Opinión

Tecnología, automatización y límites del capital


agosto 2026

La inteligencia artificial, la robótica y la automatización prometen liberar tiempo y reducir el trabajo necesario. Pero, bajo el capitalismo, esas mismas tecnologías refuerzan la vigilancia, la precarización y la competencia. En el libro Las nuevas tecnologías en los límites del capital, Paula Bach analiza esa contradicción y sostiene que el futuro técnico solo podrá convertirse en emancipación mediante una transformación política radical.

<p>Tecnología, automatización y límites del capital</p>

Los debates en torno de una supuesta Cuarta Revolución Industrial motorizada por la inteligencia artificial y la robótica suelen organizarse alrededor de dos posiciones extremas: un optimismo tecnoutópico –articulado tanto por el bloque corporativo de Silicon Valley como por las vertientes poscapitalistas de izquierda–, que promete una automatización emancipatoria, y un fatalismo de tintes luditas que presenta la obsolescencia definitiva del factor humano como destino inevitable. En los márgenes de esta disputa operan, asimismo, aquellas corrientes que matizan la existencia de una reconfiguración tecnológica sustancial.

Así como la crisis climática impulsó un retorno a las fuentes clásicas en clave ecológica, los nuevos desarrollos invitan a muchos teóricos a releer los textos fundamentales del marxismo para repensar las bases materiales de las transformaciones actuales y las condiciones de la transición hacia un nuevo tipo de organización social.

En Las nuevas tecnologías en los límites del capital (Ediciones IPS, 2025), Paula Bach interviene en ese debate. Economista de la Universidad de Buenos Aires y dirigente del Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS), Bach articula el compromiso militante con una rigurosa contrastación empírica. Su investigación analiza las transformaciones abiertas tras el crack de Lehman Brothers para delimitar los alcances y los límites reales de tecnologías como la inteligencia artificial, la robótica y la biotecnología.

Al confrontar la potencia del despliegue en ciencia y maquinaria con la precariedad que coloniza la vida de las mayorías, la autora restituye al proyecto de transformación del sistema capitalista su carácter de necesidad política: la técnica debe dejar de servir a la valorización para clausurar la «prehistoria de la necesidad» y abrir paso a una subjetividad liberada.

La obra rechaza que la automatización contemporánea opere de forma autónoma o externa a las relaciones de producción. En cambio, aborda estos dispositivos como una variable estrictamente dependiente de las leyes de la acumulación. Para la autora, el problema «no está abordado como cuestión técnica sino como asunto fundamentalmente económico y por ello mismo político y geopolítico».

El núcleo de su tesis radica en lo que denomina un «roce» o contradicción estructural entre el desarrollo de las fuerzas productivas y su aplicación real. Según su lectura, desde el crack de 2008-2009, el capitalismo global arrastra una debilidad de la inversión y la productividad que opera como un límite material para las innovaciones e impide que se conviertan en una verdadera revolución fabril.

Esta «gran discordancia» reactualiza la paradoja de Solow –la contradicción entre el masivo despliegue informático y la anemia en los datos de productividad global–: los algoritmos, los robots y la inteligencia artificial generativa están en todas partes, excepto en los indicadores de rendimiento del trabajo y en la tasa de ganancia general.

Para reconstruir la genealogía de este impasse, la autora se remonta a las décadas de 1990 y 2000 y define la oleada digital de la computadora personal y la masificación inicial de internet como una Tercera Revolución Industrial «en sentido débil».

Bach sostiene que, aunque aquellas innovaciones tenían el potencial de funcionar como dispositivos de «propósito general», capaces de transformar de manera transversal la matriz productiva, el capital no las orientó a revolucionar el rendimiento industrial interno. Los avances de la época quedaron reducidos al papel de soporte logístico de la dispersión fabril hacia periferias de bajo costo. El aumento de la productividad fue, así, el resultado de una reconfiguración espacial de la acumulación que dio lugar a una nueva división internacional del trabajo.

Durante esos años, Estados Unidos se especializó en la propiedad intelectual en Silicon Valley, mientras relocalizaba el trabajo industrial en zonas de mano de obra barata, luego de la incorporación de China y Europa del Este al mercado mundial tras la derrota de las economías burocratizadas. Esa vía de escape –y este es uno de los ejes del libro– se encontraría hoy agotada ante la saturación geográfica global, lo que fuerza la búsqueda de nuevas modalidades de compensación territorial.

El escenario actual no muestra una evolución lineal hacia la reconfiguración del sistema productivo. La economista observa, en cambio, un intento sistemático del capital por subordinar el potencial de la maquinaria contemporánea a las necesidades de su propia valorización. Este escenario vuelve a plantear una pregunta que incluso las opciones progresistas han tendido a clausurar: los rasgos de un proyecto –como el que ella propone– capaz de superar la lógica del capital.

Bach discute en ese terreno con las corrientes poscapitalistas y aceleracionistas, un arco heterogéneo vinculado a las distintas vertientes del debate sobre el postrabajo. Entre las primeras, aborda la obra de Paul Mason –autor de Postcapitalismo. Hacia un nuevo futuro (Paidós, 2016)–, quien sostiene que la libre reproducción de la información digital y su carácter inmaterial corroen de forma molecular los mecanismos del mercado. También polemiza con el aceleracionismo de Nick Srnicek y Alex Williams. En Inventar el futuro. Poscapitalismo y un mundo sin trabajo ([2015] Malpaso, 2017), ambos advierten que la automatización no disuelve el sistema por sí sola, sino que requiere una estrategia construida a escala estatal capaz de forzar el quiebre institucional.

Para Bach, ambas corrientes operan mediante una suerte de Marx «a la carta», a partir de un recorte que selecciona discrecionalmente partes de sus textos. Tal es el caso del «Fragmento sobre las máquinas», de los Grundrisse, del que recuperan únicamente la obsolescencia del valor por el despliegue del conocimiento social. Para ella, dejan de lado, en cambio, la contraparte dialéctica de esas mismas páginas: el mecanismo por el cual el capital encadena la abundancia técnica y la reorienta hacia la superexplotación. Más allá de sus diferencias, entiende que ambas posiciones asumen que el desarrollo contemporáneo erosiona inevitablemente la ley del valor y subestiman la capacidad coercitiva del régimen de propiedad privada.

En las condiciones presentes, esa coerción se expresa también en las patentes globales que expropian la inteligencia colectiva para subordinarla al imperativo de la valorización, convirtiendo el potencial tiempo libre de la humanidad en plustrabajo.

El sistema opera así como una contradicción en proceso: empuja el tiempo de trabajo necesario al mínimo técnico, mientras insiste en sostener el trabajo humano como la única fuente de la riqueza. La disolución de la lógica del valor exige, por lo tanto, una resolución política de fuerza que destruya el régimen de propiedad privada sobre los medios de producción.

Bach recupera el clásico par del «en sí» y el «para sí» –formulado originalmente para pensar la autoconciencia de clase– y lo traslada al terreno de la automatización contemporánea. La inteligencia artificial, la robótica, la biotecnología y la nanotecnología existen, para ella, «en sí» como fuerzas productivas capaces de transformar de manera transversal la base de la sociedad y de crear las condiciones materiales de un orden superador. La acumulación de conocimientos y destrezas podría constituir, en ese sentido, un andamiaje para avanzar hacia la emancipación respecto de la explotación. Sin embargo, el capital no puede convertir esa potencia en un motor «para sí», porque su despliegue permanece condicionado por los límites de una forma social regida por la acumulación.

La fuerza liberadora de estos desarrollos –que tienen lugar en medio del «estancamiento secular» posterior a Lehman Brothers, marcado por una debilidad persistente de la inversión y la productividad– tropieza con la organización del trabajo y el régimen de propiedad de los medios de producción. Esta contradicción muestra, según la visión marxista de la autora, que la innovación no busca emancipar el tiempo, sino que queda subordinada a la razón del capital y de los Estados que representan sus intereses. Las facultades técnicas se convierten así en instrumentos de la competencia geopolítica y la militarización.

La propia voz de Peter Thiel –aunque no forme parte de los debates abordados en el libro– convalida parte de este diagnóstico. El magnate reclama un fuerte aumento del gasto militar, ante el bloqueo productivo que atraviesa a Silicon Valley, y busca salidas de fuerza para preservar el imperialismo decadente. Sus declaraciones permiten observar, desde las coordenadas propuestas por Bach, los límites de la propia valorización.

La economista discute también con la denominada «trampa de los costos», descrita por Erik Brynjolfsson y Andrew McAfee en obras como La segunda era de las máquinas ([2014] Temas, 2016). Para Bach, el encarecimiento de las infraestructuras no es un factor neutral, sino una manifestación contemporánea del aumento de la composición orgánica del capital –el peso creciente del capital constante sobre el variable–. A esto se suma que los grandes centros de datos enfrentan un límite biofísico por su consumo masivo de agua y energía, lo que deprime la rentabilidad global.

Según la autora, ante la consecuente tendencia a la caída de la tasa de ganancia, el sistema busca compensar el margen mediante la contratación de mano de obra barata y la expansión de puestos vulnerables en la economía digital. El software de gestión y el control de plataformas actúan como dispositivos de vigilancia algorítmica destinados a disciplinar y profundizar la subsunción del trabajo vivo. Aquella dinámica derivaría en una degradación global que extrae de las zonas menos integradas el plusvalor necesario para compensar la expulsión de mano de obra de los núcleos industriales.

Este desplazamiento laboral desarma los pronósticos sobre la desaparición forzada del empleo y las diversas tesis del «fin del trabajo», como la expresada por Martin Ford en El auge de los robots ([2015], Paidós, 2016). Bach interviene en este terreno mediante una investigación sobre la división internacional de la actividad que logra invertir los términos del debate: el problema actual no radica en un límite técnico de las tareas, sino en las características particulares que asume la demanda capitalista de trabajo.


Las estadísticas de las últimas décadas, señala Bach, exponen otra paradoja: mientras la productividad creció 60%, la jornada laboral media solo se redujo 5%. Para la autora, esta asimetría exige recuperar la dimensión geográfica de la acumulación desarrollada por David Harvey en obras como Espacios del capital. Hacia una geografía crítica (Akal, 2001) y Espacios del capitalismo global ([2007] Akal, 2021). Su lectura de Harvey permite mostrar que el capital no solo explota el tiempo de trabajo, sino que organiza y reorganiza el espacio para postergar sus crisis de rentabilidad.

Frente a Jeremy Rifkin y Aaron Bastani –autor de Comunismo de lujo totalmente automatizado ([2019] Levanta Fuego, 2021)– y sus hipótesis sobre una abundancia automática derivada del coste marginal cero, Bach demuestra que el capital impone una «escasez relativa» a través de la propiedad de las máquinas. El potencial técnico queda así bloqueado por la propia forma mercantil del sistema.

La autora impugna también el tecnopesimismo de Robert Gordon en The Rise and Fall of American Growth [El auge y la caída del crecimiento estadounidense] (2016). A diferencia de Gordon, observa que el estancamiento secular no responde a una inferioridad de las invenciones, sino a la falta de espacios rentables para la inversión tras el crack de 2008, lo que vuelca el capital hacia la especulación.

Comprender esta parálisis exige atender, en su lectura, a la materialidad de una infraestructura física –redes de fibra óptica, contenedores, centros de datos– cuya saturación marca el agotamiento de lo que Harvey denomina «solución espacial» (spatial fix). Si durante décadas la relocalización hacia periferias de bajo costo permitió sostener la rentabilidad sin revolucionar la producción interna, hoy, ante el cierre de esa frontera geográfica, el capitalismo no flota en la nube: busca reconquistar el territorio mediante vías violentas que convierten la tecnología de punta en un insumo inescindible de la industria militar y la cibernética estatal.

El libro retoma de manera crítica la categoría de «hegemonía tecnológica» formulada por Srnicek y Williams en Inventar el futuro, integrándola como una dimensión inescindible de la hegemonía política y de clase en general. Bach rechaza la posibilidad de escindir el despliegue técnico de la dominación social, así como cualquier «atajo» distributivo basado en la renta básica universal. Para la economista, la disputa no es puramente discursiva: se juega en el control físico del sistema productivo.

Bach critica el llamado aceleracionista a «salir de las fábricas», que interpreta como un abandono de posiciones estratégicas y una capitulación ante la totalidad del poder y el capital. Frente a esa posición, sostiene que la disputa por los dispositivos actuales debe darse en los propios centros de trabajo y servicios. Su enfoque no plantea un mero cambio de mando jurídico ni la simple gestión obrera del software existente. Implica reconfigurar la arquitectura material de las máquinas y alterar los algoritmos y la robótica para extirpar sus mecanismos de vigilancia coercitiva y obsolescencia.

Solo a través de esa transformación la automatización dejaría de servir a la valorización para subordinarse a la vida. Para producir ese quiebre, la autora propone unificar a los sectores empleados, subempleados y desempleados alrededor de una distribución racional de las horas de trabajo sin rebaja salarial, apuntando directamente a la socialización de los medios de producción.

El texto de Bach desbarata de raíz cualquier lectura que intente tildarlo de «economicista». Su análisis de la base productiva no prescinde de la ideología ni del Estado, sino que muestra cómo el imaginario de Silicon Valley, el conflicto institucional y la lógica del Estado burgués se articulan con la matriz fabril. Desde esa perspectiva, exhibe cómo la promesa tecnooptimista de una abundancia técnica sin rupturas desconoce las contradicciones que el capital no puede resolver dentro de sus propios términos, así como los mecanismos de escasez y control que impone para sostenerse.

Pese a su exhaustividad, el libro deja abiertos algunos problemas. El primero es la cuestión del sujeto técnico precario. Se corre el riesgo de que la propuesta de una «hegemonía tecnológica» quede suspendida si la obra no profundiza en la sociología concreta de los trabajadores de la tecnología contemporánea.

Cuando analiza a los ejércitos de moderadores de contenido en el Sur global o a los repartidores de plataformas bajo regímenes de falso autónomo, el texto prioriza su caracterización macroeconómica como expresiones de la degradación laboral. Queda pendiente un análisis más exhaustivo de estos contingentes ultrafragmentados, cuyas formas de resistencia y organización colectiva resultan indispensables para encarnar la estrategia de control y expropiación que propone la autora.

La investigación tiende también a subestimar el peso de las superestructuras ideológicas gestadas en Silicon Valley. El examen de las contradicciones materiales se beneficiaría de un diálogo más estrecho con las matrices discursivas del transhumanismo y el aceleracionismo de derecha, promovidas por magnates y fabricantes de ideología como Elon Musk o Peter Thiel.

Estos discursos constituyen proyectos ideológicos integrales dirigidos a modelar una república tecnológica corporativa e hiperautoritaria, cuyo horizonte es el control biopolítico de las poblaciones, la erosión de las soberanías estatales tradicionales y la transformación de los aparatos de vigilancia. El menor desarrollo de esta dimensión le resta al libro la oportunidad de mostrar cómo la acumulación de capital físico se imbrica con la teoría del Estado contemporáneo y con la reconstitución reaccionaria de las instituciones burguesas a través de la militarización de los algoritmos y la cibernética estatal.

La obra de Bach abre, además, una zona que no llega a explorar: el impacto de la inteligencia artificial en la esfera de la reproducción social. Aunque prioriza la dinámica fabril, el trabajo invisible de cuidados y tareas domésticas enfrenta nuevas fricciones ante una automatización que no busca liberar tiempo en el hogar, sino mercantilizar y vigilar la vida privada. Este avance sobre la intimidad doméstica responde a la necesidad del capital de colonizar nuevas fronteras de acumulación interna ante la saturación de los mercados tradicionales. Queda pendiente desentrañar cómo la gobernanza algorítmica se vincula con la gestión de las poblaciones fuera del espacio laboral.

Los límites señalados no opacan el carácter de Las nuevas tecnologías en los límites del capital como un ensayo de ruptura, insoslayable para el debate contemporáneo. Su mayor acierto político radica en disputarles al libertarianismo y a las corporaciones la propiedad simbólica del futuro.

Frente al pesimismo melancólico de ciertos sectores de la izquierda tradicional, que observan la automatización como una agresión exterior irreversible, la economista y militante restituye a las fuerzas productivas su carácter histórico de insumo vivo para la emancipación.

El trazado de las bases metodológicas para un programa político que exige la reapropiación democrática de la tecnología por parte de quienes crean la riqueza permite volver a pensar la vigencia del proyecto socialista.

Bach, desde su carácter de economista atenta y militante socialista, rehúye el sincretismo y somete a examen los principales enfoques contemporáneos, apoyándose en la contrastación estadística y la discusión teórica. Su recorrido demuestra que la frontera técnica de nuestro tiempo contiene la premisa de la revolución.

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