Opinión

Siria: entre la lucha por los derechos, las promesas incumplidas y la persistencia del autoritarismo

La lucha de los ciudadanos sirios por la reivindicación de sus derechos atraviesa escollos difíciles de sortear en el actual contexto político.

Siria: entre la lucha por los derechos, las promesas incumplidas y la persistencia del autoritarismo

A escasas horas de cumplirse cinco años del inicio del levantamiento popular y pacífico en Siria contra el autoritarismo, y de que se conmemore el centenario de la firma de los acuerdos de Sykes-Picot, la población siria se mantiene en pie, ideando formas elocuentes, furtivas y rudimentarias de experimentar sus derechos. Sin embargo, los nudos geopolíticos que el régimen de Bashar al-Asad tejió o profundizó se imponen de manera aplastante a sus cálculos y expectativas. Si la desintegración social que se observa en Siria se debe esencialmente a factores internos, la política intervencionista de los años 2000 y la ausencia casi total de intervención desde 2010, por parte de Estados Unidos y la Unión Europea, la han amplificado, con consecuencias desastrosas para la seguridad internacional.

En el mundo imaginario de Bashar al-Asad, las protestas son desde su inicio parte de un nuevo Sykes-Picot, si bien, cien años después, Damasco puede contar con la complicidad de Rusia y China, el inmovilismo del gobierno estadounidense y una secuencia poco gloriosa de planes de paz: la iniciativa de la Liga Árabe en noviembre de 2001, la de Turquía en febrero de 2012; en junio de 2012 el comunicado de Ginebra I; luego Ginebra II, en febrero de 2014. Los planes de resolución de los tres enviados especiales de la onu Kofi Annan, Lakhdar Brahimi y Staffan de Mistura han fracasado entre otras razones porque la cuestión de fondo, preservar o no a Asad en el poder, sigue sin resolverse; y porque la radicalización creciente de los actores de la violencia han generado nuevas dinámicas en cadena como la fragmentación territorial, junto a la una nueva división administrativa del país que se observa desde 2013. A esto se suman, desde septiembre de 2015, los bombardeos aéreos indiscriminados de Rusia, los cuales recientemente empujaron a la Coalición Nacional, actor clave de la oposición, a boicotear las conversaciones propuestas por De Mistura. Por su parte, la irrupción de Turquía con artillería en febrero contra las posiciones de las unidades militares del Partido de la Unión Democrática (YPG) en la provincia de Alepo y el despliegue de aeronaves de combate de los saudíes en la base aérea turca de Incirlik son otra manifestación del potencial desestabilizador que tiene la intervención militar rusa, por no hablar de los millones de desplazados y refugiados que provoca.

Las incongruencias del gobierno de Obama tampoco abonan en estabilidad de largo plazo. Uno de los ejemplos más recientes es el sostén que ofrece Washington a una coalición de combatientes llamados «Fuerzas Democráticas Sirias», compuestas en su mayoría por las unidades del YPG. No se sabe con certeza qué tienen de democráticas aparte del nombre; y su agenda y conexiones políticas son confusas, por decir lo menos: el YPG es la rama siria del PKK, partido kurdo inscrito en la lista estadounidense de terroristas en el que, sin embargo, Washington se apoya para combatir al autoproclamado Estado Islámico (Daesh), que apareció en mayo de 2013 en el marco del vacío de poder en partes de los territorios iraquí y sirio. Es válido, de hecho, preguntarse en qué medida favorecer al régimen de Asad y al separatismo kurdo se vislumbran como resultados inevitables de los múltiples ceses al fuego que se diseñan y negocian en pasillos en Ginebra, Múnich o Nueva York.

Otro ejemplo de las incongruencias del juego de poder desquiciante entre actores locales e internacionales es el combate contra Daesh. Damasco ha mantenido un juego ambiguo de favores con los yihadistas, convirtiéndolos en moneda de intercambio en las negociaciones en la onu y entre las partes del conflicto. Además, comparte con Daesh el objetivo de debilitar a las fuerzas insurgentes atizando sus divisiones internas. Combatir al Estado Islámico tampoco es prioridad de Rusia, Turquía, Arabia Saudita o Irán. En realidad es sólo de estadounidenses y europeos. Desde los atentados del 13 de noviembre de 2015 en París, varios funcionarios occidentales parecen haber ajustado sus posiciones frente al presidente sirio. París ya no considera más su partida como una condición sine qua non a una solución, sino más bien como su resultado, y el canciller Fabius evocó la posibilidad de cooperar con el ejército sirio para luchar contra Daesh. Esto se relaciona con la fluctuación que han tenido las percepciones en el extranjero del presidente sirio desde su acceso al poder. Si entre 1998 y 2001 Bashar al-Asad había sido el joven moderno y reformista, prisionero de la «vieja guardia», y si entre 2003 y 2010 era «un líder incómodo pero necesario», a partir de marzo de 2011 se volvió un «aberrante asesino, pero que encabeza ahora un Estado laico y un régimen determinado a luchar contra el islamismo y el terrorismo». Así, la percepción externa de Asad, reconocible en acciones concretas de los gobiernos y los medios occidentales, refleja un claro proceso de transfiguración del personaje. En cada momento, la emisión de la imagen evidentemente está parcializada, refigurada; no obstante, hay actos pragmáticos de los gobiernos, y de las representaciones en los medios, que revelan el afán por preservar una visión cómoda del presidente sirio.

Si sorprende que el régimen, con su fuerza, crueldad y sesgado apoyo o desidia de otras naciones, resista, no debe olvidarse que esta revolución y sus múltiples facetas surgieron ante todo de las profundidades de la sociedad siria y de los frágiles pilares sobre los que se apoyó el régimen desde los años sesenta. En el conflicto sirio hay diversas escalas en el uso de la violencia y el control del espacio, así como imaginarios transfronterizos cuya fuerza se ha renovado. También hay una población que lucha por su emancipación y por reapropiarse de su ciudadanía, con acciones políticas y humanitarias que recomponen cotidianamente redes de solidaridad horizontales. Ella misma ha minado progresivamente los dispositivos internacionales que protegían al sistema de Asad. La arrogancia y ceguera de éste lo llevaron a poner fin al «tabú del Golán», a que a sus aliados Hezbolá e Irán se los señale como traidores y asesinos, y a que se imponga la necesidad de reformular la soberanía estatal para protegerla mejor, tras más de diez años de que el régimen la convirtiera en objeto de negociación. Los ámbitos de esa transacción han sucedido con los países árabes del Golfo en el ámbito inmobiliario, de la construcción y los servicios; con Turquía en el tema de la distribución del agua de los ríos Tigris y Éufrates, y de los vínculos históricos de Siria con el territorio del antiguo sandjak de Alexandreta; también con Israel en el espacio aéreo y terrestre sirios; con Rusia en el ámbito militar; con los islamistas sirios, en la organización de la sociedad siria; y con Irán, en fin, en política interna y exterior, y en créditos (desde 2013).

Los desafíos de esa población que aspira a un mejor futuro para Siria no sólo radican en que superen de una parte las contracciones del régimen. También radican en el cumplimiento de naciones y organismos multilaterales y, sobre todo, en la inclusión de una carrera contra el predominio, en cancillerías y medios de comunicación, de una visión continuamente orientalista, que refleja el fracaso de la imaginación y de la política.

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