Ensayo

Variaciones sobre la democracia posmoderna

La temática de las transiciones a la democracia, que dominó el periodo de expansión de las libertades civiles a partir de la década de 1980, parece haber cedido lugar al problema de la crisis de legitimidad, que abarca también a las democracias más antiguas y se combina con una creciente desigualdad social. Las últimas contribuciones de Jürgen Habermas, teórico de referencia en la década de 1980, permiten enmarcar los nuevos problemas de la legitimidad, determinados por el surgimiento de una «oligarquía tecnocrática».

Variaciones sobre la democracia posmoderna

1. El problema de la democracia se convirtió en la secuela natural de las clásicas reflexiones político-filosóficas de la Modernidad, preocupadas por asuntos tales como la justificación del Estado y su formalización jurídica, los dilemas de la representación y de la soberanía populares y el interés por asegurar las libertades y los derechos humanos. El trasfondo histórico de estas derivas conceptuales estuvo signado por el ocaso de los absolutismos y la irrupción de las masas en la vida política, las cuales fueron ganando cada vez mayor gravitación durante el último siglo y medio.

Desde otro plano, el impulso que recibió la ciencia política en Estados Unidos después de la segunda posguerra mundial y en los inicios de la Guerra Fría dejó su marca en la agenda de intereses programáticos de la disciplina. Más tarde, las sucesivas caídas de las dictaduras sudamericanas a lo largo de la década de 1980 y el posterior derrumbe de los comunismos europeos a partir de finales de esa misma década ubicaron el problema de la transición democrática en el centro de las discusiones internacionales.

El sistema democrático terminó ampliando sus horizontes de manera inédita. América Latina y Europa oriental se transformaron en territorios en los cuales se habían afianzado democracias que, cualesquiera fuesen sus defectos, no solo reclamaban para sí esa denominación, sino que eran universalmente reconocidas como tales (no había sido ese el caso de, por ejemplo, las llamadas «democracias populares» del Este europeo o de la «democracia orgánica» franquista, en el otro extremo del continente). Pero a comienzos del siglo xxi el panorama se había transformado por completo, si lo comparamos con las décadas precedentes. La democratización del mundo occidental se hallaba ahora en sincronía con el desarrollo de las teorías sobre la democracia que hacían foco en sus debilidades.

La histórica extensión geográfica adquirida por los sistemas democráticos se exponía a objeciones crecientes relativas a su profundidad y consistencia. Y estos reproches no alcanzaban solo a las nuevas democracias surgidas en las últimas décadas, sino también a aquellas más tradicionales y consolidadas. La difusión del sistema corría pareja con su debilitamiento aun allí donde se había implantado mucho antes y, se suponía, de la mejor manera posible. Para condensar estas turbulencias surgió el término «posdemocracia», algo que no podía llamar la atención en un contexto cultural en el que el prefijo «pos» se imponía –o se anteponía– a todos los venerables sustantivos heredados (posmodernidad, posindustrial, poshistoria, posaurático, por mencionar algunos casos)1.

2. Esta evolución histórica, acontecida a lo largo de los últimos decenios, exigiría una serie de precisiones. Por un lado, la democratización iniciada en la segunda mitad de la década de 1970 comenzó impactando en el sur de Europa (Portugal, Grecia, España) y en la siguiente década se extendió por América Latina. Filipinas y Sudáfrica, solo por nombrar dos países de otros continentes, pueden ser integrados asimismo a la lista de ejemplos de una oleada democrática que en realidad fue global. Por otro lado, la más reciente secuencia de esa evolución, la llamada «primavera árabe» iniciada en el Magreb hace un lustro, constituye un accidentado proceso aún en curso que reconoce realidades muy diferenciadas: un frágil éxito en Túnez, donde se originó, y una deriva desastrosa en Libia. Este país sufrió una sangrienta incursión de las democracias más ricas, algo que se había verificado previamente en Iraq y Afganistán a comienzos del nuevo siglo. En Oriente Medio aún se arrastran los efectos de sucesivas intervenciones militares extendidas a lo largo de casi tres lustros (o incluso más, si nos remontamos a la primera Guerra del Golfo), en nombre de la necesidad de derrocar tiranías que ya se habían vuelto insoportables para la autodenominada «comunidad internacional» (expresión que suele designar a eeuu y a un cambiante sistema de alianzas que gira a su alrededor).

Estas democratizaciones manu militari, impulsadas en algunos casos por visiones mesiánicas y en otros solo por intereses de seguridad unilateral o por el control de las riquezas naturales, abrieron una crisis internacional sin precedentes, que marcó el comienzo del nuevo siglo tras los espectaculares atentados del 11 de setiembre de 2001. La crisis se extendió por toda la región e incluso más allá de ella y generó, entre otros efectos desestabilizadores, olas de emigración que huyen de una guerra civil endémica y de alcance internacional.

Lejos de vislumbrar una perspectiva de salida democrática coherente, estos países de tradición islámica vieron nacer un tipo de resistencia inédito –internacionalista a su manera, belicoso y confesional– contra las intervenciones de las democracias liberales y contra sus sistemas políticos, contra su imperialismo e incluso contra sus valores y sus formas de vida. ¿Debemos considerar el fenómeno –o el a menudo caótico conjunto de fenómenos– catalogado bajo el rápido nombre de yihad como una arcaica forma de oposición a los procesos de democratización? ¿O más bien se trata de una reacción patológica, pero moderna, frente a las distorsionadas formas de implantar la democracia? Este es un interrogante de máxima actualidad que llegó a convertirse en un centro de atención mundial, aunque excede los límites de la exploración que aquí se propondrá.

La lista de excepciones y ejemplos peculiares no se agota con los ejemplos nacionales mencionados. Sin embargo, el tema central no es aquí la excepción, sino la regla que invita a pensar el proceso histórico de democratización global, que ha sido objeto de absorbente atención por parte de la teoría política desde antes de su irrupción a comienzos de la década de 1980 y continúa siéndolo. La difusión de los sistemas democráticos a lo largo de los años y las geografías puede parecer a primera vista un éxito histórico sin precedentes. Con todo, y desde otra perspectiva, no se puede pasar por alto el hecho de que en nuestros días las democracias, tanto aquellas más antiguas y establecidas como las más recientes, enfrentan una serie de situaciones que llegan a conmover los fundamentos del sistema. Esta es una paradoja contemporánea: en paralelo a su amplia difusión mundial, en el núcleo de la democracia crece una profunda crisis de legitimidad.

  • 1.

    Colin Crouch: Posdemocracia, Taurus, Madrid, 2004. El término tiene, según un comentarista, el carácter de una advertencia más que el de la descripción de una situación. Sin embargo, sugiere la pertinencia de una Parlamentsverdrossenheit (la insatisfacción o irritación de la población frente a la política parlamentaria; el diccionario Duden recuerda que Politikverdrossenheit fue la palabra del año en Alemania durante 1992). Jan-Werner Müller: «Postdemokratie? Karriere und Gehalt eines Problematischen Schlagwortes» en Neue Züricher Zeitung, 10/11/2012.