Opinión

El millonario que quiere ser presidente de Uruguay Un nuevo intruso político de la derecha

Dueño de un club de fútbol inglés, casado con la hija de un magnate ruso, accionista en una poderosa firma agropecuaria. Ese es Juan Sartori, el joven de la derecha que quiere ser presidente de Uruguay. Hace seis meses decía no estar interesado por la política. Ahora, quiere ganar las primarias en el Partido Nacional. Tiene pocas propuestas y muchos lugares comunes. En Davos se sacó fotos con Bolsonaro y con Tony Blair. ¿Hay lugar para un personaje de este tipo en la política uruguaya?

El millonario que quiere ser presidente de Uruguay / Un nuevo intruso político de la derecha

«¿Conocés a Juan Sartori?» preguntaba «machaconamente» una campaña de expectativa que circuló a comienzos de noviembre en las redes sociales y las principales radios uruguayas. Solo un memorioso adicto a las crónicas del corazón podía recordar que un par de años atrás un compatriota de igual nombre había aparecido en la prensa casándose en la isla de Skorpios con una multimillonaria rusa. Y solo un fanático del deporte podía rememorar que era uno de los dueños del club inglés Sunderland, al que quería llevar «talento uruguayo». El interrogante cuya respuesta ya conocían las personas más informadas se develó unos días después: Juan Sartori quería postularse como candidato a la presidencia por el Partido Nacional.

Sartori es un empresario del que se sabía muy poco. En realidad, todavía se sigue sabiendo poco. Con 38 años, graduado en Economía y Negocios en Suiza, vivió en el exterior la mayor parte de su vida. Su principal vínculo con el país es la UAG, una empresa agropecuaria que gestiona carteras de tierras y emprendimientos agrícolas diversos que llegó a tener el 1% de todos los campos uruguayos. Sartori es reconocido como el principal gestor de fondos de la sociedad -y era su director-, pero un proceso de caída del precio de la soja llevó a una reestructuración que lo quitó del cargo. Los actuales ejecutivos insisten en que Sartori tiene un porcentaje mínimo de acciones, aunque no pueden descartar que su porcentaje crezca a través de la participación en otras compañías. UAG enfrenta serias dificultades económicas y el Banco de la República llegó a calificarla como deudora irrecuperable. Dimitri Rybolovlév, el magnate ruso suegro de Sartori, es amigo de Putin, famoso coleccionista de arte, dueño entre otras cosas de la isla de Skorpios y del Mónaco de la Liga Francesa, y fue arrestado en noviembre pasado acusado de tráfico de influencias y complicidad. Ya figuró entre los 200 hombres más ricos del mundo según Forbes, y su fortuna representa cerca del 20% del PIB de Uruguay.

Nadie lo conocía en el Partido Nacional. No constaba como adherente ni tenía actividad política conocida, y sus explicaciones sobre los motivos que lo llevaban a postularse por esa colectividad eran realmente vagas. Con semejante expediente, las interpretaciones sobre Sartori se dividieron en dos vertientes: una lo veía como un excéntrico que venía a sacarse el gusto de intentar hacer política malgastando dinero que le sobra, y otra como un «Caballo de Troya» con intenciones difíciles de identificar, ya que no se sabía quién lo enviaba ni para qué.

Su acción tampoco se explicaba por el escenario electoral, que parecía cualquier cosa menos despejado. Si bien las próximas elecciones se vaticinan reñidas y el Partido Nacional cuenta con chances de ganar, la carrera de obstáculos es considerablemente compleja. En Uruguay las primarias son obligatorias para que todos los partidos elijan su candidatura presidencial. Además, son simultáneas, de concurrencia abierta y el voto es voluntario. A la fecha del anuncio de Sartori ya existían en el Partido Nacional al menos cuatro precandidaturas formalizadas, dos de ellas encabezadas por los líderes de las principales corrientes del partido y otras dos lideradas por dirigentes de menor peso, pero trayectoria notoria y actividad política intensa -una senadora y un intendente-. El nuevo postulante llegaba sin ninguno de estos avales. Aun así, Sartori anotó su candidatura ayudado por un veterano ex diputado que le sirvió de «vientre de alquiler», allanándole el camino para salvar el único requisito formal: la presentación por una agrupación preexistente ya inscrita en el partido.

Apoyado en un potente aparato publicitario, consiguió notoriedad rápidamente. En su gira regional se reunió con el presidente paraguayo. Además, el conductor televisivo y empresario argentino Marcelo Tinelli lo calificó en Twitter como «un gran tipo». Se paseó por Davos -a donde dice haber ido invitado- «buscando inversiones para Uruguay». El viaje incluyó selfies con Tony Blair y reuniones con Iván Duque y Bolsonaro, de quien se afirma que le dijo: «Ve y saca a la izquierda de allí». Se ha transformado en una especie de Wally omnipresente en eventos deportivos y sociales y es probablemente el político más entrevistado en los últimos meses en radios y televisión.

Sus definiciones políticas fueron más bien escasas, como cuando afirmó sobre su programa de gobierno: «No tengo. Voy a escuchar lo que la gente quiere. A mí me gusta el sentido común de la gente».

Reportajes y comparecencias han permitido conocer que sólo se inscribió en el registro electoral en 2010, y que hasta hoy nunca votó. Dice que si hace seis meses le preguntaban si le interesaba la política hubiera respondido que no, pero que la situación del país lo llevó a pensar diferente. Aclara permanentemente que su decisión es absolutamente desinteresada y altruista y que financiará su propia campaña. Además de su simpatía y elegancia, ha demostrado un desconocimiento importante. A pesar de su formación en economía, no acertó a dar una cifra sobre el actual porcentaje de desocupación ni conocía el valor del salario mínimo. Tampoco estuvo muy certero cuando en un programa humorístico le pidieron que completara la letra del himno nacional.

Hace un par de semanas, en su lanzamiento público, llenó uno de los principales escenarios cerrados con casi 6.000 personas. El diario El Observador entrevistó a varios de los concurrentes que manifestaron que habían llegado al acto desde localidades distantes (500 km) atraídos por un viaje gratis a la capital. Allí, Sartori avanzó algunas ideas: «bajar impuestos para poder aumentar la actividad, para que se contrate más gente, y para que puedan aportar más». Basado en razonamientos tan genéricos, no tuvo emparcho en formular propuestas que, en rigor, son solo promesas vagas: prometió crear 100.000 nuevos puestos de trabajo, lo que para Uruguay significaría que la ocupación crezca cerca de un 10%.

Hasta el momento, ha tenido pocas propuestas concretas, como bajar el precio de los combustibles y derogar el IASS, un impuesto a las jubilaciones de mayor poder adquisitivo que pagan sólo el 20% de los pensionistas -aquellos que reciban remuneraciones superiores a los u$s 1.600-, aunque frente a los cuestionamientos periodísticos no lo ha defendido con mucha convicción. Sin embargo, dice que no comparte necesariamente que haya que achicar el Estado y que no se opondrá a la «agenda de derechos», que en Uruguay ha incluido asuntos como el matrimonio igualitario, el aborto legal y una discutida ley de protección de la población transgénero.

Sartori fue recibido en su propio partido con recelo y displicencia: sus correligionarios desconfiaron desde el inicio de un candidato sin antecedentes políticos y con chequera generosa, pero le auguraban poco éxito a alguien desconocido y sin estructura partidaria alguna. En el resto de las tiendas políticas, el desdén parecía ser el sentimiento mayoritario.

Pero el panorama cambió en las dos últimas semanas, cuando aparecieron nuevas encuestas. Si bien figura en tercer lugar en las preferencias, es el candidato que más creció desde comienzos de año y hay quienes consideran que amenaza a los dos grandes líderes del partido. Mientras escribo estas líneas se anuncia que la senadora Verónica Alonso retirará su candidatura y apoyará la de Sartori, un movimiento que se agrega a otros pedidos de pase de pequeños liderazgos territoriales.

Suenan las alarmas y muchos se preguntan las razones de su aparente éxito. El interrogante es válido porque, hasta el momento, otros outsiders que han intentado proyectarse políticamente en Uruguay han fracasado. Esa parece ser la situación de Edgardo Novick, un empresario que, en 2016, formó el Partido de la Gente como una pretendida alternativa a los partidos tradicionales y a la izquierda. Novick se proyectaba como un líder de perfil gerencialista coqueteando con posturas bolsonaristas, pero en pocos meses, cuando vio como derrumbada su intención de voto, los liderazgos de segunda línea que había reclutado de los partidos tradicionales volvieron al redil.

La diferencia más importante parece tener que ver con el canal elegido. Sartori no crea un partido sino que elige competir en el marco de uno que tiene larga historia, aprovechando de esa manera su branding, su estructura y hasta su electorado preexistente. En otras palabras, pesca en la pecera nacionalista. Eso hace que las reacciones más preocupadas provengan de sus propios correligionarios, quienes se ven en clara desventaja en términos de recursos. Pero si sigue creciendo la preocupación traspasará seguramente las fronteras partidarias. La democracia uruguaya siempre se había jactado de que aquí no se cumple el dicho de «billetera mata galán». En otras palabras, que el dinero no era el factor clave en política.

El fenómeno Sartori es un buen llamado de atención sobre la displicencia con que un sistema político maduro puede confiarse excesivamente en sus usos y costumbres, despreciando reforzar los marcos institucionales. A fines de 2018 se debatió en el Parlamento una ley de financiamiento partidario. La propuesta aumentaba los controles, exigía la presentación de balances para todo el período electoral -hoy están exceptuadas de esa obligación las elecciones primarias-, obligaba a que todos los pagos se hicieran por transferencia electrónica, prohibía el financiamiento anónimo y de empresas y limitaba el aporte que los candidatos podían hacer a sus propias campañas a un monto de US$ 50.000. A la izquierda le faltó algún voto propio para aprobarla, pero ningún legislador del Partido Nacional levantó su mano para apoyar la iniciativa. Quizás ahora lo estén lamentando, y quizás toda la sociedad uruguaya lo lamente más adelante. Porque como ha dicho Adam Przeworski, la calidad democrática implica, también, evitar que el dinero controle la política.