Alemania tras las elecciones regionales: salir del «letargo suicida»
septiembre 2026
El «cortafuegos» alemán contra la extrema derecha viene impidiendo que esta asuma gobiernos, pero no logra frenar su crecimiento. Dos semanas después de la histórica victoria electoral de Alternativa para Alemania (AfD) en Sajonia-Anhalt, el partido ha aumentado sus votos en las otras dos elecciones regionales: Berlín y Mecklemburgo-Pomerania Occidental. No obstante, en ambos estados podrían gobernar coaliciones progresistas. El ciclo electoral ha significado un golpe demoledor sobre todo para el canciller, Friedrich Merz, y su partido, la Unión Demócrata Cristiana (CDU). Y la pregunta sigue siendo: ¿cómo frenar a la ultraderecha?
Como «letargo suicida» describió en 1937 el jurista y constitucionalista Karl Loewenstein la actitud de las instituciones y los partidos democráticos que no habían sabido impedir el colapso de la República de Weimar y el ascenso del nacionalsocialismo. Las instituciones, los actores y el contexto de hoy son otros, pero ha quedado claro -por las repercusiones nacionales e internacionales- que el resultado electoral en el pequeño estado oriental de Sajonia-Anhalt representa una cesura histórica para la democracia alemana. Donald Trump y Elon Musk celebran, y desde el Kremlin llegan tonos de satisfacción. Mientras, se escuchan voces preocupadas en Polonia o Francia.
En Alemania, el título del semanario Die Zeit resume lo que decenas de miles de manifestantes en varias ciudades del país y referentes políticos de todos los partidos democráticos subrayan bajo el impacto del resultado del 6 de septiembre: «Ha llegado la hora de la verdad» [Der Ernstfall ist jetzt]. Por primera vez desde 1945, un partido de extrema derecha populista está a un paso de asumir la responsabilidad de gobierno en un estado federado. Con 43,8% de los votos, Alternativa para Alemania (AfD, por sus siglas en alemán) logra el mejor resultado de su historia, y el mejor resultado obtenido jamás por un partido de cualquier ideología en ese estado desde la reunificación alemana. No obstante, no le será fácil gobernar: le faltan tres escaños para la mayoría absoluta. Pero organizar un gobierno sin su participación resulta todavía más complicado.
Dos semanas después, el 20 de septiembre, otras dos elecciones parlamentarias regionales estuvieron igualmente cargadas de tensión. En Mecklemburgo-Pomerania Occidental -también ubicado en la ex-Alemania comunista-, AfD se convirtió, como ya ocurrió en Sajonia-Anhalt, en la fuerza más votada. Con 38,2%, logra más que duplicar su resultado anterior. El Partido Socialdemócrata (SPD) le sigue de cerca, con 35,5%. Eso es 4,1% menos que en la elección anterior, pero casi 17% más de lo que indicaban las encuestas hace apenas un año. El resultado no alcanza para continuar la coalición vigente solo con Die Linke [La Izquierda], que redujo su votación. Sin embargo, si se suman los Verdes (5,7%), la actual jefa de gobierno, Manuela Schwesig, podría seguir en el cargo, liderando una coalición progresista tripartita.
En la otra cita electoral, en Berlín, Die Linke fue el gran triunfador de la jornada. Su candidata, la abogada Elif Eralp -proveniente de una familia de sindicalistas turcos exiliados en Alemania-, duplicó los votos obtenidos anteriormente y el partido se convirtió, por primera vez en su historia, en el más votado, con 25,7% de los sufragios. La coalición de gobierno hasta ahora vigente pierde su mayoría: la Unión Demócrata Cristiana (CDU) cae a 18,8% y el SPD, a 12,1%. De ahora en más, Die Linke podría gobernar en una coalición progresista con los Verdes (14,3%) y el SPD.
Un punto crítico de las negociaciones de coalición será la socialización de viviendas en manos de grandes empresas inmobiliarias privadas que posean más de 3.000 unidades en Berlín: Die Linke y los Verdes están a favor de hacer valer el resultado del referéndum de 2021 en el que casi 60% de los votantes apoyó la iniciativa, mientras que el presidente del SPD en Berlín, Steffen Krach, ha anticipado su oposición. Como alternativa, sería concebible una coalición entre la CDU, los Verdes y el SPD. AfD tampoco tiene opciones de poder en Berlín, pero logra allí también el mejor resultado de su historia, con 16,3%, 7,2 puntos porcentuales más que en la elección anterior.
AfD: un crecimiento sostenido
Ya es claro que los porcentajes cada vez más altos logrados por los populistas de derecha no son un mero accidente. En campañas electorales extremadamente polarizadas, quedó claro lo que estaba en juego y lo que representa AfD. A diferencia de otras derechas europeas, AfD no apuesta por la moderación: todo lo contrario. La Oficina Federal para la Protección de la Constitución clasificó a la filial de AfD de Sajonia-Anhalt como «extremista de derecha confirmada», entre otras razones, por su «desvalorización de grupos de personas en función de su identidad étnica o religiosa» y por su «ideología racista». Lo mismo vale para otras cuatro filiales regionales de AfD en el este de Alemania. En el nivel nacional y en Berlín, AfD es considerada un «caso sospechoso». Es cierto que en Berlín y Mecklemburgo-Pomerania Occidental el partido colocó como cabeza de lista a figuras más bien moderadas y que, en Sajonia-Anhalt, Ulrich Siegmund se muestra con un rostro amable y desenfadado. Pero ni él ni su partido se esfuerzan por ocultar sus posiciones etnonacionalistas, racistas y en parte contrarias a la Constitución.
Cuando la revista Der Spiegel puso a Siegmund en la portada como «el hombre más peligroso de Alemania», él aprovechó el titular para su campaña. Al igual que AfD, Siegmund promueve abiertamente la idea de la «remigración», es decir, la expulsión forzosa de inmigrantes en situación irregular. En su versión más radical, defendida por sectores del partido, esta política se extendería incluso a inmigrantes legales si estos no se muestran «compatibles con los valores de la cultura alemana» -una postura que críticos y varios tribunales administrativos alemanes consideran contraria a la Constitución-. Siegmund hizo campaña contra los medios públicos, contra los programas de inclusión y diversidad, y a favor de un giro educativo nacionalista-conservador. Que este discurso prende, y que las posiciones de extrema derecha son cada vez más aceptables socialmente, lo demuestran desde hace años numerosos estudios, como la investigación «Mitte» de la Fundación Friedrich Ebert.
Estos resultados de AfD, entonces, no son ya ninguna sorpresa. Lo único sorprendente (por no decir preocupante) fue que el canciller federal, Friedrich Merz, en una primera reacción espontánea al resultado de Sajonia-Anhalt, dijera que «no lo había esperado» en esa magnitud. Las encuestas habían previsto con bastante precisión la dimensión del vuelco. Y, además, AfD crece de manera ininterrumpida desde hace años. En todas las elecciones de los últimos tres años en los niveles estatal, federal y europeo, AfD mejoró claramente sus resultados anteriores. Hace dos años, el partido se convirtió, por primera vez, en el más votado en un parlamento regional, en Turingia (con 34,3%). Actualmente es la principal fuerza de oposición en el Bundestag (con 20,8% de los votos) y en la mitad de los 16 estados federados, entre ellos cuatro del oeste de Alemania.
Su crecimiento no es un fenómeno exclusivo del este: se extiende a todo el país. En el fin de semana que medió entre ambas elecciones regionales hubo elecciones municipales en Baja Sajonia. Allí, AfD obtuvo solo 15,9%, pero eso representa un aumento de nada menos que 11,3 puntos porcentuales respecto de la elección anterior. En Sajonia-Anhalt ganó en casi todos los estratos sociales y grupos demográficos, aunque su perfil de votante más marcado sigue siendo el de hombres de entre 35 y 60 años y con un nivel educativo más bien bajo. Una señal de alarma, en particular para los socialdemócratas: en las tres elecciones regionales, AfD gana claramente en sectores obreros; en Sajonia-Anhalt, incluso con 61%. Si hoy hubiera elecciones federales, según las encuestas, AfD sería, con entre 27% y 30%, la fuerza más votada por amplio margen.
Cuánto tiempo más se pueda mantener a AfD alejado del poder depende, en parte, de la estabilidad del «cordón sanitario» o «cortafuegos» (Brandmauer). Hasta ahora, se mantiene el consenso de los partidos democráticos de no cooperar con AfD ni buscar mayorías junto a esta agrupación, en ningún nivel de gobierno. Sin embargo, el crecimiento sin freno de AfD empuja a los demás partidos hacia coaliciones cada vez más incómodas y complicadas, y el resultado de Sajonia-Anhalt lleva ahora esa estrategia al límite.
En el nuevo parlamento regional de Sajonia-Anhalt que se inaugurará el 6 de octubre reina un empate: los partidos del «cordón sanitario» suman 39 escaños, tantos como la bancada de AfD. Entre ambos bloques se sitúan los cinco diputados de la Alianza Sahra Wagenknecht (BSW, por sus siglas en alemán). Esta escisión de Die Linke combina ideas económicas de izquierda con posiciones conservadoras en materia de valores. Su punto de contacto con AfD está en la postura favorable a Vladímir Putin y en la exigencia de una limitación más estricta de la inmigración. BSW rechaza el cordón sanitario y ya mantuvo conversaciones exploratorias con AfD, aunque después descartó tanto una coalición con este partico como con el bloque del cordón sanitario. Si BSW se abstiene en la elección del jefe de gobierno regional, tal como anunció, a AfD le bastaría con un disidente (es decir, una abstención adicional) proveniente del bloque del cordón sanitario. En la tercera vuelta, alcanza con la mayoría simple.
De ningún modo está garantizado que, en estas condiciones, AfD logre gobernar. Pero resulta aún más difícil formar un gobierno sin AfD, incluso si la CDU superara su rechazo categórico a cooperar con Die Linke. Circulan modelos de un gobierno encabezado por una figura independiente, por encima de los partidos. Pero no está claro quién podría ser esa persona, ni cómo funcionaría un gobierno de ese tipo.
Si AfD llegara al poder en Sajonia-Anhalt, hay pocos motivos para suponer que se moderaría. Investigadores del extremismo de derecha como Matthias Quent consideran que la esperanza de que su incorporación al gobierno produzca un desencanto está refutada por la historia y la evidencia empírica. David Begrich, del área de trabajo sobre extremismo de derecha de la ONG Miteinander, en Magdeburgo, teme que Sajonia-Anhalt se convierta en «un laboratorio para la política de derecha autoritaria». La estabilidad de las instituciones democráticas y del Estado de derecho se pondría entonces a prueba.
Sobran los argumentos para mantener el cordón sanitario allí donde todavía sea posible. Pero también está claro que, si bien este es un instrumento importante para mantener a la extrema derecha alejada del poder, no sirve para frenar su crecimiento. Tampoco parece efectivo, a largo plazo, centrar la campaña electoral únicamente en impedir el triunfo de AfD, aunque en lo inmediato esta estrategia sí dio resultado en algunos casos. En Mecklemburgo-Pomerania Occidental, el SPD se benefició de plantear la contienda como un duelo directo con AfD: Manuela Schwesig, «La mujer contra el azul» [Die Frau gegen blau]. En Sajonia-Anhalt, el SPD (9,3%) y los Verdes (8,9%) obtuvieron mejores resultados de lo que se anticipaba gracias a la campaña «Votar tácticamente» (Taktisch Wählen), promovida por la sociedad civil, cuyo objetivo era impedir una mayoría absoluta de AfD. La polarización en ambos estados llevó a una participación electoral récord -apenas por debajo de 80%-, pero de esa movilización también se benefició AfD, que en los dos estados atrajo a más abstencionistas que todos los demás partidos juntos. En Berlín, en cambio, la polarización se dio sobre todo entre la CDU y Die Linke; también allí hubo una alta participación (74,2%), pero AfD quedó como tercera fuerza y es Die Linke quien activó a la mayor cantidad de abstencionistas.
Las claves para quebrar la «ola azul» están, entonces, en otro lado. El método populista de AfD (escenarios de catástrofe, fomento del miedo, chivos expiatorios, antielitismo, emocionalización y promesas de salvación) se nutre de una crisis de credibilidad y confianza de los partidos democráticos, y a la vez la profundiza. La fortaleza de AfD es también la debilidad de los demás. El camino para salir de esa situación está, para los partidos democráticos, lleno de incertidumbres y dilemas. Sin embargo, no tendrían por qué mostrarse tan derrotistas y desorientados como lo hacen ahora muchos referentes políticos compungidos. Al fin y al cabo, algo se puede aprender de la experiencia acumulada en el trato con los movimientos populistas de derecha. Marcel Lewandowsky y Anna-Lisa Neuenfeld sistematizaron recientemente los hallazgos empíricos al respecto en el informe «Parteien im Stresstest» [Los partidos bajo estrés].
Ninguno de estos enfoques es suficiente por sí solo, ni mucho menos son fáciles de aplicar. A continuación se plantean cuatro ejemplos, que también pueden deducirse de las lecciones de las tres últimas elecciones regionales.
Primero, no dejar el futuro en manos de la derecha. AfD catastrofiza el presente, pero al mismo tiempo hace campaña con una visión positiva de futuro -la vuelta a una imagen mítica y distorsionada de un pasado que nunca existió de esa forma-; pero aun así, su mirada está dirigida hacia adelante: «todo es posible», mientras que los demás partidos, en su lucha «contra la derecha» y en la defensa de la democracia, son percibidos a la vez como defensores timoratos de un statu quo disfuncional. Mientras que en Berlín los principales eslóganes de campaña de la CDU («Berlín será») y del SPD («De nuevo Berlín») resultaron bastante vagos e intercambiables, Die Linke articuló su campaña, más exitosa, en torno de una visión concreta: «Hacer que Berlín sea asequible», con enfoque claro en el costo de vida y, en particular, en la vivienda. Con eso convenció sobre todo a los votantes jóvenes: casi la mitad de las personas de entre 16 y 29 años votó por esta fuerza.
Segundo, poner en agenda los propios temas. En lugar de limitarse a aceptar la agenda de AfD, la candidata del SPD, Manuela Schwesig, decidió combatir a la extrema derecha -y buscar el apoyo social- poniendo el acento en cuestiones centrales de su partido, frente a las cuales AfD tiene poco que ofrecer, en especial la política de jardines infantiles y la política industrial. En estas áreas, el electorado de Mecklemburgo-Pomerania Occidental considera al SPD más competente que AfD.
Tercero, el relativo buen desempeño del SPD en Mecklemburgo-Pomerania Occidental muestra la importancia del perfil de los candidatos. Sin Manuela Schwesig -conocida tras nueve años como jefa de gobierno regional y percibida como creíble, competente y «auténtica»-, el resultado de 35,5% del SPD no habría sido pensable. Pero ni en Sajonia-Anhalt ni en Berlín los partidos del cordón sanitario contaron con candidatos tan conocidos y populares, y allí obtuvieron, como máximo, 17,2% y 25,7% respectivamente.
Cuarto, se trata de volver a llegar a la gente. Por un lado, los populistas de derecha mantienen una fuerte presencia en el espacio público virtual: al fin y al cabo, las máquinas de indignación en línea favorecen estructuralmente también a quienes poco se preocupan por la verdad y explotan el odio y la indignación. Pero tanto Die Linke en Berlín como el SPD en Mecklemburgo-Pomerania Occidental lograron ampliar con mucho éxito su alcance también en las redes sociales. El desafío mucho mayor para los partidos que llevan décadas perdiendo peso es otro: el éxito de AfD se basa, sobre todo, en su presencia física y su arraigo en la sociedad. Precisamente allí donde otros partidos dejan ese vacío -sobre todo en las zonas rurales- AfD está visible y activo en clubes, asociaciones y comunas. AfD no solo está presente durante la campaña electoral: en muchos lugares construye comunidad.
Pero la clave más importante para revertir la tendencia hacia la derecha probablemente esté hoy en el gobierno federal. A menos de un año y medio de su asunción, 83% de los consultados está insatisfecho con la labor del gobierno de la gran coalición entre conservadores y socialdemócratas. El rimbombante plan de inversión de 500.000 millones de euros anunciado por el gobierno avanza con lentitud. Por lo demás, el gran paquete de reformas es percibido como una suma de recortes. 81% considera que las reformas son injustas. Este descontento históricamente alto con el gobierno federal sobrevoló todas las campañas electorales regionales y es el combustible ideal para la movilización antiestablishment de AfD.
A esto se suma un canciller federal, Friedrich Merz, cuya falta de experiencia de gobierno se manifiesta en errores de gestión y que, además, no deja de sermonear a la población, diciéndole que debe esforzarse más y pedir menos días de licencia por enfermedad. La crisis de gobierno es también una crisis de Merz. Solo 17% está satisfecho con su labor. Ningún canciller federal en funciones había tenido nunca índices de popularidad tan bajos. Su propio partido le pidió que se mantuviera al margen de las campañas electorales regionales.
Como presidente de la CDU, Merz había asumido con la promesa de «reducir a la mitad» a AfD. Para ello, llevó a la CDU hacia un rumbo de política migratoria más dura y hacia una idea neoliberal de «sociedad del esfuerzo», con más exigencia y menos prestaciones sociales. Ahora la CDU sufre lo mismo que ya les pasó a otros partidos europeos: tratar de hacer suyo parte del programa o del discurso de las derechas radicales no funciona como defensa. Los demócrata-cristianos son los grandes perdedores de las tres elecciones y quedaron fuera del Parlamento de Mecklemburgo-Pomerania Occidental al no llegar al piso de 5% de los votos -desde 1949 nunca había ocurrido algo semejante en ninguna región del país-. En consecuencia, el pánico y el temor existencial cunden ahora entre los conservadores. Así, en lugar de reducir a la mitad a AfD, fue la propia CDU la que se redujo en esa proporción.
En vista de ello, Friedrich Merz tiene actualmente mucho trabajo para acallar los llamados a su destitución, incluso dentro de su propio partido. Sin embargo, no planea un cambio de rumbo; al contrario, su respuesta hasta ahora es que, más que nunca, es necesario avanzar en las reformas «dolorosas», es decir, impopulares.
Dilemas socialdemócratas
El dilema estratégico del SPD se profundiza con este rumbo terco del canciller. No se vislumbra cómo los socialdemócratas, socios menores de la coalición, podrían lograr afilar de nuevo su perfil. Al fin y al cabo, los resultados de Sajonia-Anhalt y Berlín se suman a una historia de declive. Su electorado es cada vez más reducido y más envejecido. Las elecciones se centraron sobre todo en cuestiones relacionadas con el costo de vida –tradicionalmente, temas centrales de los socialdemócratas– en los que se considera que el gobierno federal es más parte del problema que de la solución. Las encuestas actuales sitúan al SPD, en el nivel federal, por debajo de su peor resultado histórico en la última elección al Bundestag, con alrededor de 13%.
El éxito de Manuela Schwesig en Mecklemburgo-Pomerania Occidental es una bienvenida excepción a esa tendencia, lo que también la fortalece dentro del partido. Sin embargo, logró ese éxito con una campaña en contra del rumbo del gobierno federal, del que ambos presidentes del partido forman parte como ministros. Todas las exigencias del SPD de renegociar el paquete de reformas, bajo el impacto de la humillación de Sajonia-Anhalt, y de hacer reformas «con la gente, en lugar de contra ella», fueron en gran medida rechazadas por Merz. Pero el temor es que hacer naufragar la coalición solo beneficiaría a AfD.
«Así no se puede seguir» es lo que se escucha en todos los partidos después del shock de las elecciones regionales, tanto en la CDU como en el SPD. Pero, por ahora, es difícil esperar cambios sustanciales en el rumbo de la complicada coalición.
Las lecciones que Karl Loewenstein -citado al comienzo de este texto- sistematizó a partir del colapso de la República de Weimar, y su concepto de «democracia militante», se incorporaron, por lo demás, a la Ley Fundamental alemana. Su arma más afilada es la prohibición de los partidos contrarios a la Constitución. Al menos desde que la Oficina Federal para la Protección de la Constitución clasificó por primera vez a AfD, en marzo de 2021, como «caso sospechoso de extremismo de derecha», en Alemania se discute un posible proceso de prohibición del partido. Partidarios y detractores se encuentran en todos los partidos. El ministro de Defensa, Boris Pistorius (SPD), y el jefe de gobierno de Baden-Wurtemberg, Cem Özdemir (Verdes), exigen ahora poner en marcha ese proceso, al menos en los estados donde AfD es considerado una agrupación extremista de derecha «confirmada». El Bundestag, el Bundesrat o el gobierno federal pueden solicitar el correspondiente proceso de revisión. La decisión final corresponde entonces al Tribunal Constitucional Federal. Los obstáculos para una prohibición son altos. El proceso duraría años, durante los cuales AfD podría seguir presentándose como víctima.
Pero por más importante que sea un instrumento jurídico de este tipo contra las organizaciones contrarias a la Constitución, no basta por sí solo. Para una democracia militante, resulta igual de decisivo que los partidos democráticos estén a la altura de su responsabilidad y encuentren caminos para salir de su propia crisis de credibilidad y de representación. Es evidente que las respuestas al avance de la derecha deben encontrarse, en primer lugar, en el plano político.

