Opinión

Temores y esperanzas del vecino ¿Cómo vive México la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca?

La tensa relación de Donald Trump con México puede dar lugar a cambios inesperados en el panorama regional.

Temores y esperanzas del vecino / ¿Cómo vive México la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca?

Pocos países consiguen vivir al lado de una potencia mundial y salir indemnes. Pero México, vecino de Estados Unidos, ha sabido sortear en diversas oportunidades, los peligros que supone su tradicional compañero de frontera. Hoy, con Donald Trump como presidente estadounidense, México precisa reaccionar rápidamente y aprovechar los márgenes de maniobra que todavía tiene. Sin embargo, se requiere de liderazgo y dignidad, dos atributos de los que el gobierno mexicano parece carecer.

Cuando el candidato Donald Trump calificó a los mexicanos como criminales, narcotraficantes y violadores, el gobierno de Enrique Peña Nieto le dio trato de jefe de Estado, impulsando su alicaída campaña. Trump pareció presidenciable, y sus seguidores se mostraron llenos de confianza. Las amenazas del millonario resultaron, en ese contexto, tan reales como las del alumno de sexto grado que le quita la comida al de primero. Aunque la falta de liderazgo y dignidad del gobierno de Enrique Peña Nieto es evidente, todavía parece haber margen de maniobra para actuar.

Miles de mexicanos y de ciudadanos de América Latina se preguntan si el tan mentado muro será finalmente construido. Lo cierto es que no se trata solo de una amenaza del magnate republicano. El muro ha sido una realidad iniciada por el demócrata Bill Clinton en 1994. Sin pedir un solo peso al gobierno mexicano, ya se han construido más de mil kilómetros de pared (casi una tercera parte de la frontera) a un costo de 7.000 millones de dólares. Si ya se ha construido una parte del muro, no sería extraño, por tanto, que Trump mantenga y enfatice el proceso, cargándolo de racismo y xenofobia. Ahora bien ¿Lo pagaremos los mexicanos? No si el gobierno de Peña Nieto es enfático y manifiesta una clara oposición a participar de semejante locura.

Todo este proceso ha estado cargado de miedos, temores y contradicciones. La ironía más importante (que quizás no conozca ni siquiera Donald Trump) es que la compañía más grande de cemento a ambos lados de la frontera –y, por lo tanto, la más apta para construir el muro– es la mexicana Cemex. Si Trump vetase a la compañía, no sólo se encarecería considerablemente la construcción del muro, sino que afectaría a más de 10.000 estadounidenses que trabajan para la empresa en el sur de Estados Unidos. Si el gobierno de Trump pretende gravar las remesas mexicanas, México tendría que hacer lo propio con el dinero que fluye hacia el millón de estadounidenses que residen de manera permanente en nuestro país.

¿Y qué pasará finalmente con los tratados? ¿Se podría renegociar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) o abortar el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP, por sus siglas en inglés)? Por supuesto. Los estados del «cinturón del óxido» que resultaron decisivos para la victoria de Trump (Michigan, Pennsylvania y Wisconsin), fueron afectados por la deslocalización de fábricas y la pérdida de empleos, a raíz de la implementación del TLCAN. Tanto es así que México se ha convertido en un clúster de distintas ramas: automotriz, aeroespacial, de producción de moldes, dispositivos médicos y maquinaria. En concreto, la industria automotriz se encuentra en séptimo lugar a nivel mundial en la producción de vehículos, y eso incluye marcas europeas y asiáticas que cuentan con grandes plantas de producción. ¿Puede Trump penalizar a las compañías estadounidenses como las amenazas que ha hecho a la Ford? Sí, puede. Pero lo único que lograría es hacer menos competitivas a las firmas estadounidenses, acelerar la caída de una industria que se encuentra ya en declive y generar un mayor problema fiscal al gobierno, que tendría que subsidiar el empleo, como ya sucedió con la compañía de aire acondicionado Carrier a la que se le han perdonado millones de dólares en impuestos con tal de que permaneciera en Indiana. ¿Cuántas veces se puede repetir el esquema sin caer en la bancarrota?

De igual manera, si Estados Unidos impone penalizaciones o emprende una política desleal, México podría volver a tomar medidas como las de 2009, cuando Estados Unidos no cumplió los compromisos en el tema del autotransporte de carga y se le impusieron represalias comerciales por 2.600 millones de dólares. Por otra parte, el campo mexicano podría beneficiarse ampliamente de una revisión del TLCAN. Un gobierno con decisión política, sería capaz de aprovechar la situación para dar pasos hacia la soberanía alimentaria (de la que hoy México carece, en parte por el enorme proteccionismo de Estados Unidos hacia su economía agrícola reflejado en la Farm Bill.)

¿Y que sucedería si el TPP no se firma? China se beneficiaría más que ningún otro país ya que el diseño del acuerdo busca contener, primordialmente, el avance del país asiático. Asimismo, las más afectadas serían las empresas transnacionales y no los países firmantes. China, que hoy propone una Área de Libre Comercio de la Región Asia-Pacífico (FTAAP, por sus siglas en inglés) y promueve la Asociación Económica Integral Regional (RCEP, por sus siglas en inglés) de 16 miembros, que incluye a la India pero no a Estados Unidos, sacaría grandes beneficios de una situación de este tipo. Por lo tanto, si Estados Unidos pretendiera cerrarse, China, India, Japón, Corea, Malasia y Australia como líderes del Pacífico, representarán otra oportunidad en la zona con mayor intercambio comercial en el mundo. De igual manera, México podría volver los ojos hacia América Latina y asumir el liderazgo en áreas clave donde parece que Brasil va en retirada. Además, podría darle una verdadera oportunidad a la Alianza del Pacífico, de la que ya forma parte junto a Colombia, Chile y Perú. La unipolaridad duró dos décadas, pero la conformación de distintos nodos a lo largo y a lo ancho del globo ya es una realidad, aún cuando Estados Unidos no quiera acusar de recibido ese memorándum.

La expulsión de migrantes representa el mayor problema, no por el número sino por la posible inmediatez de la medida. Trump ha afirmado que expulsará a 3 millones de mexicanos, es decir, casi la misma cantidad que Obama (que expulsó 2.8 millones en sus dos períodos, siendo el presidente que más inmigrantes ha deportado). Si Trump cumpliera con una deportación masiva e inmediata, México y Centroamérica sufrirían con estas deportaciones en el terreno económico, laboral y de integración. En lo que México ya se ha visto afectado de manera inmediata es en el aumento de las tasas de interés y la depreciación del peso frente al dólar. Esto afecta principalmente a los créditos, algo grave en un país que ha visto aumentar la pobreza patrimonial de sus ciudadanos en los últimos dos sexenios para alcanzar a casi 60% de la población nacional en este estado. La depreciación del peso traerá, además, un aumento de la inflación, a la vez que sumará problemas en el consumo. Como contrapartida, podría beneficiar al sector de las exportaciones.

Todavía no sabemos cuales serán las diferencias entre Trump como candidato y Trump como presidente. Resultaría extraño que diese un vuelco profundo a la histórica política exterior estadounidense que, con matices más o menos profundos, ha mantenido su vocación hegemónica e imperial. Las mayores diferencias las vivirán las minorías al interior de sus fronteras y, particularmente, la comunidad latina. Tanto México como los gobiernos centroamericanos deben estar alerta y buscar alianzas con líderes comunitarios y funcionarios progresistas estadounidenses para defender a las millones de personas que serán hostigadas y violentadas en su vida cotidiana. La gran batalla será, por ende, la de los derechos humanos. Es allí donde debe producirse un consenso político nacional e internacional. Se trata de una batalla que habrá que librar sin pausa y sin tregua.

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