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Sobre el trabajo de cuidado de los mayores y los límites del marxismo

No es innovación tecnológica lo que se necesita para afrontar la cuestión del cuidado de los mayores. Lo que se necesita es una transformación de la división social y sexual del trabajo y, por encima de todo ello, el reconocimiento del trabajo reproductivo como trabajo. Este es el eje de este artículo, que revisa los límites del marxismo y la izquierda radical, que cometen un grave error al ignorar esta cuestión crucial, de la que depende la posibilidad de crear una solidaridad generacional y de clase. Sin enfrentar esta tarea, resulta imposible avanzar hacia un mundo más igualitario y emancipado.

Sobre el trabajo de cuidado de los mayores y los límites del marxismo

Introducción

El «trabajo de cuidados», especialmente en lo relativo al cuidado de los mayores, se ha situado en los últimos años en el centro de la atención pública en los países miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), como respuesta a las corrientes que han provocado la crisis de numerosas formas de asistencia y cuidados. La primera de estas tendencias ha sido y es el aumento, tanto en términos absolutos como relativos, de la población anciana y de la esperanza de vida, que, sin embargo, no ha conllevado un aumento de los servicios de asistencia a los mayores1. También se ha producido un importante aumento en el número de mujeres empleadas de manera asalariada fuera de los hogares, lo que ha provocado una reducción de la contribución de estas a la reproducción de sus familias2. A estos factores debemos añadir el continuo proceso de gentrificación y urbanización de las áreas proletarias, que ha destruido las redes sociales y los diversos modelos de apoyo mutuo en los que las personas mayores que vivían solas podían confiar, ya que contaban con que vecinos les proporcionaban alimentos, los ayudaban con las tareas domésticas, los visitaban para darles conversación... Como resultado de estas tendencias, para un gran número de personas mayores los efectos positivos del aumento de la esperanza de vida han perdido su significado o incluso se ven ensombrecidos por la perspectiva de la soledad, la exclusión social y el incremento de la vulnerabilidad frente a los abusos físicos y psíquicos. Teniendo esto en mente, en este artículo reflexionamos acerca del tipo de acciones que se pueden adoptar y por qué la cuestión del cuidado de los mayores se encuentra totalmente ausente de la literatura de la izquierda radical.

El principal objetivo de este análisis es lanzar un llamamiento a la redistribución de la riqueza social redirigiéndola al cuidado de los mayores y a la construcción de formas colectivas de reproducción social, que permitan que se proporcione este cuidado así como la cobertura de sus necesidades, una vez que las personas mayores ya no son capaces de hacerlo por sí mismas, y que esto no se lleva a cabo a costa de la calidad de vida de sus cuidadores. Para que esto suceda, el trabajo de cuidado de las personas mayores debe adquirir una dimensión política y posicionarse dentro de la agenda de los movimientos por la justicia social. También es indispensable una revolución cultural en el concepto de ancianidad, contra la degradada representación que se tiene de este sector, cuando por un lado se lo equipara con una carga fiscal para el Estado y, por otro, se actúa como si el envejecimiento fuese un aspecto «opcional» de la vida que podemos superar e incluso prevenir adoptando las tecnologías médicas adecuadas, así como los productos «que aumentan la expectativa de vida» desarrollados por el mercado3. En la politización del cuidado de los mayores se encuentra en juego no solo el destino de estos sino la insostenibilidad de los movimientos radicales, que cometen un grave error al ignorar esta cuestión crucial, clave en la posibilidad de crear una solidaridad generacional y de clase. Se trata de una solidaridad que durante años ha estado en la mira de una inagotable campaña en contra por parte de economistas políticos y gobiernos que identificaron los presupuestos destinados a estos trabajadores –que reciben debido a su edad pensiones y diferentes tipos de subsidios sociales– como bombas de relojería económicas y una pesada hipoteca para el futuro de los jóvenes.

La crisis del cuidado de los mayores en la era global

En muchos aspectos, la actual crisis del trabajo de cuidado de los mayores no supone una novedad. Este trabajo siempre ha soportado una constante situación de crisis dentro de la sociedad capitalista, debido tanto a la devaluación que sufre el trabajo reproductivo en el mundo capitalista como a la visión que se tiene de las personas mayores como seres no productivos, en lugar de como depositarias de la memoria colectiva y de la experiencia, tal y como se las consideraba en las sociedades precapitalistas. Dicho de otra manera, el trabajo de cuidado de los mayores sufre una doble devaluación cultural y social. De la misma manera que el resto del trabajo reproductivo, esta labor no se reconoce como trabajo pero, al contrario de lo que ocurre con la reproducción de la fuerza de trabajo, cuyo producto tiene un valor reconocido, el cuidado de los mayores está estigmatizado como una actividad que absorbe valor pero que no lo genera. Por eso, los presupuestos destinados al cuidado de los mayores tradicionalmente se han desembolsado bajo un discurso mezquino que recuerda al predicado por las leyes de pobreza del siglo XIX: las tareas de cuidado de los mayores que ya no son capaces de valerse por sí mismos quedan, así, en manos de las familias y los parientes, con escaso apoyo externo, en la presunción de que las mujeres deben asumir esta tarea de una manera natural como parte de su trabajo doméstico.

Ha sido necesaria una larga e intensa lucha para forzar al capital a reproducir no solo la fuerza de trabajo «en uso», sino todo lo necesario para la reproducción de la clase trabajadora a lo largo de todo su ciclo vital, incluyendo la provisión de asistencia para aquellos que ya no forman parte del mercado laboral. Sin embargo, incluso el Estado keynesiano se quedó corto en relación con este objetivo. Ejemplo de esta cortedad de miras es la legislación sobre seguridad social aprobada en Estados Unidos en 1940 y laureada como «uno de los logros de nuestro siglo», y que tan solo respondía parcialmente a los problemas a los que se enfrentan los mayores, ya que ligaba el dinero recibido del Estado a los años de empleo remunerado y proporcionaba ayuda social solo a aquellos mayores en situación de extrema pobreza4.

El triunfo del neoliberalismo ha empeorado esta situación. En algunos países de la OCDE, durante los años 90 se dieron los pasos necesarios para el incremento de la financiación de los servicios de cuidados domiciliarios y para proporcionar formación y servicios a los cuidadores5. En Gran Bretaña, el gobierno ha aprobado el derecho de los cuidadores a exigir a los empresarios jornadas laborales flexibles, para así poder «conciliar» trabajo asalariado y trabajo de cuidados6. Pero el desmantelamiento del Estado de Bienestar y la insistencia neoliberal en que la reproducción es responsabilidad personal de los trabajadores han disparado una tendencia opuesta que está ganando velocidad y que la actual crisis económica sin dudas acelerará.

  • 1. Laurence J. Kotlikoff y Scott Burns: The Coming Generational Storm: What You Need to Know About America’s Economic Future, mit Press, Cambridge, 2004.
  • 2. Nancy Folbre: «Nursebots to the Rescue? Inmigration, Automation and Care» en Globalizations vol. 3 N o 3, 2006, p. 350.
  • 3. Tal y como señalan Kelly Joyce y Laura Mamo, comandada por la búsqueda de beneficios y por una ideología que privilegia la juventud, se ha desarrollado una amplia campaña cuyo objetivo es asegurar un nicho de mercado propio al convertir a los mayores en consumidores, prometiendo «regenerar» sus cuerpos y retrasar el envejecimiento siempre y cuando utilicen los productos y las tecnologías farmacéuticas apropiadas. En este contexto, el envejecimiento se ha convertido casi en un pecado, que cometemos y predicamos en primera persona al no utilizar los beneficios de los últimos productos rejuvenecedores. K. Joyce y L. Mamo: «Graying the Cyborgs: New Directions in Feminist Analyses of Aging, Science, and Technology» en Toni M. Calasanti y Kathleen F. Slevin: Age Matters: Realigning Feminist Thinking, Routledge, Nueva York, 2006, pp. 99-122.
  • 4. Dora L. Costa: The Evolution of the Retirement: An American Economic History, 1880-1990, The University of Chicago Press, Chicago, 1998, p. 1.
  • 5. ocde Health Project: Long Term Care For Older People, ocde, París, 2005; Lourdes Benería: «The Crisis of Care, International Migration, and Public Policy» en Feminist Economics vol. 14 No 3, 7/2008, pp. 2-3 y 5.
  • 6. En Inglaterra y Gales, donde se contabiliza un total de 5,2 millones de personas como cuidadoras no formales, desde abril de 2007 se les reconoce a los cuidadores de adultos el derecho a exigir jornadas laborales flexibles (ibíd.). En Escocia, el Community Care and Health Act de 2002 «introdujo cuidados personales gratuitos para los mayores» y también redefinió a los cuidadores como «cotrabajadores que reciben recursos más que consumidores (...) que deban estar obligados a pagar por los servicios». Fiona Carmichael et al.: «Work Life Inbalance: Informal Care and Paid Employment» en Feminist Economics vol. 14 No 2, 4/2008, p. 7.