Opinión

¿Una primavera del fascismo?

No deberíamos comparar a los líderes populistas de hoy con los dictadores asesinos del pasado reciente. Pero, al explotar los mismos sentimientos populares, contribuyen a un clima venenoso, que podría volver a introducir la violencia política en el centro de la escena pública.

¿Una primavera del fascismo?

¿Estamos viendo un nuevo amanecer del fascismo? Mucha gente empieza a pensar que sí. Se ha comparado a Donald Trump con un fascista. También a Vladimir Putin y a una variedad de demagogos y charlatanes de derecha. La reciente ola de bravuconadas autoritarias ha llegado hasta las Filipinas, cuyo presidente electo, Rodrigo «el castigador» Duterte, ha prometido arrojar a los criminales sospechosos a la Bahía de Manila.

El problema con términos como «fascismo» o «nazi» es que mucha gente ignorante los ha utilizado con tanta frecuencia, en numerosas situaciones, que hace demasiado tiempo que han perdido todo significado real. Son pocos los que saben de primera mano qué significó realmente el fascismo. Se ha convertido en una frase genérica para referirse a aquellas personas o ideas que no nos gustan.

La retórica imprecisa no sólo ha tornado vulgarel debate político, sino también la memoria histórica. Cuando un político republicano compara los impuestos a la propiedad en Estados Unidos con el Holocausto, como lo hizo un candidato al Senado en 2014, los asesinatos masivos de judíos se trivializan al punto de perder todo sentido. Lo mismo es más o menos válido cuando se compara a Trump con Hitler o Mussolini.

Como resultado de ello, nos distraemos con demasiada facilidad de los peligros reales de la demagogia moderna. Después de todo, a Trump -o a Geert Wilders en Holanda o a Putin o a Duterte- no le resulta difícil refutar las acusaciones de fascista o nazi. Pueden ser repulsivos, pero no están organizando guardias de asalto uniformados, construyendo campos de concentración o exigiendo el estado corporativo. Putin es el que más cerca está, pero ni siquiera él es Hitler.

Por supuesto, la falta de memoria o la ignorancia sobre el pasado se da en ambas direcciones. Cuando un joven escritor holandés, empático con la nueva ola populista, expresó antipatía por la «elite cultural» de su país, por promover la «música atonal» y otras formas arrogantes de fealdad, en lugar de la belleza saludable que abraza el hombre común, me pregunto si estaba al tanto del ataque de los nazis al «arte degenerado». La música atonal, que difícilmente sea la música de vanguardia hoy, era precisamente el tipo de cosa que los subalternos de Hitler detestaban y prohibieron.

Se perciben otros ecos de nuestra historia más oscura en la grandilocuencia política contemporánea, que hace apenas unas décadas habría marginado a cualquier político que hiciera uso de ella. Avivar el odio a las minorías, arremeter contra la prensa, agitar a las masas en contra de los intelectuales, los financistas o cualquiera que hable más de un idioma, no era parte de la política tradicional, porque suficientes personas todavía entendían los peligros de ese tipo de discurso.

Es evidente que a los demagogos de hoy no les importa mucho lo que definen burlonamente como «corrección política». Es menos claro si tienen suficiente conciencia histórica como para saber que están reavivando a un monstruo que las generaciones posteriores a la Segunda Guerra Mundial creían muerto pero que ahora sabemos que sólo estaba dormido, hasta que la ignorancia del pasado le permita volver a despertarse.

Esto no quiere decir que todo lo que dicen los populistas no sea verdad. Hitler también tenía razón al creer que el desempleo masivo era un problema en Alemania. Muchas de las pesadillas de los agitadores merecen, sin duda, una crítica: la opacidad de la Unión Europea, la duplicidad y la codicia de los banqueros de Wall Street, la reticencia a enfrentar los problemas causados por la inmigración masiva, la falta de preocupación por aquellos afectados por la globalización económica.

Todos estos son problemas que los partidos políticos convencionales no han querido o no han podido resolver. Pero cuando los populistas de hoy empiezan a culpar de estas dificultades a «las elites», quienes quieran que sean, y a las minorías étnicas o religiosas impopulares, suenan próximos, inquietantemente, a los enemigos de la democracia liberal de los años 30 del siglo pasado.

La verdadera marca del demagogo intolerante es la mención de la «traición». Las elites cosmopolitas «nos» han apuñalado por la espalda; estamos enfrentando un abismo; los extranjeros están socavando nuestra cultura; nuestra nación puede volver a ser grande si eliminamos a los traidores, acallamos sus voces en los medios y unimos a la «mayoría silenciosa» para revivir el organismo nacional saludable. Los políticos y sus seguidores que se expresan de esta manera pueden no ser fascistas; pero ciertamente hablan como ellos.

Los fascistas y nazis de los años 30 del siglo pasado no surgieron de la nada. Sus ideas no eran originales. Durante muchos años, intelectuales, activistas, periodistas y clérigos habían articulado ideas llenas de odio que sentaron las bases para Mussolini, Hitler y sus imitadores en otros países. Algunos eran reaccionarios católicos que detestaban el secularismo y los derechos individuales. Otros estaban obsesionados con la supuesta dominación global de los judíos. Y otros eran románticos en busca de un espíritu racial o nacional esencial.

La mayoría de los demagogos modernos tal vez tengan una conciencia vaga de estos precedentes, si es que los conocen. En países de Europa central como Hungría, o de hecho en Francia, pueden en verdad entender los vínculos muy bien, y algunos de los políticos de extrema derecha de hoy no le temen a ser abiertamente antisemitas. En la mayoría de los países occidentales, en cambio, estos agitadores utilizan su admiración declarada por Israel como una suerte de excusa y dirigen su racismo a los musulmanes.

Las palabras y las ideas tienen consecuencias. No se debería comparar a los líderes populistas de hoy con los dictadores asesinos del pasado bastante reciente. Pero, al explotar los mismos sentimientos populares, contribuyen a un clima venenoso, que podría volver a introducir la violencia política en la corriente dominante una vez más.


Fuente: Project Syndicate

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