Coyuntura

Un análisis de las elecciones de Guatemala de 2007

Las elecciones presidenciales de Guatemala estuvieron marcadas por una intensa campaña negativa en contra de Álvaro Colom, quien se impuso pese a ella y a las propuestas de mano dura de su rival principal. Pero lo central, más allá de los resultados, es que el proceso electoral demostró que el país se encuentra en un momento de transición: el escaso entusiasmo despertado por las elecciones confirma que no han surgido nuevos líderes que reemplacen a los viejos patriarcas. Esto, sin embargo, no significa el final definitivo de la cultura patrimonialista y caudillista que prevalece desde el inicio de la historia nacional. El éxito del nuevo gobierno dependerá de su capacidad para superar la división geográfica, dialogar con la oposición y consensuar políticas en el Congreso.

Un análisis de las elecciones de Guatemala de 2007

Ecos de un proceso electoral atípico

Desde que, en mayo de 2007, se inició la campaña para las elecciones presidenciales de Guatemala, el panorama fue poco normal. Existía un único potencial candidato ganador, que se veía entonces tan seguro de su triunfo que hablaba de imponerse en primera vuelta. El resto de los partidos políticos intentaba desesperadamente ubicarse en segundo lugar e ingresar en una eventual segunda vuelta. En la calle, mucha gente repetía que era el tiempo del ingeniero Álvaro Colom, el candidato de la Unidad Nacional de la Esperanza (UNE), detalle que incluso la propaganda de dicho partido utilizaba como argumento para convencer a los indecisos. Además, existía una relativa calma preelectoral: se había firmado un Código de Ética Multipartidaria en el seno del Foro Permanente de Partidos Políticos, y los contendientes se dedicaban a difundir canciones y eslóganes más que a explicar sus planes de gobierno o atacar a sus contrincantes. Muchos analistas afirmaban que la campaña, por momentos, parecía aburrida.

Sin embargo, el proceso electoral se fue deteriorando. Este cambio fue resultado de la violencia que empezó a teñir la campaña, los múltiples señalamientos que los contendientes fueron lanzando el uno contra el otro, una campaña negra muy agresiva, que llegó a niveles inimaginables y, finalmente, el supuesto descalabro del candidato líder (o, si se quiere ver de otra forma, el crecimiento sostenido de un postulante, Otto Pérez Molina, gracias a un maleable discurso de «mano dura»). En la práctica, ninguno de los dos principales candidatos parecía despertar mucha adhesión en el electorado.

Una breve reseña del proceso electoral

Si algo hay que señalar del último proceso electoral guatemalteco es su singularidad. Ninguna elección desde 1985 se había desarrollado con tal nivel de polarización, con un desgaste acumulado de la institucionalidad electoral y con tantas denuncias de fraude, campaña negra y violencia. La campaña se inició tempraneramente, de forma solapada, en marzo de 2006, cuando el entonces secretario general del Partido Patriota (PP), Otto Pérez Molina, colocó vallas publicitarias en la ciudad capital. Allí se adelantaban las ideas que después se convertirían en el eje de su propuesta: «Mano dura» y «Seguridad y empleo». Esto fue interpretado por muchos analistas y medios de comunicación como una campaña electoral anticipada, pese a que la ley electoral lo prohíbe.

Sin embargo, muy pocos pensaban en ese momento que Otto Pérez fuera un rival político de peso. Era un novel candidato, conocido en ciertas esferas, pero desconocido para la mayoría de la población. Además, pesaba su condición de militar en una sociedad que apenas en 1996 había firmado la paz: para entender lo que esto significa, hay que recordar la brutalidad de la guerra, que generó unos 200.000 muertos, cerca de 40.000 desaparecidos, más de 600 masacres en zonas rurales y un saldo de un millón de personas desplazadas. Por otro lado, las chances de Otto Pérez parecían mínimas debido al eslogan escogido, que apelaba a un impactante, pero peligroso, concepto de «mano dura». De hecho, esta idea dividió dramáticamente a la sociedad guatemalteca en dos áreas bien definidas: por un lado, las grandes ciudades, que cuentan con mejores niveles de desarrollo y una infraestructura más moderna, pero que sufren problemas de seguridad. Y, por otro lado, el resto del país, en donde todavía se recuerda con temor la prolongada guerra civil, que fue básicamente rural. Finalmente, la campaña electoral anticipada generó un desgaste y una intensa discusión mediática, con constantes críticas de columnistas, analistas políticos y reporteros. Esto también motivó una serie de cuestionamientos a la incapacidad del Tribunal Supremo Electoral (TSE) para imponer su autoridad y convertirse en garante de las elecciones. A pesar de estos factores negativos, cuando a principios de mayo de 2007 el TSE finalmente anunció la convocatoria electoral, Otto Pérez aparecía como el segundo candidato con mayor intención de voto. Se perfilaba como el único con posibilidades reales de derrotar a Colom.

Para entender esto es necesario analizar el pasado de Colom, quien estuvo bajo un inclemente ataque mediático desde principios de 2004, cuando fue acusado de haber recibido dinero para financiar su campaña electoral de 2003 de dos funcionarios del gobierno de Alfonso Portillo, quien había concluido su mandato en medio de severas críticas. Las denuncias acerca de la vinculación de Colom con el Frente Republicano Guatemalteco (FRG) de Portillo fueron nefastas. De hecho, el medio de comunicación que divulgó los hechos, Prensa Libre, el periódico de mayor circulación del país, pronosticó la tumba política de Colom y se dedicó sistemáticamente a agitar el escándalo. El impacto de tal esfuerzo periodístico se haría sentir en la campaña de 2007: para un sector de la población, en especial la capitalina, Colom era la peor opción posible. La terrible campaña negra reforzó esta impresión.

Colom lideraba las encuestas y Otto Pérez, cuyos niveles de aprobación fueron creciendo, se convirtió en el único competidor con posibilidades de vencerlo. Cuatro días antes de las elecciones, una encuesta señaló que el líder del PP aventajaba por poco al de la UNE y, aunque luego se aclaró que se trataba de un empate técnico, quedó flotando la idea de una derrota de Colom. Otras dos encuestas confirmaron el pronóstico.

Sin embargo, el 9 de septiembre Colom logró el primer lugar, a casi cinco puntos de Otto Pérez: 28,3% a 24,6%. Algo similar ocurrió en la segunda vuelta: de las seis encuestas publicadas, cinco daban como triunfador a Otto Pérez, a punto tal que a mediados de octubre el candidato del PP decidió no asistir a uno de los foros públicos de debate más importantes, decisión que muchos analistas adjudicaron al triunfalismo de un político que se veía a sí mismo como virtual presidente. Sin embargo, el 4 de noviembre Colom aventajó a su rival en 20 de los 22 departamentos del país y obtuvo una ventaja de casi seis puntos. Lo significativo es que el triunfador había enfrentado fuertes cuestionamientos en el marco de una agresiva campaña de desprestigio, una embestida mediática que lo acusó y lo sentenció anticipadamente y múltiples análisis que lo declaraban como el gran perdedor.