Tema central

¿Una relación esquizofrénica?

Durante años socios estratégicos, Venezuela y Estados Unidos se distanciaron a partir de la llegada de Hugo Chávez al gobierno. Las posiciones antiestadounidenses, la ayuda a Cuba y un juego mundial que incluye coqueteos con Rusia, China e Irán irritan a Washington, que por ahora ha apostado a la estrategia del apaciguamiento. Las relaciones entre ambos países pueden calificarse de esquizofrénicas, ya que incluyen importantes intercambios comerciales basados en el petróleo y, por lo tanto, se apoyan en intereses difíciles de cancelar. En ese contexto, la tensión bilateral se ha convertido en un dolor de cabeza para los gobiernos latinoamericanos y caribeños que, aunque se niegan a someterse a la diplomacia estadounidense, tampoco quieren llegar a un conflicto con ese país como consecuencia de las posiciones cada vez más radicales de Venezuela.

¿Una relación esquizofrénica?

Introducción

Uno de los acontecimientos más importantes en la política interamericana del presente siglo es la espiral conflictiva que caracteriza las relaciones entre los gobiernos de Hugo Chávez y George W. Bush. Sus divergencias estratégicas, tácticas y verbales, sus percepciones mutuamente negativas, sus diferencias de criterio sobre políticas específicas de la agenda mundial y hemisférica, además de sus aspiraciones a construir alianzas diferentes, constituyen un objeto de atención de diversos actores internacionales y regionales. A la par de estas consideraciones, para algunos analistas resulta difícil comprender el desarrollo de unas relaciones bilaterales que parecieran estar al borde de la ruptura, pero que a su vez tienen –en el plano económico y, particularmente, en el energético– una importancia vital para ambos países. Por otra parte, si bien la mayoría de los gobiernos latinoamericanos y caribeños coinciden en que es necesario aspirar a un mundo multipolar y reducir la dependencia de Washington, lo cierto es que los dimes y diretes entre Venezuela y Estados Unidos están llegando a tal punto que perjudican la puesta en práctica de una agenda hemisférica positiva.

¿Cuáles son, entonces, las causas de esa relación esquizofrénica? Esas diferencias ¿pueden ser tomadas en serio? ¿Pueden llevar a la región a una encrucijada en sus vínculos con EEUU?

Si bien Venezuela no tiene el poder de los países más desarrollados y más capacitados en el aspecto militar para participar activamente en el contexto mundial, sus abundantes recursos energéticos, sumados a su voluntad de llevar adelante una política exterior activa e independiente, la potencian como actor internacional. Durante años, Venezuela fue considerada una pieza importante para la estabilidad regional debido a la solidez de su sistema político y las características de sus relaciones cívico-militares. A pesar de haber experimentado una dictadura militar caudillista liderada por Juan Vicente Gómez (1908-1935), regímenes semiautoritarios (1935-1945), un corto periodo democrático (1945-1948) y una dictadura militar institucional (1948-1958), los venezolanos desarrollaron, desde 1959, una democracia y un sistema de partidos estables, percibidos como un modelo para el resto de América Latina. Y, en cuanto a las relaciones cívico-militares, los sucesivos gobiernos democráticos mantuvieron, desde 1959, el control civil, a pesar de que las Fuerzas Armadas retuvieron de facto ciertos poderes, sobre todo en relación con los temas fronterizos, la política de ascensos, la compra de armamentos y las relaciones militares con EEUU.

Desde el punto de vista diplomático, los gobiernos democráticos trataron de diferenciarse de Washington en el plano multilateral asumiendo un papel activo en las Naciones Unidas y en la Organización de Estados Americanos. Sin embargo, Venezuela nunca defendió una posición antiestadounidense generalizada y pudo combinar su alianza con ese país con su pertenencia a la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP). Por eso, aunque es cierto que Caracas estuvo en desacuerdo con EEUU en cuanto al estatus de la isla de Puerto Rico, la invasión a la República Dominicana en 1965 y el apoyo estadounidense a Reino Unido en la Guerra de las Malvinas de 1982, esto no afectó de modo alguno las relaciones bilaterales.

De todo lo mencionado se deduce que, desde 1958 hasta 1999, las relaciones entre Venezuela y EEUU se desarrollaron en un clima de cordialidad. Sin embargo, ya en los albores del siglo XXI algunos factores –la revuelta social de 1989 conocida como «El Caracazo», los dos intentos de golpe de Estado en 1992 y la grave situación económica– modificaron las percepciones de los analistas estadounidenses, quienes comenzaron a dudar sobre la estabilidad política venezolana. Por añadidura, el petróleo venezolano ya no era tan importante para EEUU como en el pasado, debido a la recomposición de las relaciones entre Washington y los países árabes luego de la caída del Muro de Berlín. En esa misma época, las políticas proteccionistas estadounidenses comenzaron a incluir a Venezuela entre los países sujetos a nuevas disposiciones de carácter hemisférico (barreras arancelarias y no arancelarias). Caracas perdió así sus históricos privilegios. Con la llegada al gobierno de Chávez en 1999, la relación bilateral se modificó y asumió nuevos parámetros, vinculados a una fase energética diferente y a una renovada discusión sobre el estado actual del orden internacional. Todo esto, con base en dos aproximaciones estratégicas diferentes y dos definiciones distintas sobre la seguridad.

Venezuela ha sido una constante entre las preocupaciones estratégicas de EEUU. Desde el punto de vista geopolítico, su situación geográfica es crítica, ya que se encuentra al norte de América del Sur, en un cruce marítimo entre el Caribe y el Atlántico. Por otro lado, posee una industria petrolera y unas reservas petroleras y gasíferas de consideración. De hecho, Venezuela es uno de los cinco principales suplidores de petróleo de EEUU, mientras que las importaciones estadounidenses –concentradas en los recursos energéticos– son las más importantes para el comercio exterior venezolano.

A pesar de ello, el gobierno de Chávez ha utilizado sus diferencias reales y mediáticas con EEUU como una palanca efectista para su proyección mundial y su activismo internacional. El tema, desde la perspectiva venezolana, presenta dos dimensiones. Una, más tradicional, tiene que ver con las proyecciones mundiales, hemisféricas y subregionales de Washington y con la relación con Venezuela que, al cabo de los años, ha asumido una forma más compleja. La otra dimensión está relacionada con los temas internos de Venezuela, sobre todo con la defensa nacional ante una eventual –de acuerdo con la perspectiva del gobierno– agresión por parte de Washington. Esta dimensión tiene rasgos novedosos: para Caracas, EEUU ha dejado de ser un país colaborador en el mantenimiento de la democracia y la estabilidad internas, para comenzar a ser observado ahora de manera «sospechosa».