemania oriental colapsó como consecuencia de un tipo de cambio sobrevaluado al adoptar el marco occidental (DM), lo que se combinó con un rápido aumento de los salarios por encima de la productividad y con la caída de los flujos comerciales tradicionales. En ese momento, Alemania occidental tuvo que financiar alrededor de la mitad del consumo de sus conciudadanos en el Este (unos 100.000 millones de euros al año, el equivalente a 8% del PIB) mediante diferentes prestaciones. Esto se convirtió en una pesada carga para el sistema de seguridad social y los costos laborales no salariales. La unificación también generó altos déficits presupuestarios, que aumentaron la deuda pública aproximadamente de 40% del PIB en 1992 a 60% en 1997. El superávit en las exportaciones de Alemania occidental, que rondaba el 5% del PIB antes de la unificación, se desvaneció por completo e impulsó una ola de ansiedad nacional en torno de una supuesta pérdida de competitividad internacional.El segundo cambio histórico fue el establecimiento de la Unión Monetaria Europea (UME), con la consecuente introducción del euro en 1999. Como resultado, Alemania perdió el control de su política monetaria y quedó sujeta a una tasa de interés fijada por el Banco Central Europeo (BCE). En el ámbito nacional, esto significó un periodo de tasas de interés reales relativamente altas, acompañadas por baja inflación y lento crecimiento. Algunos economistas sostenían que el país había ingresado a la UME con un tipo de cambio sobrevaluado (1,96 DM/€), cuyo efecto fue la pérdida de competitividad.

Estancamiento y reformas. Esta fue la herencia que asumió en 1998 el gobierno «rojiverde» (socialdemócratas y verdes). Los años transcurridos entre 1998 y 2005 se caracterizaron por un crecimiento lento –excepto el breve boom de las «punto com» en 2000–, que condujo a un desempleo alto y persistente en torno de 10% y a déficits presupuestarios cercanos a 3%. La inflación era baja y, debido al débil crecimiento y a las restricciones salariales, no alcanzaba el nivel de los países de la eurozona. Las exportaciones netas constituían el principal motor de crecimiento, mientras que la demanda interna (particularmente la inversión, pero también el consumo privado) sufría un estancamiento. En este contexto, se multiplicó el miedo a perder competitividad internacional. El gobierno decidió reducir su déficit, en cierta medida también para cumplir los criterios de Maastricht enmarcados dentro del Pacto de Estabilidad y Crecimiento de la Unión Europea, que exige déficits y deudas públicas menores a 3% y a 60% del PIB, respectivamente. Probablemente, la política de austeridad adoptada durante la recesión prolongó la etapa de bajo crecimiento y alta desocupación.

Entre 2002 y 2004, el gobierno «rojiverde» introdujo varios cambios, que incluyeron un conjunto de reformas del mercado laboral (Hartz IV) y un aumento de la edad jubilatoria de 65 a 67 años. Las medidas generaron una fuerte oposición, sobre todo por parte de los sindicatos, pero finalmente fueron aprobadas. No obstante, los votantes castigaron al Partido Socialdemócrata (SPD, por sus siglas en alemán), que perdió su mayoría en 2005 y recibió apenas 23% de los sufragios en 2009 (con una importante caída respecto del 40,5% obtenido en 1998). Las reformas del mercado laboral contribuyeron a concretar un cambio sustancial en Alemania, aunque no necesariamente en la dirección deseada (v. tabla). El sector de bajos ingresos y la dispersión salarial aumentaron enormemente. La participación de los salarios en el PIB, que ya se encontraba en declive, continuó descendiendo. Sin embargo, los objetivos de reducir el desempleo y acelerar el crecimiento no se materializaron en el corto plazo.En conjunto, los efectos negativos prevalecieron sobre los positivos. En la tabla, el sombreado en gris de los campos correspondientes señala los desarrollos que resultaron positivos en comparación con el otro periodo. Puede observarse un mejor rendimiento de diez indicadores en la etapa previa a la reforma, frente a solo seis en la fase posterior. Cabe destacar que tanto la inversión como la productividad, el empleo y el crecimiento de las exportaciones tenían un comportamiento superior antes de la implementación de las medidas, aunque subsiste el mito de que las reformas fueron positivas en ese sentido.

El principal efecto fue un aumento significativo en la competitividad de los precios y las exportaciones de Alemania. Debido al alto crecimiento de la demanda impulsado por una economía mundial en expansión y la periferia europea, el superávit exportador se elevó hasta alcanzar aproximadamente 5% del PIB. Tras un largo periodo de escasas inversiones, las empresas privadas propiciaron una cierta aceleración de la actividad. Este factor, junto con la mayor demanda por las exportaciones, generó un aumento del crecimiento y un lento declive del desempleo. Finalmente, en 2007-2008, Alemania estaba bastante bien en términos macroeconómicos, con un crecimiento en recuperación, un desempleo en retroceso, una inflación por debajo de 2% y un presupuesto cercano al equilibrio.La principal desventaja fue el aumento de la desigualdad (sobre lo que volveremos más adelante), que se combinó con una alta tasa de ahorro. Solo una porción de ese ahorro se invirtió en el país, mientras que gran parte fue hacia el exterior. El flujo de capitales era el reflejo del superávit exportador. Ambos fenómenos tenían básicamente el mismo origen: una distribución desigual del valor agregado entre el trabajo y el capital. Mientras los trabajadores y quienes dependían de los beneficios sociales (jubilaciones, etc.) se enfrentaban a un estancamiento o a una disminución de sus ingresos reales, las empresas y los sectores ricos gozaban de ganancias que aumentaban más rápidamente que su intención de invertir o consumir. Los salarios más bajos y la mayor productividad redujeron los costos laborales unitarios. El superávit de las exportaciones y la salida de capital resultante afirmaron la posición alemana en materia de inversión extranjera neta, que se reflejó en la deuda acumulada en otros países.