Tema central

Trabajo del futuro y futuro del trabajo Por una transición progresista

¿Cómo será el trabajo del futuro en América Latina? ¿Será el fin del trabajo tal como lo conocemos? ¿Exportará el subcontinente aún menos productos industriales y más materias primas? ¿Aumentarán los niveles de informalidad? ¿Crecerá el número de personas afectadas por modalidades de empleo precarias? ¿O, por el contrario, se establecerán nuevos sectores que generen empleo de calidad para un número importante de trabajadores y trabajadoras que todavía no saben si podrán beneficiarse de los dividendos tecnológicos?

Trabajo del futuro y futuro del trabajo / Por una transición progresista

No es el fin del trabajo

Estamos atravesando un momento de cambios tecnológicos, de modos de producción y de trabajo. Sin duda este proceso implica la destrucción, la creación y la mutación de puestos de trabajo. Las imágenes y los relatos utilizados para hablar de un futuro de robots, drones e inteligencia artificial invitan a imaginar un mundo de ciencia ficción. Se trata de utopías o distopías –según los puntos de vista– en las que el trabajo ya no es un dominio humano. De este modo, se va imponiendo un cierto sentido común basado en la convicción de que los robots van a reemplazar más temprano que tarde a los seres humanos, y que aterrizaremos así en un nuevo mundo poslaboral. Sin embargo, no parece tan cierto que el saldo de estas mutaciones en el mundo del trabajo vaya a ser tan inapelablemente negativo. Algunos estudios recientes en Alemania sugieren que el empleo está aumentando con la utilización de la nueva tecnología.

Por el momento, disponemos de datos muy limitados sobre el impacto del cambio tecnológico en América Latina, de manera que en los debates regionales se suelen usar los referidos a las tendencias globales. Escasean los estudios sobre los efectos que tendrán las megatendencias definidas por la Organización Internacional del Trabajo (oit) sobre las economías nacionales, los mercados laborales y las sociedades latinoamericanas. No obstante, es posible afirmar que América Latina se verá afectada por los cambios en curso. En todo el mundo cambian las cadenas de valor internacionales, los procesos de producción, los tipos de trabajo y, por consiguiente, también la relación entre quien emplea y quien vende su fuerza de trabajo. Aun así, la idea de que la mayoría de los seres humanos serán plenamente sustituidos por robots pertenece al mundo de la ciencia ficción. El Banco Mundial señala que 67% de los empleos de América Latina podrían ser automatizados; sin embargo, es importante notar que se habla de un potencial teórico de automatización. No todos los empleos que pueden ser automatizados lo serán efectivamente. En algunos casos, los bajos costos del trabajo operarán en contra de la automatización; en otros, el límite será la escasa capacidad de adaptación e innovación de las empresas, los déficits en materia de infraestructura, cuestiones de escala o de calidad o las preferencias de consumo dominantes.

Además del estudio ya citado, desde el campo de la economía son numerosos los cuestionamientos, sostenidos en estudios empíricos, a los pronósticos sobre la destrucción del empleo por la tecnología. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (ocde) y la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) calculan que hasta 2030 el cambio tecnológico eliminará 1% o 2% de los puestos de trabajo en América Latina. Esto equivaldría a 3,38 millones de empleos. Entonces, la cuestión central no es si habrá trabajo, sino qué tipo de trabajo habrá, para quién y en qué condiciones.

La tecnología, los sensores, la interconexión y las mayores velocidades de procesamiento de datos permiten un inédito control sobre los procesos de trabajo y las personas que los ejecutan. Esto conlleva la posibilidad de una mayor exigencia de eficiencia y de un aumento de la intensidad del trabajo. La sustitución de tareas rutinarias por procesos automatizados puede disminuir el tedio de algunas ocupaciones, pero en otros casos puede disminuir o eliminar los momentos de descanso, lo que aumentaría la carga y el estrés asociado al trabajo. Es importante tener en cuenta que el cambio tecnológico no afecta solo a la industria avanzada y la economía de plataformas; no es únicamente cuestión de drones y de robots. La «industria 4.0» es apenas una parte del fenómeno, al igual que las plataformas. Son una nueva forma empresarial que ha venido expandiéndose, pero que no va a constituir la mayoría de los empleos.

La economía de plataformas aún juega un papel comparativamente menor en América Latina. A pesar del ingreso de gigantes como Uber y Airbnb, que captaron importantes segmentos del mercado en poco tiempo, y de las personas que ya empezaron a trabajar en plataformas internacionales colaborativas, los expertos coinciden en que la participación de esos nuevos empleos en el mercado de trabajo sigue siendo mínima. En Estados Unidos, donde surgieron las plataformas, la oficina de estadística laboral estima que los empleos en ellas constituían alrededor de 1% del total en mayo de 2017, en contra de pronósticos expertos sobre la rápida expansión de esta forma de empleo. Las estimaciones para las grandes economías europeas se sitúan en alrededor de 5% de los empleos.

El impacto de la digitalización, la interconexión y los avances tecnológicos será transversal e irá más allá de la industria y de las plataformas. La digitalización atraviesa casi todos los sectores de la economía, los servicios, la agricultura y la industria y se manifiesta de muchas maneras, algunas evidentes, otras más sutiles. Según el estudio de la Cepal antes citado, las mayores pérdidas se pronostican para la industria manufacturera, la administración y la minería. En cambio, el informe identifica un potencial para la creación de nuevos puestos de trabajo en el comercio mayorista y minorista y en el sector del transporte, es decir, en sectores con niveles generalmente bajos de productividad y salarios reducidos. De modo que la principal amenaza no sería la agudización del desempleo, sino la extensión de los ingresos bajos y una mayor precarización.

Las causas de la vulnerabilidad de América Latina

La estructura de la economía y del trabajo de América Latina difiere de otras regiones del mundo debido a la dependencia de la región de las materias primas y los productos agropecuarios, una industrialización concentrada en pocos países y un sector informal que ocupa en promedio a 48% de la población económicamente activa. El modelo económico actual de la mayoría de los países latinoamericanos apuesta principalmente a la exportación de materias primas y productos agropecuarios, es decir, exportaciones con bajo contenido tecnológico. Los puestos de trabajo se concentran sobre todo en áreas con baja calificación profesional. Es un hecho que en América Latina existen fuertes déficits en materia de educación y formación profesional. Si bien según el Banco Mundial se han logrado avances importantes en la educación primaria y secundaria, el porcentaje de estudiantes terciarios sigue siendo bajo. Apenas uno de cada cinco estudiantes cursa una de las llamadas carreras ctim (ciencia, tecnología, ingeniería y matemática). Los sistemas educativos no califican adecuadamente, no estimulan suficientemente la creatividad, la capacidad de resolver problemas y otras capacidades que van ganando importancia en el nuevo mundo del trabajo. En el contexto internacional, las ofertas de capacitación y perfeccionamiento de la región resultan sumamente deficitarias. Y debido a la creciente mercantilización de la educación, el acceso a una educación de calidad depende cada vez más del capital material y social de los hogares de origen.

El insuficiente desarrollo de la infraestructura digital constituye otro déficit de América Latina. En 2014, apenas 40% de la población del continente tenía acceso a internet, con una fuerte heterogeneidad tanto entre los países como entre los diferentes estratos sociales. Como precursor latinoamericano, Uruguay ocupa el puesto 42 de 176 en el índice mundial de desarrollo de tecnologías de la información y la comunicación (tic), pero en muchos indicadores la región se ubica muy por debajo de América del Norte, Europa y Asia. Es cierto que en los últimos años se han logrado avances que se deben a la expansión y modernización del acceso a internet, pero estos están orientados sobre todo al consumo. En cambio, la ampliación de la internet industrial y su uso con fines productivos se encuentran aún en una fase inicial.

Debido a estos y otros déficits de infraestructura y dado el reducido porcentaje de personas calificadas, existe el peligro de que las industrias que aún permanecen emigren a otras regiones del mundo. Contribuye a esta tendencia la expansión continua de los acuerdos de libre comercio, porque la reducción de las barreras arancelarias a la importación y exportación facilita el acceso a las mercaderías, mientras la ubicación de los emprendimientos productivos pierde importancia.

El cambio tecnológico y los cambios en trabajo

La tecnología no impone una única forma de utilizarla ni tiene un impacto que siempre se pueda anticipar. Como escribe el historiador económico Luis Hyman: «El cambio social es típicamente impulsado por las decisiones que tomamos sobre cómo organizar nuestro mundo. Solo después llega la tecnología para acelerar y consolidar estos cambios».En el caso del mundo del trabajo, la precarización y los intentos de desmontar los derechos laborales tanto a escala nacional como global empezaron mucho antes del auge de las plataformas o de la industria 4.0. Fue parte de la transnacionalización de las cadenas de producción, de la agenda neoliberal y de las mutaciones del capitalismo en su fase financiarizada. Ese proceso, y no la tecnología, es la razón por la cual ahora se acepta que en la oit se hable del trabajo «atípico» en lugar de llamarlo precario, o que el trabajo mediante plataformas sea llamado «autónomo», «independiente» o «por cuenta propia», a pesar de que sus protagonistas tienen poco margen para negociar las condiciones de su trabajo.

Se están produciendo cambios tecnológicos importantes, pero el impacto del cambio tecnológico sobre los mercados laborales y sobre las economías y las sociedades latinoamericanas es también una cuestión de opciones políticas. En efecto, el impacto socioeconómico del cambio tecnológico dependerá esencialmente de las decisiones sobre inserción internacional y política económica y social, cuyos márgenes de acción deben ser aprovechados por los gobiernos progresistas, los sindicatos y el empresariado con sentido de responsabilidad. Si todo sigue como está, el cambio tecnológico va a funcionar como amplificador de las tendencias de desigualdad.

En los últimos años, varios gobiernos latinoamericanos apostaron a la creación de nuevos sectores en el área de los servicios. En Uruguay, se fomentó específicamente el sector de la informática, un enfoque que ha llevado al incremento de las actividades cognitivas y la reducción de las manuales, lo que reduce el «riesgo de automatización». Pero aun en los países precursores como Costa Rica y Uruguay, el empleo en el sector informático no supera el 2,5% del total. Los nuevos empleos son accesibles solo para personas con buena formación, mientras el resto va quedando rezagado. El mercado de trabajo latinoamericano ya está fragmentado: enclaves modernos en el interior de la economía que ofrecen condiciones laborales más favorables y salarios más altos para trabajadoras y trabajadores más calificados conviven con un mercado de trabajo que se caracteriza por altos niveles de informalidad y condiciones laborales precarias.

Existe un serio riesgo de que las nuevas tecnologías profundicen las brechas. El cambio tecnológico y las altas exigencias relativas a las calificaciones amenazan especialmente los empleos «medios». Estos todavía conforman el espacio entre los empleos altamente calificados y aquellos para los cuales no es necesaria una gran calificación. La coyuntura política actual, con sus políticas neoliberales y de reducción de derechos laborales, hace prever que las condiciones laborales empeoren también en los sectores más modernos, y esto significa más trabajo precario y una flexibilización creciente, que beneficia sobre todo a quien emplea.

Como es sabido, América Latina se caracteriza por la desigualdad: la distribución desigual del ingreso y la riqueza y la fuerte concentración del capital. Los aumentos de productividad casi no se trasladan a los trabajadores a través de aumentos salariales. A modo de ejemplo, en los últimos años los salarios de la industria automotriz mexicana se mantuvieron estancados, al tiempo que se produjo un marcado aumento de la productividad. De ahí surge el temor de que el dividendo tecnológico beneficie solamente al capital y no a la masa trabajadora. Pero las nuevas tecnologías también podrían servir para mejorar la vida de la mayoría. Por ejemplo, con mejores condiciones de trabajo, mejores salarios, reducción de la jornada de trabajo, reorganización de la distribución del trabajo, remunerado y no remunerado. También pueden ser el puntapié para impulsar un cambio de la matriz productiva, un cambio que sea social y ecológico a la vez. En síntesis, pueden dar oxígeno a nuevas formas de organizar la producción y el trabajo.

Los cambios tecnológicos ocurridos en el pasado modificaron nuestra manera de vivir y contribuyeron a mejorar el bienestar de la mayoría. El capitalismo manchesteriano era explotador, brutal. Pero de ahí nacieron los sindicatos y a lo largo de la historia vimos surgir los Estados de Bienestar y mejoraron claramente los niveles de vida de una gran parte de la población mundial. Es deseable que no pasemos por tiempos tan duros como los de esta fase. Es posible pensar que mediante la lucha política y social se puede ganar una vida mejor para quienes viven de su trabajo. Lo que está en disputa es quién se lleva el beneficio de este cambio tecnológico.

Componentes de un buen trabajo del futuro

El cambio tecnológico es un proceso complejo y muchas veces contradictorio. Sus efectos sobrepasan el mundo estricto del trabajo y afectan a las sociedades mucho más allá de lo económico. Por esto las respuestas deben tener varias dimensiones, para aprovechar las oportunidades, prevenir efectos negativos y dar forma al futuro.

Nuevas estrategias de desarrollo. Este cambio tecnológico podría dar oxígeno a nuevas formas de organizar la producción y el trabajo, formas más justas, más igualitarias, más inclusivas y más sostenibles. Frente a las nuevas realidades de la producción, hay que reevaluar las estrategias de desarrollo económico y de inserción internacional. Hay que encontrar nuevas estrategias centradas en la creación de trabajos dignos para la mayoría, cuidando a la vez los bienes naturales y comunes.

A escala regional, América Latina y el Caribe debe replantearse la urgencia de revigorizar la integración regional, hoy fragmentada y debilitada, para usarla como instrumento de diversificación productiva y construcción de capacidades. En el plano nacional, se requiere de una nueva generación de políticas sociales, de educación y de desarrollo productivo que inserten a la región en la nueva revolución tecnológica, en la que converjan la innovación, la inclusión social y la protección del medio ambiente.

Innovación, inclusión y sustentabilidad. Nada de lo que se haga en el frente externo reducirá la vulnerabilidad de la región si no se acompaña de un gran esfuerzo interno por reducir la brecha en las capacidades tecnológicas. Los ejes ambientales y de inclusión social deben articularse en torno de la incorporación, la adaptación y el desarrollo de innovaciones incrementales en las nuevas tecnologías. Los índices de la región en educación, investigación, innovación y desarrollo son incompatibles con el objetivo de generación de empleos de mayor calidad y productividad. Hay espacio para que América Latina y el Caribe avance rápidamente en esas áreas. Por ejemplo, la región tiene capacidad para desarrollar tecnología propia en energías renovables, así como para el diseño y la producción de vehículos que utilicen ese tipo de energías, tanto para el transporte de carga como de personas. Algunos países han mostrado la viabilidad del cambio de la matriz energética, como ocurre en el sector eléctrico en Brasil, Chile, Costa Rica, Ecuador, México y Uruguay. En el mismo sentido, hay un amplio espacio para desarrollar tecnologías relacionadas con el uso de los bienes naturales, donde también convergen los temas ambientales y de inclusión. Se trata de avanzar hacia un nuevo patrón energético y productivo mediante un conjunto coordinado de inversiones, en que converjan las dimensiones de empleo, tecnología y ambiente.Educación, formación profesional y capacitación. El nuevo mundo del trabajo exige nuevas calificaciones. Este desafío debe ser encarado conjuntamente por el Estado, las empresas y los sindicatos. Se debe trabajar en la solución de los problemas de los sistemas educativos para asegurar que las instituciones públicas ofrezcan una educación de calidad y que las calificaciones requeridas para el empleo se estén fomentando en niñas y varones por igual. La educación debe ser concebida como una política para el desarrollo y fomentar aquellos conocimientos que las nuevas actividades requieran. Se debe profundizar en capacitación y perfeccionamiento para ofrecer nuevas opciones a quienes ya tengan un empleo. Los mercados de trabajo de América Latina se caracterizan por una alta fluctuación, bajos salarios y bajas inversiones para perfeccionar las capacidades laborales. En la actualidad, solo 10% de los trabajadores y las trabajadoras recibe capacitaciones en la empresa. Esto debe cambiar.

Previsión social. Se necesita un sistema de seguridad social efectivo para contrarrestar el impacto de las rupturas en el mercado de trabajo sobre varones y mujeres, atendiendo las diferencias por género. Ello debe incluir atender los diferentes proyectos de vida, la salud propia y de dependientes, así como la educación de hijos e hijas. Apenas seis países latinoamericanos tienen seguros contra el desempleo que, además, cubren como máximo a 20% de los asalariados. Los desafíos relativos a la sostenibilidad de los sistemas de previsión social se superponen y se retroalimentan: los problemas estructurales del modelo económico, la falta de puestos de trabajo, la recesión y el lento crecimiento restringen el margen de acción de los institutos de seguridad social. Por esto se deben encontrar nuevas soluciones para el financiamiento y la sostenibilidad, que combinen de manera inteligente el financiamiento contributivo con el tributario. La regulación de las nuevas modalidades de trabajo debe asegurar asimismo que las empresas empleadoras realicen los aportes sociales y que garanticen el cumplimiento de los derechos de hombres y mujeres empleados.

Nuevas ideas para la reforma del mercado de trabajo. Las nuevas realidades del trabajo requieren un nuevo marco legal. En la actualidad, se aprovecha el cambio tecnológico sobre todo para desempolvar las propuestas neoliberales de antaño. El «futuro del trabajo» consistiría en una vuelta radical al pasado, en el que la reducción de los derechos, la flexibilización y la racionalización actuarían como garantes de competitividad. Tanto la reforma del mercado laboral de Brasil como la propuesta de reforma en Argentina contienen definiciones nuevas y amplias sobre el trabajo autónomo, aplicables incluso en casos de evidente relación de dependencia. En realidad, se necesitan nuevas disposiciones que defiendan y amplíen los derechos recientemente conquistados; que protejan también en situaciones atípicas, previniendo antiguas y nuevas formas de discriminación. Es urgente asegurar que se cumpla con las obligaciones empresariales de invertir en actualización y calificación permanentes para que todas las personas puedan aprovechar la aplicación de las nuevas tecnologías.

Negociaciones colectivas sólidas y diálogo social. La negociación de los nuevos parámetros del mercado de trabajo no puede restringirse exclusivamente a la legislación laboral. En los contextos más diversos, el diálogo social ha dado muestras de su eficacia como instrumento para la superación de crisis y la preparación de soluciones para desafíos complejos.

Muchos temas deben ser encarados desde la empresa o el sector. El diálogo social y las negociaciones colectivas –y, por lo tanto, también los sindicatos– tendrán un papel decisivo en la configuración del trabajo del futuro. Las empresas transnacionales juegan un rol clave en los procesos de innovación y de implementación del cambio tecnológico. Por eso las organizaciones sindicales regionales e internacionales van a tener un papel fundamental en brindar su apoyo a los sindicatos nacionales durante las negociaciones, organizar el intercambio de experiencias, así como desarrollar e implementar estrategias transnacionales. En este contexto, las nuevas tecnologías pueden contribuir para que la organización sindical pueda analizar las condiciones de producción con mayor precisión, supervisar el respeto de las pausas y los horarios de trabajo o superar el acceso desigual a la información frente a las empresas. Al mismo tiempo, los sindicatos tienen el reto de implementar nuevas estrategias y formas de organización para intervenir en la regulación de estas nuevas realidades laborales

¡Hay que definir el trabajo del futuro ahora!

Para lograr un «buen trabajo» del futuro en América Latina, los países del continente deben adaptar sus modelos económicos a las nuevas realidades y apostar –sobre la base de políticas de innovación y educación– a la expansión de los sectores que sean capaces de generar un crecimiento económico sostenible y crear trabajo de calidad. Ese trabajo seguirá necesitando protección y regulación. Es central la lucha por el acceso a una formación y capacitación de buena calidad, y los sistemas de previsión social deben apoyar a quienes no encuentren un lugar en el mercado de trabajo. Desde su posición de participantes fuertes del diálogo social y de las negociaciones colectivas, los sindicatos cumplirán un papel clave en la definición de las soluciones a escala nacional e internacional.

Las cuatro dimensiones mencionadas anteriormente no pueden estar aisladas de otras políticas públicas, ya que el desarrollo social es una inversión con réditos positivos para el crecimiento económico y el cuidado del medio ambiente. Invertir en desarrollo e inclusión social (educación, nutrición, salud, previsión social, formación y desarrollo de capacidades para el trabajo, entre otros) aumenta la productividad de los trabajadores y posibilita un mayor conocimiento y cuidado del medio ambiente y la resiliencia de la población ante disrupciones importantes, como crisis económicas o ambientales. A la inversa, no hacerlo limita las posibilidades de inversión productiva y aumenta los costos de producción.

La generación, el acceso y el control de datos son las claves de este nuevo mundo digitalizado. Urgen la protección de datos y la soberanía sobre datos en el plano internacional, pero también a escala nacional, para combatir el «imperialismo de datos». América Latina tendrá que participar más en el debate internacional sobre el futuro del trabajo y buscar más ideas de otras regiones del mundo acerca de cómo se podría estructurar el cambio. Todos los acuerdos, reglamentaciones y procesos de definición política globales deben tomar en cuenta las realidades de América Latina, y por esto es importante que se hagan escuchar las colectividades políticas y sociales, especialmente las de orientación progresista.

Por último, se debe mejorar la interconexión de los esfuerzos existentes, al tiempo que estos deben intensificarse para no perder el impulso para la configuración activa y progresista del futuro. Esto incluye que el progresismo de la región establezca el predominio interpretativo sobre la terminología de este cambio y transmita su propia visión del futuro. El «relato» actual del futuro del trabajo es enteramente neoliberal, individualista y capitalista. El concepto de economía colaborativa suele utilizarse para enmascarar el desequilibrio de poder entre capital y trabajo y así incumplir obligaciones. La precarización se presenta como flexibilidad y el futuro digital se convierte en el paraíso del consumo. Se trata entonces de contrarrestar esto mediante un discurso alternativo y la visión de una modernidad digitalizada, emancipadora, incluyente y sostenible.