Opinión

¿Tregua entre maras en el país más violento del mundo?

El anuncio reciente de una “tregua entre maras” causó estremecimiento en la sociedad hondureña pero su impacto real es discutible: los jóvenes no son la principal causa de la violencia. Las avionetas cargadas de coca no aterrizan en fincas propiedad de pandillas juveniles. Las armas automáticas que periódicamente y en lotes masivos desaparecen de cuarteles militares no son robadas por maras. Las masacres en las cárceles hondureñas no son determinadas por pandillas. En Honduras la violencia criminal es causada por el narcotráfico, y el narcotráfico es dirigido desde personas en el Congreso nacional, el ejército, la policía y la administración pública.

¿Tregua entre maras en el país más violento del mundo?

Honduras ocupó el primer lugar en número de homicidios entre los 207 países relevados por el estudio mundial de las Naciones Unidas de 2011 con una tasa de 82.1 de asesinatos por cada 100 mil habitantes. El país es seguido en la región centroamericana por El Salvador, con 66 homicidos, y Guatemala, con 41.4. La tasa de homicidios llegó a la cifra de 86 por cada 100 mil habitantes según el observatorio de la violencia del PNUD. Sin incluir en la ecuación la violencia doméstica, los crímenes sexuales y la violencia contra la niñez, estos números han sidosuficientes para que Honduras ganara el calificativo de ser “el país más violento del mundo”.

Puede que así sea, o que se trate realmente de “el país de la región en el que mejor se registran estadísticamente los hechos violentos” (una discusión para otro momento) pero de lo que no cabe duda es que la violencia, la criminalidad y la indefensión se han traducido en una real vulnerabilidad y en la preocupación fundamental de la sociedad hondureña.

Por este motivo, el anuncio reciente de una “tregua entre maras” causó estremecimiento en todos los sectores de la sociedad. La idea cobra impulso gracias a la experiencia de El Salvador, país en el que una negociación entre “maras” firmada en marzo de 2012 con mediación de la Iglesia católica y la participación de la OEA (a través de su secretario de Seguridad Multilateral, Adam Blackwell) ha cumplido ya más de un año con el resultado de una disminución de casi 50% en los índices de muertes violentas por causa externa.

Pero en Honduras no ha sido anunciada una tregua, no en realidad. De acuerdo con el obispo Rómulo Emiliani, quien lleva años haciendo un solitario trabajo con miembros de pandillas: “No se ha logrado tregua… ellos siguen en pie de guerra… lo que han hecho es una declaración de principios de reconciliación…”. Bien, existe entonces el inicio de la posibilidad de una posible tregua. Quizás.

Esto es un avance positivo pero su impacto real en Honduras es discutible: los jóvenes no son la principal causa de la violencia. Son eso sí sus principales víctimas.

Quiero decir: Honduras es el principal puente del narcotráfico en la región –casi un narcoestado- y esto implica la participación en las redes criminales desde los más altos niveles de toma de decisión.

Las avionetas cargadas de coca no aterrizan en fincas propiedad de pandillas juveniles. Las armas automáticas que periódicamente y en lotes masivos desaparecen de cuarteles militares no son robadas por maras (aunque éstas sean las destinatarias). Los asesinatos de fiscales que luchan contra el crimen organizado no son ordenados por maras (aunque sin duda muchos de sus integrantes son usados como sicarios). Las masacres y el carácter literalmente combustible de las cárceles hondureñas no están determinados por pandillas.

En Honduras la violencia criminal es causada por el narcotráfico, y el narcotráfico es dirigido desde personas en el Congreso nacional, el ejército, la policía y la administración pública.

La futura y posible tregua es positiva pero hay que combatir la idea firmemente enraizada en la población que las pandillas son la principal causa de la violencia. La sociedad hondureña debe aceptar al narcotráfico como su problema fundamental de seguridad y mientras no se realice un verdadero proceso de depuración militar y policial, mientras no se impulsen políticas de seguridad más allá de la “mano dura” y la represión y se fortalezcan las muy debilitadas instituciones de la democracia, las posibilidades reales de paz en el país más violento del mundo seguirán siendo, justamente, poco más que una declaración de principios.

* Sociólogo hondureño.

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