Opinión

Entre el legado de Deng y la herencia de Mao Xi Xinping ante los 40 años de la apertura china

El martes 18 de diciembre, China celebró 40 años del inicio de su apertura económica. El proceso iniciado por Den Xiaoping marcó el fin de la etapa maoísta. Sin embargo, Xi Xinping, a pesar de defender la política aperturista del país, se reconoce más en la herencia de Mao y pretende imitarlo.

Entre el legado de Deng y la herencia de Mao / Xi Xinping ante los 40 años de la apertura china

Tras volver del exilio político impuesto por la llamada «banda de los cuatro» –los célebres guardias rojos durante la Revolución Cultural–, Deng Xiaoping asumió el cargo de viceprimer ministro chino en 1977. Un año más tarde, el Partido Comunista Chino (PCCh) aceptó su propuesta de reformas de mercado bajo las cuales el país les dio la bienvenida a las inversiones extranjeras.

El maoísmo había logrado poner fin a décadas de inestabilidad y de gobiernos centrales débiles en el país. Había calurosos debates dentro del PCCh entre quienes ponderaban el cambio de mentalidad respecto de las tradiciones y quienesque señalaban que era menester modificar la vida material de las personas. Según el relato oficial contemporáneo, Mao fue «un gran marxista y un gran revolucionario», pero cometió «muchos errores». Con todo, su figura goza de gran popularidad entre la población, porque representa la unidad y el nacionalismo chinos. El Gran Timonel continúa presente en la vida cotidiana de los millones de chinos, por ejemplo, a través de los billetes de la moneda local, el renminbi (RMB).

Durante la denominada «restauración burocrática» de la década de 1970 –producida luego del colapso del Gran Salto Adelante y de la muerte de Mao–, Deng tuvo que librar fuertes batallas contra la flamante «banda de los cuatro». En 1977 heredó el poder de un país que había sido incapaz de alimentar a una población de más 1.100 millones de habitantes y que se encontraba sumergido en el subdesarrollo. A partir de entonces, puso en marcha las «cuatro modernizaciones» (agricultura, industria, tecnología y defensa, en ese orden) que venía patrocinando desde la fundación de la República Popular China en 1949.

El 18 de diciembre de 1978 y en el marco del Tercer Plenario del XI Comité Central del PCCh, Deng pronunció un discurso en el que sostuvo que China debía «emancipar la mente, buscar la verdad en los hechos y unirse en la búsqueda del futuro». El punto de arranque de la «política de puerta abierta» fue la creación de zonas económicas especiales, donde se propiciaba el ingreso de inversiones y capital privado extranjero, en un experimento único que combinó la economía de mercado con las «características chinas»

Estas zonas económicas especiales se ubicaron en las ciudades de Shenzhen, Zhuhai, Shantou y Xianmen. La elección de estas ciudades respondió a su ubicación geográfica costera y a su cercanía a Hong Kong y Taiwán, que ya eran dos centros consolidados de acumulación de capital por parte de los empresarios chinos en el exilio. Shenzhen es conocida hoy como el mayor mercado electrónico a escala global, pero por aquellos años era una pequeña aldea pesquera. La apertura significó un antes y un después para China. Una civilización que durante siglos había vivido puertas adentro y que siempre estuvo convencida de su superioridad se abría de modo imparable. Deng abrió las puertas a la inversión extranjera sin vuelta atrás, y trazó así las directrices básicas para avanzar hacia la «prosperidad». La modernización china fue iniciada, dirigida y controlada por el «cazador de ratones» que supo leer las necesidades de un país y desmontar las estructuras económicas del maoísmo, sin que importasen los encasillamientos ideológicos de los medios usados para este fin.

No fue solo la economía lo que movilizó a Deng y a los dirigentes que habían sido acallados, entre los que se incluye Liu Shaoqi, presidente de la República Popular entre 1959 y 1968 y uno de los precursores de las iniciativas que finalmente apadrinó Deng en la década de 1980. Ambos dirigentes trabajaron estrechamente en pos de enderezar la economía china, que estaba colapsada por el «ideologismo maoísta».

Con Deng se recuperó la institucionalidad interna y esto trajo consigo mayor libertad de expresión, bajo una suerte de liderazgo de tipo colectivo (aunque siempre dentro de los límites del Partido). Hasta entonces, quienes formaban parte del PCCh no habían visto otra cosa que un estado de agitación permanente. Con las reformas, se puso fin a la autarquía defendida por Mao. En este sentido, Xi también ha destacado la contribución de Deng –no así su figura– a la «corrección de los errores producidos durante y antes de la Revolución Cultural».

El discurso de Xi que recordó los 40 años del inicio del experimento de Deng no hizo mención directa de los desafíos específicos que viene enfrentando China, sobre todo a aquellos relativos a la economía, que no crece a los ritmos esperados –pero aún lo hace a «tasas chinas»–, y a la guerra comercial con Estados Unidos. En cambio, el líder mencionó la palabra «partido» 128 veces, mientras que solo 87 se refirió a la «reforma» y 67 a la «apertura».

La Xina más allá del legado de Deng

Ante el XIX Congreso del PCCh de 2017, Xi aseguró: «Mao hizo que China fuera independiente, Deng la volvió próspera y yo la haré fuerte». Xi anhela ser más que un «pequeño Mao». Su tarea primordial en la nueva era es cumplir el «sueño chino». De hecho, el xiísmo –cuyas ideas, estrategias y propuestas son hoy yaparte de los estatutos del PCCh– trabaja para que en 2049 (fecha del centenario de la República Popular China) el país sea una «potencia socialista moderna». Para alcanzar tal fin, Xi sostiene las tres riendas del poder presentes en China: el control del PCCh, el Ejército Popular de Liberación y el Estado chino. A su vez, la xiiplomacy –como se conoce la política exterior del actual líder– es la herramienta a implementar puertas afuera en un orden internacional multipolar y complejo. La internacionalización del yuan y la Iniciativa de la Franja y de la Ruta (One Belt, One Road) son sus estrategias. En su discurso, Xi ahondó en el concepto de ascenso armónico, estrechamente ligado al confucionismo, bajo el cual el desarrollo chino no representa una amenaza para ningún país. «No importa a qué etapa de desarrollo llegue, China nunca buscará la hegemonía», insistió.

Las reformas impulsadas por Deng que sacaron a China del comunismo visceral no deberían ser interpretadas desde Occidente como ensayos de liberalismo «con características chinas». Su legado, recordado por Xi, es el de haber sentado las bases de la apertura asociada a un gradualismo y pragmatismo necesarios dentro de las instituciones del PCCh como marco de legitimidad política, cuyo corolario más significativo fue haber sacado a 800 millones de personas de la pobreza.

Las reformas de Deng abrieron muchos desafíos. El vertiginoso desarrollo del país acarreó una serie de desequilibrios y efectos indeseados. La profundización de la brecha entre ricos y pobres, entre las provincias en vías de un desarrollo tecnológico avanzado y las agrícolas, los elevados índices de contaminación y la corrupción dentro y fuera de las filas del PCCh son algunos de ellos.

El salto cualitativo de Xi supone un nuevo horizonte, un tercer tiempo de la modernización, una nueva era. China decidió abrirse definitivamente al mundo y, en los últimos tiempos, viene ensayando una batería de respuestas a los retos que trajeron consigo los 40 años de apertura. Tal vez este conjunto de prácticas se asemeje más al maoísmo que al denguismo. Pero es pronto para saberlo.