Ensayo

Variaciones sobre la democracia posmoderna

La temática de las transiciones a la democracia, que dominó el periodo de expansión de las libertades civiles a partir de la década de 1980, parece haber cedido lugar al problema de la crisis de legitimidad, que abarca también a las democracias más antiguas y se combina con una creciente desigualdad social. Las últimas contribuciones de Jürgen Habermas, teórico de referencia en la década de 1980, permiten enmarcar los nuevos problemas de la legitimidad, determinados por el surgimiento de una «oligarquía tecnocrática».

Variaciones sobre la democracia posmoderna

1. El problema de la democracia se convirtió en la secuela natural de las clásicas reflexiones político-filosóficas de la Modernidad, preocupadas por asuntos tales como la justificación del Estado y su formalización jurídica, los dilemas de la representación y de la soberanía populares y el interés por asegurar las libertades y los derechos humanos. El trasfondo histórico de estas derivas conceptuales estuvo signado por el ocaso de los absolutismos y la irrupción de las masas en la vida política, las cuales fueron ganando cada vez mayor gravitación durante el último siglo y medio.

Desde otro plano, el impulso que recibió la ciencia política en Estados Unidos después de la segunda posguerra mundial y en los inicios de la Guerra Fría dejó su marca en la agenda de intereses programáticos de la disciplina. Más tarde, las sucesivas caídas de las dictaduras sudamericanas a lo largo de la década de 1980 y el posterior derrumbe de los comunismos europeos a partir de finales de esa misma década ubicaron el problema de la transición democrática en el centro de las discusiones internacionales.

El sistema democrático terminó ampliando sus horizontes de manera inédita. América Latina y Europa oriental se transformaron en territorios en los cuales se habían afianzado democracias que, cualesquiera fuesen sus defectos, no solo reclamaban para sí esa denominación, sino que eran universalmente reconocidas como tales (no había sido ese el caso de, por ejemplo, las llamadas «democracias populares» del Este europeo o de la «democracia orgánica» franquista, en el otro extremo del continente). Pero a comienzos del siglo xxi el panorama se había transformado por completo, si lo comparamos con las décadas precedentes. La democratización del mundo occidental se hallaba ahora en sincronía con el desarrollo de las teorías sobre la democracia que hacían foco en sus debilidades.

La histórica extensión geográfica adquirida por los sistemas democráticos se exponía a objeciones crecientes relativas a su profundidad y consistencia. Y estos reproches no alcanzaban solo a las nuevas democracias surgidas en las últimas décadas, sino también a aquellas más tradicionales y consolidadas. La difusión del sistema corría pareja con su debilitamiento aun allí donde se había implantado mucho antes y, se suponía, de la mejor manera posible. Para condensar estas turbulencias surgió el término «posdemocracia», algo que no podía llamar la atención en un contexto cultural en el que el prefijo «pos» se imponía –o se anteponía– a todos los venerables sustantivos heredados (posmodernidad, posindustrial, poshistoria, posaurático, por mencionar algunos casos)1.

2. Esta evolución histórica, acontecida a lo largo de los últimos decenios, exigiría una serie de precisiones. Por un lado, la democratización iniciada en la segunda mitad de la década de 1970 comenzó impactando en el sur de Europa (Portugal, Grecia, España) y en la siguiente década se extendió por América Latina. Filipinas y Sudáfrica, solo por nombrar dos países de otros continentes, pueden ser integrados asimismo a la lista de ejemplos de una oleada democrática que en realidad fue global. Por otro lado, la más reciente secuencia de esa evolución, la llamada «primavera árabe» iniciada en el Magreb hace un lustro, constituye un accidentado proceso aún en curso que reconoce realidades muy diferenciadas: un frágil éxito en Túnez, donde se originó, y una deriva desastrosa en Libia. Este país sufrió una sangrienta incursión de las democracias más ricas, algo que se había verificado previamente en Iraq y Afganistán a comienzos del nuevo siglo. En Oriente Medio aún se arrastran los efectos de sucesivas intervenciones militares extendidas a lo largo de casi tres lustros (o incluso más, si nos remontamos a la primera Guerra del Golfo), en nombre de la necesidad de derrocar tiranías que ya se habían vuelto insoportables para la autodenominada «comunidad internacional» (expresión que suele designar a eeuu y a un cambiante sistema de alianzas que gira a su alrededor).

Estas democratizaciones manu militari, impulsadas en algunos casos por visiones mesiánicas y en otros solo por intereses de seguridad unilateral o por el control de las riquezas naturales, abrieron una crisis internacional sin precedentes, que marcó el comienzo del nuevo siglo tras los espectaculares atentados del 11 de setiembre de 2001. La crisis se extendió por toda la región e incluso más allá de ella y generó, entre otros efectos desestabilizadores, olas de emigración que huyen de una guerra civil endémica y de alcance internacional.

Lejos de vislumbrar una perspectiva de salida democrática coherente, estos países de tradición islámica vieron nacer un tipo de resistencia inédito –internacionalista a su manera, belicoso y confesional– contra las intervenciones de las democracias liberales y contra sus sistemas políticos, contra su imperialismo e incluso contra sus valores y sus formas de vida. ¿Debemos considerar el fenómeno –o el a menudo caótico conjunto de fenómenos– catalogado bajo el rápido nombre de yihad como una arcaica forma de oposición a los procesos de democratización? ¿O más bien se trata de una reacción patológica, pero moderna, frente a las distorsionadas formas de implantar la democracia? Este es un interrogante de máxima actualidad que llegó a convertirse en un centro de atención mundial, aunque excede los límites de la exploración que aquí se propondrá.

La lista de excepciones y ejemplos peculiares no se agota con los ejemplos nacionales mencionados. Sin embargo, el tema central no es aquí la excepción, sino la regla que invita a pensar el proceso histórico de democratización global, que ha sido objeto de absorbente atención por parte de la teoría política desde antes de su irrupción a comienzos de la década de 1980 y continúa siéndolo. La difusión de los sistemas democráticos a lo largo de los años y las geografías puede parecer a primera vista un éxito histórico sin precedentes. Con todo, y desde otra perspectiva, no se puede pasar por alto el hecho de que en nuestros días las democracias, tanto aquellas más antiguas y establecidas como las más recientes, enfrentan una serie de situaciones que llegan a conmover los fundamentos del sistema. Esta es una paradoja contemporánea: en paralelo a su amplia difusión mundial, en el núcleo de la democracia crece una profunda crisis de legitimidad.

El problema no solo es abordado por los especialistas de la política sino que es tema habitual en la polémica pública de todo el mundo democrático. Después de exponer los rasgos más generales de esa crisis de legitimidad, se revisará el tema a la luz de algunas reflexiones recientes de uno de los filósofos políticos más reconocidos del presente: Jürgen Habermas.

3. La actual crisis de las democracias, las múltiples conmociones que sufren sus bases de legitimidad, atraviesan las más diversas configuraciones que estos sistemas adoptan en las distintas partes del mundo. Las manifestaciones de esta crisis se encuentran en nuestros días a la vista de todos: en los debates públicos, en las discusiones parlamentarias y en la prensa nacional e internacional. Un repaso por sus principales síntomas debería incluir una caracterización de la condición actual de las democracias, como así también una identificación de los desafíos que se presentan a futuro y que ya proyectan sus amenazas en el presente.

En términos generales, la crisis democrática reconoce dos tipos de rupturas entre sus tres eslabones fundamentales: Estado, sociedad y mercado. Por un lado, se experimenta un distanciamiento cada vez más agudo entre la sociedad y la esfera política. Por el otro, se produce una creciente colonización del Estado por parte de las fuerzas del mercado global, en particular del mundo de las finanzas, cuyas dimensiones e influencia han crecido de manera exponencial a partir de la crisis económica iniciada en 1973.

La primera ruptura afecta gravemente a los protagonistas de la democracia representativa, los partidos políticos, señalados incluso en muchos textos constitucionales como la indispensable mediación entre el gobierno y la ciudadanía. La erosión de los partidos es una realidad que afecta a todas las democracias, a algunas de ellas desde tiempo atrás, como ocurre en Italia, y a otras últimamente, como en España. En todas partes las ideologías y las viejas identidades políticas se vuelven fluidas y pierden su antiguo peso. Al mismo tiempo que los ciudadanos –en particular los más jóvenes– se alejan de los partidos, amplios sectores también dejan de concurrir a las urnas, salvo en ciertos momentos críticos en los cuales la afluencia de votantes llama la atención de los analistas. Lo que parece el final de la democracia de los partidos lleva no solo a la apatía de las masas y a su despolitización, sino también a una curiosa personalización del escenario político, con líderes que edifican su capital de popularidad casi exclusivamente a través de los medios masivos de comunicación. Este es un aspecto endógeno de la crisis de la democracia.

En contraste, el desplazamiento del Estado por el mercado se puede describir como una crisis de carácter exógeno. El capitalismo fue la precondición social y económica del surgimiento de las democracias liberales superadoras del Estado absolutista y en camino a incorporar a las masas al sistema político y al mercado laboral. Pero en las últimas décadas se asistió a la mutación del ciudadano en mero consumidor, incluso en simple espectador de un escenario político del que se siente desafectado porque le impone programas económicos contrarios a sus intereses y ajenos a su control. Por su parte, los dirigentes argumentan una y otra vez que nada pueden hacer contra el «humor de los mercados» y las presiones financieras internacionales. El valor del voto popular parece disminuido al máximo si no cuenta con el decisivo visto bueno de los intereses económicos globales. El mismo proceso de democratización que igualó a los ciudadanos a la hora de elegir gobierno no ha dejado de volverlos socialmente cada vez más desiguales durante los últimos lustros2. Que esta regresión social, agudizada por la crisis mundial que estalló en 2007, se haya verificado en el cénit del triunfo global del régimen de la igualdad jurídica es una de las mayores paradojas de la historia reciente de la democratización.

El Estado admite sus limitaciones, pese a que su retirada y la implementación de los programas de endeudamiento, desregulación y privatización que postraron su soberanía no habrían sido posibles sin su propia y activa participación3. Si en las democracias liberales el pueblo delega su soberanía en los representantes que elige para dirigir el Estado, estos, a su vez, parecen delegar su capacidad de decisión en asuntos esenciales en un conglomerado de actores que se presentan como anónimos, casi fantasmagóricos: «los mercados».

Algunos de los riesgos que la democracia enfrenta a futuro se derivan de las dos rupturas que acabo de señalar. Otros, de las incertidumbres del porvenir, en algunos casos ya muy evidentes, como la creciente polarización social y el desempleo de masas o los trastornos ambientales y climáticos causados por la actividad humana. Los cambios tecnológicos que afectan la configuración de la vida cotidiana tanto como la producción generan, según algunos, irreversibles pérdidas de empleos y la desertificación de la escena pública, mientras que, para otros, simplemente la están reconfigurando y volviendo muy distinta, aunque potencialmente no menos participativa. Los trastornos o ventajas que las mutaciones tecnológicas deparan en los próximos tiempos son, desde luego, impredecibles.

Por último, y no en importancia, la violencia política parece haber escapado, en muchos sentidos, del monopolio estatal y sus formalidades. Las guerras convencionales que marcaron la historia pasada han dejado paso a intervenciones militares «democráticas» –abiertas o encubiertas– contra actores no estatales. Se combate en frentes difusos y sin reconocer restricciones morales, por no hablar de legales. La violencia se extiende también dentro de sociedades no afectadas por la guerra civil sino por la inequidad social, la discriminación racial y el crimen: las maras centroamericanas o los estallidos en las banlieues francesas son apenas dos ejemplos en este aspecto.

A pesar de estos –y de otros– desafíos a su vigencia y vitalidad, los sistemas democráticos no enfrentan a comienzos del siglo xxi rivalidades como las que conocieron durante el siglo pasado. Esto llevó al famoso anuncio –criticado por prematuro– del «fin de la Historia», lanzado por Francis Fukuyama tras la caída de la Unión Soviética. Es cierto que ni el aplastado fascismo ni el derrumbado comunismo «real» se ofrecen como alternativas a las democracias liberales. Ellas encuentran retos más serios en otras modalidades de radicalización política interna, tanto desde la izquierda como desde la derecha, si bien (al menos hasta el momento) siempre dentro de las reglas del propio sistema. Las resistencias fundamentalistas como la del califato islámico pueden ser consideradas enemigas peligrosas, pero nunca una alternativa política que llegue a contar con el respaldo de la población occidental, al que en realidad tampoco aspiran. Sus elementos posmodernos no llegan a compensar su arcaísmo central visto desde la perspectiva de una cultura plenamente secularizada.

Corroído en sus fundamentos de legitimidad, dominado por una economía que exacerba la desigualdad social4, el sistema democrático sigue sin encontrar desafíos exteriores o ideológicos y basa su predominancia en la confianza derivada del famoso lema: se trata de un sistema que puede ser muy malo, pero no hay otro mejor que pueda reemplazarlo. La democracia reconoce la diversidad política y convive con los llamados «populismos» latinoamericanos o con el paternalismo ruso y las complejidades de la mayor democracia del planeta, la india. Asimismo, se relaciona, sobre todo económicamente, con regímenes autoritarios como el vigente en China, segunda economía del planeta, o con el despotismo de los «hombres fuertes» en distintos Estados de África hundidos en la pobreza y sometidos a la más extrema violencia5.

El sistema internacional, por su parte, sigue sin cumplir el sueño kantiano de la federación de repúblicas. La Organización de las Naciones Unidas (onu) agrupa a casi 200 países, muchos sin sistemas democráticos. Su Consejo de Seguridad continúa tomando decisiones cruciales con el voto restringido de sus cinco miembros. En el mundo se prolonga el dominio militar y económico indiscutido –aunque para algunos disminuido en relación con el pasado inmediato– de la democracia más antigua del mundo, la de eeuu. Esta supremacía presenta como única alternativa la anarquía global, si bien enfrenta desafíos como el vertiginoso crecimiento de una economía políticamente autoritaria como la china, la cual, según los pronósticos, podría desplazarla en el plano comercial o productivo, aunque se encuentra lejos de constituir una rivalidad militar de consideración como lo fue la Unión Soviética en el pasado. El prestigio de la hegemonía estadounidense reconoce una declinación porque, en lugar de producir orden, propagó desequilibrios y generó nuevas amenazas, como lo pone de manifiesto un balance del resultado de sus intervenciones en Oriente Medio durante los últimos lustros.

4. Jürgen Habermas, el intelectual público más destacado de Alemania y, según muchas opiniones, el filósofo vivo más importante de nuestra época, ha sido un teórico de esencial importancia para la renovación de la teoría democrática. Desde los inicios de su carrera, Habermas hizo de los problemas de la democracia –el surgimiento y aparente ocaso de la esfera pública, los fundamentos del Estado de derecho, los problemas de la soberanía popular– un centro de gravedad de sus reflexiones. En particular, se ocupó de la crisis de legitimidad social y política en Occidente, cuyo trasfondo identificó en la crítica a la racionalidad moderna heredada de Max Weber. La aparición en 1981 de su opus magnum, Teoría de la acción comunicativa, coincidió con los inicios de la oleada democratizadora en América Latina y con las más avanzadas transiciones políticas en la Europa del sur (España, Grecia, Portugal). También por esa oportunidad histórica la obra llegó a erigirse en un punto de orientación en los debates iniciados en ese momento y que han prosiguido hasta el presente.

En 1981, Habermas también dio inicio a la publicación de una serie de intervenciones titulada Pequeños escritos políticos, que probablemente se cierre, según anunció el propio autor, con el duodécimo volumen, En el remolino de la tecnocracia, editado en 20136 (inédito en español). Con esa serie, Habermas intentaba diferenciar su trabajo de estudioso del compromiso político más inmediato como intelectual. Sus distintos «pequeños» escritos, en realidad, llegaron a configurar posiciones de referencia en debates cruciales de su tiempo, tanto a escala nacional como internacional. Entre los primeros se destaca su intervención en la denominada «disputa de los historiadores» (Historikerstreit) sobre el traumático siglo xx alemán; de los segundos, hay que mencionar su polémica defensa del proyecto moderno como algo inacabado vis-à-vis los llamados «posmodernistas».

En el remolino de la democracia, al igual que otro ensayo político inmediatamente anterior, La constitución de Europa7, se centra en los problemas actuales de las democracias del antiguo continente. Ambos libros constituyen, por el momento, el testamento político de un filósofo cuya gravitación para la teoría democrática contemporánea no se puede exagerar. Ello justifica fijar la atención sobre esos volúmenes (y sobre otros ensayos igualmente recientes) como conclusión de un panorama sobre la condición de la democracia en nuestros días. Esos escritos son a su vez testimonios relevantes del giro muy crítico hacia el sistema político dominante que adoptaron algunos de sus más importantes propulsores intelectuales.

La constitución de Europa denuncia una fuerte tendencia al «federalismo ejecutivo posdemocrático» en las instituciones continentales. El libro contrapone a esa tendencia la defensa de una democracia transnacional basada en cada uno de los países miembros de la Unión Europea, cuyas soberanías no se deben disolver sino confluir en una federación de Estados. Habermas imagina una doble ciudadanía para los europeos, a la vez referenciada en sus países de origen y en la unidad política continental. Su problema central es la reconstrucción de la legitimidad de la ue, a la que no caracteriza como un nuevo Estado ni como un organismo internacional, sino como una entidad extraordinaria –el experimento institucional más audaz de encarado por Occidente en la segunda posguerra– ahora subsumida, sin embargo, en el mismo tipo de crisis que las democracias nacionales que forman parte de ella, aunque asimismo sometida a desviaciones derivadas de su peculiar estatuto político.

Para Habermas, la sede de la ue en Bruselas se habría convertido en un poder autónomo, con una base de legitimidad endeble, donde se tejen acuerdos entre Estados a puertas cerradas. Las distintas burocracias nacionales transfieren las decisiones a Bruselas y evitan así que sus respectivos parlamentos se involucren en ellas. La ue se había propuesto no solo como una innovación histórica, sino como un modelo a imitar en el resto del mundo. Sin embargo, en su deriva «posdemocrática» acabó asimilándose a las monarquías constitucionales del temprano siglo xix. Las transferencias de soberanía de la esfera nacional a la internacional no pueden prescindir de las formas democráticas cuando se codifican en leyes. De lo contrario, la internacionalización implicaría una deslegitimación, mientras que de lo que se trata, para Habermas, es de facilitar una civilización del poder antes que una burocratización despótica de este en nombre del cosmopolitismo. Volvemos así a unos términos plenamente compatibles con los del problema que había planteado en su momento Weber: la racionalidad burocrática impone una dominación legal que, sin embargo, devora la sustancia legitimadora del poder moderno basado en una dinámica soberanía popular.Un mundo global no puede seguir limitando los procedimientos democráticos a ámbitos estrictamente domésticos. Los Estados nacionales sufren una disminución de su potencia con el desarrollo de una sociedad mundial y el despliegue irrefrenable de una economía global que reduce al mínimo su margen de acción. Por otro lado, la ideología neoliberal dominante pretende suplantar la democracia con un Estado de derecho liberado de obligaciones sociales8. La política debe poder alcanzar a la economía antes de volverse superflua, en particular bajo condiciones en las cuales el capitalismo no parece reconocer ningún poder orientador, por no hablar de uno regulador.

El capitalismo parece el dueño de la iniciativa política desde la década de 1980, asegura Habermas en un artículo donde polemiza con la mirada crítica de Wolfgang Streeck, a quien le reprocha impulsar un retorno al «atrincheramiento» del Estado-nación para enfrentar mejor la «desdemocratización» (Entdemokratisierung) que genera la dinámica económica. El abandono derrotista del proyecto europeo no puede ser la salida para la regeneración de lo que se ha vuelto un Estado postrado por el endeudamiento sistemático bajo la democracia erosionada por el capitalismo9. La solución no puede consistir en un retorno a lo nacional –«el error de 1914», dramatiza Habermas– sino en apuntar a un fortalecimiento institucional, comenzando por el Parlamento europeo. La pregunta que este planteo suscita –y deja sin respuesta– es: ¿qué fuerzas sociales efectivas pugnan en esa dirección, en el contexto de una ciudadanía desalentada por sus representantes formales?

5. El núcleo político de En el remolino de la democracia retoma, incluso con mayor vehemencia, algunas de las preocupaciones expuestas en La constitución de Europa. Habermas vuelve a insistir en la necesidad de un nuevo pacto europeo y a denunciar como una oligarquía de expertos a quienes detentan el poder en Bruselas en alianza con sus pares de las distintas naciones que integran la ue.

La caracterización de esa oligarquía ofrece otra clave para comprender la crisis de las democracias10. El personal político de la región carece de imaginación, se identifica con un discurso economicista y su principal motivación son las encuestas de opinión de las que depende su propia estabilidad en los cargos. La demoscopia sustituyó a los comicios. Los expertos reducen al pueblo a un mero papel de claque electoral de sus decisiones. La política rompió los canales de comunicación con sus fundamentos morales. La acción de la tecnocracia socava la legitimidad del sistema. El destino de la Europa comunitaria se halla así en manos de una elite que configura la realidad a espaldas de los ciudadanos y se halla sometida a las exigencias del capital, concluye Habermas. Por su parte, los políticos que actúan a escala nacional carecen de visión y del necesario coraje para formar mayorías electorales que contrapesen la descarada influencia de los intereses financieros, que fueron los principales responsables de la debacle desatada en 2007-2008 y acabaron siendo sus netos beneficiarios. Europa insiste en una salida tecnocrática antes que política a la crisis. Apuesta a la governance más que a la democracia y con ello arriesga alimentar el crecimiento de las alternativas populistas de derecha ya activas en casi todo el continente.

Es cierto que los ciudadanos fueron hasta cierto punto indiferentes frente a los manejos de esta elite en momentos de prosperidad material. Pero con el estallido de la crisis económica, las miserias de la clase dirigente fueron evaluadas bajo otra luz y desencadenaron todo tipo de reacciones hostiles. Pese al agravamiento de la desconfianza ciudadana respecto de la esfera pública, todavía no existe una respuesta política articulada que permita superar la situación. Un ánimo euroescéptico –sugiere Habermas– quizá sea lo único que comparten los europeos de nuestros días.

Los gobiernos temen iniciar un proceso de ampliación de las bases de legitimación del proyecto europeo y el electorado se encuentra desmovilizado. Las elecciones quedaron reducidas a cálculos y encuestas; en ellas nunca se plantean cuestiones verdaderamente programáticas. Ningún gran partido europeo asume el necesario liderazgo ni se atrevería a entablar una lucha ideológica polarizante para movilizar mayorías. Y esta, según Habermas, sería la única vía de salvación para las democracias: recuperar el proceso de mutuo esclarecimiento de la opinión en la discusión pública, que contribuya a formar una voluntad popular a salvo de las extorsiones del dinero y el poder y fundada en principios éticos establecidos mediante la deliberación.

Con su crítica a la tecnocracia actual, Habermas retoma los problemas que afrontó desde finales de los años 1950. Una década más tarde, también las rebeliones estudiantiles que estallaron en Alemania acusaban a la escena pública de haber sido colonizada por una tecnocracia que ahogaba la soberanía popular. Habermas sintetizó este conflicto como una pugna weberiana entre «el político y el científico». El primero, según la mirada de Weber, carecía de fundamentos normativamente elaborados para la acción racional, actuaba «nietzscheanamente» orientado por valores surgidos de la pura voluntad. Por su parte, el experto (o científico) desarrollaba una política tecnocrática, indiferente a la ética pública y al consenso formado deliberativamente. Para Habermas, se trataba de un tipo de «decisionismo» aislado de los fundamentos racionales de la praxis cuyas consecuencias deslegitimadoras no podían disimularse, por no hablar del daño que producía al mundo de la vida. Aun cuando la técnica configurara una especie de ideología legitimadora en el capitalismo contemporáneo –algo todavía más evidente en nuestros días–, su resultado era la despolitización y el deterioro de las condiciones de la existencia.

La salida a esta situación que impulsaban los estudiantes sesentistas era, según Habermas, incorrecta. El militantismo que auspiciaban llevaba agua al molino del conservadurismo tecnocrático que querían combatir, porque suscitaba reacciones represivas impulsadas por una obsesión autoritario-legalista y securitaria. Por otro lado, el utopismo tecnológico de la izquierda, representado entonces por Herbert Marcuse, derivaba en un ingenuo ideal de supresión de la política a partir de comunidades de la abundancia que podían prescindir de ella tras la eliminación del trabajo alienado. La respuesta adecuada consistía en abrir la conversación entre ciudadanos y expertos. Los primeros eran los depositarios del poder político y, como tales, no debían abandonarlo sin más en las manos de los segundos y de su racionalización instrumental opuesta a la comunicativa, única fuente de legitimidad democrática.

A pesar de que, como afirmó Norberto Bobbio, Weber instaló la cuestión de la legitimidad en el vocabulario de la teoría política, Habermas consideraba que la teoría de este último debía someterse a un profundo examen que reparara los déficits democráticos de su seductor realismo del poder11. No solo la modernidad en general sino la democracia en particular configuran para Habermas proyectos inacabados. Sin embargo, el vínculo entre la reforma permanente y la orientada comunicativamente hacia las pulsiones de la revolución –una asociación en la que Habermas todavía confiaba en la década de 1960, en claro contraste con el radicalismo estudiantil de aquellos tiempos– puede estar agotando hoy sus energías utópicas, según admite ahora12.

La democracia se configura en nuestros días bajo el signo de un posmodernismo conservador cuyo resultado es la posdemocracia oligárquica a la que En el torbellino de la tecnocracia dirige sus críticas. De los tres recursos de las sociedades modernas –dinero, poder y solidaridad–, el último parece brillar por su ausencia. Para su reconstrucción, Habermas recurrió a diversos apoyos: desde la propuesta de un «patriotismo constitucional» hasta, más recientemente, el diálogo con el catolicismo con el fin de aprovechar, una vez traducidas al lenguaje laico, sus bases morales prepolíticas motivadoras y sus reservas de sentido comunitario13.

Pero estos llamamientos, por el momento, no arrojaron más que resultados retóricos o especulativos. Los actuales diagnósticos del autor de Teoría de la acción comunicativa, una obra que renovó en su momento entusiasmos y debates sobre los fundamentos de la vida democrática en un mundo que se democratizaba, adquirieron un tono sombrío. Los presupuestos en los que ahora se mueve el pensamiento de Habermas no parecen tributar la misma confianza en la vigencia de un lenguaje civil al fin libre de coerciones y capaz de desplegar todo el potencial ético y democrático que distinguía a su teoría. Sus recientes intervenciones críticas adoptan por momentos el sombrío realismo que en el anterior cambio de siglo animó a las teorías sobre las elites y la burocratización de los aparatos políticos desarrolladas por pensadores como Vilfredo Pareto, Gaetano Mosca y Robert Michels.

Los términos claves del discurso de Habermas en sus últimos escritos son «posdemocracia» y una reactualización del viejo concepto de «oligarquía» que había sido introducido, a través de Platón y Aristóteles, en el léxico de la teoría política. En una obra erudita, un helenista italiano concluyó que la democracia de la Grecia clásica era en realidad, y pese a todas las apariencias, un régimen oligárquico, donde los pobres votaban pero los ricos controlaban el poder14. Sería una triste paradoja que la teoría política, forjada en la lucha por conquistar y ampliar la democracia contemporánea, llegara a la misma conclusión acerca de la naturaleza presente del régimen de la libertad y la igualdad.