El retorno de la geopolítica La política comercial en la era del TTIP y el TPP

Las perspectivas del comercio multilateral no son muy alentadoras, en gran medida porque ha retornado la geopolítica en un nuevo mundo multipolar signado por la renuencia a cooperar. Los nuevos megaproyectos de comercio liderados por Estados Unidos –el TTIP y el TPP– excluyen a las principales potencias emergentes: China, Rusia, India y Brasil. Pero no parece realista presuponer que esos países aceptarán reglas que se hayan negociado sin su intervención. Por el contrario, lo más probable es que surjan sistemas rivales y que la alternativa se dirima entre una regulación global abierta y un orden económico erigido en torno a bloques rivales.

Análisis | El retorno de la geopolítica  | La política comercial en la era del TTIP y el TPP | Julio 2015

=SERIE ESPECIAL SOBRE LOS ACUERDOS MEGAREGIONALES DE COMERCIO=

Introducción

A lo largo de décadas, el sistema de comercio multilateral se apuntaló sobre un gran caudal de respaldo político mientras favorecía un crecimiento económico sin precedentes. Tanto los Estados miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) como las economías emergentes promovieron con éxito la integración económica y la división del trabajo. El comercio internacional sacó a cientos de millones de la pobreza. Es cierto que el sistema multilateral también surtió efectos negativos, pero el balance final siempre ha sido positivo. El establecimiento de la Organización Mundial de Comercio (OMC) en 1995 fue un símbolo de la voluntad política que caracterizó a los años noventa. Tras el final de la guerra fría, todo indicaba que era posible organizar la cooperación sin hegemonía.

El sistema de comercio posterior a la guerra fría se erigió sobre principios organizacionales que se hallaban en vigencia desde fines de los años cuarenta. El Acuerdo General sobre Comercio y Aranceles (GATT por su sigla en inglés) había favorecido la integración económica y la cooperación política. Cabe mencionar que el legendario Artículo 1 del GATT –la cláusula de “nación más favorecida”– era mucho más que un instrumento para la liberalización del comercio. Tras las desastrosas experiencias de los años treinta, signadas por las devaluaciones competitivas y un drástico incremento del proteccionismo, los artífices de la arquitectura regulatoria de posguerra se abocaron a desarrollar instrumentos que favorecieran la cooperación pacífica. La receta funcionó bien para los países miembros o “partes contratantes” del GATT. Tras la desintegración de la Unión Soviética, el antiguo bloque oriental se incorporó al sistema de comercio existente. Incluso las arduas negociaciones con la Federación Rusa, que se dilataron a lo largo de casi veinte años, concluyeron en 2012 con la incorporación del país a la OMC en calidad de 156º miembro.

Hoy las perspectivas de la OMC no son muy alentadoras, en gran medida debido a este retorno de la geopolítica. El mundo multipolar del presente se caracteriza por su decreciente voluntad de cooperación. Y es obvio que este viraje no ha golpeado solo al sistema de comercio multilateral: ya se trate de la regulación financiera o de medidas conjuntas para frenar el cambio climático, la “cooperación más allá del Estado nación” se vislumbra difícil, si no imposible, como señaló Michael Zürn a fines de los años noventa. Ni siquiera el G20 –aclamado en sus comienzos como nueva y poderosa institución líder de la gobernanza económica mundial– ha sido capaz de producir resultados tangibles. El G20 ha logrado timonear bien las crisis, pero fracasa en la tarea conjunta de prevenirlas (Dieter, 2013). En 2014, Estados Unidos recibió un ultimátum de los demás miembros para implementar la reforma del régimen de cuotas acordada en 2010. Esta reforma duplicaba el capital del Fondo Monetario Internacional (FMI) a 720.000 millones de dólares, otorgaba seis puntos porcentuales de la cuota total a los países emergentes y traspasaba dos de los 24 cargos directivos de países europeos a países en desarrollo. La demora evidencia con bastante claridad que Estados Unidos no puede o no quiere contribuir a la reforma del FMI, circunstancia que no pasa desapercibida para los decisores políticos de los países en desarrollo y los mercados emergentes. El panorama se ve aún más confuso si se tiene en cuenta que fue Estados Unidos el impulsor de la reforma que ahora obstaculiza. Un observador avezado de la política estadounidense alegaría que la administración de Barack Obama continúa apoyando la reforma, pero el Congreso se muestra hostil. La aprobación parlamentaria es un requisito, de modo que el presidente Obama podría tratar de persuadir al Congreso, pero todo indica que este tema reviste importancia secundaria. La promoción de instituciones multilaterales no parece ser una prioridad para el actual presidente de Estados Unidos.

El progresivo abandono de la meta de establecer una regulación comercial global está conduciendo al retorno de los grandes tratados de comercio preferencial.2 Este rumbo de los acontecimientos deja entrever un paralelismo con la década de 1930. Por entonces, como ahora, aumentaba la división en bloques de la economía global, aparejada a una visible discriminación entre el comercio con aliados y el comercio con rivales. Los nuevos megaproyectos comerciales –es decir, los dos esquemas liderados por Estados Unidos, uno transatlántico y el otro transpacífico– subrayan esta tendencia. Tanto el Tratado de Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión (TTIP) como el Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP) dejan afuera a las principales potencias emergentes.1 China, Rusia, India y Brasil quedaron excluidos de la participación en estas iniciativas. En otras palabras, hoy las economías más grandes del mundo impulsan procesos de integración regional y crean proyectos mutuos. El cambio de marea es radical.

A lo largo de décadas, el concepto de integración regional se debatió primordialmente como instrumento de política económica para los países en desarrollo. En la primera oleada de integración regional, durante los años sesenta, los potenciales beneficios de esta estrategia despertaron un gran entusiasmo. Ampliando su mercado interno, los países en desarrollo podían alcanzar economías de escala y mejorar sus perspectivas económicas. Sin embargo, hoy el panorama ha experimentado un cambio drástico. La integración regional ya no es un concepto reservado principalmente a las economías pequeñas y medianas. Desde hace unos diez años, Estados Unidos y la Unión Europea (UE) apuestan cada vez más a los acuerdos de comercio preferencial. La consecuencia más obvia de este viraje es el debilitamiento estructural de la OMC y la erosión del orden multilateral existente. Se trata de un nuevo desafío para los grandes mercados emergentes, es decir, para los países del BRICS: Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica. ¿Qué alternativas tienen estos países para responder a las nuevas políticas de Estados Unidos y la UE? ¿Saldrán al rescate del sistema multilateral o, por el contrario, impulsarán sus propias estrategias comerciales por fuera de la OMC?

  • 1.

    Financial Times, 15 de enero de 2014, p. 4.

  • 2.

    A lo largo de este artículo, el término acuerdo de comercio preferencial se refiere a los tratados o acuerdos de libre comercio y las uniones aduaneras. Los términos tratado de libre comercio y área de libre comercio se usan indistintamente. El término acuerdo de comercio preferencial (a diferencia de acuerdo o tratado de libre comercio) indica que las economías participantes se conceden preferencias mutuas, pero no necesariamente implementan una política de comercio libre e irrestricto.