Opinión

¡Socorro! ¡Donald Trump está hundiendo al Grand Old Party!

El declive republicano causado por Trump no es una buena noticia. El partido deberá luchar nuevamente por modernizarse.

¡Socorro! ¡Donald Trump está hundiendo al Grand Old Party!

La primera víctima de esta contienda electoral estadounidense está definida desde hace tiempo. Y el resultado de las elecciones no modificará en nada ese hecho: el Partido republicano, aquel Grand Old Party (GOP) de Estados Unidos, está en ruinas. Por cierto, quien arruinó a este partido del que alguna vez surgiera Abraham Lincoln, el presidente del siglo, no fue Donald Trump. El partido se arruinó solo por no haber logrado reunir las energías suficientes como para detener las fuerzas de la descomposición cuando aún estaba a tiempo.

Para Estados Unidos, la caída de los republicanos no representa una buena noticia, ni siquiera para aquellos que políticamente simpatizan más con los demócratas. Porque los votantes de los republicanos y los –no necesariamente idénticos– votantes de Donald Trump no se esfumarán después del 8 de noviembre. Ahora bien, el gran interrogante que se plantea es a dónde se inclinarán esos votantes en el futuro. Si los republicanos no logran reinventarse como partido popular conservador, la política estadounidense quedará expuesta a un triple riesgo: fraccionarse, radicalizarse y continuar con el bloqueo político.

Sin embargo, las chances de que el Partido Republicano se modernice y logre un nuevo comienzo son bajas. Y es que aquel viejo establishment de conservadores blancos, bien acomodados y burgueses, del tipo de Mitt Romney, ahora no sólo debe enfrentarse a los fundamentalistas evangélicos del Tea Party, representados por políticos como Ted Cruz. Con Trump ha surgido un movimiento casi incontrolable de populistas que probablemente también empiece a reclamar un lugar en el partido. A todo esto, continúa siendo una incógnita cómo hacer para conciliar bajo un mismo techo estas alas extremadamente disímiles.

Lo único que está claro es lo siguiente: si los republicanos quieren seguir teniendo algún grado de relevancia, después del 9 de noviembre el partido deberá someterse a una revisión sin concesiones de su posición. Aun cuando exista la amenaza de que haya «momentos Joe McCarthy», como escribió hace poco el columnista estadounidense conservador David Brooks. McCarthy fue aquel político republicano que en la década de 1950 salió a cazar comunistas reales y supuestos en Estados Unidos. Cuando la persecución terminó, muchos funcionarios del partido se vieron obligados a plantearse cuál había sido su posición durante la era McCarthy. Brooks cree que lo mismo ha de esperarse ahora con vistas a Trump: quién apoyó a Trump, cuándo lo hizo, quién se apartó de él o se tomó las de Villadiego en el momento decisivo. ¿Por qué el partido no logró detener a tiempo a ese multimillonario neoyorquino carente de principios, dónde estaban los críticos cuando se realizó la Convención del Partido Republicano en Cleveland y aún se estaba a tiempo de torcer el rumbo?

El presidente de la Cámara de Representantes, el legislador republicano Paul Ryan, que tampoco tuvo el valor de romper en forma rotunda con Trump, sino que trató siempre de capear la situación, aparentemente ve venir lo que sucederá.

Le da la espalda a Trump, cancela presentaciones conjuntas pautadas con el candidato e intenta de ese modo salvar el pellejo. Este joven legislador de apenas 46 años, que alguna vez supo ser la esperanza de su partido, no es el único que está tratando de posicionarse para el tiempo post Trump. Ya se trate de Ryan, John McCain o incluso de la ex-secretaria de Estado Condoleezza Rice: nadie quiere ser arrastrado por el remolino que genera el hundimiento de Trump, y entonces todos accionan el freno de emergencia. El problema es que la reacción llega demasiado tarde.

Pero, ¿acaso es posible una renovación en el partido? Si uno echa un vistazo hacia la historia del Partido Republicano, verá que el GOP ya ha sufrido y sobrevivido a más de una metamorfosis. Habiendo sido más bien liberal en su compromiso contra la esclavitud, pasó más tarde a ser encabezado por un presidente progresista como Theodore Roosevelt y fue pasándose cada vez más al campo conservador en oposición al New Deal con su programa coyuntural que propugnaba el intervencionismo del Estado. El partido sólo volvió a tener capacidad de mayorías en la década de 1960, cuando muchos votantes de los demócratas se volcaron hacia los republicanos para expresar su descontento con la política de su partido en materia de derechos civiles.

Sin embargo, a más tardar bajo la presidencia de George W. Bush ya no quedó prácticamente nada de los valores republicanos originarios: como secuela del atentado a las Torres Gemelas, el Estado fue tornándose cada vez más poderoso en lugar de contraerse; no se defendieron las libertades de los estadounidenses, sino que se expandió cada vez más el control sobre los ciudadanos; a pesar de que el volumen de deuda era cada vez mayor, las rebajas impositivas se convirtieron en un fetiche, y los deseos de los lobbistas de la Asociación Nacional del Rifle (NRA), en un mantra… independientemente de las cifras anuales de muertos.

La creación del Tea Party en el año 2009 fue la respuesta radical que le dio la espalda a aquel desarrollo. Sin embargo, el establishment partidario, comandado por el vocero de los republicanos en el Congreso, el honorable pero demasiado blando John Boehner, ya por entonces era demasiado débil como para captar y redirigir esas fuerzas, y no pudo más que observar con impotencia cómo la razón le cedía el paso al fundamentalismo y gente como el senador de Indiana Richard Lugar, experto en desarme, era desplazada por activistas alarmistas del Tea Party.

Eso fue en 2012… y la división ya existía hacía rato. Cuando Donald Trump entró en escena en 2015, el partido ya había perdido su núcleo. Trump no tenía más que llenar ese vacío.

¿Y ahora qué se puede hacer? En primer lugar, los republicanos tienen que tomar nota de un par de realidades y actuar en consecuencia:

  • Estados Unidos ha dejado de ser hace muchos años el país de los viejos hombres blancos para convertirse en una nación con una diversidad cada vez mayor. El Partido Republicano también tiene que encarnar ese cambio.
  • No sólo hay una gran desigualdad social (siempre la hubo) sino que además las oportunidades de ascenso de una clase social hacia la inmediatamente superior han bajado. El problema es que hasta ahora el relato americano de la búsqueda de la felicidad (pursuit of happiness) residía justamente en esa posibilidad de ascenso. La política conservadora no puede continuar ignorando ese hecho.
  • La política obstructiva de los republicanos en el Congreso no puede seguir siendo una opción: en definitiva, termina arrastrando al propio partido hacia el abismo.
  • El partido debe separarse de las fuerzas radicales del Tea Party dentro de sus filas. En cambio, los aspectos libertarios del Tea Party (como por ejemplo la crítica a la expansión excesiva de la política exterior estadounidense) deben tomarse en serio. Y por último:
  • Mientras que Donald Trump pinta constantemente una imagen de Estados Unidos en tonos sombríos, el partido debería orientarse más por Ronald Reagan, que inspiró a la gente con su imagen de la «shining city on a hill». Es ese optimismo el que siempre ayudó a Estados Unidos a levantarse… y no el apocalipsis y las interminables acusaciones de Trump.

Si el partido llega a modernizarse, incluso podría llegar a ser posible aquello de lo que Barack Obama habló en el célebre discurso pronunciado en 2004 en Boston, en el marco de la Convención Demócrata. Allí, Obama apeló a la unidad de todos los estadounidenses, habló de superar las grietas políticas, la división entre el país azul, demócrata, y el rojo, republicano. En los ocho años de su presidencia, Obama no logró construir esa unidad. Si fuera justamente la polarizadora Hillary Clinton quien lograra esa proeza, sería por lo menos una ironía de la historia.



Traducción: Alejandra Obermeier

Fuente: IPG