Tema central

¿Una relación esquizofrénica?

Durante años socios estratégicos, Venezuela y Estados Unidos se distanciaron a partir de la llegada de Hugo Chávez al gobierno. Las posiciones antiestadounidenses, la ayuda a Cuba y un juego mundial que incluye coqueteos con Rusia, China e Irán irritan a Washington, que por ahora ha apostado a la estrategia del apaciguamiento. Las relaciones entre ambos países pueden calificarse de esquizofrénicas, ya que incluyen importantes intercambios comerciales basados en el petróleo y, por lo tanto, se apoyan en intereses difíciles de cancelar. En ese contexto, la tensión bilateral se ha convertido en un dolor de cabeza para los gobiernos latinoamericanos y caribeños que, aunque se niegan a someterse a la diplomacia estadounidense, tampoco quieren llegar a un conflicto con ese país como consecuencia de las posiciones cada vez más radicales de Venezuela.

¿Una relación esquizofrénica?

Introducción

Uno de los acontecimientos más importantes en la política interamericana del presente siglo es la espiral conflictiva que caracteriza las relaciones entre los gobiernos de Hugo Chávez y George W. Bush. Sus divergencias estratégicas, tácticas y verbales, sus percepciones mutuamente negativas, sus diferencias de criterio sobre políticas específicas de la agenda mundial y hemisférica, además de sus aspiraciones a construir alianzas diferentes, constituyen un objeto de atención de diversos actores internacionales y regionales. A la par de estas consideraciones, para algunos analistas resulta difícil comprender el desarrollo de unas relaciones bilaterales que parecieran estar al borde de la ruptura, pero que a su vez tienen –en el plano económico y, particularmente, en el energético– una importancia vital para ambos países. Por otra parte, si bien la mayoría de los gobiernos latinoamericanos y caribeños coinciden en que es necesario aspirar a un mundo multipolar y reducir la dependencia de Washington, lo cierto es que los dimes y diretes entre Venezuela y Estados Unidos están llegando a tal punto que perjudican la puesta en práctica de una agenda hemisférica positiva.

¿Cuáles son, entonces, las causas de esa relación esquizofrénica? Esas diferencias ¿pueden ser tomadas en serio? ¿Pueden llevar a la región a una encrucijada en sus vínculos con EEUU?

Si bien Venezuela no tiene el poder de los países más desarrollados y más capacitados en el aspecto militar para participar activamente en el contexto mundial, sus abundantes recursos energéticos, sumados a su voluntad de llevar adelante una política exterior activa e independiente, la potencian como actor internacional. Durante años, Venezuela fue considerada una pieza importante para la estabilidad regional debido a la solidez de su sistema político y las características de sus relaciones cívico-militares. A pesar de haber experimentado una dictadura militar caudillista liderada por Juan Vicente Gómez (1908-1935), regímenes semiautoritarios (1935-1945), un corto periodo democrático (1945-1948) y una dictadura militar institucional (1948-1958), los venezolanos desarrollaron, desde 1959, una democracia y un sistema de partidos estables, percibidos como un modelo para el resto de América Latina. Y, en cuanto a las relaciones cívico-militares, los sucesivos gobiernos democráticos mantuvieron, desde 1959, el control civil, a pesar de que las Fuerzas Armadas retuvieron de facto ciertos poderes, sobre todo en relación con los temas fronterizos, la política de ascensos, la compra de armamentos y las relaciones militares con EEUU.

Desde el punto de vista diplomático, los gobiernos democráticos trataron de diferenciarse de Washington en el plano multilateral asumiendo un papel activo en las Naciones Unidas y en la Organización de Estados Americanos. Sin embargo, Venezuela nunca defendió una posición antiestadounidense generalizada y pudo combinar su alianza con ese país con su pertenencia a la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP). Por eso, aunque es cierto que Caracas estuvo en desacuerdo con EEUU en cuanto al estatus de la isla de Puerto Rico, la invasión a la República Dominicana en 1965 y el apoyo estadounidense a Reino Unido en la Guerra de las Malvinas de 1982, esto no afectó de modo alguno las relaciones bilaterales.

De todo lo mencionado se deduce que, desde 1958 hasta 1999, las relaciones entre Venezuela y EEUU se desarrollaron en un clima de cordialidad. Sin embargo, ya en los albores del siglo XXI algunos factores –la revuelta social de 1989 conocida como «El Caracazo», los dos intentos de golpe de Estado en 1992 y la grave situación económica– modificaron las percepciones de los analistas estadounidenses, quienes comenzaron a dudar sobre la estabilidad política venezolana. Por añadidura, el petróleo venezolano ya no era tan importante para EEUU como en el pasado, debido a la recomposición de las relaciones entre Washington y los países árabes luego de la caída del Muro de Berlín. En esa misma época, las políticas proteccionistas estadounidenses comenzaron a incluir a Venezuela entre los países sujetos a nuevas disposiciones de carácter hemisférico (barreras arancelarias y no arancelarias). Caracas perdió así sus históricos privilegios. Con la llegada al gobierno de Chávez en 1999, la relación bilateral se modificó y asumió nuevos parámetros, vinculados a una fase energética diferente y a una renovada discusión sobre el estado actual del orden internacional. Todo esto, con base en dos aproximaciones estratégicas diferentes y dos definiciones distintas sobre la seguridad.

Venezuela ha sido una constante entre las preocupaciones estratégicas de EEUU. Desde el punto de vista geopolítico, su situación geográfica es crítica, ya que se encuentra al norte de América del Sur, en un cruce marítimo entre el Caribe y el Atlántico. Por otro lado, posee una industria petrolera y unas reservas petroleras y gasíferas de consideración. De hecho, Venezuela es uno de los cinco principales suplidores de petróleo de EEUU, mientras que las importaciones estadounidenses –concentradas en los recursos energéticos– son las más importantes para el comercio exterior venezolano.

A pesar de ello, el gobierno de Chávez ha utilizado sus diferencias reales y mediáticas con EEUU como una palanca efectista para su proyección mundial y su activismo internacional. El tema, desde la perspectiva venezolana, presenta dos dimensiones. Una, más tradicional, tiene que ver con las proyecciones mundiales, hemisféricas y subregionales de Washington y con la relación con Venezuela que, al cabo de los años, ha asumido una forma más compleja. La otra dimensión está relacionada con los temas internos de Venezuela, sobre todo con la defensa nacional ante una eventual –de acuerdo con la perspectiva del gobierno– agresión por parte de Washington. Esta dimensión tiene rasgos novedosos: para Caracas, EEUU ha dejado de ser un país colaborador en el mantenimiento de la democracia y la estabilidad internas, para comenzar a ser observado ahora de manera «sospechosa».

En ese contexto, desde 1999 la política exterior y de seguridad de Venezuela ha tenido un cambio basado en cuatro procesos. El primero de ellos está marcado por las transformaciones profundas en la estructura política interna, el contenido de la Constitución de 1999, el desplazamiento de las elites tradicionales del proceso de toma de decisiones y la reevaluación de la estrategia de alianzas mundiales. El segundo se apoya en la progresiva internacionalización de Venezuela debido a la creciente atención que genera en los organismos multilaterales, las organizaciones no gubernamentales, los medios de comunicación social y los propios gobiernos extranjeros. A ello hay que añadir, en tercer lugar, nuevas ideas sobre la solidaridad internacional y la promoción de la tesis venezolana sobre la democracia participativa, tanto en organismos y conferencias multilaterales como en instituciones internacionales no estatales. Finalmente, se estarían sentando los supuestos para una política exterior que incluye el apoyo, político y económico, a ciertos actores subnacionales que reivindican su emancipación del control del Estado nacional, además de buscar las vías institucionales adecuadas para modificar las organizaciones y los sistemas de decisión en organizaciones multilaterales, incluidas las económicas.

A estos cambios constitucionales y políticos habría que agregar la tesis gubernamental que apunta a construir un mundo multipolar y la política de alianzas que privilegia las relaciones con Cuba y con países como Irán, China, Rusia y Siria. En el plano económico, es importante analizar la disminución de los compromisos de integración comercial hemisféricos, la regeneración de una política proteccionista y el deseo de retornar al modelo de sustitución de importaciones.

El gobierno venezolano ha desarrollado una posición estratégica diferente de la estadounidense en lo que ya puede definirse como un choque de dos culturas estratégicas distintas y basadas en premisas dicotómicas. Venezuela está comprometida en la búsqueda de un mundo multipolar, sostiene una relación especial con Cuba e impulsa la cooperación militar hemisférica (sin la participación de Washington) y la tesis de la guerra asimétrica. Al mismo tiempo, el gobierno de Chávez ha cuestionado en reiteradas oportunidades el carácter imperialista de EEUU y su supuesta injerencia en la política interna venezolana, así como las invasiones a Afganistán e Iraq, a lo que se suman las diferencias entre ambos países en relación con el rol de los partidos y movimientos de izquierda y radicales en el continente americano y en el mundo.

En general, EEUU funciona como una plataforma para la proyección de un país pequeño pero dotado de una estrategia internacional activa, expansiva y autónoma, dentro de un marco de divergencias y de promoción de un orden internacional diferente del planteado por Washington.

Seguid el ejemplo de Caracas

Los asuntos internacionales han jugado un papel muy importante en la vida republicana de Venezuela, donde la política exterior fue y es una palanca fundamental para procurar la estabilidad política interna, así como también para lograr el reconocimiento de la comunidad internacional. Pero, a fin de cuentas, cualquier país, por más pequeño que sea, ha hecho y hará lo mismo. Lo que define a Venezuela como un caso singular, sui generis, es su tendencia al activismo, que en muchas ocasiones ha estado fundado en la creencia de que el modelo venezolano debe ser imitado por el resto de los países. Esto era lo que pensaba Simón Bolívar cuando inició sus campañas militares, en momentos en que la gesta de independencia caraqueña se había convertido en una especie de Santo Grial para el resto del continente. Y ocurrió, también, con la dictadura de Juan Vicente Gómez, símbolo de estabilidad para los pensadores positivistas de la época, con la democracia representativa instaurada en 1958 y, ahora, con el proyecto chavista, al cual el oficialismo venezolano considera comprometido con una misión revolucionaria a escala mundial. Desde luego, las iniciativas venezolanas han encontrado diversos momentos de acogida y a veces también de rechazo. A Simón Bolívar, pese a lo que afirma la acartonada historia oficial, no le fue bien ni en Colombia, ni en la campaña del Sur ni en la creación de Bolivia. El presidente Pérez no logró convencer a los inquilinos del Kremlin de que él era el portavoz de un nuevo orden internacional; y hoy los dirigentes del gobierno, más allá de sus intenciones de convertir a Caracas en la meca de los desheredados del mundo, son caracterizados a veces como buscadores de pleitos y arrogantes caballeros que pretenden reproducir, urbi et orbi, el llamado «socialismo del siglo XXI». Desde comienzos del siglo XX, ese activismo ha estado acompañado por la fuerza del torrente petrolero, que ha prestado una ayuda importante para promover los diversos discursos y políticas que, desde los planos político-ideológico y económico y comercial, respaldaron las sucesivas iniciativas venezolanas. Pero el activismo no es la única característica de nuestro acontecer internacional. El idealismo y la permanente creación de fantasías acerca del papel de Venezuela es otra de nuestras «marcas de fábrica», al igual que el excesivo presidencialismo, es decir, el control que el presidente ejerce sobre las decisiones de política exterior.

El gobierno de Chávez se ha empeñado en confrontar a EEUU, utiliza el petróleo como un arma política y apoya a gobiernos y partidos de izquierda en el marco de una política exterior que aspira a ser global. Además, busca profundizar los mecanismos de integración «alternativos». Desde la restauración democrática, Venezuela ha promovido la integración regional, primero a través de la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (Alalc, hoy Asociación Latinoamericana de Integración –Aladi–), luego con la Junta de Cartagena (hoy Comunidad Andina) y después con el Sistema Económico Latinoamericano y del Caribe (SELA), el Grupo de los Tres, la Comunidad del Caribe (Caricom), la Asociación de Estados Caribeños y, más recientemente, el Mercosur. El gobierno de Chávez ha planteado que los mecanismos de integración tienen un perfil político y que, además de los acuerdos económicos y comerciales, debe haber una identificación ideológica entre los socios.

En general, la mejor manera de explicar la situación actual es situando a Venezuela en el terreno de las contradicciones permanentes entre un gobierno que sataniza a EEUU pero que, al mismo tiempo, obtiene grandes beneficios comerciales de ese país: Venezuela envía 1.300.000 barriles diarios de petróleo y derivados al mercado estadounidense, de donde importa bienes y servicios. Como prueba de esto se puede mencionar el mensaje de fin del año 2005 del presidente del Banco Central de Venezuela, quien sostuvo que se está delineando «un orden distinto, caracterizado por el endurecimiento de la política hegemónica de EEUU y las reacciones de distinta índole en los centros y en los países llamados emergentes, que procuran desarrollarse según alternativas diferentes a las tradicionales». El entonces canciller venezolano completó la idea:

Desde luego que el petróleo tiene una gravitación muy grande tanto en la realidad interna del país como en las relaciones externas. Ha tenido una gravitación muy grande en las relaciones históricas con EEUU. Pero no se podría decir que las malas relaciones que tiene Venezuela con EEUU –o EEUU con Venezuela, mejor dicho– sean producto de discrepancias o de cualquier otro asunto relativo al petróleo. Qué extraordinario sería entablar una relación de respeto mutuo. Tendríamos muchas cosas que hacer, pero lamentablemente el gobierno de Bush no renuncia a la idea de derrocar a Chávez.

La política energética internacional del gobierno de Chávez ha consistido en promover los esquemas de cooperación y suministro petrolero (y, a futuro, también gasífero) con pautas preferenciales para los países latinoamericanos y caribeños, a través de proyectos como Petrocaribe, Petroamérica y Petrosur. Mientras tanto, el gobierno ha rediseñado el esquema de asociación con las empresas petroleras multinacionales que invierten en el país a partir de la creación de empresas mixtas, en un contexto caracterizado por la decisión de la OPEP de mantener una política de precios altos en desmedro del aumento de la producción. Finalmente, el gobierno de Chávez no ha descuidado a la opinión pública mundial. En ese sentido, desarrolla una estrategia publicitaria gigantesca apoyada en la red de televisión Telesur y el financiamiento de varias páginas web y periódicos en diferentes países dedicados a promocionar el llamado «proceso», a lo que suman las invitaciones a periodistas, académicos, estudiantes y miembros de organizaciones no gubernamentales de la izquierda mundial a visitar Venezuela a través de programas de intercambio y solidaridad.

La disputa con Estados Unidos

El gobierno de Bush ha desarrollado una política de «torniquete» con Chávez, que consiste en no prestarle mucha atención a sus declaraciones y alusiones en su contra y, al mismo tiempo, tratar de limitar su expansión regional y mundial. Esa estrategia se ha desarrollado en el marco de la idea, predominante en América Latina y el Caribe, de que Bush no presta una atención suficiente a los problemas hemisféricos, lo cual ha reforzado un sentimiento antiestadounidense en la región. Ciertamente, en América Latina se cruzan dos sentimientos. Por una parte, están aquellos que no se sienten correspondidos por el gobierno de una superpotencia que tiene otros intereses y prioridades y que se ocupa de los asuntos regionales solo cuando se genera una crisis de importancia. Y, por otro lado, el sentimiento antiimperialista, que responsabiliza a EEUU de todos los males de estas tierras. De esa forma, la agenda hemisférica se encuentra cargada de demandas, opiniones y reservas sobre temas tales como el libre comercio y el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), la promoción de la democracia, la lucha contra la corrupción, el combate al narcotráfico, el respeto a los derechos humanos, las emigraciones ilegales, el futuro de Haití y la defensa de la propiedad privada. Un ejemplo de la visión crítica sobre la falta de atención de EEUU está expresado en una afirmación del especialista estadounidense en asuntos latinoamericanos Peter Hakim. «Después del 11/9, Washington perdió efectivamente su interés en América Latina. Desde entonces, la atención de Estados Unidos ha sido esporádica, y estrechamente ligada a situaciones problemáticas o urgentes.» Una crítica más radical, enfocada en el carácter imperialista de EEUU, es la de Chávez: «El eje del mal es Washington, ése sí es el eje del mal, con sus aliados en el mundo, que amenazan, que invaden, que matan, que asesinan. Nosotros estamos conformando el eje del bien, el eje nuevo, del nuevo siglo», dijo el presidente venezolano. Y agregó: «La hipótesis que cobra fuerza es que fue el mismo poder imperial norteamericano el que planificó y condujo este atentado o hecho terrorista terrible contra su propio pueblo y contra ciudadanos de todo el mundo. ¿Para qué? Para justificar la agresión que de inmediato se desató sobre Afganistán, sobre Irak, y las amenazas contra todos nosotros, contra Venezuela también».

En el ámbito regional, Venezuela y EEUU coinciden en la necesidad de la cooperación para estimular el desarrollo económico y la libertad política, pero no están de acuerdo en cuáles deben ser las medidas para alcanzar esas metas. El gobierno de Chávez se defiende argumentando el principio de no intervención, en un contexto en que la intención de Washington de fortalecer las instituciones políticas representativas molesta particularmente a los dirigentes oficialistas venezolanos, quienes consideran la democracia directa como un sistema superior al de EEUU y, en general, al que prevalece en el hemisferio occidental. En síntesis, podemos afirmar que EEUU prioriza los peligros internos que enfrentan los regímenes democráticos (la corrupción, el fraude electoral y las violaciones a los derechos humanos), mientras que Chávez enfatiza, sobre todo, las amenazas externas a la soberanía de los países de América Latina: el capitalismo salvaje, la dependencia económica y la eventual intervención militar unilateral de EEUU. En este juego de contradicciones, Chávez alerta sobre el peligro de invertir en la economía estadounidense debido al enorme déficit presupuestario que, según él, está fuera de control, e incluso plantea la necesidad de una transición política en ese país.

Pero más allá de las declaraciones públicas, lo cierto es que la postura antiestadounidense se ha convertido en la punta de lanza de la diplomacia venezolana, a pesar de que una reciente encuesta de opinión demostró que más de 71% de los venezolanos se inclinó por «suavizar» el estado de las relaciones bilaterales. Chávez, sin embargo, no solo ha desarrollado la tesis del «poder negativo», es decir la denuncia del papel negativo de EEUU en el mundo, su supuesta injerencia en los asuntos internos venezolanos y su actuación gelatinosa durante los sucesos de abril de 2002 (cuando un movimiento cívico-militar lo derrocó durante unas horas); además, ha tratado de diversificar las relaciones internacionales de Venezuela para reducir la importancia que históricamente ha tenido Washington. Pero las relaciones económicas se mantienen. La empresa petrolera venezolana Petróleos de Venezuela (Pdvsa) y otras empresas mixtas continúan enviando un promedio de 1.300.000 barriles diarios al mercado estadounidense, y EEUU sigue siendo el principal socio comercial de Venezuela: del total de las exportaciones venezolanas en 2005 (55.597 millones de dólares), casi la mitad (25.437 millones) estuvieron destinadas a EEUU (23.591 millones corresponden a petróleo crudo y derivados). Del total de 25.000 millones de dólares estadounidenses en importaciones venezolanas durante 2005, alrededor de 5.689 millones de dólares provinieron de EEUU. Se estima que, para finales de 2006, el intercambio económico entre ambos países llegará a una cifra cercana a los 42.000 millones de dólares, de los cuales 7.000 millones serán importaciones venezolanas.

Pese a estas cifras, los cuestionamientos a EEUU se han convertido en un eje fundamental de la política exterior del gobierno de Chávez. Mientras Caracas estimula la formación de gobiernos y movimientos progresistas y de izquierda en la región, el antiimperialismo funciona como un instrumento para llamar la atención en el ámbito mundial, como un activo de una diplomacia que se maneja en la arena movediza que hoy son las relaciones internacionales. Esto lo saben muy bien los gobiernos de América Latina y el Caribe, que aceptan con alegría la cooperación venezolana y están deseosos de vender sus bienes y servicios a un país con dinero en efectivo, pero que se rehúsan a acompañarlo en su enfrentamiento directo con Washington. Venezuela plantea una estrategia de seguridad diferente de la estadounidense. El gobierno de Chávez considera que el terrorismo no es producto de un desequilibrio estratégico sino de la violencia generada por la asimetría socioeconómica consecuencia de la globalización. En este contexto, Washington juega un rol perjudicial por sus intenciones de imponer una visión unipolar sobre un mundo que ya es multipolar, según sostiene el gobierno venezolano, con cinco polos de poder o agrupaciones de fuerza: África, Asia, Europa, Norteamérica y Sudamérica.

Hay otro tema que cobra interés desde la perspectiva venezolana: la supuesta intervención estadounidense en asuntos internos de otros países. Es por ello que, de acuerdo con la tesis de Caracas, los países con gobiernos progresistas y la revolución venezolana –democrática, nacionalista, antiimperialista y bolivariana– deben preparase para una agresión de Washington. Y pueden, por lo tanto, recibir la ayuda de Caracas. Cabe pensar, entonces, que Venezuela aspira a formar una alianza antiestadounidense mediante la cooperación con países calificados de «forajidos» por EEUU, como Cuba e Irán, a través del impulso a la revolución y al cambio mundial anticapitalista.

Pero no se trata solo del contexto internacional. Ambos países también mantienen importantes diferencias relacionadas con la política nacional venezolana. En el orden político, mientras que EEUU propone la profundización de la democracia representativa, Venezuela plantea que están dadas las condiciones para el tránsito hacia el socialismo del siglo XXI, y que la revolución ya está superando la etapa nacional liberadora para pasar a la etapa socialista. En Venezuela, esto va acompañado por la profundización del papel del Estado, lo que implica la concentración del poder político y la reducción del poder económico disperso en una sociedad civil cada día menos autónoma, sin una garantía a la propiedad privada lo suficientemente fuerte.

Sin embargo, EEUU ha asumido diferentes posiciones frente al caso venezolano: entre 1999 y 2002, «esperar y ver»; entre 2002 y 2004, «suspicacia», y desde 2005, «haz lo correcto». Si a esto le sumamos la falta de condiciones para una ruptura con Venezuela y la ausencia de un consenso sobre cómo enfrentar el tipo de amenaza que representa el gobierno de Chávez, se comprende mejor por qué Venezuela mantiene el espacio suficiente para seguir relacionándose con Washington en un plano ambiguo, que, hasta ahora, le ha dado muchos beneficios.

¿Puede llevar esta situación a una ruptura con EEUU y a una radicalización de la estrategia venezolana? ¿Cuál sería el punto de quiebre? Desde fines de 2004, Washington ha profundizado sus críticas hacia Venezuela, sin llegar a la ruptura. Para el gobierno de Bush, Venezuela ha dejado de ser un país seguro y confiable debido a una serie de motivos, algunos de ellos ya señalados en este artículo: el acercamiento a Cuba, la promoción de la democracia participativa, el desarrollo de un modelo económico de clara orientación estatista y las alianzas estratégicas con Rusia, China, Irán, Siria y otros países con los cuales EEUU tiene reservas o disputas. Esta rápida enumeración no significa que en sus relaciones con Venezuela no estén contemplados otros problemas estratégicos de la agenda de seguridad global de EEUU. Entre ellos, podemos señalar la compra de armas por parte del gobierno venezolano y su posición frente a temas como el terrorismo, el narcotráfico y la proliferación de armamentos nucleares. A esto se suma, en líneas generales, la ejecución, por parte de Venezuela, de una política exterior más diversificada, promotora de un mundo multipolar sin una presencia relevante de EEUU, así como las posiciones antiisraelíes y la competencia con Guatemala, apoyada por EEUU, por obtener un sillón de miembro no permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU (que finalmente obtuvo Panamá).

Conclusiones

A mediados de los 80, la política exterior de Venezuela sufrió una importante transformación, acompañada por los cambios a escala mundial y la profundización de los procesos de integración económica. El nuevo gobierno, presidido por Rafael Caldera (1994-1999), esgrimía la causa de la estabilidad democrática y la reconciliación nacional y proyectaba una internacionalización de la industria petrolera. Esto ocurrió junto con el paso a una Venezuela energética, cuya característica principal es el impacto mundial: los ojos de la comunidad internacional se focalizan en un país que, hasta el momento, se había consolidado como estable, moderado y pacífico, y que comenzó a llamar poderosamente la atención. Este «momento» internacional de Venezuela se apoyó, más tarde, en una nueva experiencia política encarnada en la figura de Chávez, quien pasó de ser el actor principal de una de las asonadas militares a presidente constitucional de la República. En la campaña electoral de 1998 y en los primeros meses de su gobierno, Chávez prometió transformar –y efectivamente lo hizo– las bases constitucionales del país, promovió un desplazamiento de elites estatales, comenzó a cambiar las directrices económicas e inició gradualmente una transformación de la diplomacia. Chávez y sus aliados, entre ellos un importante sector militar, aprobaron una nueva Constitución, comenzaron a desarrollar una diplomacia más activa, con mayor énfasis en los temas y los socios tercermundistas, y modificaron la posición de Venezuela hacia Cuba: la isla dejó de ser el enemigo de los años 60 y el socio de los 70 y 80, para convertirse en un país amigo y aliado. Desde ese momento, Venezuela se fue tornando en un problema para Washington debido a su activismo internacional, sus nuevas alianzas, la promoción de su modelo y algunas de sus políticas sociales, entre otros factores. Venezuela trata de diversificar

su suministro de crudos y productos. La ofensiva diplomática trata de llamar la atención sobre el intervencionismo estadounidense en sus asuntos internos. El gobierno venezolano también ha cambiado sus fuentes de armamento militar hacia países de Europa y Asia, y ha dejado de lado la relación privilegiada de antaño. Convoca a sus reservas y desarrolla una doctrina de seguridad nacional basada en la guerra asimétrica.

Sin embargo, no hay que dejar de lado el hecho de que la mayoría de los gobiernos latinoamericanos y caribeños «no ven a Chávez como un modelo, pero al mismo tiempo no les gusta la administración Bush».

EEUU se ha convertido en una pieza central en los cálculos de seguridad de Venezuela. Para el gobierno de Chávez, Washington busca socavar el desarrollo de la revolución venezolana en tres planos diferentes: en el orden mundial, definiendo al gobierno como una experiencia política hostil; en el regional, tratando de limitar la irradiación del proceso chavista; y en el plano bilateral, refiriéndose continuamente a las limitaciones gubernamentales a la democracia y a la libre iniciativa.

La estrategia del gobierno venezolano se basa en la política clásica del brinkmanship, que se aplica en tiempos de crisis y que consiste en amenazar a un adversario hasta obligarlo a desarrollar un gesto de conciliación. «Lo esencial de esta estrategia es la manipulación de los riesgos compartidos de violencia –que se asume que ningún actor quiere– para hacer que el otro baje el tono, a sabiendas de que nadie quiere el escenario de la guerra.» Hasta ahora, el gobierno ha aplicado esta táctica amenazando a EEUU con cortar el suministro de petróleo, profundizando la revolución en Venezuela y exportándola al resto del continente, bajo la premisa de que EEUU experimenta una decadencia como superpoder mundial.

De todo esto se desprende otra conducta que Venezuela genera en EEUU como consecuencia de su estrategia de seguridad. Se trata del «apaciguamiento», es decir la táctica de quienes, al estar defendiendo el statu quo, se enfrentan a un país que quiere quebrantar el orden, como «si sus protestas fuesen meramente tácticas, como si aceptaran en realidad la legitimidad existente, pero exagerando su posición para fines de negociación; como si la motivaran quejas específicas que pudiesen satisfacerse mediante concesiones limitadas». Es por ello que «el apaciguamiento, cuando no es una estratagema para ganar tiempo, es el resultado de una incapacidad para enfrentarse a una política de objetivos limitados». Así, «siempre que exista una potencia que considere opresivo el orden internacional o la forma de su legitimación, sus relaciones con otras potencias serán revolucionarias. En tales casos, no será el ajuste de las diferencias dentro de un sistema dado, sino el sistema mismo, el que se ponga en tela de juicio».

Este planteo se ajusta a la idea de que Venezuela está profundizando una estrategia dual en sus relaciones con EEUU. Por una parte, juega una política de brinkmanship y espera una respuesta de apaciguamiento. Y, por otra, configura una estrategia revolucionaria a fin de cambiar el actual sistema internacional. Esta estrategia está basada grosso modo en conceptos provenientes del pensamiento militar que, en tiempos de la China maoísta, proclamaba la tesis de la guerra asimétrica (guerra del pueblo), la táctica combinada de la guerra de guerrillas y el ejército popular, la estrategia defensiva de la guerra revolucionaria prolongada, la guerra de movimientos y movilizaciones (las reservas) y la creación de un ejército revolucionario y politizado bajo una dirección política.

En este marco, Chávez pronunció el 20 de septiembre de 2006 un discurso en las Naciones Unidas en el cual se refirió a George W. Bush en forma personal. «Ayer estuvo el diablo aquí. Este lugar huele aún a azufre», dijo el presidente de Venezuela. Y reiteró que «la pretensión hegemónica del imperialismo americano pone en riesgo la existencia de la especie humana». Las críticas se repitieron al día siguiente, cuando Chávez, en una reunión con sectores de izquierda y religiosos estadounidenses en el barrio de Harlem, dijo que Bush es «un alcohólico, un hombre enfermo y acomplejado». Estas referencias generaron una respuesta mundial, caracterizada en general por un fuerte desagrado, con advertencias acerca de la profundización de la rivalidad entre Caracas y Washington.

En ese contexto, ¿estará EEUU dispuesto a continuar con su política de riesgo calculado y apaciguamiento con Venezuela, o avanzará en un enfrentamiento inevitable con una potencia revolucionaria? Esto, por ahora, está por verse.Bibliografía

Carrera Damas, Germán: El bolivarianismo-militarismo. Una ideología de reemplazo, Alas del Cuervo, Caracas, 2005.Castañeda, Jorge: «Latin American Left Turn» en Foreign Affairs vol. 85 No 3, 5-6/2006.Chávez, Hugo: «Nuevo mapa estratégico de la revolución. Una nueva etapa. Exposición del jefe del Estado el día 12 de noviembre de 2004», Imprenta Nacional, Caracas, enero de 2005.Da Silva, Elsa Cardozo de: «Cuarenta años después: la política exterior que tuvimos y la que necesitamos» en Revista Venezolana de Análisis de Coyuntura vol. IV No 1, Faces, 1998.Kelly, Janet y Carlos A. Romero: Venezuela y Estados Unidos. Coincidencias y conflicto, IESA / Libros del Nacional, Caracas, 2005.US Department of State, Bureau of Public Affairs: The State of Democracy in Venezuela, Washington, DC, diciembre de 2005, en www.state.gov.

Periódicos

El Nacional, Caracas, Venezuela.The Daily Journal, Caracas, Venezuela.