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¿Tecnología para la liberación o instrumento de propaganda?

Noticias falsas, ataques políticos, a veces automatizados: de pronto, las redes sociales empiezan a considerarse peligrosas. En la «primavera árabe» era otro el cantar, pero hoy las fake news y, más en general, las redes sociales comienzan a ser consideradas una amenaza para las propias democracias liberales. La correlación entre redes sociales y formación de opinión pública democrática es hoy menos clara, aunque los diferentes usos de las redes dependen también de la realidad «física», de la vida que también transcurre offline.

¿Tecnología para la liberación o instrumento de propaganda?

Luego de que Donald Trump resultara elegido presidente de Estados Unidos, el rol potencialmente destructivo de las redes sociales para la democracia liberal pasó a ocupar el foco de la atención pública. En esa tesitura, las redes sociales han creado un espacio de desenfreno en el que se propagan indiscriminadamente valores antiliberales como el racismo, la misoginia y la homofobia. La aparente utilización que hizo Rusia de las redes sociales para influir en las elecciones estadounidenses llevó a que plataformas como Twitter sean consideradas una nueva y potente «herramienta agresiva de política exterior». Sobre todo el uso de las cuentas automáticas de Twitter conocidas como bots ha contribuido a alimentar visiones negativas respecto de la influencia política y social de las redes: durante la campaña electoral en eeuu, los bots inundaron el ciberespacio con propaganda tanto republicana como demócrata. En este contexto, la canciller alemana Angela Merkel centró el discurso que pronunció en el Parlamento alemán el pasado noviembre en las fake news (noticias falsas) y en el peligro que su difusión a través de las redes sociales entraña para la formación de opinión democrática.

Esta percepción de las redes sociales como instrumentos para fortalecer las identity politics (políticas de la identidad) y para multiplicar noticias falsas representa la cara diametralmente opuesta del furor que las redes sociales causaron en 2011, en el contexto de la «primavera árabe» en Oriente Medio y en el norte de África. Por entonces, los sociólogos aún hablaban de «tecnologías de liberación» y adjudicaban a Facebook y a Twitter un efecto democratizador: estas redes eran consideradas como un vehículo de las sociedades civiles para movilizarse contra gobernantes autoritarios y como una plataforma que posibilitaba la participación política en dimensiones hasta entonces jamás alcanzadas.

Endiosadas o demonizadas: ni lo uno ni lo otro, o un poco de cada cosa

Entre tanto, los estudios más recientes sobre Oriente Medio y el norte de África trazan un cuadro diferenciado y un poco más problemático de la función que las redes sociales desempeñan para la sociedad y la política, por ejemplo en el caso de su utilización con fines propagandísticos por parte de la milicia terrorista Estado Islámico (ei). Ninguna de las visiones respecto de las redes sociales está equivocada, ni las que las endiosan ni las que las demonizan.

Nuestra propia investigación sobre los debates a través de Twitter en el espacio árabe demostró que el modo en que las redes influyen sobre los procesos sociales y políticos puede ser muy diverso y a menudo también paradójico. El efecto específico que producen depende fuertemente del contexto local en el que se desarrolla un debate y de las redes de usuarios que participan de él. El análisis de debates que se desarrollaron en Twitter sobre las agresiones sexuales perpetradas en el verano de 2014 en la plaza Tahrir, en El Cairo, sobre las protestas anti-fracking en el sur de Argelia y sobre la intervención militar en Yemen en marzo de 2015 demostró el poder ambivalente que Twitter ejerce sobre la política y la sociedad. Para comprender ese poder de influencia difuso, es importante entender que Twitter se divide en espacios de comunicación mucho más pequeños por la formación de redes a lo largo de diversas líneas.

A pesar de su carácter transnacional, Twitter se descompone en espacios de comunicación nacionales, y esto no solo se debe a barreras idiomáticas o dialectales. En los tres debates que analizamos, los Estados nacionales también eran el punto de referencia más importante. Cada vez que se tomaban temas provenientes de otros contextos nacionales, los usuarios de Twitter los reinterpretaban en el propio contexto nacional. Por ejemplo, los usuarios libaneses de Twitter utilizaron la operación militar saudita en Yemen para expresar sus propias lealtades confesionales en el contexto nacional. Esto disparó un debate aparte en la red social, pero de corte local. Los activistas medioambientales globales utilizaron el debate por el fracking en Argelia como trampolín para llamar a una movilización anti-fracking en sus propios contextos nacionales. En forma simultánea, nuestros estudios de caso demostraron que los temas solo pasan de un contexto a otro si se topan con un piso de resonancia a escala local. Los intentos de los usuarios egipcios y tunecinos de disparar debates anti-fracking en sus respectivos países fracasaron.

Si Twitter construye puentes transnacionales, lo hace entre personas con la misma forma de pensar. En Argelia, Twitter creó redes solidarias entre diversos grupos marginales de la periferia y activistas de la capital. A través de Twitter también se creó una red contra el acoso sexual que unió a activistas en diversos países árabes y occidentales. La tendencia dominante fue la formación de «tribus virtuales» confesionales, étnicas, religiosas, ideológicas o con valores comunes que se provocaban mutuamente.

Las voces marginales se fortalecen... o se reprimen

Los conflictos presentes en el mundo físico no solo se reflejan en los discursos online, sino que suelen fortalecerse en ese espacio. El espacio restringido de Twitter obliga a los usuarios a hacer afirmaciones extremas. De ahí que las noticias en esa red social sean menos moderadas que en los medios tradicionales. Y los debates que aparentemente giran en torno de un solo tema muy pronto se convierten en discusiones politizadas y con una fuerte carga ideológica, que dejan al descubierto traumas históricos, líneas de conflictos sociales presentes y negociaciones de identidad (nacional). En el caso de nuestros ejemplos, Twitter en muchos casos contribuyó a reforzar las representaciones simplificadas del «otro» o del «enemigo».En Argelia, por ejemplo, el debate en Twitter contribuyó a acentuar la división entre el «régimen» y la «población». En el debate en torno del acoso sexual en Egipto, la fuerte carga ideológica del lenguaje y los conflictos abiertos en Twitter entre los Hermanos Musulmanes y aquellos que apoyaban al presidente Abdelfatah Al-Sisi profundizaron la grieta social. Del mismo modo, el debate sobre la intervención saudita en Yemen consolidó los conflictos confesionales en el Golfo. No fueron las voces moderadas y marginales, sino las posiciones del gobierno saudita las que se fortalecieron con Twitter. Esto apuntaló también en esa red la hegemonía discursiva de Arabia Saudita.