Opinión

Volver a las raíces, pero ¿a cuáles?

¿Hacia donde debe ir el Partido Demócrata en la era Trump?

Volver a las raíces, pero ¿a cuáles?

En toda discusión sobre la crisis, es fácil olvidar lo ajustado que fue el resultado de las elecciones de 2016 en Estados Unidos. Donald Trump entrará próximamente a la Casa Blanca solo gracias a una institución que fue creada para poner obstáculos a los populistas como él: el sistema de electores. Si Hillary Clinton, además de haber logrado la mayoría de los votos, hubiera podido asegurarse también la mayoría de los electores, estaríamos hablando ahora de la crisis de un Partido Republicano extremadamente dividido. Pero los republicanos parecen estar unidos por la voluntad de poder y afirman haber obtenido un mandato, lo cual, en vista de la profunda división de la sociedad, es todavía menos plausible de lo que era cuando en el año 2000 George W. Bush fue elegido presidente sin haber obtenido tampoco la mayoría de los votos. Es que el «Grand Old Party» está acostumbrado a triunfar mediante una política de dividir a la sociedad por raza y etnia. Trump no ha «capturado» a los republicanos, sino que ha llevado consecuentemente esta política al extremo tal que ahora también los extremistas de derecha del movimiento «Alt-Right» («Derecha Alternativa») son parte de la coalición de votantes republicanos.

De todo modos, Trump atizó en tal medida el desprecio hacia las elites políticas (también esto es parte de la política republicana de división), que se ha puesto más en duda la gobernabilidad de Estados Unidos. Y a los blancos no universitarios, que se sienten los perdedores de la globalización económica y la modernización cultural, les ha hecho promesas políticas que se desvían sustancialmente de la política económica y social instaurada por los republicanos. Con ello logró, especialmente en los estados del cordón industrial, movilizar a las personas reacias a los comicios y quitarles votantes de este sector a los demócratas. Pero las expectativas de estos votantes (y ni hablar de las de los extremistas de derecha) se contraponen al mainstream republicano, especialmente en cuanto a las preferencias del ala económica. Si estas expectativas no se ven satisfechas, un Partido Demócrata «socialdemocratizado» podría volver a granjearse la voluntad de estos votantes. Y si se ven satisfechas –y así parece que será, especialmente en política comercial–, la coalición republicana seguirá estando sometida a tensión, mientras que un Partido Demócrata que se sienta garante del Estado tendría la posibilidad, con candidatos con menos antecedentes, de sumar puntos entre los republicanos moderados que hayan quedado y sus patrocinadores del mundo de los negocios.

¿Qué camino tomará el Partido Demócrata?

Desde la década de 1960, las derrotas llevaron al Partido Demócrata a la conclusión de que el país es demasiado conservador para una política socialdemócrata y, en su lugar, ha apostado a demócratas sureños más bien conservadores (Jimmy Carter, Bill Clinton) o a la promesa del cambio demográfico (Barack Obama). La dispar coalición de votantes demócratas se amalgamó merced a una mezcolanza de políticas identitarias (algo a favor de los afroamericanos, los latinos, la comunidad LGBTQ, los ecologistas, etc.), pero sobre la base de los restos de la coalición del New Deal, en especial los trabajadores organizados en sindicatos, que posibilitó entre las décadas de 1930 y de 1960 la creación del rudimentario Estado de Bienestar. Trump ha podido ahora cazar furtivamente y a discreción dentro de esta base electoral que se encuentra sublevada contra la globalización de la economía y la modernización cultural, cuyos representantes ve especialmente en el Partido Demócrata y que –cree– la han elegido como víctima.

La izquierda socialdemócrata de los demócratas del entorno de la senadora Elizabeth Warren lamenta la malograda precandidatura de Bernie Sanders, quien no cayó en la trampa de la superioridad moral («when they go low, we go high» o «cuando ellos caen bajo, nosotros nos elevamos»), una superioridad que, desde el punto de vista de los perdedores, combina con la actitud desdeñosa con que esa base electoral ha sido tratada por Hillary Clinton («deplorables»), por Obama y anteriormente también por Bill Clinton: hay que prestar más atención en la escuela para estar en condiciones de afrontar el mundo global y moderno. Sanders –argumentan– podría haber triunfado con una política contra la injusticia social, algo que Clinton no pudo representar de manera creíble. Si ella hubiera, si ella hubiera… El hecho de que ahora Sanders le tome la palabra a Trump y le ofrezca su colaboración para medidas que realmente contribuyan a una mayor justicia social probablemente evidencie que la justicia social es algo que le importa sobremanera (durante sus años de congresista y senador «independiente» se acostumbró a formar coaliciones interpartidarias sin que eso lo haya hecho necesariamente famoso). Pero también muestra –además de una subestimación de la cuota de racismo y hostilidad hacia los inmigrantes de estos votantes de Trump– que quizás no conozca lo suficientemente bien al Partido Demócrata. Es que, más allá de las diversas políticas identitarias y del gesto de Estado (cooperación en lugar del usual bloqueo de los republicanos cuando gobernaba Clinton), la política económica y social de los demócratas –también la política comercial– no está tan lejos del mainstream republicano. A este consenso de la política estadounidense neoliberal y amigable con la economía lo denominé alguna vez «hegemonía republicana»; que Barack Obama haya invertido su capital político en imponer una política de salud que es, en el fondo, republicana (desarrollada por la Heritage Foundation como contraproyecto a la propuesta reformista de los Clinton y luego implementada por Mitt Romney en Massachusetts), en lugar de alterar la relación de fuerzas entre trabajo y capital a favor de la base sindical de la vieja coalición del New Deal era algo que combinaba bien, al igual que la resistencia de los republicanos a su propia política, pues lo que estos más deseaban era que no hubiese ninguna reforma.

Ahora da la impresión de que el consenso neoliberal fuera roto más por el Partido Republicano controlado por Trump que por los demócratas; una reacción contra el libre comercio a la que se añaden proyectos de infraestructura financiados con endeudamiento y una política social que respete el «socialismo pragmático» de los votantes estadounidenses y no ataque los programas establecidos, aun cuando el vocero de la Cámara de Representantes, Paul Ryan, tenga una idea completamente distinta. A esto se suman obviamente las usuales rebajas de impuestos para los ricos. Quizás Trump logre hacer que las empresas estadounidenses creen o mantengan puestos de trabajo industriales, tal como sucedió recientemente en el caso de Carrier, fabricante de aparatos de aire acondicionado. Pero si una tendencia al proteccionismo (y al aislacionismo) por parte de Estados Unidos llevara a una crisis económica, los actuales perdedores deberán seguramente pagar el precio. A Trump, que no los ha tratado menos desdeñosamente que sus competidores republicanos, y al ala económica de los republicanos esto puede resultarles indiferente. Pero no les resultará indiferente una crisis global desatada por una ola de renacionalización –entendida esta, en parte, en términos étnicos–, que conduzca a una espiral descendente de políticas del estilo beggar thy neighbour («empobrecer al vecino»), tal como ya lo dan a entender las amenazas post-Brexit de reducir impuestos a las empresas en Reino Unido. ¿Se pondrá el Partido Demócrata en esta cuestión realmente del lado de los simplones detractores del libre comercio? ¿No será mejor trabajar de forma más decidida en la regulación social y ecológica de la economía mundial?

Y aun cuando se imponga el favorito de la izquierda del Partido Demócrata en las elecciones para presidente del «Comité Nacional Demócrata», Keith Ellison, de Minnesota, no es para nada claro si el partido podrá hacer una reorientación en torno de un proyecto completo de política social. En realidad, Ellison es no solo la esperanza de una política socialdemócrata sino también, en su calidad de musulmán negro, el mascarón de proa del cambio demográfico hacia una majority-minority society, o sea, una sociedad en la que la suma de las minorías sea mayor que la de la población blanca. En las próximas elecciones podría ser suficiente para granjearse, con mejores candidatos, el favor de estos votantes en las urnas y para triunfar luego también en el colegio electoral.


Traducción: Carlos Díaz Rocca

http://www.ipg-journal.de/kolumne/artikel/zurueck-...

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