Coyuntura

Una mirada sobre las elecciones presidenciales en El Salvador

Por primera vez desde la finalización del conflicto armado y la firma de los Acuerdos de Paz, la izquierda del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional(FMLN) tiene posibilidades ciertas de llegar a la Presidencia de El Salvador. Aunque su eventual triunfo constituiría un signo de cambio democrático luego de dos décadas de gobierno del partido de derecha, los riesgos no son menores. Los problemas de gestión electoral y la creciente desconfianza de buena parte de la población en la transparencia de las elecciones podrían generar serios problemas, sobre todo ante un resultado reñido.

Una mirada sobre las elecciones presidenciales en El Salvador

Introducción

El ascenso de gobiernos de izquierda en América Latina en la última década ha sido calificado como un «giro» por diferentes analistas. La oleada parece haber alcanzado a Centroamérica si se consideran de izquierda (moderada, si se quiere) a los gobiernos de Guatemala y Honduras, y si se ubica dentro de este grupo al de Nicaragua. Frente a las elecciones presidenciales del 15 de marzo de 2009 en El Salvador, la pregunta obligada es si el país se sumará a la marea roja que viene desde el sur. Las últimas encuestas muestran una ventaja del candidato del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN), Mauricio Funes, frente al postulante de la derechista Alianza Republicana Nacionalista (Arena), Rodrigo Ávila.

Los años de conflicto armado

El largo periodo de regímenes militares en El Salvador llegó a su fin el 15 de octubre de 1979. El ciclo se había iniciado en 1930 con un golpe de Estado a un presidente civil elegido por el voto popular. Desde entonces, se sucedieron golpes militares, elecciones no competitivas y fraudes electorales. La imposibilidad de acceder al gobierno mediante elecciones libres y llevar a cabo reformas económicas que mejoraran las condiciones de vida de la mayoría de la población salvadoreña –especialmente la rural– contribuyó a la radicalización de un sector de la sociedad. Desde principios de la década de 1970, comenzaron a surgir organizaciones político-militares que desafiaron a los gobiernos de turno hasta alcanzar su punto más alto en 1979, cuando triunfó la Revolución Sandinista en Nicaragua. El incremento de la represión gubernamental a todo tipo de oposición luego de dos sonados fraudes en las elecciones presidenciales de 1972 y 1977, junto con la pérdida de apoyo internacional del gobierno, creó las condiciones para el fortalecimiento de las fuerzas guerrilleras. El golpe de Estado de 1979 fue la solución encontrada por las Fuerzas Armadas para intentar detener un avance revolucionario. El apoyo de Estados Unidos a esta opción fue vital, aunque nadie podía imaginar la larga duración del conflicto armado que estaba a punto de estallar.

Desde aquel momento, cinco organizaciones guerrilleras aunaron esfuerzos y buscaron coordinar sus acciones para enfrentar a las sucesivas juntas cívico-militares. Así, en octubre de 1980 se anunció la creación del FMLN. El 10 de enero de 1981, este proclamó su «ofensiva final» contra el gobierno salvadoreño y su plan de terminar en pocas semanas con un régimen que en los últimos 50 años solo había favorecido a la oligarquía.

Pero, naturalmente, después de lo ocurrido en Nicaragua el gobierno estadounidense no se iba a quedar de brazos cruzados. Centroamérica siempre fue considerada el patio trasero de EEUU: aunque no es una región importante desde el punto de vista económico, sí es relevante en términos geopolíticos. En este marco, y pese a que la Casa Blanca estaba bajo control demócrata, la ayuda económica y militar al gobierno salvadoreño frente a la ofensiva armada no se hizo esperar. En 1981, Ronald Reagan profundizó su respaldo. Sin embargo, para evitar aparecer ante la opinión pública internacional ayudando a un régimen acusado de violaciones a los derechos humanos, Washington impulsó la integración de una junta cívico-militar en El Salvador, que incluía a líderes del Partido Demócrata Cristiano (PDC), principal fuerza de oposición en las décadas de 1960 y 1970.

Con semejante apoyo, el FMLN no fue capaz de vencer al ejército salvadoreño durante su proclamada ofensiva, que de «final» fue convertida en «general». Desde enero de 1981 hasta enero de 1992, El Salvador vivió el más cruento conflicto armado de su historia. Nadie se imaginó, a principios de los 80, que duraría tantos años. En ese contexto bélico se realizaron varias elecciones. En 1982 se eligió una Asamblea Constituyente. Dos años después se votó al primer presidente civil en 51 años: José Napoleón Duarte, del PDC. Un año después se eligió una Asamblea Legislativa con mayoría del partido de gobierno. Sin embargo, esas elecciones –y las que siguieron hasta las de 1991– no pueden ser catalogadas de libres ni de competitivas, debido al contexto de enfrentamiento militar que impedía el sufragio en varias zonas del país y la proscripción de los partidos de izquierda.

Mirando el proceso histórico desde la perspectiva de hoy, lo que realmente ocurrió en El Salvador entre 1979 y 1992 fue una transición política cuyas características más notables eran el conflicto armado interno y la realización de elecciones. Poco a poco, se fue generando una liberalización política. En los comicios presidenciales de 1989 participaron, por primera vez, algunos partidos de centroizquierda. Se impuso, sin embargo, el derechista Arena, la fuerza que gobierna el país desde aquel entonces. No obstante, el conflicto armado persistía, y en noviembre de ese año el FMLN lanzó una nueva ofensiva sobre las principales ciudades del país, incluida la capital.

Los Acuerdos de Paz

Pero las condiciones internacionales estaban cambiando. La Guerra Fría llegaba a su fin. El bloque socialista comenzaba a desaparecer en Europa. Esto contribuyó a que los conflictos regionales fueran resueltos por vía pacífica, y Centroamérica no fue la excepción. Una atmósfera de diálogo se fue extendiendo por la región hasta encontrar eco en los sectores más moderados, tanto de los gobiernos como de las fuerzas guerrilleras que operaban en el istmo. La última ofensiva militar del FMLN, en 1989, sirvió de pretexto a los sectores más radicales de las Fuerzas Armadas para incrementar la represión. Sin embargo, el asesinato de seis sacerdotes jesuitas (cinco de ellos de origen español) provocó una reacción internacional que se sumó a la presión interna para que el gobierno negociara una salida al conflicto armado. En una nueva dinámica de diálogo y negociación, las Naciones Unidas comenzaron a mediar entre las partes. Tres años después, el 16 de enero de 1992, los Acuerdos de Paz, firmados por el gobierno y el FMLN, marcaron el final de la transición política.Los Acuerdos de Paz incluían medidas en relación con nueve temas: Fuerza Armada, Policía Nacional Civil, sistema judicial, sistema electoral, economía, participación política del FMLN, cese del enfrentamiento armado, verificación por parte de Naciones Unidas y calendario de ejecución. Todos estos puntos debían concretarse antes de la realización de las primeras elecciones libres y competitivas de la historia política salvadoreña, previstas para 1994. Ese año, finalmente, se vivió el momento culmen con la realización de elecciones generales en las que, por primera vez, participó el FMLN, convertido ya en un partido político legalmente reconocido. Si la puesta en marcha de los Acuerdos de Paz se considera la instauración de un nuevo régimen político, las elecciones de 1994 fueron su inequívoca señal de largada. La presencia de observadores internacionales logró que fueran consideradas legítimas por todos los contendientes. El candidato de Arena, Armando Calderón Sol, se impuso en los comicios.