Opinión
Diciembre 2021

La absurda idea de una moneda libertaria

Una ideología libertaria pueril pretende argumentar que las criptomonedas como Bitcoin constituyen la solución a la arrogancia estatal y a los desmanejos económicos de algunos políticos. Pero lo que se necesita no es una nueva moneda (con características muy discutibles), sino una democracia que ponga límites a la irresponsabilidad de un capitalismo desbocado.

<p>La absurda idea de una moneda libertaria</p>

Con el precio del Bitcoin en nuevos máximos y la decisión de El Salvador y Cuba de aceptarlas como moneda legal, las criptomonedas han llegado para quedarse. ¿Qué implicaciones tendrá esto para el dinero y la política?

El dinero depende de la confianza. Se acepta a cambio de bienes y servicios solo porque la gente puede asumir con seguridad que otros lo aceptarán en el futuro. Esto es tan cierto para el dólar estadounidense como para el oro. Sostener que las criptomonedas como el Bitcoin son un mero juego de confianza -o una burbuja especulativa, como han subrayado muchos economistas- es ignorar su popularidad. Y, sin embargo, las criptomonedas carecen de las bases institucionales estables necesarias para reforzar la confianza del público en ellas. La confianza avanza y retrocede, haciéndolas frágiles y volátiles, como han demostrado ampliamente los giros salvajes de Bitcoin.

Además, con Bitcoin y otras criptomonedas que se basan en mecanismos de «prueba de trabajo», las transacciones deben verificarse y registrarse continuamente en un libro de contabilidad descentralizado (en este caso basado en blockchain o «cadena de bloques»). Esto requiere que millones de computadoras operen continuamente para actualizar y verificar las transacciones, un trabajo que se ve incentivado por la oportunidad de ser recompensado con Bitcoins recién acuñados. La energía consumida en estas operaciones de «minería» supera ya la de un país de tamaño medio como Malasia o Suecia. Ahora que el mundo se ha dado cuenta de los peligros del cambio climático (y de la mezquindad de nuestra respuesta), este desperdicio masivo debería hacer que Bitcoin sea muy poco atractivo.

Sin embargo, a pesar de su volatilidad, fragilidad y enorme huella de carbono, hay cinco factores que han concurrido para hacer de Bitcoin una propuesta atractiva para mucha gente: su narrativa política, las actividades criminales que permite, el señoreaje que distribuye, el tecnooptimismo de la época actual y el deseo de hacerse rico rápidamente en un momento en el que hay pocas oportunidades económicas. Consideremos cada uno de estos puntos en orden inverso.

Vivimos en una época de perspectivas económicas decrecientes. Incluso los trabajadores con un título universitario ya no acceden a un trabajo estable y bien remunerado. Cuando las oportunidades económicas son tan escasas, los planes para enriquecerse rápidamente se vuelven especialmente atractivos. No es sorprendente que ahora exista toda una industria dedicada a decirle a la gente que pueden hacerse ricos invirtiendo en Bitcoin. El dinero se ha volcado en la criptomoneda porque millones de personas en Estados Unidos y en todo el mundo creen que pueden obtener importantes beneficios con ella.

La narrativa de rendimientos masivos para los inversores aficionados y minoristas de una criptodivisa está en consonancia con nuestra era obsesionada por la tecnología. Se nos dice constantemente que el ingenio tecnológico está creando un futuro más brillante. Y, a primera vista, no se puede negar que Bitcoin es una maravilla de la innovación tecnológica. Se ha necesitado auténtica creatividad y maestría para crear un sistema descentralizado tan intrincado y capaz de funcionar sin ninguna supervisión ni aplicación gubernamental.

El señoreaje, o el poder adquisitivo adicional que confiere (normalmente a los gobiernos) el control de la oferta monetaria, es otro factor del atractivo de Bitcoin. Cuando el gobierno estadounidense pone en circulación una nueva moneda, puede utilizarla para comprar servicios o pagar su deuda. La perspectiva de obtener señoreaje es muy atractiva, y probablemente ayuda a explicar por qué hay ahora más de 1.600 criptodivisas cotizadas. En el caso de Bitcoin, la ausencia de una autoridad centralizada significa que el señoreaje está distribuido, lo que supone un incentivo para los esfuerzos de minería (que ahora llevan a cabo más de un millón de personas en todo el mundo).

Una fuente de demanda específica puede ayudar a una nueva moneda a establecerse de forma fiable. Para las criptomonedas en general, y para el Bitcoin en particular, este ancla está firmemente asentada en el mundo criminal. En sus inicios, la demanda de Bitcoin se vio impulsada por sitios web oscuros como Silk Road, que permitían todo tipo de transacciones ilícitas. A día de hoy, las actividades delictivas representan casi la mitad de las transacciones de Bitcoin, según algunas estimaciones.

Cada uno de estos cuatro factores ha impulsado el Bitcoin de forma artificial. Obviamente, los males económicos de nuestra sociedad no se solucionarán porque la gente gane dinero con Bitcoin. Tampoco se ha confirmado en el mundo real el ánimo tecnooptimista imperante. Y cualesquiera que sean los beneficios de la distribución del señoreaje a través de la minería, están más que compensados por el masivo desperdicio de energía.

Eso deja el argumento político a favor de Bitcoin. ¿Nos liberará del indebido poder estatal sobre la economía? Realmente no.

Es cierto que la Reserva Federal de Estados Unidos actúa a veces de forma misteriosa, y el rescate de Wall Street durante la crisis financiera de 2008 fue visto, con razón, como un trabajo interno que benefició a los bancos y a los banqueros a expensas de la gente común. Por tanto, es comprensible el deseo de reducir el excesivo poder de los políticos y los responsables de la administración pública. Pero Bitcoin no es la respuesta. Apela a una ideología libertaria pueril en la que un genio solitario lucha contra un Estado arrogante para liberar la excelencia individual. De hecho, la persona (o personas) del mundo real que diseñó Bitcoin y escribió su inspirador manifiesto bajo el seudónimo de Satoshi Nakamoto merece aún más la etiqueta de «visionario» que el ficticio John Galt (el héroe de La rebelión de Atlas de Ayn Rand).

Sin embargo, la visión de ese «visionario» es pura fantasía. El riesgo de que los gobiernos occidentales produzcan una inflación desbocada o socaven el sistema monetario internacional es prácticamente nulo. La verdadera amenaza existencial reside hoy en la polarización política, el desmantelamiento de la democracia y la incapacidad de los sistemas políticos democráticos para mantener a raya a las élites económicas y a los políticos autoritarios.  Una nueva moneda no resolverá estos problemas. Lo que se necesita son medidas para garantizar que los políticos, los burócratas y los magnates de Silicon Valley y Wall Street actúen de forma responsable. Esto requiere una participación democrática y un compromiso cívico activo. Los trucos como el Bitcoin son una distracción del verdadero trabajo que hay que hacer.


Fuente: Project Syndicate

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