¿Falangistas contra neoliberales?
abril 2026
El partido de extrema derecha español vive una paradoja: en su mejor momento electoral, las defecciones y las purgas han dejado ver sus líneas de fractura y el liderazgo personalista de Santiago Abascal. Alineado con Donald Trump, Vox se alimenta de la actual crispación de la política española, pero es aún un enigma si logrará seguir creciendo.
Desde el punto de vista político, Vox vive actualmente su mejor momento en los sondeos. A partir de 2025, los estudios demoscópicos han apuntado a un aumento considerable en la intención de voto para el partido liderado por Santiago Abascal, que llegó a rozar 20% en el conjunto de España. Se trata de una mejora notable respecto a lo obtenido en 2023, cuando bajó a 12,3%. Además, los resultados de las elecciones autonómicas que se han celebrado entre diciembre y marzo en Extremadura, Aragón y Castilla y León confirmaron esta tendencia. El partido de extrema derecha marcó récords al situarse entre 17% y 19% de los votos. En las tres comunidades autónomas, la mayoría de derecha se ha consolidado y Vox podrá sellar acuerdos de gobierno con el conservador Partido Popular (PP), que sale de las urnas más debilitado y cautivo de la extrema derecha. El pasado 16 de abril, de hecho, se ha confirmado ya el pacto en Extremadura, donde la formación de Abascal ocupará la Vicepresidencia y las consejerías de Agricultura y Familia. Parecería pues que todo es un camino de rosas: el sorpasso al PP, si bien aún lejano, ya no sería solo una quimera.
Ahora bien, las trayectorias se volvieron menos lineales. A comienzos de 2026, Vox está viviendo la mayor crisis de su historia. No tanto -al menos por ahora- por las repercusiones de su apoyo incondicional a Donald Trump, incluidos la acción militar en Venezuela (con el secuestro de Nicolás Maduro), el aumento de los aranceles, las presiones para quedarse con Groenlandia y las guerras neoimperialistas. Estas derivas del trumpismo -sobre todo, la guerra contra Irán- han hecho sonar todas las alarmas en otras extremas derechas europeas: tanto Marine Le Pen en Francia como Alice Weidel en Alemania, al igual que Giorgia Meloni en Italia, han intentado tomar distancia de Washington de manera más o menos explícita -Meloni se distanció también de las críticas de Trump al papa León XIV, que consideró «inaceptables»; Trump le respondió tildándola de cobarde por no apoyar su acción militar contra Irán-. Pero Vox no se ha dado por enterado y sigue alabando al líder republicano como si estuviésemos aún en enero de 2025, cuando Trump volvió recargado a la Casa Blanca.
En el caso de Vox, la principal causa de la crisis es interna e incluye una serie de expulsiones y purgas que han apartado a dirigentes históricos de la formación. Hoy en día, de hecho, del núcleo fundador queda solo Abascal. Los últimos de la lista de expulsados han sido pesos pesados como Javier Ortega Smith, que fue secretario general del partido entre 2016 y 2022, o José Ángel Antelo, líder de Vox en la región de Murcia, uno de sus bastiones electorales. Ambos eran miembros del Comité Ejecutivo Nacional (CEN). Con el carné de afiliado número seis en el bolsillo, Ortega Smith había sido además el hombre que registró el partido a finales de 2013, cuando todavía Abascal era miembro del PP. Y fue, además, quien llevó para Vox la acusación popular -una figura del derecho español que permite a un tercero personarse como parte acusadora en un proceso penal- contra los líderes independentistas catalanes en el juicio que se celebró en 2019, lo que le permitió a la formación ultra tener una notable visibilidad mediática. Hay que recordar que el llamado procès independentista catalán fue un acontecimiento clave en el crecimiento de Vox, con un discurso de defensa de la «unidad de España». También, dicho sea de paso, ha sido expulsado Ignacio Ansaldo, concejal en el Ayuntamiento de Madrid y primer afiliado de la formación.
Una gota malaya de abandonos
Hay que remontarse a 2022 para entender lo que está pasando en Vox. En julio de ese año, tras unos decepcionantes resultados en las elecciones autonómicas en Andalucía, donde se presentaba como candidata, Macarena Olona anunció sorpresivamente que dejaba la política. En el trienio anterior, como diputada en el Congreso y secretaria general del grupo parlamentario de Vox, Olona había sido una de las principales caras del partido; una espada parlamentaria y mediática. En octubre del mismo año, Abascal relevó a Ortega Smith como secretario general, mientras que justo después de las elecciones legislativas de julio de 2023 Iván Espinosa de los Monteros -portavoz del partido desde 2019 y ya secretario general entre 2014 y 2016- decidió apartarse de la primera línea política.
En esos meses y a lo largo de 2024, se sumaron otras defecciones de dirigentes de peso, a menudo fruto de presiones o imposiciones de la cúpula de la formación, como las de Víctor Sánchez del Real, José Luis Steegman, Víctor González Coello de Portugal o Rocío Monasterio, esta última líder en la Comunidad de Madrid, con una fuerte presencia en los medios y pareja de Espinosa de los Monteros.
Una de las lecturas que se impuso fue que el sector «neoliberal» de Vox había perdido la batalla frente a un sector definido como «neofalangista», representado por figuras al alza como el eurodiputado Jorge Buxadé -que, efectivamente, en la década de 1990 fue candidato por Falange Española- o Ignacio Garriga. Este último ocupa hoy un lugar de primer orden en el partido como secretario general y vicepresidente, además de líder de Vox en Cataluña.
En aquella coyuntura, Vox parecía agobiado por la adversidad. El paso en falso en las elecciones generales de julio de 2023, cuando bajó de 52 a 33 diputados, llevó a no pocos analistas a vaticinar, de manera errónea, su lento e imparable declive. Tres elementos reforzaron esta interpretación, además de las salidas antes mencionadas. Por un lado, otro resultado por debajo de las expectativas, el de las europeas de junio de 2024, cuando Vox se quedó por debajo del 10% de los votos y sufrió la competencia de la lista Se Acabó la Fiesta, del influencer conspiranoico y «antipolítico» Luis «Alvise» Pérez, que consiguió 5% de los votos y tres eurodiputados.
Parecía que las movilizaciones ultras de noviembre de 2023 contra la formación del nuevo gobierno de coalición encabezado por el socialista Pedro Sánchez -que conllevaron el sitio durante dos semanas de la sede del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) en Madrid- las estaban aprovechando nuevos actores en la galaxia reaccionaria. Por otro lado, Vox mostraba una notable incapacidad para capitalizar la entrada a cinco gobiernos de comunidades autónomas y a decenas de alcaldías en coalición con el PP, tras las elecciones de mayo de 2023. Por último, la decisión de Abascal de romper los acuerdos de gobierno con los populares en el nivel autonómico -pero no municipal- en julio de 2024 sentó mal en muchas organizaciones locales.
Mala estrategia política, falta de dirigentes competentes, poca eficacia en la gestión donde entró en el gobierno… Vox podía parecer un soufflé a punto de desinflarse, como le había pasado al partido de centroderecha Ciudadanos unos años antes.
El giro de 2024
El verano de 2024 marcó un giro al que no se le ha dado la importancia que merece. Justo después de las elecciones europeas, Vox abandonó el bloque de los Conservadores y Reformistas Europeos (ECR), liderados por Meloni y los polacos de Ley y Justicia, al que se había integrado en 2019, y se sumó a Patriotas por Europa (PfE, por su sigla en inglés) impulsado por Viktor Orbán.
No se trató de un cambio de cromos sin más. Como apuntó el periodista Enric Juliana, Vox compró acciones Trump. No nos olvidemos que en ese momento estábamos en plena campaña electoral en Estados Unidos. El presidente húngaro premió a Abascal nombrándolo presidente de PfE, la tercera formación con más escaños en el Parlamento Europeo. PfE incluye también a Reagrupamiento Nacional (RN) de Francia, la Liga italiana, Chega de Portugal, los partidos de la Libertad de Austria y Países Bajos y el movimiento ANO (Alianza de Ciudadanos Descontentos), liderado por Andrej Babis, actualmente jefe del gobierno checo y uno de los hombres más ricos del país. Más filoputinista que atlantista, Patriotas por Europa ha encontrado, de todas formas, una pista de aterrizaje común en su apoyo a Trump. Apoyo que, como señalamos, no todos los partidos sostienen como hace pocos meses.
Las relaciones de Vox con el trumpismo no eran nuevas, pero se reforzaron mucho más. Cabe recordar que el partido de Abascal tuvo contactos con el gobierno de Trump ya en la primavera de 2018, gracias al ex-asesor de José María Aznar Rafael Bardají, enlace con los neocons de Bush hijo y, dato importante, arquitecto de la plataforma Friends of Israel fundada en 2010. Gracias a Bardají, Steve Bannon habría ayudado a Vox en la campaña electoral en Andalucía de ese año en que el partido obtuvo un inesperado 11% de los votos y se proyectó a la política nacional.
Desde 2020 el eje se consolidó. Ese año se creó la Fundación Disenso, el think tank de Vox, y se pusieron las bases del Foro Madrid para estrechar los lazos con las extremas derechas latinoamericanas. Madrid se convirtió también en un nuevo centro de operaciones para la Fundación Heritage y la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC). Paralelamente, el partido de Abascal se acercó cada vez más a Budapest. Un banco controlado por el Estado húngaro, es decir por el gobierno de Orbán, le prestó casi 14 millones de euros para las elecciones de 2023 y 2024. Asimismo, una de las principales fundaciones creadas por Orbán, el Centro de Derechos Fundamentales, abrió en marzo de 2024 una sede en Madrid, utilizada como cabeza de puente para la posterior penetración en América Latina. Por eso, la reciente derrota de Orbán representa un duro golpe para Vox y la mayor parte de la extrema derecha europea.
Al mismo tiempo, como se recordaba antes, a nivel autonómico Vox rompió los gobiernos de coalición con sus aliados, oficialmente por la negativa del Partido Popular a rechazar la decisión del gobierno de repartir entre diferentes comunidades autónomas a los inmigrantes menores de edad llegados a Canarias. Abascal decidió quedarse con las manos libres, evitar el desgaste de gobernar y aumentar la presión sobre los populares que, al quedarse en minoría, necesitaban sus votos en esas regiones. Además, puso la lupa en el rechazo de la inmigración que, si bien fue siempre una bandera enarbolada por Vox, se convirtió en su principal argumento, debido también a la menor centralidad de lo que había sido el «monotema» en los años anteriores: la unidad de España «amenazada» por el independentismo catalán.
En julio de 2025, y siguiendo el giro trumpista en materia migratoria, la formación de Abascal llegó a hacer suyo el concepto identitario y neonazi de «remigración», pidiendo la deportación masiva de extranjeros que residan ilegalmente en España, así como de los residentes legales que «no se integren» (léase, los africanos subsaharianos o árabes).
Neoliberales y neofalangistas
Volvamos ahora a la actualidad. Las crisis desatadas por las expulsiones de Ortega Smith y Antelo muestran que la interpretación que desde 2023 hablaba de la victoria del sector neofalangista sobre el sector neoliberal era insuficiente. En efecto, Ortega Smith viene de una militancia juvenil en la Falange, mientras que Antelo fue uno de los dirigentes de Vox que con más vehemencia pidió deportaciones masivas con declaraciones incendiarias que fueron uno de los combustibles de la cacería de inmigrantes en el municipio de Torre Pacheco en julio de 2025, tras la agresión a un anciano. Por esto, llegó a ser investigado por delito de odio por parte de la Fiscalía de Cartagena. Ninguno de ellos, en resumidas cuentas, es un moderado.
Más allá de matices, Vox propugna ideológicamente lo mismo desde 2016. Sus programas electorales así lo demuestran. El giro ideológico ya se había dado antes, cuando Vox era aún un partido prácticamente desconocido (en las elecciones legislativas de 2015 y de 2016 consiguió un mísero 0,2% de los votos). Por un lado, tras la marcha de Alejo Vidal-Quadras, candidato en las europeas de 2014, Abascal convirtió a Vox en una formación de extrema derecha tout court, mientras Vidal-Quadras, histórico dirigente del PP crítico con la línea política del presidente Mariano Rajoy, buscaba construir una especie de «PP auténtico» (Abascal dixit). Por el otro, Vox se sumó inmediatamente a la ola trumpista, copiando inclusive su eslogan: «Hacer España Grande otra Vez».
Esto no implica que no haya habido cambios de estrategia o giros tácticos para no quedarse en fuera de juego debido a los cambios de coyuntura política. Por ejemplo, después de la pandemia de covid-19, Vox introdujo la defensa de mayores políticas sociales para españoles, pero sin especificar de dónde sacaría el dinero para financiarlas y manteniendo el mismo marco ultraliberal de sus inicios. Pura retórica, dicho de otra forma. Lo mismo puede decirse de lo que ha pasado en el último año con una mayor centralidad otorgada al tema de la vivienda, una cuestión acuciante en España, sobre todo para los jóvenes. Un tópico funcional al reforzamiento del discurso antiinmigración, responsabilizando a los inmigrantes -sin ningún dato que lo sustente- de los problemas de vivienda.
Esto no le impide seguir alabando la política de la motosierra de Javier Milei, considerado un ejemplo a seguir, incluso por neofalangistas como Buxadé. Como todas las extremas derechas, Vox es tacticista de forma exacerbada: huele un tema que conlleva preocupación social e intenta apropiarse de él marcando la agenda mediática. Como es el caso de la inmigración en un contexto en el que el gobierno español ha decretado la regularización de más de medio millón de inmigrantes. Y, obviamente, intenta relacionarlo con otras cuestiones con el objetivo de aumentar su consenso electoral bien donde ya ha penetrado -los jóvenes varones- o bien donde sabe que tiene notables dificultades -los barrios obreros, las mujeres-.
Un partido vertical
La crisis de Vox no es tanto por rupturas ideológicas, como por luchas de poder en su seno. Un número nada desdeñable de militantes neofalangistas ha entrado en Vox poco a poco desde 2016 y sobre todo en 2019, mientras Vox ocupaba el lugar central de la extrema derecha e iba vaciando las atomizadas y marginales formaciones existentes. Los neofalangistas no son un grupo compacto o una corriente y han convivido con los más neoliberales.
Cierto, los temas ideológicos no están ausentes de las tensiones actuales en Vox. Es el caso, por ejemplo, de la cuestión del apoyo incondicional a Israel. Algunas figuras que han abandonado el partido, como la ex-diputada y actual concejala en el Ayuntamiento de Madrid, Carla Toscano, el mismo Ortega Smith o el ex-líder y ex-vicepresidente de Castilla y León Juan García-Gallardo han acusado al «lobby sionista» de mandar en Vox. Junto a Trump y Orbán, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, es, de hecho, el otro gran referente y aliado de Abascal. Y según algunos ex-dirigentes de Vox dejaron entrever, también uno de sus financiadores.
Sin embargo, la cuestión principal a retener es que Vox es un partido jerarquizado y piramidal en el que la democracia interna brilla por su ausencia. Toda una serie de reformas a los estatutos, aprobadas entre 2019 y 2024, han quitado cualquier mínimo poder no solo a los afiliados -algo más de 67.000 en 2025, según datos del partido, aunque cerca de la mitad no paga sus cuotas-, sino inclusive a los cuadros, los grupos parlamentarios o el mismo Comité Ejecutivo Nacional. Todos los candidatos y los cargos orgánicos son nombrados a dedo por Abascal y su «círculo mágico», que controlan directamente también las cuentas bancarias de las federaciones municipales y provinciales.
No debería extrañar, consecuentemente, que, según cálculos del periodista Xavier Rius Sant, ya en 2020 el partido había disuelto a 40 de los 52 Comité Ejecutivos Provinciales, sustituyéndolos por comisiones gestoras, y que cerca de la mitad de los concejales elegidos en 2019 se habían dado de baja o habían sido expulsados en 2022. Unas dinámicas que siguieron también en los años siguientes en una organización que es controlada manu militari por un puñado de personas.
Trumpismo a la española
Hagamos un paralelismo. Abascal es trumpista no solo desde el punto de vista ideológico, sino también en la manera en que gestiona el poder. Por un lado, el líder manda como si fuera un señor feudal: los que levantan la voz, caen en desgracia y pierden sus favores, y terminan siendo expulsados e, incluso, amenazados. Por otro, según los propios disidentes de Vox, el líder piensa principalmente en enriquecerse y en enriquecer a su familia y amigos. Algo, por cierto, que también Orbán hacía hasta ahora en Hungría en un sistema definido acertadamente como cleptocrático.
El mencionado ex-líder del partido en Murcia, José Ángel Antelo, ha declarado que «en Vox no existe la democracia, la libertad. Es el imperio del miedo», mientras que el ex vicepresidente del Comité de Garantías del partido, José Francisco Garre, ha hablado de «comportamientos cuasi mafiosos» en la cúpula partidaria. Por su parte, García-Gallardo ha afirmado que Vox es «el plan de pensiones [ahorro para la jubilación] de Abascal» y Ortega Smith ha tachado al círculo cercano a Abascal de «empresarios fracasados, profesionales de tres al cuarto que nunca han sido capaces de ganarse la vida».
En estas denuncias se incluye a figuras como Gabriel Ariza y Kiko Méndez-Monasterio, propietarios de un conglomerado de empresas estrechamente vinculadas a Vox. Todo esto explica el sinfín de acusaciones sobre la corrupción interna en el partido que incluye supuestos sobresueldos para el núcleo duro, favores a las empresas a dirigentes o contratos para la mujer de Abascal, Lidia Bedman. Sin contar el escándalo de corrupción que explotó en diciembre de 2025 en la organización juvenil de Vox, Revuelta, y los que sobrevuelan la Fundación Disenso, de la cual Abascal es presidente perpetuo.
¿Y ahora qué?
A mediados de marzo de 2026, algunos de los purgados, como Ortega Smith y Espinosa de los Monteros, publicaron un manifiesto donde atacan la opacidad de la gestión del partido, la concentración extrema del poder y la línea política de Vox. Asimismo, lanzaron una recogida de firmas para reclamar un congreso extraordinario abierto a todos los afiliados. A finales de ese mes habían asegurado tener ya 1.500 firmas. Según los estatutos, necesitarían llegar a 20% de los afiliados, unas 13.500 firmas si damos por buenos los datos proporcionados por Vox; algo prácticamente imposible. Y, aunque lo consiguieran, es muy probable que no tendría consecuencia alguna. El partido no es permeable a las presiones desde abajo: es como una empresa o una monarquía absoluta.
Sin embargo, en las elecciones de Castilla y León, los escándalos parecen no haber influido en el electorado de Vox. Si bien no cumplió con las expectativas, los seguidores de Abascal obtuvieron su mejor resultado en unas elecciones, rozando el 19% de los votos. Pero la coyuntura internacional, marcada por la intervención de Israel y Estados Unidos en Irán y el «No a la guerra» enarbolado por el presidente Pedro Sánchez, así como el miedo a las consecuencias económicas del conflicto, sí parece haber frenado el avance de Vox. Ahora bien, en el futuro, si las denuncias siguen y las investigaciones conllevan sentencias por corrupción, Vox podría pagar las consecuencias de todo ello.
Un primer test serán las elecciones en Andalucía, convocadas para el próximo 19 de mayo. De todas formas, si miramos hacia otros países, como Argentina, Estados Unidos o Italia, no parece que los escándalos de corrupción hagan mella en el electorado de extrema derecha. Hungría parece haber sido la excepción el pasado 12 de abril. Veremos si es o no la excepción que confirma la regla.

