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Un pajarillo llamado «Mané». Evocación de Manuel dos Santos, Garrincha

Este artículo está dedicado a recordar a Manuel dos Santos, Garrincha, el mítico puntero brasileño de los Mundiales de 1958 y 1962, y especialmente los alcances de su juego en los márgenes de una cancha. Su signo fue la excepcional habilidad en los espacios mínimos, con la que construía los laberintos donde se perdían sus rivales, quienes debían resignarse a simplemente verlo pasar. Las torcidas lo consideraban «la alegría del pueblo» porque su juego, más allá de las rivalidades, lograba que lo lúdico primara sobre cualquier otra posibilidad, fascinando por igual a propios y ajenos.

Un pajarillo llamado «Mané». Evocación de Manuel dos Santos, Garrincha

1. Pocas cosas más efímeras e insignificantes que los masivos espectáculos públicos de nuestro tiempo: nadie ni nada vale ahí sino la renovación perpetua de esas máquinas que convierten el ocio colectivo en fuentes de dinero. El heracliteano «todo pasa» puede haber sido pensando peyorativamente para ese mundo donde una oscura red de empresarios y promotores arman precarios teatros donde se ritualizan vanos simulacros de las tensiones que agitan los deseos humanos. En general, poco o nada «sucede» ahí: el espectador lo sabe, también el actor, y todos, cada uno a su manera, con resignado realismo, tratan de aprovechar lo mejor posible las circunstancias. «Ya vendrán otras mejores».

Sin embargo, en los intersticios de tales sistemas de banalidades, algo surge, algo brilla de vez en cuando, algo totalmente ajeno a la lógica dominante del sistema. Como si de pronto Alicia hubiera pasado a través del espejo.

2. Un 15 de junio de 1958, allá en Suecia, el seleccionado brasileño de fútbol –futuro campeón mundial– incluyó en su alineación a dos figuras suplentes, Pelé y Garrincha, que con el tiempo llegarían a ser símbolos de la maravilla y la magia posibles en este deporte. Hay una zona en la que todo deporte –sistema de reglas y habilidades– toca las fronteras de lo excepcional y se traduce, para la memoria colectiva, en un más allá que se explicita con analogías mágicas y artísticas. Sabemos que Pelé la frecuentó y de ahí el justificado lugar, el del Rey, que ocupará para todos aquellos que, de una u otra manera, se han acercado al fútbol. Pero no es Pelé quien, para mí, concentra los más inéditos alcances de ese deporte, sino Garrincha: esa indeleble finta en la punta derecha en un costado de la cancha, «esa diablura que los atareados años desafía», esa concentración de astucias donde el cuerpo y la pelota, y el espacio y el tiempo, y el orden de propios y ajenos, forman por momentos un estructurado casi-cristal donde él introduce la siempre inédita –la siempre añorada o esperada– diferencia –transparencia– que, al desordenado todo –todo lo previsible–, abre no sé qué puertas, no sé qué salidas, que no sabemos qué nos andan diciendo, si no verdades, felicidades.

No creo entender realmente lo que significó y significa el juego de Garrincha; pero tampoco puedo abandonar la idea de que lo suyo llevaba el juego del fútbol a una zona «otra» donde lo popular inscribe una marca irrecuperable para cualquier sistema; aunque esa marca, en un cierto sentido, como en su vida íntima, haya sido también un fracaso. Estas notas no son, pues, una hermenéutica del juego de Garrincha, son solo digresiones en torno de una leyenda, notas a un cuento de Las mil y una noches, se diría.

3. Es muy significativo, en un mundo cifrado en dominaciones, que Garrincha –quien parecía armar sus melodías sobre la base de disonancias y silencios, y cuyos «quiebres» de cintura, valga el clisé, tienen algo de pasos de samba– haya sido apodado «la alegría del pueblo» y que solo en sorna o cruel ironía del tiempo –tal su aparición en un carnaval carioca– haya sido figurado como un monarca. Todo ocurre como si los atributos del poder le hubieran sido fundamentalmente ajenos. No tenía –felizmente, quizá– los sobrios y severos rasgos que motivan proyecciones y adjetivaciones nobiliarias: ni «rey» como su compañero de selección, ni «káiser» como Franz Beckenbauer, sino, simplemente, «la alegría del pueblo».

En ese sentido, uno tiende a situarlo –como quien asume una etimología fantástica– surgiendo de las favelas e invadiendo con su juego el «centro» de un territorio enemigo, cuyos habitantes, hipnotizados, apenas lo ven pasar. Ciertamente, el «pueblo» y «lo popular» se prestan a todo tipo de articulaciones, y no en vano son el objeto privilegiado de todas las demagogias. Sin embargo, quizá todavía podemos pensarlo como esa masa que propone René Zavaleta Mercado en su ensayo «Las masas en noviembre»1: como un cuerpo social cuya intersubjetividad se construye territorialmente y que se marca históricamente por su permanente enfrentamiento con los instrumentos represivos del poder. Para ese tipo de pueblo, Garrincha es su alegría.

Y si el pueblo es –en el fondo– algo territorial, terrestre, es claro que el juego de Garrincha era uno apropiadísimo para imbricarse en ese tipo de intersubjetividad. No olvidemos, de partida, que Garrincha jugaba de puntero derecho, bien pegado a la línea de cal, como quien juega en las fronteras, en los márgenes, siempre un poco lejos del «centro». Norman Mailer, quizá, hubiera comparado su juego –y el tipo de puntero que representaba: artífice de pequeños espacios y no penetrador en diagonal y no perseguidor de pelotas largas– al ajedrez introducido, entre otros maestros, por Aron Ninzovitch y Richard Réti. Ajedrez que no ocupa de partida el centro del tablero sino que se desplaza a mínimos espacios laterales donde se prepara –gracias a minuciosos juegos tácticos– una posterior y definitiva y fatal apropiación del centro. Mailer en The Fight (1975):

En el ajedrez, ningún concepto había estado más firmemente establecido que el control del centro, y por la misma razón que en boxeo: daba movilidad al ataque ya sea por izquierda o por derecha. Más tarde ocurrió una revolución en el ajedrez y nuevos maestros argüían que si uno ocupaba demasiado temprano el centro se creaban debilidades tanto como fortalezas. Era mejor invadir el centro luego de que el contrario estuviera ahí ya comprometido. Por supuesto, con tal estrategia uno tenía que ser habilidoso en espacios apretados. Un brillo táctico era esencial en cada paso.2

A su manera, Garrincha –como los punteros de su estilo– habría manejado su derroche técnico en una perspectiva análoga: al jugar apretadamente en los bordes, anulando uno tras otro en reducidos espacios a los relevos que, finalmente, acababan mirándose sorprendidos unos a otros mientras él pasaba entre ellos, él «abre» la defensa contraria, la disemina, la ralea y prepara la muchas veces fatal llegada del gol. «Espejismos».

  • 1. En R. Zavaleta (comp.): Bolivia hoy, Siglo xxi Editores, México, df, 1983.
  • 2. N. Mailer: The Fight, Little, Brown and Company, Boston, 1975.