Opinión
Mayo 2020

¿Por qué el capitalismo puede soñar y nosotros no?

Durante años, el liberalismo estuvo culpando a las utopías de todos nuestros males, desde el nazismo hasta la Unión Soviética. Y un día nos despertamos y es el capitalismo el que sueña con ellas.

¿Por qué el capitalismo puede soñar y nosotros no?

En el barrio de Retiro, en la ciudad de Buenos Aires, se pueden ver dos grandes torres con el logo de WeWork en la cima. Son las torres Bellini, en la esquina de las calles Esmeralda y Paraguay. Por las ventanas se ven amplios espacios abiertos y paredes cubiertas con madera, plantas y frases inspiradoras como «Hacé lo que amás». Adentro varias personas trabajan: algunos son freelancers con sus notebooks, que comparten un espacio ameno; en otros casos se trata de oficinas enteras mudadas allí por decisión de sus empresas. WeWork es una companía de coworking que tiene 230 oficinas repartidas en 71 ciudades de 20 países. La torre Bellini es, dicen, el segundo edificio de coworking más grande del planeta. Hay otra filial en la Avenida del Libertador, a la altura de la localidad de Vicente López.

El coworking es el trabajo en un espacio compartido, la disolución de la empresa en nuestras vidas. Las oficinas como espacio de trabajo nacieron a fines del siglo XIX, poco después de las fábricas, y adoptaron su lógica: ordenar a los trabajadores de forma monótona y eficiente para producir de manera estandarizada. En la década de 1990, cuando la economía posindustrial brillaba como un diamante loco sobre la burbuja de las puntocom, aparecieron esas oficinas sin paredes, con pufs y mesas de ping-pong, a las que nos tienen acostumbrados las empresas tecnológicas y los creativos publicitarios. Simultáneamente, los cafés se llenaron de freelancers sin oficina que iban a trabajar a sus mesas. El coworking surgió de la unión de estos freelancers y aquellas oficinas. Pero aún había que transformarlo en un gran negocio.

Eso es lo que hicieron Adam Neumann y Miguel McKelvey, los fundadores de WeWork. Dos jóvenes fanáticos de la película Wall Street, criados en comunidades (Adam, en un kibutz; Miguel, en una comunidad hippie de Oregón) y educados en instituciones de elite. Comenzaron alquilando edificios viejos en Brooklyn para reciclarlos como espacios de coworking. En 2010 lanzaron WeWork y en menos de ocho años atrajeron a inversores como Goldman Sachs y JP Morgan y a clientes como Siemens, Microsoft y Amazon. WeWork alcanzó a cotizar en 20.000 millones de dólares, mucho más que empresas inmobiliarias históricas. Alquilaba la mayor parte de sus instalaciones y hacía poco más que acondicionarlas. El resto era pura «filosofía WeWork»: un discurso de espíritu comunitario, consumos hipster y buena onda para que el trabajo de oficina se confundiera con la diversión y la vida misma. «Estamos haciendo kibutz capitalistas», dijo Neumann, y se refería a sus clientes como la WeGeneration, «una generación de emprendedores emocionalmente inteligentes e interconectados a la que le preocupa el mundo, quiere hacer cosas copadas y ama el trabajo». Como parte de esa filosofía proyectaron WeLive, departamentos de alquiler para vivir sobre las oficinas, y WeGrow, un jardín de infantes que incluye vida de granja, clases de branding para niños y una pedagogía enfocada en desarrollar el «superpoder de cada niño». Neumann llegó a confesar a la revista Forbes que, de concretarse la colonización de Marte a cargo de la empresa aeroespacial SpaceX, de Elon Musk, quiere instalar sus oficinas en el planeta rojo.



En octubre de 2019 WeWork canceló su salida a la Bolsa. Las auditorías demostraron que era insolvente y el SoftBank debió hacerse cargo de la empresa. Previsiblemente, harán una serie de recortes profundos para bajar costos y asegurarle algo de rentabilidad. El sueño comunitario devendrá en una austera empresa de alquiler de oficinas. El ascenso y caída de WeWork nos recuerda el de la Argentina macrista: se trató de ocultar un modelo de negocios viejo y poco rentable con deuda y un CEO carismático hasta que los números no dieron más. Pero también nos habla del capitalismo actual: ¿por qué el corazón del capitalismo financiero confió en una empresa que proponía un kibutz capitalista y que hablaba en serio de abrir filiales en otro planeta sin haber dado un dólar de beneficio?

En la respuesta se mezclan dos patologías. En primer lugar, la sobreliquidez que lleva a los capitales a invertir en cualquier startup, esas «empresas incipientes», sin beneficios pero con promesas de crecimiento exponencial gracias a las nuevas tecnologías. En segundo lugar, una predisposición del capital a imaginar mundos que dotan de contenido a esos proyectos. Hace mucho tiempo que los capitalistas abrigan y financian fantasías como si quisieran escapar de este mundo, mucho más violento y desigual de lo que se esperaba hace 20 años. Y no está mal, porque el presente siempre es horrible y el futuro es el único lugar al que huir corriendo. La pregunta es por qué dejamos de hacerlo nosotros.

Ya pasamos demasiado tiempo hablando de utopías. Durante años, el liberalismo estuvo culpándolas de todos nuestros males, desde el nazismo hasta la Unión Soviética. Y un día nos despertamos y es el capitalismo el que sueña con ellas: los proyectos de Elon Musk para colonizar Marte, el plan de Ray Kurzweil de subir su mente a una computadora que le garantice inmortalidad… o WeWork, el falansterio 2.0 que quería fundir nuestra casa y nuestra vida con el trabajo de oficina.

El error fue dejar de soñar nosotros, regalarle el futuro a un puñado de millonarios dementes por vergüenza a sonar ingenuos o totalitarios. El realismo político y la necesidad de resistir fueron arrinconando a la izquierda y los movimientos populares en formas de movilización y organización esencialmente defensivas, locales e incapaces de ir más lejos que la mera reproducción de las condiciones de vida ya precarias de los grupos en lucha. Granjas cooperativas, fábricas recuperadas, comedores comunitarios, centros de estudiantes y otras formas emergentes demostraron creatividad y eficacia para detener o moderar el impacto de políticas impopulares, pero pocas veces estas estrategias lograron avanzar más allá de los grupos directamente involucrados y proyectar un futuro alternativo para el conjunto de la sociedad.

Luego de cada estallido social, cuando el gas lacrimógeno se dispersa y la calle se desocupa, no importa la gran derrota o la pequeña victoria que los manifestantes se lleven a casa, el mapa será el mismo: grandes bolsones de resistencia y autogestión, más o menos reprimidos, más o menos abandonados, junto a los cuales los gerentes de la vida pública y privada seguirán proyectando futuros para entregarle unos años más de vida a un capitalismo que ya parece haber dado todo de sí. Mientras tanto, los nuevos movimientos derechistas, que saben articular la agenda social conservadora con un proyecto de sociedad futura atractivo tanto para los jóvenes como para la clase trabajadora, se dedican a colonizar el imaginario colectivo y las energías políticas.

En esta hora de rebeliones en todo el mundo, no podemos ceder el honor de pensar el futuro a esa gente. La parábola de WeWork, que vende un modelo de negocios insolvente a costa de endeudamiento y una vaporosa imagen de sociedad futura en la que trabajar y vivir son lo mismo, es la de la América Latina gerencial del giro a la derecha y la de un mundo que crece cada vez con mayor lentitud y confía cada vez menos en la democracia para gobernarse.

Recuperemos alguna idea de futuro o alguien lo hará por nosotros.


Nota: este texto es un extracto de ¿Por qué el capitalismo puede soñar y nosotros no? Breve manual de las ideas de izquierda para pensar el futuro (Siglo Veintiuno / Crisis, Buenos Aires, 2020).





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