Ensayo

Un fantasma que recorrió América Latina A 100 años de la Reforma Universitaria

En el centenario del estallido del movimiento de la Reforma Universitaria en Córdoba, Argentina, reconstruir las inquietudes y las instancias de sociabilidad de los estudiantes latinoamericanos de las primeras décadas del siglo xx contribuye a reponer parte de la historia política y social de la región. Se trató de un movimiento que articuló diversas sensibilidades políticas, desde el liberalismo hasta el marxismo, pasando por un antiimperialismo transversal, que en los años 20 se extendió por diversos países y constituyó el terreno para nuevas emergencias intelectuales.

Un fantasma que recorrió América Latina / A 100 años de la Reforma Universitaria

En junio de 2018 se cumplen 100 años de la revuelta argentina con la que se inició la Reforma Universitaria. La impugnación de los estudiantes y jóvenes graduados de la Universidad Nacional de Córdoba a la elección de un rector de impronta católico-conservadora pronto sería identificada como el comienzo simbólico de un movimiento político-cultural mediante el cual los estudiantes se sumaban –y renovaban– a las izquierdas latinoamericanas. Ante el centenario de la Reforma, nos detendremos en las novedades que la articulación de ese movimiento introdujo en la identidad estudiantil y repasaremos también las formas que fue adquiriendo en su recorrido inicial por el continente.

Agremiación estudiantil

A fines del siglo xix, se registran en las universidades de Buenos Aires, Santiago de Chile y Montevideo los primeros grupos estudiantiles que reclaman reformas universitarias. Estas debían introducir, en su opinión, cátedras con perspectiva científica, la asistencia no obligatoria a clases, la participación de profesores y estudiantes en el gobierno universitario y criterios menos memorísticos y arbitrarios en los exámenes. En ese entonces, las universidades latinoamericanas –varias de ellas herederas del orden colonial– se orientaban a la regulación de las profesiones liberales (medicina, ingeniería y abogacía) y tenían un escaso perfil científico. Su misión era ofrecer la primera formación –completada por el viaje a Europa– a los futuros gobernantes y técnicos de las repúblicas oligárquicas.

A comienzos del siglo xx, un grupo de estudiantes de medicina fundaba la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile (fech), que con varias interrupciones pervive hasta la actualidad. Interpelados por ideas liberales y socialistas, esos jóvenes se reunieron para definir sus reivindicaciones gremiales y promover la extensión universitaria a través de conferencias para obreros. Con ello se comenzaba a esbozar una identidad estudiantil alejada de la república oligárquica, pero deberían irrumpir diversos acontecimientos nacionales e internacionales para que esa identidad terminara de delinearse1.

Los estudiantes de la Universidad de Buenos Aires (uba), por su parte, protagonizaron entre 1903 y 1906 un ciclo de huelgas que cuestionó la calidad educativa y la autoridad universitaria y que se entrelazó con las ideas y prácticas anarquistas y socialistas, de amplia circulación en el Río de la Plata2. Las huelgas lograron que la universidad dejara de estar gobernada por academias vitalicias –compuestas por dos tercios de figuras notables y solo un tercio de profesores–, para pasar a regirse por consejos directivos formados íntegramente por profesores titulares elegidos de modo periódico. Pero luego de ese logro, el movimiento tendió a perder intensidad3. Por su parte, los jóvenes de la Universidad de la República habían creado la Asociación de los Estudiantes de Montevideo en 1893. Esta incrementó su actividad en 1905 cuando realizó una serie de protestas contra la asistencia obligatoria y los criterios de aprobación de los exámenes4. Y de la Asociación provendría el impulso para tramar una sociabilidad gremial continental que, a distancia de la extensión organizada por los estudiantes chilenos y de las huelgas de los porteños, se inscribió en las repúblicas oligárquicas.

La asociación uruguaya convocó a un primer Congreso Internacional de Estudiantes Americanos, que se realizó en Montevideo en enero de 1908. A él asistieron casi 100 representantes de centros estudiantiles de Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Paraguay y Perú. Guatemala y Cuba delegaron su representación en tres estudiantes montevideanos, y de Estados Unidos solo se recibió la adhesión de algunas universidades. Durante una semana, los delegados discutieron, en comisiones, cuestiones relacionadas con la medicina, el derecho, la ingeniería y la arquitectura, el comercio y los estudios secundarios. Además debatieron, en reuniones plenarias y a partir de informes preparados previamente, sobre la dependencia estatal o privada del sistema universitario, el sistema de exámenes, los estudios libres, la unificaciones de los programas de las universidades del continente y la equivalencia de los títulos, la especialización o la generalización de los estudios, las franquicias a los estudiantes, las becas y bolsas de viaje, los ejercicios físicos y torneos atléticos internacionales, la glorificación de los prohombres americanos, la adhesión a la Federación Internacional de Estudiantes Corda Frates, la designación del Día de la Primavera como fiesta de los estudiantes, el intercambio de libros, diarios y revistas, la fundación de una Liga de Estudiantes Americanos y la organización de congresos periódicos.

Los delegados aprobaron la fundación de la Liga y su sección argentina organizó en 1910 en Buenos Aires el segundo Congreso; en 1912 se desarrolló en Lima el tercero; en 1914 debía organizarse el cuarto en Santiago de Chile, pero la organización se disgregó. Los temarios sugieren que esa sociabilidad continental se circunscribió a cuestiones gremiales. Pero si en 1908 ya se encuentran los reclamos de democratización universitaria que definirán la Reforma, estos no se vinculan a la demanda de repúblicas más democráticas e igualitarias, y esa justamente será la novedad definitoria de la Reforma. En efecto, la Liga no solo no cuestionó el imperialismo estadounidense ni las restricciones democráticas que mantenían las elites gobernantes, sino que fomentó un juvenilismo para el cual el reclamo de mejores universidades se vinculaba a la mejor formación de los sucesores de las elites oligárquicas. Y estas fueron las que solventaron los viajes de las delegaciones estudiantiles y recibieron en cada encuentro a los jóvenes como embajadores culturales de las repúblicas de las que provenían. La distancia con las izquierdas era tal que en 1914 el diputado socialista Juan B. Justo se opuso a que el Estado argentino gastara el «dinero del pueblo» para financiar el viaje de los estudiantes que discutirían en Chile las reformas universitarias en el marco del frustrado cuarto Congreso5. En cambio, cuando surgieron las revueltas cordobesas de mediados de 1918, Justo se mostró como uno de los defensores más decididos de los reformistas.

Estallido y expansión de la Reforma

En la Córdoba de 1918, la eliminación de las academias vitalicias –lograda por los estudiantes de Buenos Aires en 1906– estuvo en el centro del estallido del movimiento de la Reforma. Pero, a distancia de la sociabilidad de la Liga, su reemplazo por un sistema de gobierno universitario más democrático rápidamente se erigió en el primer logro de una sociabilidad estudiantil que impugnaba tanto la formación clerical-conservadora de la Universidad de Córdoba como las repúblicas oligárquicas que gobernaban los distintos países latinoamericanos. Los líderes de la revuelta cordobesa y redactores del Manifiesto liminar –del que la Federación Universitaria de Córdoba preparó una centena de copias para ponerlas a circular por el continente– impulsaban la articulación de las reformas universitarias con el reclamo por mayor democracia social y, junto a ello, una identidad estudiantil que por primera vez trazaba su solidaridad con el movimiento obrero.

En julio de 1918, 60 estudiantes, delegados de las universidades de Córdoba, Buenos Aires, La Plata, Tucumán y Santa Fe, se reunieron en Córdoba para desarrollar el primer Congreso Nacional de Estudiantes. Los proyectos que lograron la aprobación tendían a limitar la reforma a los reclamos gremiales, pero el encuentro le permitía a la minoría que intentaba vincularla a las izquierdas darse a conocer y proyectarse en otras instancias. Por su parte, en agosto de 1918 Hipólito Yrigoyen –el presidente argentino, surgido de la Unión Cívica Radical, que había inaugurado dos años antes la república democrática– decretaba unas nuevas bases universitarias y con ello forzaba a las autoridades universitarias a modificar sus estatutos para implementar el cogobierno, la libertad de cátedra y los concursos de profesores. Junto con el congreso estudiantil, el decreto facilitaba la expansión de los reclamos cordobeses a las otras universidades, pero también generaba una intensa polémica sobre el significado del movimiento emergente. Y en esa polémica participaron reformistas que apenas tenían puntos de vista en común, pues hasta mediados de la década de 1920 se reconocían defensores de la Reforma tanto las autoridades académicas que –como Rodolfo Rivarola y José Arce– desaprobaban la participación estudiantil en el gobierno universitario y la circulación de ideas de izquierda como quienes impulsaban la democratización de las universidades desde afinidades políticas tan diversas como el liberalismo construido por el yrigoyenismo, el nacionalismo jerarquizante y los distintos filones de las izquierdas.

En sus discursos y artículos, Deodoro Roca, Saúl Taborda, Carlos Astrada y otros líderes cordobeses insistieron en que el fin de la prolongada Gran Guerra, el triunfo de los bolcheviques en Rusia, la creciente conflictividad obrera argentina y los límites del reformismo yrigoyenista anunciaban nuevos tiempos en los que la revolución emancipatoria era inminente. La tarea de la «nueva generación» era construir universidades más democráticas y científicas, pero también participar del movimiento social que permitiría alcanzar la emancipación. A esta interpretación se sumó José Ingenieros con su prestigiosa Revista de Filosofía, así como Alfredo Palacios, reconocido por su condición de primer diputado socialista de América Latina.

Las federaciones debieron decidir si su acción se circunscribía a los problemas gremiales de los estudiantes. La Federación Universitaria de Buenos Aires (fuba) defendió el apoliticismo, mientras que la de Córdoba y la Federación Universitaria Argentina (fua) estuvieron dirigidas por los reformistas que impulsaban un posicionamiento izquierdista de las agremiaciones estudiantiles. A su vez, en Buenos Aires, Córdoba y otras ciudades argentinas y latinoamericanas surgieron grupos que promovieron la continuidad entre reforma universitaria y revolución social6.

La inscripción de la Reforma en las izquierdas que impulsaban estos grupos terminaría prosperando, a punto tal que hacia 1923 los estudiantes nacionalistas dejaban de definirse como reformistas. Pero la identidad izquierdista no permaneció inalterable ni unificada. Su primera reconfiguración se produjo a mediados de los años 20, cuando la denuncia del imperialismo estadounidense comenzaba a estar en el centro de las preocupaciones reformistas. Y en ello resultaban decisivos no solo la derrota de las insurrecciones bolcheviques en Europa y la desaceleración del conflicto social argentino, sino también los ecos que el movimiento había encontrado en diversas ciudades del continente.

La Reforma recorre América Latina

A fines de 1918, dos estudiantes chilenos visitaron Buenos Aires para conocer el sistema universitario argentino. A través de ellos llegó a Chile una definición institucionalista de la Reforma; los jóvenes habían sido recibidos por las autoridades universitarias y por la fuba y partieron sin conocer a los grupos izquierdistas ni visitar la conmocionada Córdoba. Pero la definición de esos grupos no tardaría en ser saludada por la fech, pues en 1920 la Federación se vinculó a la fua y en 1922 recibió al líder de la Federación de Estudiantes del Perú, Víctor Raúl Haya de la Torre, y se dejó convencer de emprender una campaña para reclamar la autonomía universitaria, la docencia y asistencia libres y los distintos principios de los reformistas argentinos y peruanos.

En Lima el entusiasmo por la revuelta cordobesa creció a través de las conferencias que pronunció Palacios en 1919. Los estudiantes de la Universidad de San Marcos ya contaban con una organización gremial alejada de las simpatías hacia la república oligárquica. De todos modos, erigieron al movimiento estudiantil argentino en la guía para construir una identidad comprometida con la emancipación humana. En junio de 1919 se reunieron en una serie de asambleas e iniciaron una huelga para reclamar la democratización universitaria. De modo similar a Yrigoyen, Augusto Leguía –quien acababa de asumir como presidente provisorio y afrontaba la resistencia de las oligarquías universitarias– recibió a los estudiantes en huelga y buscó consolidar una alianza mediante un decreto que incorporaba en los estatutos universitarios la libertad de cátedra y el cogobierno. Además, en marzo de 1920 financió la realización en Cuzco del primer Congreso Nacional de Estudiantes. En este se evidenció el emergente liderazgo de Haya de la Torre pero, como había ocurrido en el congreso cordobés de julio de 1918, la mayoría de los delegados se reconocieron en el nacionalismo y no dieron su aprobación a los proyectos que ligaban el movimiento estudiantil a la justicia social. Sí legitimaron la huelga como un método de reclamo y las universidades populares como una obligación estudiantil. Desde estas –y no desde la realización de congresos–, Haya de la Torre y un puñado de jóvenes avanzarían en su anhelada inscripción de la Federación de Estudiantes de Perú en las izquierdas. En 1921 los estudiantes invitaron a los obreros al local estudiantil para tomar cursos de arte, historia, economía, ciencia, cuestiones obreras y revolucionarias; poco después sumaron clases en el barrio obrero Vitarte, y si bien las actividades se interrumpieron en 1922 (cuando el movimiento se disgregó y Haya de la Torre partió por cuatro meses a recorrer Uruguay, Chile y Argentina), en 1923 tomaron un nuevo y breve impulso bajo el nombre de Universidad Popular González Prada7.

En cuando a los estudiantes de la Universidad de la República, en 1920 los jóvenes que animaban el Centro Ariel se vincularon al grupo radicalizado de Buenos Aires y, luego de declarar que habían «ampliado la visión y fortificado la conciencia de la obra pedida por la hora histórica»8, reivindicaron la Reforma como un movimiento político-cultural de escala continental y la «revolución en los espíritus» como la tarea intelectual de la hora emancipadora internacional9. Además de organizar conferencias de extensión y editar la revista Ariel, en 1922 estos jóvenes tuvieron un rol protagónico en dos reivindicaciones gremiales: la autonomía universitaria y la fundación de una facultad de Filosofía y Letras. La figura magisterial de la primera fue Alfredo Palacios, quien había sumado a su reconocimiento el de ser el decano reformista de la facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales en la Universidad Nacional de La Plata. La segunda campaña tuvo como maestro al filósofo antipositivista Carlos Vaz Ferreira. A diferencia del resto de las universidades de América Latina, la de la República era gratuita y tenía una impronta más democrática. De todos modos, los estudiantes lograrían aquellas reivindicaciones, así como el cogobierno, los concursos y la libertad de cátedra, luego de varias décadas y sucesivas huelgas y manifestaciones.

En 1920, la fua firmaba los dos primeros convenios internacionales estudiantiles de América Latina, uno con la federación peruana y otro con la chilena. Sus compromisos no se tradujeron en actividades masivas ni lograron concretar el congreso internacional, pero permitieron que estrecharan vínculos los líderes que ligaban la Reforma al reclamo de mayor democracia social, quienes pronto se preocuparon por la denuncia del imperialismo.

El único congreso internacional de estudiantes en los años 20 fue el organizado en México. El éxito de la Revolución Rusa y el fin de la guerra europea decidieron a los líderes de la Revolución Mexicana a construir una red de apoyo que dejara de asociar el movimiento a una revuelta entre bandidos que se mataban entre sí, para incorporarlo al panteón emancipatorio10. Una vez conocida la expansión por América del Sur del movimiento estudiantil, el presidente Álvaro Obregón se dejó convencer por José Vasconcelos, entonces rector de la Universidad Nacional de México y poco después secretario de Educación Pública, sobre la necesidad de estructurar el apoyo a partir de un multitudinario congreso estudiantil. Este se desarrolló en septiembre de 1921 y, a diferencia de los Congresos Internacionales de Estudiantes Americanos y de los congresos nacionales que se realizaron en Córdoba y en Cuzco, votó resoluciones que distanciaban a los estudiantes tanto de las elites oligárquicas como del liberalismo, para tornarlos defensores de una democracia regida por la igualdad económica. Allí se fundó la Federación Internacional de Estudiantes y se decidió la oposición al chauvinismo, las tiranías y la mercantilización del trabajo humano. Asimismo, se colocaron en el centro de las preocupaciones las mismas que tenía la Revolución, esto es, la denuncia de la presencia económica y política de eeuu en América Latina.

La Federación decidió que su siguiente encuentro sería en 1922 en Buenos Aires, ciudad que junto con México era el centro cultural más dinámico del continente. Pero, a pesar del entusiasmo, los argentinos no lograron organizar el encuentro y las resoluciones no superaron la condición programática. Una de las causas fue el enfrentamiento que mantuvo con el movimiento estudiantil el nuevo presidente, Marcelo T. de Alvear; otra, las discusiones entre los líderes de la fua sobre la politización de las federaciones.

De todos modos, la red de apoyo a México encontró otra vía de despliegue. Durante 1922, Vasconcelos y una comitiva de intelectuales y estudiantes que sumaba casi 100 personas recorrieron las ciudades más importantes de Argentina, Brasil y Chile en una campaña de propaganda que tenía por misión difundir los avances culturales de la Revolución Mexicana y despertar simpatías en la región. Uno de los más entusiastas anfitriones de la gira fue José Ingenieros, quien descubría en la prédica de Vasconcelos el impulso para ligar el movimiento político-cultural que venía estructurándose en torno de la Reforma a una identidad antiimperialista y latinoamericanista. Esto daría lugar, en París, a la Comisión de Solidaridad con los pueblos del nuevo continente y, en el Río de la Plata, a la Unión Latino-Americana, fundada en 1925 bajo la presidencia de Palacios y disuelta en 1930. La otra red reformista e izquierdista marcada por la denuncia del imperialismo sería la Alianza Popular Revolucionaria Americana (apra), fundada por Haya de la Torre y un grupo de estudiantes a quienes Leguía condenó en 1923 al exilio por haber liderado las masivas movilizaciones obrero-estudiantiles que evitaron que Perú fuera consagrado al Sagrado Corazón de Jesús.

Al iniciar ese exilio, que lo llevaría por México, Europa y la Rusia soviética, Haya de la Torre pasó por Cuba, conoció al joven Julio Antonio Mella y, hasta la ruptura de 1927, lo sumó a la red orientada a fundar el apra. Mella había liderado las movilizaciones estudiantiles con las que la Reforma irrumpió en La Habana. A fines de 1922, en un clima de creciente malestar por la política corrupta e imperialista, el rector de la uba, José Arce, pronunció una conferencia que alentaba la renovación de las universidades emprendida en Argentina. Poco después se fundaba la Federación de Estudiantes Universitarios de Cuba y se organizaban protestas y huelgas contra los profesores que dictaban clases de escasa preparación y fomentaban un saber memorístico.

En octubre de 1923, más de 100 estudiantes se reunían en el primer Congreso Nacional de Estudiantes de la Enseñanza Media y de la Universidad para definir un programa que permitiera actuar a la juventud culta tanto en el campo educacional como en el social e internacional. Los encendidos debates tendieron a dividir a esa juventud en un bloque nacionalista católico y otro laico, que a su vez incluía una mayoría liberal nacionalista y una minoría marxista internacionalista. Mella y el grupo marxista Renovación lograron que el Congreso condenara el imperialismo y el panamericanismo y que llamara a la derogación de la Enmienda Platt, al rechazo del capitalismo y a la fundación de una liga latinoamericana de estudiantes. Si bien no se aprobó la vinculación de las reivindicaciones estudiantiles con las obreras, ella se propició desde la Universidad Popular José Martí junto con un nacionalismo radical que filiaba el patriotismo de Martí con el antiimperialismo y la emancipación señalados por Karl Marx y la Revolución Rusa.En 1924, Mella y su grupo se alejaron de la Federación Estudiantil para fundar una breve Federación Anticlerical. Poco después se reunieron con el incipiente movimiento obrero y una parte de la vanguardia literaria para crear el Partido Comunista. En agosto de 1925, asumió la Presidencia de Cuba Gerardo Machado, quien además de reincorporar a los profesores suspendidos, recortó las libertades políticas y civiles. Al igual que otros dirigentes izquierdistas, Mella fue encarcelado. Luego de una célebre huelga de hambre, consiguió su liberación y escapó a México. Bajo la protección de Vasconcelos, continuó organizando un frente comunista ligado a la Reforma, hasta que en enero de 1929 fue asesinado, probablemente por sicarios de Machado11.

Dos años antes, el movimiento reformista e izquierdista se había escindido en dos frentes irreconciliables y Mella y Haya de la Torre aparecían como sus figuras más visibles. Haya de la Torre había anunciado que la clave popular-nacional del apra ya no convergía con el comunismo, pues ella no podía desplegarse en el internacionalismo y el obrerismo asumidos por la Internacional Comunista. Ante esto, Mella se alejaba del aprismo y promovía la crítica doctrinaria a través del sarcástico artículo «¿Qué es el arpa?». Por su parte, José Carlos Mariátegui, además de alejarse del apra, decidía la fundación del Partido Socialista Peruano (psp).

Como han señalado varios ensayistas, Mella y Mariátegui prolongaron la Reforma en un marxismo latinoamericano para el que eran fundamentales tanto la cuestión indígena y racial como las especificidades del desarrollo económico regional, pero la temprana muerte de ambos se sumó al internacionalismo de los partidos comunistas latinoamericanos para bloquear ese marxismo12. En las décadas siguientes, los jóvenes de Bolivia, Colombia, Paraguay, Brasil y varios países latinoamericanos se sumarían a la identidad estudiantil inscripta en las izquierdas que había logrado inaugurar una fracción de la Reforma y, al hacerlo, debían decidir si participarían de la apuesta aprista, la socialista o la comunista.

  • 1.

    Fabio Moraga Valle: Muchachos casi silvestres. La Federación de Estudiantes y el movimiento estudiantil chileno, 1906-1936, Ediciones de la Universidad de Chile, Santiago de Chile, 2007.

  • 2.

    Juan Suriano: Anarquistas. Cultura y política libertaria en Buenos Aires, 1890-1910, Manantial, Buenos Aires, 2004; Horacio Tarcus: Marx en la Argentina. Sus primeros lectores obreros, intelectuales y científicos, Siglo XXI, Buenos Aires, 2007.

  • 3.

    Tulio Halperin Donghi: La Universidad deBuenos Aires, Eudeba, Buenos Aires, 1962; Pablo Buchbinder: Historia de las universidades argentinas, Sudamericana, Buenos Aires, 2005.

  • 4.

    Juan Oddone y M. Blanca Paris de Oddone: Historia de la Universidad de la República, 2 vol., Ediciones Universitarias, Montevideo, 2010.

  • 5.

    Susana V. García: «Embajadores intelectuales. El apoyo del Estado a los congresos de estudiantes americanos a principios del siglo XX» en Estudios Sociales No 19, 2000; Hugo Biagini: La contracultura juvenil. De la emancipación a los indignados, Capital Intelectual, Buenos Aires, 2012.

  • 6.

    N. Bustelo y Lucas Domínguez Rubio: «Radicalizar la Reforma universitaria. La fracción revolucionaria del movimiento estudiantil argentino (1918-1922)» en Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura vol. 44 No 2, 2017.

  • 7.

    Enrique Cornejo Koster: «Crónica del movimiento estudiantil peruano (1919-1926)» en Juan Carlos Portantiero (comp.): Estudiantes y política en América Latina, Siglo XXI, Ciudad de México, 1978.

  • 8.

    «Nuestro programa» en Ariel No 12, 8/1921, p. 3

  • 9.

    Gerardo Caetano y Jorge Rilla: El joven Quijano, 1900-1933: izquierda nacional y conciencia crítica, Ediciones de la Banda Oriental, Montevideo, 1986.

  • 10.

    Pablo Yankelevich: La Revolución Mexicana en América Latina. Intereses políticos e itinerarios intelectuales, Instituto Mora, Ciudad de México, 2003.

  • 11.

    Cristine Hatzky: Julio Antonio Mella (1903-1929). Una biografía, Oriente, La Habana, 2008; Ricardo Melgar Bao: Haya de la Torre y Julio Antonio Mella en México, Ediciones del CCC, Buenos Aires, 2013.

  • 12.

    J.C. Portantiero: Estudiantes y política en América Latina, cit.: Patricia Funes: Salvar la nación. Intelectuales, cultura y política en los años veinte latinoamericanos, Prometeo, Buenos Aires, 2006; Néstor Kohan: De Ingenieros al Che, Biblos, Buenos Aires, 2000; Martín Bergel: «Tentativas sobre Mariátegui y la literatura mundial» en Nueva Sociedad No 266, 11-12/2016, disponible en www.nuso.org