Tema central

Una economía de estado estacionario

Frente al fracaso de la economía orientada al crecimiento, el artículo propone intentar una economía de estado estacionario. Los países ricos deben reducir el incremento de su producción para dejar libres recursos y espacio ecológico, a fin de que estos puedan ser usados por los países pobres; al tiempo, deben concentrar sus esfuerzos en el plano interno en el desarrollo y en mejoras técnicas y sociales que puedan ser compartidas libremente con el resto del mundo.

Una economía de estado estacionario

La Tierra, tomada como un todo, se encuentra cerca del estado estacionario. Su superficie no se expande ni se reduce, tampoco su masa; el flujo de energía radiante que ingresa en el planeta es igual al que sale de él (el efecto invernadero ha reducido la velocidad del flujo de salida, pero el incremento de temperatura resultante hará que aumente nuevamente); y la cantidad de material que ingresa desde el espacio es aproximadamente igual a la que sale (ambas despreciables).

Nada de esto significa que la Tierra esté estática: en estado estacionario puede darse un gran cambio cualitativo, y esto es seguramente lo que ocurrió. El cambio más importante de los últimos tiempos ha sido el enorme crecimiento de un subsistema de la Tierra, concretamente la economía, en relación con el sistema total, la ecosfera. Este enorme cambio, que significó pasar de un mundo «vacío» a otro «lleno» es verdaderamente «algo nuevo bajo el sol», tal como lo dice el historiador John Robert McNeil en su libro que lleva por título esa frase1. Cuanto más se acerque la economía a la escala de la Tierra entera, más se deberá adecuar al comportamiento físico de esta. Este comportamiento es un estado estacionario: un sistema que permite el desarrollo cualitativo pero no el crecimiento cuantitativo total. Crecimiento significa más de las mismas cosas; desarrollo significa la misma cantidad de cosas mejores (o al menos cosas distintas). Lo que queda de la naturaleza ya no es capaz de suministrar las fuentes y los sumideros que permitan sostener el flujo metabólico que necesita una economía de tamaño excesivo como la actual, y mucho menos una economía en crecimiento. Los economistas se han concentrado demasiado en el sistema circulatorio de la economía y han omitido estudiar su tracto digestivo. Crecimiento del flujo metabólico significa introducir más de la misma comida a través de un tracto digestivo cada vez más grande; desarrollo significa comer mejor comida y digerirla con más cuidado. Por cierto, la economía debe ajustarse a las reglas de un estado estacionario: debe buscar el desarrollo cualitativo, pero también frenar el crecimiento cuantitativo total. El incremento del PIB combina estas dos cosas tan distintas.

Hemos estado viviendo durante 200 años en una economía orientada al crecimiento. Esto hace difícil imaginar cómo sería una economía de estado estacionario (EEE), a pesar de que durante la mayor parte de su historia la humanidad ha vivido en una economía en la cual el crecimiento anual fue insignificante. Algunos piensan que una EEE significaría congelarse en la oscuridad bajo una tiranía comunista. Otros dicen que es tan sencillo introducir enormes mejoras en tecnología (eficiencia energética, reciclaje) que esto hará que el ajuste sea tan beneficioso como divertido.

De todas formas, sea difícil o sencillo, debemos intentar una EEE, porque no podemos seguir creciendo y porque, a decir verdad, el crecimiento llamado «económico» ya se ha vuelto antieconómico. La economía orientada al crecimiento está fracasando. En otras palabras, la expansión cuantitativa del subsistema económico hace que los costos ambientales y sociales crezcan más velozmente que las ganancias de la producción, y así nos hace más pobres, y no más ricos, por lo menos en los países de elevado consumo. Si uno conoce las reglas de utilidad marginal decreciente y costos marginales crecientes, esto no debería resultar algo inesperado. En ocasiones, hasta la nueva tecnología empeora las cosas. Por ejemplo, el tetraetilo de plomo aportó el beneficio de reducir el pistoneo del motor, pero al costo de dispersar metal pesado tóxico en la biosfera; los clorofluorcarbonos nos dieron el beneficio de un propulsor y refrigerante no tóxico, pero a cambio de crear un agujero en la capa de ozono, lo cual derivó en un aumento de la radiación ultravioleta. Es difícil saber a ciencia cierta si el crecimiento está aumentando ahora los costos más rápido que los beneficios, ya que no nos tomamos la molestia de separar costos de beneficios en nuestras cuentas nacionales. Muy por el contrario, los agrupamos bajo el nombre de «actividad» en el cálculo del PIB.

Los economistas ecológicos han ofrecido evidencia empírica de que el crecimiento es ya antieconómico en países de consumo elevado. Como los economistas neoclásicos no son capaces de demostrar que el crecimiento –ya sea en términos de flujo metabólico o de PIB– nos esté haciendo mejorar en lugar de empeorar, es arrogancia pura de su parte seguir predicando que el crecimiento total es la solución de nuestros problemas. Sí, la mayoría de nuestros problemas (pobreza, desempleo, degradación del ambiente) sería más fácil de resolver si fuéramos más ricos, pero esa no es la cuestión. La cuestión es: el crecimiento del PIB ¿nos sigue haciendo realmente más ricos? ¿O nos está empobreciendo?

Para los países pobres, el crecimiento del PIB sigue aumentando el bienestar, al menos si está razonablemente distribuido. La cuestión es: ¿qué es lo mejor que pueden hacer los países ricos para ayudar a los países pobres? La respuesta del Banco Mundial (BM) es que los ricos deben continuar creciendo lo más rápidamente posible para proporcionar mercados para los países pobres y acumular capital para invertir en ellos. La respuesta del estado estacionario es que los ricos deberían reducir el crecimiento de su flujo metabólico para liberar recursos y espacio ecológico para que sea usado por los países pobres, al tiempo que concentran sus esfuerzos en el plano interno en desarrollo y mejoras técnicas y sociales que puedan compartir libremente con esos países.

La movilidad del capital internacional, junto con el libre comercio, permite a las corporaciones escapar de la regulación nacional de interés público, lo que enfrenta a una nación con otra. Como no existe un gobierno global, las corporaciones, en los hechos, no están controladas. Lo más próximo que tenemos a un gobierno global –Fondo Monetario Internacional (FMI), BM, Organización Mundial del Comercio (OMC)– no ha demostrado interés en regular el capital transnacional en aras del bien común. Su objetivo es ayudar a las corporaciones a crecer, porque se presume que su crecimiento es bueno para todos, y punto. Si el FMI quisiera limitar la movilidad del capital internacional a fin de mantener seguro al mundo para las ventajas comparativas, hay varias cosas que podría hacer. Podría promover tiempos mínimos de permanencia para inversiones extranjeras, a fin de limitar la fuga de capitales y la especulación, y podría proponer un pequeño impuesto a las transacciones en divisas (tasa Tobin). Sobre todo, podría revivir la propuesta de John Maynard Keynes de una unión internacional de compensación multilateral que directamente penalizaría los persistentes desequilibrios de cuenta corriente (tanto déficit como superávit) y así, promovería indirectamente el equilibrio en la cuenta compensatoria de capital, reduciendo los movimientos internacionales de capital.

Gravar aquello que deseamos en menor medida (agotamiento y contaminación) y dejar de gravar aquello que deseamos en mayor medida (ingresos, valor agregado) podría parecer razonable: como dicen los autoadhesivos que se pegan en las ventanillas de los automóviles, «Cobren impuestos a los males, no a los bienes». El cambio podría ser gradual y neutro en el plano recaudatorio. Empezando, por ejemplo, por renunciar a X dólares de gravámenes provenientes del peor impuesto a la renta que tengamos para, simultáneamente, recaudar X dólares del mejor impuesto a la explotación de recursos naturales que podamos concebir. En el ejercicio siguiente, deshacerse del segundo peor impuesto a la renta y sustituirlo por el segundo mejor impuesto a la explotación de recursos naturales, etc. Una política como esa podría hacer subir los precios de los recursos naturales e inducir a la eficiencia en el uso de tales recursos.

El conocimiento, a diferencia del flujo metabólico, no se divide al compartirlo, sino que se multiplica. Una vez que el conocimiento existe, el costo de oportunidad de compartirlo es nulo y su precio de asignación debería ser nulo. La ayuda internacional para el desarrollo debería tomar cada vez más la forma de conocimiento compartido libre y activamente, junto con pequeños subsidios, y cada vez menos la forma de grandes préstamos con intereses. Compartir conocimiento tiene bajo costo, no genera deudas impagables y aumenta la productividad de los escasos factores de producción verdaderamente rivales. El conocimiento existente es el insumo más importante para la producción de nuevo conocimiento, y mantenerlo artificialmente escaso y caro es perverso. Los monopolios de patentes (también conocidos como «derechos de propiedad intelectual») deberían ser concedidos para menos «invenciones» y por menos años.

¿Podría una EEE sostener la enorme superestructura financiera construida en torno de expectativas de crecimiento futuro? Probablemente no, dado que las tasas de interés y las tasas de crecimiento serían bajas. La inversión sería principalmente para la sustitución y la mejora cualitativa. Quizás habría una contracción saludable de la enorme pirámide de deuda que se encuentra en un precario equilibrio en lo alto de la economía real, amenazando con entrar en crisis. Además, la EEE podría beneficiarse al dejar nuestro sistema bancario de reserva fraccionaria para ir hacia exigencias de reservas del 100%.

El 100% de las reservas podría poner nuestro dinero circulante nuevamente bajo el control del gobierno, en lugar de la banca privada. El dinero sería, más que el subproducto de los préstamos comerciales que buscan incrementar el beneficio, una utilidad verdaderamente pública. Bajo el actual sistema de reserva fraccionaria, el dinero circulante se expande mientras hay crecimiento y se contrae cuando hay crisis, lo que refuerza la tendencia cíclica de la economía. El beneficio de crear dinero nuevo (con costo insignificante) y de ser el primero en gastarlo –y en recibir su valor de cambio completo–, lo que se conoce como señoreaje, sería para el sector público, no para el sector privado. Las exigencias de reservas, algo que de todas maneras manipula el Banco Central, podrían aumentarse gradualmente desde los muy bajos valores actuales hasta llegar al 100%. Los bancos comerciales obtendrían sus ingresos de la intermediación financiera (prestando para ello el dinero de los ahorristas) y de las comisiones por servicio sobre cuentas corrientes, más que de prestar a interés el dinero que ellos crean de la nada. Prestar solo dinero que en verdad ha sido ahorrado por alguien restablece el equilibrio clásico entre abstinencia e inversión2. Esta disciplina adicional para la cesión y obtención de préstamos probablemente serviría para prevenir debacles como la actual crisis de las hipotecas sub-prime. Reservas del 100% estabilizarían la economía y desacelerarían el apalancamiento tipo Ponzi.Aunque estas políticas de transacción puedan parecer radicales a los ojos de muchos, vale recordar que, además de poder aplicarse de forma gradual, se basan en las conservadoras instituciones de la propiedad privada y la asignación descentralizada de recursos del mercado. Sencillamente reconocen que la propiedad privada pierde su legitimidad si está distribuida de manera demasiado desigual y que los mercados pierden su legitimidad si los precios no dicen toda la verdad sobre los costos. Además, la macroeconomía se convierte en un absurdo si se necesita que su escala crezca estructuralmente más allá de los límites biofísicos de la Tierra. Y mucho antes de ese límite físico radical, nos encontramos con el límite económico conservador en el que los costos adicionales del crecimiento se vuelven mayores que los beneficios adicionales.

Lejos del punto de inflexión: diez pasos esenciales para lograr un futuro económico ecológicamente viable

1. Establecer sistemas de cap-auction-trade (subasta de derechos de emisión y fijación de límites máximos) para recursos básicos. El límite máximo acota la escala biofísica de acuerdo con las restricciones de las fuentes de recursos o de los sumideros, dependiendo de cuáles sean más graves. Mediante la subasta, se capta la renta de escasez para una redistribución equitativa. El comercio permite una asignación eficiente conforme a los usos más elevados.

2. Llevar adelante una reforma impositiva ecológica. Cambiar partiendo de la base impositiva del valor agregado (trabajo y capital), para pasar a «aquello a lo que se agrega valor», concretamente, el flujo metabólico entrópico de los recursos extraídos de la naturaleza (agotamiento), a través de la economía, y el retorno a la naturaleza (contaminación). Internaliza los costos externos e incrementa los ingresos de un modo más equitativo. Establece un precio para las aportaciones de la naturaleza, escasas, pero antes carentes de precio.

3. Limitar la desigualdad en la distribución de la renta. Un ingreso mínimo y un ingreso máximo. Si no hay crecimiento total, la reducción de la pobreza requiere redistribución. La igualdad absoluta es injusta, como también lo es la desigualdad ilimitada. Es preciso buscar los límites justos a la desigualdad.

4. Reducir la duración de la jornada laboral diaria, semanal y anual. Permitir mayores posibilidades de ocio o de trabajo personal. El pleno empleo externo a tiempo completo es difícil de alcanzar sin crecimiento.5. Volver a la regulación del comercio internacional. Abandonar el libre comercio, la libre circulación de capital y la globalización; aplicar aranceles compensatorios para proteger las políticas nacionales eficientes de internacionalización de los costos contra la competencia de estándares a la baja por parte de otros países.

6. Transformar el FMI, el BM y la OMC en algo parecido al proyecto de Keynes de una unión multilateral de compensación de pagos, que aplique multas tanto sobre los balances superavitarios como sobre los deficitarios. El objetivo es equilibrar las cuentas corrientes y evitar grandes transferencias de capital y deuda externa.

7. Promover los requerimientos de reserva de 100% en lugar de un sistema bancario de reserva fraccionaria. Dar al gobierno el control sobre el dinero circulante y el señoreaje, y no a la banca privada.

8. Colocar en fideicomisos públicos el resto de bienes comunes de capital natural rival, establecerles un precio y liberar del control y precio privados los no rivales, tales como el conocimiento y la información. Dejar de considerar los bienes escasos como si no lo fueran, y viceversa.

9. Estabilizar la población. Tomar medidas para que el número de nacimientos e inmigrantes se iguale al de decesos y emigrantes.

10. Reformar las cuentas nacionales. Dividir el PIB en una cuenta de costos y otra de beneficios. Frenar el crecimiento cuando el costo marginal se equipare con el beneficio marginal. No sumar jamás ambas cuentas.